Por Gladis Mejía
Mayo 2021

Que la clase trabajadora mexicana estaba ya bastante golpeada a partir del periodo neoliberal es un hecho sabido y reconocido por toda la sociedad. El mismo presidente López Obrador, durante el periodo de la elección para ocupar la silla presidencial para el sexenio 2018-2024, hizo campaña prometiendo terminar con el neoliberalismo (eso sí, en su maraña de ideas nunca se pudo atisbar una comprensión siquiera superficial del modelo económico tan señalado). Pero en estos tiempos turbulentos, las condiciones de vida de la clase trabajadora están empeorando a ritmos acelerados debido, fundamentalmente, a la inacción del gobierno para superar la crisis económica y a la llamada “austeridad republicana”, culminando en tragedias lamentables e inconcebibles por la reducción del presupuesto para obra pública.

Hace unos días, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) difundió su Informe referente a la pobreza laboral al primer trimestre de 2021 respecto del primer trimestre de 2020. Los datos que presenta el documento dan fe de la tesis enunciada en el párrafo anterior. El ingreso laboral disminuyó 92 pesos mensuales en términos reales en un año, por lo que ahora 4 de cada diez personas que trabajan no puede adquirir la canasta básica. Esta disminución de la capacidad de compra del salario se debe a la inflación de 4% en 2020 y a que, debido a la crisis económica, los salarios se precarizaron aún más, sin crear ningún apoyo monetario para los trabajadores (ya que los programas sociales insignes de esta administración no llegan a ellos).

Y más. Hubo una reducción del total de trabajadores ocupados en 2.1 millones, y a quien más afectó esta pérdida de empleos fue precisamente a los ocupados en el sector informal, aquellos que no cuentan con un seguro social ni con liquidación obligada por la ley. Para ver la magnitud de esta escalofriante cifra, imagínese a toda la población del estado de Yucatán desempleada. Tal situación no augura más que mayor empobrecimiento y desigualdad en el ingreso laboral: el ingreso del 20% de la población con menores ingresos (primer quintil) se redujo en 40%, mientras que el 20% de la población con mayores ingresos (quinto quintil) solo disminuyó 1.5%; además, la población que gana hasta un salario mínimo está aumentando, mientras que disminuye la población que gana más de un salario mínimo.

Es cierto que esta situación alarmante es acumulativa de todo el periodo neoliberal, pero todos estos números que acabo de enlistar son consecuencia directa del manejo de la economía de este gobierno, pues, en primer lugar, ocurren durante su mandato y, en segundo lugar, él prometió durante su campaña terminar con ello. ¿Qué hace, ante esta situación, el presidente López Obrador? Dictando desde la tribuna presidencial sentencias contra los conservadores, enfrascado en peleas palaciegas contra los “fifís” y la prensa, supervisando Dos Bocas y el Tren Maya, abraza la idea de un pueblo abstracto, mientras que ignora las demandas del pueblo realmente existente. Efectivamente, las demandas por medicinas en los hospitales públicos, por la mejora del STC Metro, por el aumento de presupuesto para obra pública, por aumento en los salarios, no son precisamente de los conservadores, sino de la gente pobre que utiliza los servicios públicos. Ellos son las víctimas mortales de la “austeridad republicana”, no los más privilegiados.

El principal enemigo de la clase trabajadora mexicana tiene nombre. Ya decía Lenin en 1903: “(…) Los demagogos son los peores enemigos de la clase obrera. Son los peores porque excitan los malos instintos de la multitud y porque a los obreros atrasados les es imposible reconocer a estos enemigos, los cuales se presentan, y a veces sinceramente, como amigos. Son los peores, porque en este periodo de dispersión y vacilaciones, en el que la fisonomía de nuestro movimiento está aún formándose, nada hay más fácil que arrastrar demagógicamente a la multitud, a la cual podrán convencer después de su error solo las más amargas pruebas”.

Y las más amargas pruebas las estamos viviendo. Detrás de la tragedia del Metro, la tragedia de la salud, la tragedia del hambre, la condena al paro forzoso porque no hay trabajo ni creación de empleo, la tragedia de la falta de medicinas… Nada de esto importa en aras de la consolidación de la “cuarta transformación” y su “austeridad republicana”. Encima de todo, la guerra contra el Instituto Nacional Electoral para la imposición del gobierno de un solo hombre, pretende eliminar la pequeña posibilidad de que la clase trabajadora mexicana se organice de manera legal para la construcción de su propio partido y la defensa de sus intereses. En este sentido debemos razonar nuestro voto en estas elecciones intermedias.


Gladis Mejía es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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