Por Diego Martínez
Junio 2021

A primera vista, pudiera causar algunas reservas la idea de que la izquierda opte por defender el orden institucional de un país cuando este está dominado por una clase política hostil a sus intereses. La idea común es que las leyes e instituciones están creadas para proteger los intereses de la clase dominante, y, por lo tanto, la tarea de la izquierda consiste en abolir esas leyes e instituciones en nombre de los intereses de las clases subalternas. Sin embargo, esta es una idea que, por su generalidad, no puede ser impuesta como tarea inmediata e inaplazable para todos los grupos que se identifiquen con los grupos oprimidos; cada contexto genera las necesidades inmediatas a resolver para contribuir la liberación de los oprimidos.

¿Qué es la izquierda?

Antes de pasar a analizar la importancia de defender el orden institucional actual, es necesario hacer claridad sobre lo que se entiende cuando se habla de izquierda, puesto que hoy se ha convertido en una etiqueta que cualquier grupo político puede usar, según convenga.

Mucho se ha dicho sobre lo innecesario de la distinción entre izquierda y derecha, debido a sus limitaciones para reflejar todas las tendencias políticas dentro del estado moderno. Sin embargo, por muy variados y cuantiosos que sean los grupos políticos que participan en la vida política de un país determinado, la izquierda o derecha se refleja en la forma en la que los grupos abordan los temas y problemáticas. La forma de resolver los problemas que aparentemente están alejados de la política como la cuestión ambiental, planificación familiar, derechos de minorías, etc., es lo que los sitúa dentro de los dos grandes grupos nacidos en la revolución francesa.

Hay temas generales que, a lo largo de los años, continúan siendo temas controversiales entre los distintos grupos políticos (entendemos por grupo político no solo los partidos oficiales, sino todo grupo provenientes de la sociedad civil que participa dentro de las problemáticas de interés general como ONGs, colectivos, movimientos sociales, etc.). Hoy, en el debate público, tanto de México como de diversos países de habla hispana, son los términos de “derecha” e “izquierda” los que van abriéndose paso, colocándose como los grandes polos en los que se pueden agrupar las corrientes políticas. Cada uno de ellos lucha por ganarse la voluntad del electorado.

Uno de los autores clásicos de la ciencia política menciona que uno de los criterios fundamentales para distinguir si un grupo político es de izquierda o derecha tiene que ver con la idea de “igualdad”:

“aquellos que se declaran de izquierda dan mayor importancia en su conducta moral y en su iniciativa política a lo que convierte a los hombres en iguales, o a las formas de atenuar y reducir los factores de desigualdad; los que se declaran de derecha están convencidos de que las desigualdades son un dato ineliminable, y que al fin y al cabo ni siquiera deben desear su eliminación” (Estefanía, en Bobbio 1996).

La izquierda se compromete a reducir la desigualdad en diferentes esferas (económica, política, etc.), no una igualdad absoluta, lo que carecería de sentido. A este criterio propuesto por Bobbio, el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez (ASV) agrega el de la “libertad”, por considerar insuficiente el primero; habla de una libertad que pasa del “plano formal al real”. Sin embargo, Sánchez Vázquez argumenta que para hacer la distinción entre izquierda y derecha habría que echar mano de otros criterios complementarios[1], y así definir cada posición política en su momento determinado. Por supuesto que la consideración de otros criterios no nulifica la importancia a los dos criterios mencionados con anterioridad.

En resumen, dice el filósofo:

“Con respecto a estos dos criterios básicos, la derecha ha tendido históricamente a limitar el área de las libertades reales para la mayoría de la población y a frenar los avances en la igualdad social, reclamados por las clases más desprotegidas. La izquierda, por el contrario, ha tendido —en mayor o menor medida de acuerdo con la franja de que se trate— a superar esos límites y frenos, y a ampliar la esfera de las libertades reales y de la igualdad social. Ser de izquierda —o, más exactamente, estar a la izquierda— sigue significando hoy asumir con un contenido concreto, efectivo, ciertos valores universales: dignidad humana, igualdad, libertad, democracia, solidaridad y derechos humanos, cuya negación, proclamación retórica o angostamiento han sido siempre propios de la práctica política de la derecha” (ASV)

Lo importante de los planteamientos de Sánchez Vázquez es que no son posturas puramente ideológicas, ni restringidas a los individuos, sino que se traducen en programas y acciones, tanto de los que están en el poder como los que no. En México como en el resto de los países, cada gobierno toma una postura de derecha sobre las libertades y la igualdad.

Aunque desde los primeros gobiernos posteriores a la revolución se desarrollaron  programas tendientes a limitar las libertades y a potenciar los avances de las desigualdades es en la década de los 70s cuando los programas de derecha encuentran su momento para consolidarse con la entrada del neoliberalismo.[2] Todo esto se hizo bajo la complicidad del partido de la “revolución hecha gobierno”, y las diferencias entre los partidos que oficialmente representaban a la derecha e izquierda se desdibujan para siempre.

