Por Jesús Lara
Julio 2021

Tras más de un año de estancamiento y otro de contracción económica, es posible afirmar que la economía mexicana tocó fondo a mediados de 2020, y desde entonces, comenzó su lenta recuperación, misma que no fue suficiente para aminorar la caída anual (de 8.3%). La tendencia en lo que va del año apunta a que la economía mexicana podría alcanzar su nivel pre-pandemia el próximo año. Sin embargo, no todos los sectores se están recuperando al mismo ritmo; gran parte del repunte se debe a la exportación de manufacturas no automotrices, mientras que el sector servicios -principal generador de empleos en México- sigue fuertemente afectado.

En efecto, cuando se analiza el mercado de trabajo, los resultados son aún menos halagadores. La pobreza laboral aumentó en nuestro país y se coloca en máximos históricos, al pasar, en el último año, de 31.7 a 35.3%. Simultáneamente, la masa salarial se contrajo en casi 800 millones de pesos, a pesar de los aumentos en el salario mínimo. A estas tendencias preocupantes se suma el enorme incremento de la subocupación, que pasó de 8.4 a 13.8% de los ocupados. Del mismo modo, la población que gana más de 3 salarios disminuyó en el último año. A esto hay que añadir el hecho de una parte importante de la recuperación del empleo es en realidad una forma de desempleo disfrazado: el autoempleo. En esta categoría se encontraba el 21.6% de los ocupados en marzo de 2020, pero ya representa al 22.5%, o 12.3 millones de personas.

El mercado laboral en México, pues, difícilmente será el mismo que al empezar la crisis. Pero esto no debería oscurecer el hecho de que, incluso antes de la pandemia, el patrón de crecimiento de la economía mexicana se caracterizaba por una muy baja generación de empleos formales. La causa central es que, a partir de la década de los ochenta del siglo pasado, los sectores clave para el crecimiento económico en México son las manufacturas conectadas a través de las Cadenas Globales de Valor (GCVs). En teoría, los países centrales enviarían a los países periféricos los procesos más intensivos en fuerza de trabajo no calificada, aprovechando el enorme diferencial salarial. De esa forma, los países periféricos podrían industrializarse o culminar su industrialización sin pasar por el tortuoso camino de construir cadenas de oferta completas, sino especializándose en ciertas etapas de los procesos productivos globales. Y aunque esto sucedió en alguna medida y en ciertos países, tendencias recientes hacen que el desarrollo hacia afuera basado en la IED, deje de ser una alternativa viable para países como México.

Entre otros motivos, porque el cambio tecnológico hace cada vez más difícil emplear a grandes cantidades de personas en los sectores manufactureros más modernos; incluso cuando los salarios son tremendamente bajos. Varios estudios documentan, por ejemplo, que los empleos directos e indirectos generados por las exportaciones manufactureras han ido disminuyendo en todo el mundo desde el inicio del milenio hasta la fecha. El caso de la industria manufacturera en México ilustra perfectamente esta situación. De 1990 a 2015, la inversión en “capital” (maquinaria, equipo, materiales, etc.) necesaria para crear un puesto de trabajo se triplicó. Adicionalmente, diversos estudios documentan que estos procesos requieren, cada vez en mayor proporción, fuerza de trabajo “calificada” en relación con la “no calificada”. Esto explica, por ejemplo, la creación de universidades adecuadas a las necesidades de las grandes empresas transnacionales, como la UPA en Aguascalientes (para la Nissan) o la UNAQ en Querétaro para la industria aeronáutica. A pesar de los efectos positivos de esta formación téncica, queda claro que la expansión de estas cadenas productivas no podrá emplear al ejército de sub y autoempleados informales que habitan en prácticamente todas las ciudades del país.

En síntesis: antes de la crisis había ya suficiente evidencia de que el modelo económico mexicano orientado hacia afuera era incapaz de atender las necesidades de las masas populares de México. Pero las recientes tendencias en el cambio tecnológico y la crisis desencadenada por la pandemia solo han hecho esto mucho más evidente. México necesita nuevo modelo económico que aproveche las oportunidades que ofrece el comercio internacional, pero que no se someta a ellas. La crisis del empleo en México demanda privilegiar el desarrollo de un mercado interno robusto basado en la satisfacción de las necesidades más urgentes del pueblo. Las tendencias políticas internacionales parecen favorecer ese cambio de rumbo, pero todavía se han de librar importantes batallas políticas para que se esto materialice en nuestro país.


Jesús Lara es economista por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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