Por Ehécatl Lázaro
Febrero 2021

Desde su fundación, en 1949, la República Popular China se planteó una política exterior acorde con el movimiento revolucionario que había llevado al Partido Comunista de China al poder: el marxismo-leninismo. En el plano internacional, el planteamiento fundamental del marxismo-leninismo apuntaba a la conformación de una organización global de trabajadores que promoviera la revolución mundial como paso necesario en la construcción del comunismo. Fue este principio el que guio la política exterior de China entre 1949 y 1971.

En las décadas de 1950 y 1960, la China roja (como se le llamaba para diferenciarla de Taiwán, la otra China) imprimió millones de obras clásicas del marxismo-leninismo para inundar el mundo con las ediciones de Pekín, apoyó militarmente a Corea del norte contra Corea del sur y sus aliados estadounidenses, intervino en la guerra de Vietnam contra el avance militar norteamericano, hizo llamados abiertos al derrocamiento del imperialismo estadounidense, y en general usó sus limitados recursos para promover la revolución mundial. Sin embargo, la ruptura de relaciones con la Unión Soviética provocó un viraje importante en la política exterior china.

El conflicto sino-soviético se produjo, fundamentalmente, a nivel ideológico. Si bien la relación entre China y la URSS no había sido la mejor mientras vivía Stalin, Mao sí reconocía en la URSS al destacamento socialista de avanzada, y valoraba a Stalin no solo como el gran líder soviético triunfador de la Segunda Guerra Mundial, sino también como un referente teórico de la doctrina comunista. La muerte de Stalin (1953) y las críticas que contra él lanzó Jrushchov en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (1956), significaron un punto de inflexión en las relaciones entre China y la URSS.

Mao acusó a la URSS de haber renunciado a la construcción del socialismo, de favorecer el socialismo en un solo país, de convertirse en un imperio (imperialismo soviético) y de traicionar el principio de la revolución mundial al promover la coexistencia pacífica con el bloque capitalista. Al deshacerse de la “espada de Stalin”, Jrushchov y los líderes soviéticos se habían deshecho también del marxismo-leninismo para convertirse en revisionistas, como despectivamente los llamó Mao. La confrontación ideológica devino rápidamente en una confrontación estratégica: soviéticos y chinos dejaron de ser “hermanos comunistas” en el plano internacional.

De ser un aliado fundamental, la URSS se convirtió en el principal enemigo estratégico para China. En la guerra entre China e India (1962) la Unión Soviética apoyó a la India, las bases militares soviéticas localizadas en Manchuria comenzaron a verse como una amenaza, y China empezó a observar con recelo un posible triunfo de Vietnam del norte, pues como aliado de la URSS eso representaba un peligro estratégico. La confrontación llegó a su clímax en 1969, cuando tropas chinas y soviéticas tuvieron un enfrentamiento en el río Ussuri y se dispararon las alarmas de una posible guerra. A partir de ese momento, la URSS se convirtió en el enemigo más peligrosos de China: de las dos potencias (EE.UU. y URSS) era la que estaba más cerca, había desplegado un millón de soldados en la frontera con China, y tenía estratégicamente rodeada a China: al norte, Rusia; al oeste, los países soviéticos de Asia central; y al sur, Vietnam. Mao evaluó que, entre los dos imperialismos existentes, el más peligroso era el soviético. Para defenderse, decidió aliarse con la otra potencia: Estados Unidos.

Las conversaciones secretas entre Zhou Enlai y Kissinger en 1971 prepararon el terreno para que en 1973 se entrevistaran Mao y Nixon en Pekín, efectuándose un cambio en la correlación mundial de fuerzas: China y Estados Unidos formaron una alianza contra la URSS. Como apunta Kissinger en su libro On China (2011), las demandas de los dirigentes chinos (primero Mao y después Deng) buscando de Estados Unidos acciones más efectivas contra la Unión Soviética a nivel mundial, superaban incluso a las posiciones de los republicanos más conservadores en Washington. La alianza funcionaba bien: los puntos más intrincados de la relación sino-norteamericana fueron neutralizados (Taiwán), Estados Unidos pudo enfocarse en la URSS y China pudo intervenir militarmente en Camboya y Vietnam para contener el despliegue soviético.

La política exterior de la República Popular China pasó de estar definida por los principios ideológicos del comunismo (1949-1971) a la realpolitik (1971-1991). La caída de la URSS y el fin de la Guerra Fría significó la ruptura de la alianza estratégica entre China y Estados Unidos: al desaparecer el enemigo común, la alianza se volvió innecesaria. Por otro lado, el pujante crecimiento económico de China y las advertencias que al respecto hicieron los “think tanks” estadounidenses distanciaron a los dos países. En el nuevo siglo, China y EE.UU. volverían a ser enemigos.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.