Por Abentofail Pérez
Febrero 2021

El imperialismo capitalista tuvo sus raíces a finales del Siglo XVIII, cuando la estructura económica creaba las condiciones que propiciaron la aparición de esta nueva fase de su desarrollo. Considerar al imperialismo como una expresión puramente política e ideológica imposibilita cualquier análisis objetivo sobre el mismo.

El monopolio es el elemento determinante del imperialismo. Éste debe entenderse como la concentración de cada vez más medios de producción en menos manos al mismo tiempo. Existen varias formas de monopolio, entre las que sobresalen los llamados trust carteles, que se forman con dos o más empresas que se encargan de dirigir la producción. Muchas veces solo son acuerdos de subordinación con los que pequeñas empresas se entregan a las grandes para sobrevivir.

Vladimir Ilich Ivanov, Lenin, dice al respecto: “La concentración, al llegar a un grado determinado de su desarrollo, puede afirmarse que conduce por sí misma de lleno al monopolio, ya que a unas cuantas decenas de empresas gigantescas les resulta fácil ponerse de acuerdo entre sí y, por otra parte, la competencia, que se hace cada vez más difícil, o sea, la tendencia al monopolio, nacen precisamente de las grandes proporciones de las empresas”.

Lenin pone particular atención en el impacto que las crisis económicas tienen en el desarrollo de los monopolios y el crecimiento del imperialismo. Las crisis provocan que las pequeñas empresas que no pueden resistir el embate de los grandes monopolios, sean “expulsadas” de la competencia o, en el mejor de los casos, absorbidas por éstos. Una de las herramientas fundamentales para la creación de los grandes carteles o trust son los bancos.

La banca desarrolla un vínculo indisoluble con la industria. El mercado ya no se rige por los requerimientos de la producción, que pasa a segundo término; en su lugar se imponen las prioridades del capital financiero, que paulatinamente permea toda la esfera social, controlando la política y el Estado.

En estas circunstancias es cuando debe observarse la aparición de los grandes imperios. Los principales bancos ahora tienen en su poder el capital monetario, son los encargados de trasladarlo e invertirlo en los países controlados directa o indirectamente por las grandes potencias. El avasallamiento de los emporios financieros se centra en los países subdesarrollados. La conquista y control de sus riquezas y mercados se vuelve “la manzana de la discordia” entre los grandes imperios.

El reparto del mundo entre los grandes grupos capitalistas se genera en relación proporcional a su fuerza. La forma en que lo consiguen es indistinta para el imperialismo; puede ser pacífica o belicosa, pero siempre hallan la manera de introducir sus capitales en los países cuyos Estados no tienen fuerza para resistir. Lógicamente, la estrategia más conveniente para esta fase superior del capitalismo es el control político que el gran capital busca en estas naciones para doblegar su independencia y someterlas a sus intereses.

El nacionalismo recalcitrante que caracterizó las primeras décadas del Siglo XX fue una manifestación de esta nueva condición en el sistema. El fascismo y el nazismo aparecieron en el escenario de la historia como la nueva fase de los intereses monopólicos y del desarrollo imperialista.

“El fascismo presentaba algunas importantes ventajas para el capital que no tenían otros regímenes. En primer lugar, eliminó o venció a la revolución social izquierdista y pareció convertirse en el principal bastión contra ella. En segundo lugar, suprimió los sindicatos obreros y otros elementos que limitaban los derechos de la patronal en su relación con la fuerza de trabajo… en tercer lugar, la destrucción de los movimientos obreros contribuyó a garantizar a los capitalistas una respuesta muy favorable a la Gran Depresión”. (Hobsbawm)

Una característica esencial de esta nueva faceta del capitalismo es que tiende a eliminar a todos los competidores. No puede permitir la aparición de fuerzas que rivalicen con la suya. La Primera y la Segunda Guerras mundiales fueron pugnas imperialistas por la repartición del mundo. Se enfrentaron los grandes monopolios de las más importantes potencias y, con sus resultados, se consolidó la nueva hegemonía que regiría el orbe.

El imperialismo ha mudado de ropa. Ya no es el Imperio Británico, como observaba Hobson, ni el imperio alemán en el que Lenin y Hilferding centraron sus análisis. Ahora Estados Unidos lleva la voz cantante de la política económica y el imperialismo no tiene patria. Ante todo privará el principio básico de acumulación del capital, que representa el motor único de este periodo capitalista. Acumulación que, sin embargo, se concentra cada vez en menos manos, despojando a las grandes mayorías de las condiciones necesarias para garantizar la sobrevivencia.


Abentofail Pérez es Maestro en Filosofía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.