Por Aquiles Lázaro
Junio 2021

Uno de los planteamientos más recientes de los llamados estudios culturales es la relevancia de la diversidad. Es consenso general que el desarrollo pleno de la sociedad —o mejor dicho, que el desarrollo pleno de las sociedades de mundo— pasa definitivamente por el respeto irrestricto de las formas culturales de cada comunidad, de cada grupo humano. 

Una conclusión tardía pero necesaria. Hasta antes de nuestra época, la historia fue la historia de la aniquilación constante y premeditada de los otros, de lo extraño, de lo desconocido; la aniquilación de la cultura de los débiles por los fuertes; la imposición de una cultura completamente extraña a los vencidos.

En América, por ejemplo, los colonizadores europeos aniquilaron todo: lenguas, ciudades, expresiones artísticas, religiones. En donde había centenares de lenguas quedó ahora una sola y en donde había miles de formas de ver el mundo quedó ahora una sola.

Y bien, este proceso de homogeneización cultural que se había presentado hasta ahora siempre de forma violenta, ¿ha desaparecido realmente?

No. Es cierto que, de una parte, el desarrollo natural de la sociedad y su tendencia inevitable a la comunicación global exigen siempre un cierto grado de homogeneidad. Por razones prácticas, lo homogéneo se impone a lo diverso. Si hablamos la misma lengua nos entenderemos más rápido. Si usamos la misma moneda las transacciones comerciales son más eficientes.

Pero hay también necesidades discutibles: la necesidad de vender mercancías, la necesidad de acelerar los caudales de dinero que fluyen diariamente a los bolsillos de los magnates mundiales, la necesidad de someter a todos los poderes políticos del mundo a una sola égida implacable. Los procesos de homogeneización concebidos como medio para cumplir esos fines son ilegítimos, y más grave, son socialmente nocivos.

Ejemplo. La televisión, criticada en su momento precisamente por abonar aceleradamente este proceso de homogeneización cultural, es ahora juego de niños contra el verdadero control mundial de sus versiones modernas: las plataformas de streaming. Gracias a Netflix, ahora todos ven lo mismo, la misma película en las capitales europeas y en los pueblos de El Salvador. Todos tienen una versión del éxito, de la felicidad, de la libertad, del amor, de lo que es bueno y lo que es malo.

Y lo que sucede sutilmente en el terreno del dominio de las conciencias, sucede abiertamente en las turbulencias del tablero geopolítico. El puñado de países que someten al mundo han creado un código ético-político-moral construido por ellos, teorizado por ellos y declarado por ellos como el único y el mejor. Tal código debe regir, según ellos, a todos los países del mundo, lo quieran o no.

Hace unos meses, el ministro de relaciones exteriores de China expresó este fenómeno en palabras lapidarias: “Algunas personas en Estados Unidos han expresado repetidamente su deseo de fortalecer ‘un orden internacional basado en reglas’. Pero la pregunta es cuáles son las reglas, quién las estableció. Si estas son reglas establecidas solo por algunos países occidentales, entonces estas reglas son establecidas por solo el 12 % de las personas del mundo y no pueden convertirse en reglas universales para todos los países. Democracia no es Coca Cola, donde Estados Unidos produce el jarabe original y todo el mundo sabe igual. Si solo hay un modelo y una cultura en la Tierra, el mundo perderá su vitalidad y sus posibilidades de supervivencia”.

Estas son las trampas de la homogeneización cultural. La crítica de Occidente al llamado socialismo real se ha hecho realidad precisamente en su dominio: la de estos países es una sociedad (que no sociedades) donde todos piensan lo mismo, donde todos comen lo mismo, donde todos visten igual. Un mundo monótono e infinitamente gris que, por el bien de todos, ojalá no sea el futuro del planeta.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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