Por Ehécatl Lázaro
Julio 2021

El discurso pronunciado por López Obrador en el Castillo de Chapultepec el 24 de julio, con motivo del 238 aniversario del nacimiento de Simón Bolívar, generó polémica por sus planteamientos: la creación de una especie de Unión Europea pero con los Estados americanos, la sustitución de la OEA por otro organismo que “no sea lacayo de nadie”, y el reconocimiento a Cuba por haber resistido 60 años de bloqueo. Los analistas pro gobierno presentaron dicho discurso como una muestra de aplomo del jefe de Estado, una firme defensa de la soberanía nacional frente al gigante del norte, y un importante gesto de acercamiento a los países de América Latina. En realidad es todo lo contrario.

En su lucha por la independencia de las colonias españolas, Simón Bolívar entendió que la única forma de lograr que los nacientes Estados latinoamericanos pudieran integrarse al escenario mundial en un plano de igualdad era la formación de una gran confederación latinoamericana que sumara todas las potencialidades de los territorios recién liberados. Bolívar reconoció a Estados Unidos como una potencia imperialista más al lado de las potencias europeas y nunca planteó que la confederación que buscaba tuviera entre sus miembros a la potencia norteamericana. Para Bolívar, Estados Unidos no era un aliado de América Latina, sino un enemigo. Así lo expresó en una carta escrita en 1829, donde afirmó que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a poblar la América de miseria en nombre de la libertad”.

Al contrario del sueño de Bolívar, AMLO planteó en Chapultepec que América Latina debía crear una especie de Unión Europea pero a nivel continental, es decir, con Estados Unidos y Canadá como integrantes de esta entidad. En lugar de buscar la integración latinoamericana, Obrador busca la integración subordinada de América Latina con Norteamérica. Según dijo, debe ser una integración que respete la cultura, historia, identidad y soberanía de cada país, pero en los hechos una integración económica y política de todo el continente necesariamente reflejaría las asimetrías económicas existentes y pondría a Estados Unidos y Canadá como cabezas de la comunidad, mientras el resto de países tendrían roles subordinados. “No queremos ser un protectorado, una colonia de Estados Unidos”, dijo AMLO en Chapultepec, pero su propuesta parece avanzar más allá de eso para colocar a los países latinoamericanos simplemente como otros estados de la Unión Americana presentes en las estrellas de la bandera estadounidense. No hay un planteamiento latinoamericanista en el discurso de AMLO, sino un planteamiento pro imperialista.

Como si fuera necesario convencer a Estados Unidos de que esta integración con América Latina es conveniente para sus intereses imperialistas, AMLO expresó que una alianza de este tipo podría ser un contrapeso al rápido crecimiento económico de China. Sin ambages, afirmó que a los países latinoamericanos “nos conviene que Estados Unidos sea fuerte en lo económico y no solo en lo militar”, pues de esa manera podría evitarse un conflicto bélico en el Pacífico que busque aliviar la disparidad económica entre China y Estados Unidos. En otras palabras, Obrador propuso que América Latina cierre filas con Estados Unidos en contra de China, y señaló que permitir el crecimiento desmesurado del país asiático significa permitir que este se vuelva un país hegemónico y significa también poner en riesgo la paz del continente americano.

Este planteamiento de AMLO atenta directamente contra el espíritu bolivariano, contra la soberanía de los países latinoamericanos, y contra el derecho del pueblo chino a desarrollarse pacíficamente. Por otro lado, en perfecta sintonía con los intereses norteamericanos, AMLO llama a aceptar al imperialismo estadounidense como la mejor opción para América Latina. En un escenario en el que las inversiones y la presencia de China siguen creciendo en la región y siguen ganándole terreno a la influencia estadounidense, López Obrador actúa, de facto, como un propagandista y peón del imperialismo norteamericano.

Al contrario de lo que plantea AMLO, a México y América Latina sí les conviene el crecimiento de China y el debilitamiento del imperialismo estadounidense. La búsqueda de nuevas opciones de desarrollo para los países latinoamericanos es más factible entre más soberanos sean estos; pero dicha soberanía no se ganará apelando al humanismo, comprensión y respeto de Estados Unidos. Puede plantearse la integración de América Latina como estrategia para el desarrollo de nuestros países, como era el sueño de Bolívar, o cada país por separado puede buscar su propio desarrollo, pero una cosa es clara: que mientras no se debiliten las relaciones de dominación entre Estados Unidos y Nuestra América, el verdadero desarrollo de nuestros pueblos seguirá siendo solo un anhelo inalcanzable. China no es el enemigo de América Latina, sino nuestro mejor aliado en la lucha por liberarnos del yugo norteamericano.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Suscríbete al boletín semanal del CEMEES

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.