A finales del siglo pasado, la derecha mexicana contaba ya con diferentes partidos políticos, mediante los cuales asegurar su permanencia en el poder. Aunque algunos de estos utilicen discursos más o menos radicales es la misma clase la que está detrás de cada uno de ellos, y esto se demuestra a partir de la facilidad con que entre ellos se intercambian militantes, pues estos no encuentran diferencia alguna entre militar en el PRI, PAN, PRD o Morena.

Si la clase política monopoliza los partidos políticos, ¿en qué lugar se encuentra la izquierda?

Muchos comentaristas y académicos, por órdenes del Estado, pretenden desarrollar una narrativa en la que se establezca que la izquierda en México está representada por la Cuarta Transformación (4T). No es este el lugar para repasar los disparates con los que se pretende ocultar la realidad sino considerar, a la luz de los dos criterios mencionados, qué ha hecho la 4T y a partir de ahí ver de qué lado se coloca.

Respecto al criterio de “igualdad”, las cosas en el país siguen la misma dirección que en los sexenios anteriores. Las desigualdades sociales van en aumento, los pobres siguen siendo pobres y los ricos aumentan sus ganancias. Vemos que empresarios continúan enriqueciéndose bajo la protección del gobierno actual, como sucedía con los anteriores. Pueden cambiar los nombres, pero pertenecen a la misma clase. Las políticas y programas encaminadas a disminuir las desigualdades siguen limitadas a programas asistenciales que, por más que cambien de nombre, son los mismos; además han reducido los gastos en otros programas importantes para las familias mexicanas. Pudiera decirse que tres años es poco tiempo para ver disminuida una desigualdad que viene de muchos años atrás, y que, cabría entonces tener esperanza/confiar en las promesas. No obstante, después de medio que no hay perspectivas reales sobre la adopción de medidas encaminadas a reducirla, porque esto significaría tocar los intereses de grupos de poder, tanto los que están en el gobierno como los que no, pero son protegidos por este. La fórmula es la misma, políticas públicas pensadas para que pueda sobrevivir en la pobreza, pero no salir de ella.

Hay también otros aspectos en los que se impone la visión derechista de la 4T. Es el caso concreto de la lucha de las mujeres. Las respuestas que se han dado a este movimiento han sido para descalificarlo, restando importancia a sus demandas, incluso afirmando que las cosas ya van bien, y que las que protestan son provocadoras. En lugar de que se investiguen sus peticiones, se pide que se investigue quién financia sus actividades políticas. Negar de principio el problema claramente forma parte de las actitudes de derecha.

En lo que respecta al criterio de las “libertades”, la 4T ha provocado una embestida brutal en contra de ellas. Las instituciones mismas que se encargarían de garantizarlas están siendo cooptadas para quedar bajo el mando del presidente. Es el orden constitucional lo que garantiza las libertades, y aunque ciertamente su forma actual (liberal) es limitada, está la ha adquirido a lo largo de los años gracias a las exigencias de la sociedad civil, principalmente a través de la protesta pública.

El caballo de batalla para atentar contra las libertades políticas de la sociedad civil ha sido el de la corrupción. Desde el inicio la 4T estableció no tratar con organizaciones, acusándolas de corruptas, etc., sin haberlo demostrado. Con esto, arrebatan la libertad de libre organización a los ciudadanos. Si las opiniones de individuos o grupos sociales no son favorables al gobierno, son entonces descalificadas y se atribuyen automáticamente a un deseo por regresar al “viejo régimen”. Así como estas, otras libertades de los mexicanos se han venido limitando poco a poco mediante leyes aprobadas por un congreso dominado por la 4T, como la reciente ley de telecomunicaciones en relación con la entrega de datos biométricos.

Hoy, a escasos días de las elecciones, una de las libertades que se le pretende arrebatar a los mexicanos es la de elegir a sus representantes. En los casos donde las posibilidades de que ganen los candidatos de la coalición “juntos haremos historia” son insignificantes se busca imponer la voluntad del presidente. Para esto nuevamente es el orden institucional lo que se pretende destruir. Comenzado con la división de poderes, el ejecutivo tiene en la bolsa al poder judicial, con Zaldívar como pieza clave; también se tiene controlado al legislativo. Falta someter otros organismos como el Tribunal Electoral y el mismo Instituto Nacional Electoral. El primero prácticamente ha claudicado, y a pesar de que el INE se resiste está constantemente bajo el ataque de la 4T y en cualquier momento puede ser sometido. El actual gobierno se ha trazado como objetivo minar la credibilidad del instituto, ensuciar su imagen, para que, en caso de perder las elecciones, puedan fácilmente fraude electoral. Están pues, preparando el terreno para imponer a sus candidatos sin respetar la libre elección de los ciudadanos

No solo a través del control de las instituciones se pretende limitar la libertad de los electores, sino mediante la utilización de otras artimañas: pretenden intimidar a la población para que no acudan a las urnas y así restar votos a los candidatos opositores, o como suelen hacer en los lugares donde la 4T está en el poder condicionan los apoyos sociales a cambio de que voten por sus candidatos.

