Por Aquiles Lázaro
Julio 2021

Esta es la consigna política que enarbola hoy el discurso cultural de los países imperialistas. Siempre me ha parecido que los conceptos de primer mundo y tercer mundo (y sus variantes desarrollados-subdesarrollados, ricos-pobres, etc.) son un eufemismo, una forma elegante ideada por los amos del mundo para embellecer lo que debería llamarse países imperialistas y países dominados, países saqueadores y países saqueados.

Es en este contexto, y en las candentes arenas de la lucha geopolítica actual, que hoy cobra fuerza el grito de destruir las culturas nacionales.

Desde el punto de vista histórico, la idea de la supresión de las fronteras nacionales se remonta a las primeras lumbreras teóricas de la burguesía revolucionaria. Sus pensadores enarbolaban, desde la teoría económica, la filosofía o la ciencia política, el postulado de la libre circulación de todo. “¡Libertad irrestricta, libertad para todas las personas y para todas las cosas!”, gritaban. Claro que la traducción práctica de esto era, en realidad, libertad de movimiento para las masas de potenciales trabajadores asalariados y libertad de circulación para las mercancías y los capitales. Esta fue la artillería teórica que derrumbó los muros de las antiguas ciudades feudales, para dar paso a la nueva configuración política de los estados nación.

Pero absoluto no puede ser nada. La historia de los países imperialistas refleja la dialéctica de este proceso de globalización. Una vez alcanzado cierto grado de desarrollo, la política de eliminación de las fronteras nacionales se torna en su contrario: el nacionalismo radical que desemboca en la hecatombe bélica. Hacia la Primera Guerra Mundial, en los países imperialistas de Europa ya nadie recordaba las declamaciones kantianas sobre el “ciudadano del mundo”. Una vez alcanzado cierto grado de desarrollo de la capacidad productiva del capitalismo, las fronteras nacionales le estorban.

Hoy la consigna vuelve; sus promotores entonan viejos himnos de fraternidad universal mientras ensayan provocaciones militares, reparten sanciones económicas abusivas y censuran medios informativos de otros países. En los países imperialistas se habla de un gran Estado mundial, de su Estado mundial. Un gobierno para someterlos a todos, parafraseando al personaje de Hollywood.

Es una trampa. La llamada democracia occidental no es otra cosa que lo que alguien llamó la dictadura perfecta. Es el dominio absoluto de las cúpulas financieras y militares; un dominio tan sofisticado, que la manipulación de las conciencias es impecable y matemática. Un rebaño perfecto, sin ovejas negras.

Ese es el perfil cultural del mundo que proyectan los ideólogos del Estado mundial. Por eso para los países dominados, la cultural nacional es el reducto último. Económica y militarmente indefensas, aplastadas, a nuestras sociedades les queda la opción de conservar un modo propio de observar e interpretar su universo. Nos queda la opción de no copiar comportamientos, el deber de no asumir que nuestras prácticas culturales son inferiores por ser diferentes.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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