Por Gladis Mejía
Diciembre 2020

El trabajo humano ha sido siempre fundamental para la producción de los bienes materiales que la humanidad necesita para sobrevivir, y este hecho es común a todas las épocas históricas. Hasta ahora, a pesar de todo el progreso técnico, sin el trabajo humano es imposible producir los bienes que se requieren para satisfacer las necesidades de la sociedad. Carlos Marx demostró que en el sistema capitalista de producción los trabajadores son indispensables porque son los únicos que pueden lograr aquello que el capital solo no puede: que el monto total de capital que se invierte en la producción, salga de ella con más valor del que tenía cuando entró, y que, después de vendida la mercancía, el capitalista se encuentre con una suma dineraria mayor a aquella que ingresó a la inversión. Esto es fruto del esfuerzo desplegado por el trabajador en su centro de trabajo. Así, pues, la mercancía fuerza de trabajo es una mercancía especial porque es la única que puede hacer que se incremente el valor del capital y que el sistema se reproduzca una y otra vez.

Ahora bien, México ocupa el lugar número 10 en población a nivel mundial. Cerca del 80% de ella puede calificarse como trabajadora, es decir, que no cuenta con medios de producción y necesariamente debe emplearse, debe vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. ¿Qué pasa con este gran monto de la fuerza de trabajo? Más de 110 mil mexicanos han muerto por Covid-19, y ha sido de las filas de la clase trabajadora de donde han salido, fundamentalmente, estos decesos; tan solo el año pasado hubo cerca de 100 muertes diarias por homicidios dolosos debido al incremento de la violencia; diez mujeres son asesinadas, en promedio, cada día; casi 4 niños también mueren diariamente por la violencia. Y así se pudiera seguir enumerando. El resto de la fuerza de trabajo mexicana se encuentra mal alimentada, sin empleos bien remunerados y cerca del 60% carece de seguridad social, por lo que le es imposible atenderse ante cualquier dolencia sin gastar una fortuna.

En las últimas décadas, la población en edad de trabajar, aquella que tiene entre 15 y 65 años, componía la mayor parte de la población mexicana, pero esto cambiará dentro de pocos años por el envejecimiento de la población. Es decir, el país está desaprovechando su gran número de trabajadores como elemento generador de riqueza, pues no hay dónde emplearlos y los pocos empleos que existen son insuficientes o de bajo valor agregado. Además de la violencia, la situación de los trabajadores ha empeorado por el Covid-19, ya que las acciones del gobierno para contener la pandemia han sido inútiles, poniendo a los trabajadores entre la vida y la muerte.

Ante esta situación, el gobierno de la autoproclamada Cuarta Transformación no está haciendo nada. Y es que su transformación parte de la concepción falseada que tiene Andrés Manuel López Obrador de que toda riqueza proviene de un manejo corrupto de la política. A partir de ahí se construye su única política económica y social de transferencias monetarias, política errónea porque parte de un análisis falso de la realidad que no sacará nunca al país de la pobreza. Con su concepción puramente sensorial de la realidad, AMLO no reconoce a los trabajadores como la única fuente creadora de riqueza y pretende apaciguar los grandes males con la caridad cristiana.  Así, incluso si llegara a acabar con la corrupción la situación para los trabajadores mexicanos seguiría prácticamente igual.


Gladis Mejía es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.