Una estrategia de la que se ha valido el presidente de la república es la utilización de las conferencias matutinas para hablar en contra de los candidatos opositores, aunque esto claramente es un delito electoral y las autoridades pertinentes han hecho los llamados pertinentes, el presidente los ha ignorado incluso ha acusado al INE de querer restringir su libertad de expresión; “nada más horrible que este mono, ya presentido por Voltaire, a quién le fue permitido durante algún tiempo dar rienda suelta a sus instintos de tigre” (Marx, 1973).

 Todas estas son las viejas prácticas de los gobiernos anteriores, que como vemos, los actuales reproducen al pie de la letra y todo esto confirma que hoy la derecha se divide entre la que está y la que no está en el poder, la 4T es otra cara de la misma moneda.

¿Entonces a quién le corresponde la defensa del orden institucional?

Los puntos de vista de la 4T como de los partidos oficiales sugieren que el debate político es solo lo que involucra la participación de ellos como protagonistas y que en México solo es válido hablar de izquierda o derecha solo si se hace teniéndolos como únicas opciones.

Sin embargo, después de expuesto en párrafos anteriores, podemos concluir que la izquierda en México no está en el poder, sino en los grupos políticos subalternos que luchan todos los días por hacer escuchar sus reclamos. A ellos corresponde defender las libertades y las instituciones que las garanticen. Y no se trata de un izquierdismo, como suele acusársele a los que no caen en la trampa de las clases dominantes de pensar que la izquierda es la 4T, al contrario, se trata de observar las relaciones de poder desde un punto de vista de clase y demostrar que es la misma clase la que han traspasado el poder político entre sus integrantes quienes cambian de partido cada que lo consideran necesario. Ver las cosas de otra manera es autoengañarse y más grave aún, engañar a las clases explotadas del país para que apoyen a sus explotadores.

La derecha que hoy no se encuentra en el poder está incapacitada para defender el orden institucional mexicano y se equivoca al pensar que la Organización de los Estados Americanos (OEA) es la encargada de defenderlo, con esto solo demuestra una vez más su hostilidad hacia las clases populares. Su mismo interés de clase les impide ver dónde radica la verdadera solución del problema. Esto implica entonces, que todos los grupos políticos subalternos se agrupen en torno a un solo objetivo: defender la constitución. Este seis de junio es un momento clave para poner un alto al autoritarismo de la 4T.

Defender el orden institucional vigente no implica pensar que este es la mejor forma de organizar las relaciones políticas mexicanas. Se trata de no retroceder, no perder lo que se ha ganado. Es claro que a la izquierda le corresponde superar el orden político actual, pero esto solo será posible cuando se demuestre su caducidad como herramienta para organizar el poder político. Con la 4T se demuestra que esta herramienta es más necesaria que nunca. De lo que se trata es de perfeccionarla para avanzar en la reducción de las desigualdades y en ampliación de las libertades. Por eso hay que defenderla.

De continuar como hasta ahora, las distintas agrupaciones que aún no se sienten vulneradas por el autoritarismo de la 4T, serán pronto sus víctimas. En ese momento recordaran las palabras de Niemöller: “Cuando finalmente vinieron a buscarme a mi, no había nadie más que pudiera protestar”, será demasiado tarde.


Diego Martínez es sociólogo por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] “Estado y sociedad civil, relaciones de propiedad, papel del mercado, reivindicaciones de las minorías étnicas, nacionales o sexuales; relaciones diversas: entre el hombre y la naturaleza, la Iglesia y el Estado o entre las naciones, así como políticas concretas: de bienestar social, fiscal, laboral, científica, educativa, artística, etcétera” (ASV, 1995)

[2] De los 70s a la fecha, este proceso se acelera, la libre empresa penetra en cada Estado-nación con mayor facilidad y bajo la protección de las burguesías locales y a nivel internacional protegidos por los Estados Unidos, que después de la caída de la URSS se coloca como única potencia autorizada para “exportar libre mercado y democracia”.

Referencias

Bobbio, N. (1996). Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política. Taurus.

Marx, k. (1973) La guerra civil en Francia, en Obras Escogidas t. II, Progreso.

Sánchez Vázquez, A. (1995). Izquierda y derecha en política: ¿y en moral? En: http://www.omegalfa.es.

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