Por Abentofail Pérez
Julio 2021

Se ha vuelto un cliché entre los filósofos y los economistas marxistas enunciar constantemente las palabras con las que Marx inicia su obra El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, para explicar algún fenómeno histórico cuyas características no alcanzan a elucidar con claridad, aludiendo a la repetición de la historia “una vez como tragedia y otra como farsa”. Sin embargo, muy constantemente se olvidan del fondo que esa idea tenía en el pensamiento de Marx. Para él, siguiendo el pensamiento de Hegel, “los grandes hechos de la historia aparecen, como si dijéramos, dos veces”, es decir, se repiten en la forma, pero no en el contenido. Precisamente por la similitud de las formas se olvida que el contenido es muchas veces la contradicción del primer fenómeno histórico que se “repite”. Usar a la ligera esta expresión y olvidar su verdadero sentido, puede hacernos olvidar el planteamiento hegeliano-marxista de la historia, que se entiende como una espiral ascendente cuyo motor es precisamente la contradicción. El gran aporte de Marx sobre Hegel, en lo que respecta a la Filosofía de la Historia, fue precisamente la comprensión de que la contradicción radicaba en la lucha de clases, en el antagonismo entre los poseedores de la riqueza y aquellos que contaban únicamente con su fuerza de trabajo, llegando a sintetizar su pensamiento en una de las frases más icónicas del Manifiesto Comunista: “La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”. La frase es sencilla, su sentido es verdaderamente complejo.

Antes de Hegel otros filósofos habían concebido esta idea; el más destacado de todos y muy seguramente determinante en el pensamiento hegeliano: Giambattista Vico. El pensador napolitano fue uno de los primeros en sistematizar una filosofía de la historia, planteando, al igual que Hegel y Marx, el desarrollo en espiral, con la esencial diferencia de que para él el motor estaba en la providencia, por lo que el control del hombre de su propio destino quedaba completamente descartado; era Dios quien se encargaba, como el relojero, de darle cuerda a la historia.

Esta larga aclaración se vuelve necesaria por el peligro en el que una concepción simplista de la filosofía de la historia acarrea, llevándonos, muchas veces sin comprenderlo, al extremo opuesto de la idea que pretendemos sustentar. La concepción de Vico, Hegel y Marx tiene una coincidencia vital en su teoría. Para ellos la historia es siempre un proceso, un permanente acontecer sin pausa; nunca se detiene y no hay fuerza existente que permita su estancamiento. En esta concepción filosófica de la historia, el mundo y la humanidad se encuentran en un movimiento perpetuo, imposible en la ingeniería, pero inevitable en la historia. De este perpetuo desarrollo se desprende, a su vez, una idea de mayor trascendencia: el cambio (salvo retrocesos temporales) es siempre ascendente; no hay forma de detenerlo.

Este movimiento perpetuo, sin embargo, no debe confundirse con la idea de progreso, y mucho menos con la del progreso en el capitalismo, cuyo objetivo se centra en los avances científicos y tecnológicos, olvidándose del desarrollo humano. El desarrollo de la ciencia desde el renacimiento hasta nuestros días, después de siglos de ignorancia y oscurantismo, es sin duda, uno de los más importantes logros de la humanidad; sin embargo, la aparición del capitalismo orientó la mayoría de estos logros en el mejoramiento de la industria, en concebir formas más eficientes de extraer ganancias pecuniarias y materiales para la clase dirigente en el mundo entero. La vida del hombre común, aunque mejor en muchos aspectos respecto a otras épocas, ha quedado relegada en el quehacer de la ciencia. Esta tiene otros intereses y, principalmente, desde la instauración del neoliberalismo, la ciencia ha seguido derroteros diferentes a los que en sus inicios motivaron su desarrollo. Por esta razón, el progreso en el capitalismo difiere radicalmente del progreso humano, que aparecía como horizonte de la filosofía de la historia marxista y que el pensador alemán nombró como Historia, un momento en el que los hombres vivirían por y para ellos mismos; la ciencia sería una herramienta de crecimiento y no de sometimiento; la naturaleza y el hombre existirían en equilibrio porque éste no tendría ya la consigna de producir por producir, acumular por acumular, lo que permitiría a la naturaleza recuperarse del daño infligido por el actual sistema de producción. Dejaríamos, pues, atrás la época oscura que, aunque muchos sólo ubican en el medioevo, abarca también la edad moderna del capitalismo y que Marx llamó “la prehistoria de la humanidad”.

Existe otra concepción de la Filosofía de la Historia totalmente opuesta a la que la dialéctica sostiene y demuestra. El nihilismo, cuya raíz etimológica proviene del latín nihil, “nada”, encuentra en Schopenhauer y Nietzsche sus más conspicuos representantes, aunque sus orígenes son anteriores. Esta filosofía de la historia no reconoce el desarrollo; la existencia misma no tiene sentido alguno y, como el existencialismo en su forma más elemental, plantea la ausencia absoluta de valores e intereses ulteriores en la vida del hombre y del mundo entero. Nietzsche, con su idea del “eterno retorno” excluye el desarrollo y el proceso en la historia de la humanidad. La historia se repite, los sentimientos, las ideas, los miedos, todo, pero en circunstancias diferentes. Por lo tanto, no hay pasos adelante, todo es un constante círculo vicioso donde las posibilidades históricas de transformación se nulifican al saber que siempre, sin excepciones, tendrá que empezarse de nuevo. Esta idea de la historia nulificaba al hombre, arrebataba el sentido a la vida y creaba, como nuestra época atestigua, indiferencia absoluta hacia los problemas sociales y humanos. Si nada tiene sentido, si el desarrollo es imposible, entonces ¿por qué esmerarse en cambiar la realidad? ¿Por qué afanarse en cambiar el mundo? El existencialismo y el nihilismo se manifestaban así, como la indiferencia a los problemas colectivos y sociales. El sentido del hombre es el individuo y por ello lo único que importa es vivir bien a costa incluso de la humanidad entera. Ésa es hoy la máxima imperante en el capitalismo y no es de sorprender que, sobre todo la juventud, imbuida de este pensamiento egoísta y escéptico, se aleje cada vez más de las necesidades sociales.

Retomando la idea inicial propuesta por Hegel y complementada por Marx, es cierto que la historia se repite, pero se repite sólo cuando no hay desarrollo. El papel de la contradicción es precisamente superar la repetición, permitiendo a todo fenómeno ascender a una etapa superior de sí mismo. Dado que nada surge de la nada, es necesario y natural que las formas coincidan, pero las repeticiones fársicas de la historia son sólo la manifestación preclara de la necesidad de transformación; es la tragedia, en sentido hegeliano, la que permite el desarrollo, es decir, la crisis en lenguaje marxista, crisis de la que emerge la semilla del cambio y que, tanto en el pensador de Tréveris como en su maestro, sólo puede germinar gracias a la contradicción interna que todo fenómeno trae consigo. Esta contradicción, en términos sociales e históricos es, naturalmente, la revolución.


Abentofail Pérez es Maestro en Filosofía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos.

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