Por Ehécatl Lázaro
Junio 2021

La idea de que el mundo se encamina a una nueva guerra fría ha sido ampliamente difundida por los principales medios de comunicación occidentales con el fin de instalarla como un nuevo sentido común. La fuente de este discurso se halla en las universidades y tanques de pensamiento norteamericanos, las cuales funcionan como instrumentos teóricos al servicio de las élites de Estados Unidos. De acuerdo con este discurso de factura imperialista, el enemigo común al que deben derrotar los países libres y democráticos del mundo en esta nueva guerra fría es China.

Retomando la idea que planteó Samuel Huntington sobre un choque de civilizaciones entre Occidente y el mundo árabe, ahora se presenta a China como un enemigo de los fundamentos culturales y políticos del mundo occidental. En lo cultural, acusan a China de no respetar los Derechos Humanos; en lo político, de implementar un sistema dictatorial incompatible con la democracia liberal de los países occidentales. Estas diferencias entre la organización social china y la organización social occidental son presentadas como irreconciliables al mismo tiempo que se denuncian afanes expansionistas e imperialistas de la potencia asiática. Planteado así el problema, en efecto resulta inevitable un conflicto de amplio espectro entre los dos actores principales de esta disputa: Estados Unidos y China. En este constructo se funda la idea de una nueva guerra fría.

¿Se apega este discurso a la realidad objetiva de una posible reedición del conflicto bipolar del siglo XX? Sencillamente no. A diferencia de la Unión Soviética, China no declara la guerra al capitalismo y, al contrario, busca desarrollarse bajo las reglas de este sistema mundial. Es verdad que el partido gobernante es el Partido Comunista de China, pero en el discurso oficial no existe una confrontación ideológica con los países capitalistas, no hay un aislamiento cultural para no “contaminarse” con la cultura capitalista, no se persigue a la burguesía china, no se alienta a las clases trabajadoras a tomar directamente el control de los medios de producción, y no se presenta como líder de los países anticapitalistas que buscan hacer una revolución mundial para construir el socialismo. China no es la Unión Soviética.

En lo que se refiere al respeto a los Derechos Humanos y a la democracia, el discurso de la nueva guerra fría tampoco se apega a la realidad. Las acusaciones contra China en estos temas giran básicamente en torno a los casos de Taiwan, Hong Kong y Xinjiang. En el caso de Taiwan, el Estado chino busca tomar el poder de lo que considera una provincia rebelde, aunque Taiwan se considera a sí mismo un país independiente; en Hong Kong, se reprime a los movimientos democráticos y se busca instalar un sistema dictatorial controlado por Beijing; y en Xinjiang la población musulmana es obligada a concentrarse en centros de reeducación y es sometida a trabajar en condiciones de esclavitud. Por supuesto, el gobierno chino niega tanto la violación de los Derechos Humanos, como la represión política de los movimientos democráticos.

Puede cuestionarse la versión oficial china, pero no interesa aquí si efectivamente estas acusaciones tienen fundamento o no. Lo que interesa es si la violación a los Derechos Humanos y a la democracia es lo que efectivamente estaría obligando a Estados Unidos a iniciar una nueva guerra fría. Y esto no es así: como se ha documentado, este tipo de violaciones ocurren como política de Estado en países aliados de Estados Unidos (Israel, Arabia Saudita, etc.) y ocurren también en la propia sociedad estadounidense. El argumento de los Derechos Humanos es solo un instrumento de una estrategia política más amplia.

El principal motivo por el que Estados Unidos está construyendo y difundiendo el discurso de una nueva guerra fría es que siente amenazada su hegemonía mundial por el desarrollo económico y tecnológico de China. El problema no es, pues, un supuesto ataque general lanzado por China contra Occidente, sino simplemente el éxito de los chinos en sus esfuerzos por convertirse en un país desarrollado.

Para desactivar la supuesta amenaza china, las élites estadounidenses están reagrupando a las potencias occidentales (incluyendo a Japón, Australia, etc.) en un solo bloque y al mismo tiempo hostigan al gobierno chino con ejercicios militares cercanos a su territorio. ¿Está dispuesto Estados Unidos a lanzar una guerra de exterminio contra China, montada en la mentira de que es una amenaza para la democracia y la libertad, cuando en el fondo solo busca preservar su hegemonía? No hay duda de ello. Es tarea de los revolucionarios desenmascarar el discurso de una nueva guerra fría y combatir las aventuras guerreristas del imperialismo estadounidense.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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