Por Gladis Mejía
Marzo 2021

La ciudad es el lugar por excelencia donde ocurren los procesos de acumulación del capital, así que en la ciudad se concentran, necesariamente, las dos clases principales de la economía capitalista: trabajadores y capitalistas. Para que la acumulación se realice se necesitan estos dos factores esenciales: fuerza de trabajo y capital, y éste último hace todo lo posible por concentrar en una zona a los trabajadores que necesita y formar “economías de escala”. Y también, para su continua reproducción y su mantenimiento como sistema económico dominante, el capitalismo necesita cambiar de formas de acumulación y organización del trabajo cuando alguna no le favorece ya más para su valorización creciente, lo que hará que, necesariamente, el espacio en el que se desenvuelve cambie con tales formas.

Mientras el país funcionó bajo el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) la mayoría de las inversiones se hallaban fuertemente concentradas en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM): en 1970, la mitad del valor de la producción industrial total se generaba solo en la Ciudad de México y el Estado de México; detrás de ellos, Nuevo León, que aportaba 10%. En 1980, las localidades más industrializadas de la zona eran Azcapotzalco y Tlalnepantla, seguidas de Ecatepec y Cuautitlán Izcalli. Es decir, la mayoría de las empresas se concentraba en norte de la ZMCM.

El sistema capitalista sujetó a su funcionamiento a la fuerza de trabajo mexicana, que afluía a la ciudad en busca de una mejora sustancial de su nivel de vida. El Estado de México fue el área de concentración urbana: entre 1975 y 1980, recibió la mayor cantidad de inmigrantes, debido a la continua expansión territorial de la Ciudad de México y a la expulsión de muchos de sus habitantes incapaces de costear la renta elevada de la tierra, pero también debido al flujo migratorio procedente de las demás entidades. La acumulación de capital físico alrededor de la Ciudad de México demandaba cantidad creciente de fuerza de trabajo, pero también su correspondiente ejército de reserva. 

Así, la periferia urbana se comenzó a poblar aceleradamente. Desde finales de la ISI era inocultable el ejército flotante que existía alrededor de la ZMCM y la incapacidad del sistema de absorber a toda la fuerza de trabajo que había atraído a la ciudad con la promesa de prosperidad. Daniel Hiernaux realiza una caracterización precisa de la periferia: es el lugar de residencia de los sectores populares, el resultado de la intensa migración y de la sobrepoblación del centro de la ciudad; es la referencia de la miseria, la condición de área dormitorio, la irregularidad del suelo, de la vivienda y la informalidad.

A principios de la década de 1980, estallaron todas las ineficiencias acumuladas de la ISI y dibujaron otro patrón de acumulación que regiría al país hasta nuestros tiempos: el neoliberalismo. El nuevo modelo de acumulación se caracterizó por el énfasis en el mercado externo como eje del crecimiento económico. Pero, además, la implosión del patrón de acumulación de la ISI coincidió y estuvo ligado fuertemente al cambio, a nivel mundial, del patrón de acumulación manifestado en el aperturismo externo y la deslocalización de la producción, que daría pie a lo que en los años 90 se le conocería como globalización. Ello hizo que México se viera en un proceso de destrucción industrial muy serio sin ningún plan de respaldo debido al abandono gubernamental.

El impacto de la crisis se reflejó en las condiciones de vida de la población: la desindustrialización provocó modificaciones en la estructura del empleo: a la par que se perdieron miles de puestos de trabajo en la manufactura, comenzó a predominar el empleo en servicios de bajo valor agregado y trabajadores por cuenta propia, disminuyendo radicalmente el nivel de vida de la población. El proceso de expulsión hacia la periferia se reforzó en las décadas de los 80 y 90; debido a ello, la parte conurbada del Estado de México superó en población a la capital. Y es que la crisis de los años 80 no produjo una desaceleración de la dinámica urbana porque la fuerza de trabajo reacciona tarde a los movimientos en la acumulación de capital, pues depende de él. Entre 1980 y 1990, la población urbana tuvo el crecimiento absoluto más elevado de todo el siglo XX, y, por otro lado, hubo, también por primera vez en el siglo, una disminución absoluta de la población rural cercana a 6.8 millones. 


Gladis Mejía es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.