Por Jenny Acosta
Noviembre 2020

La Ilustración es una de las etapas más importantes de la historia humana. En ella acontecieron cambios radicales en la concepción que la sociedad tenía del mundo, se promovió y realizó la actividad científica, se puso al ser humano en el centro del mundo, desterrando a Dios a la adoración privada, se demostró que el conocimiento puede transformar el mundo y que el destino de la humanidad está en sus propias manos.

Pueden recordarse los nombres de Bruno, Galilei, Newton, Bacon o Kant, como algunos de los más importantes precursores y defensores de la capacidad humana de razonar y transformar el mundo. Sapere aude (atrévete a saber) es la sentencia que mejor sintetiza la libertad de la razón que la Ilustración trajo consigo en el ámbito epistemológico. A la visión teológica del universo, que a todo respondía con la fuerza y potencia de Dios, la Ilustración contestó con la ciencia. La ciencia, la investigación sistematizada del universo con las herramientas naturales y creadas de que el ser humano disponía, se presentó como la forma más real para desentrañar los misterios del universo. La ciencia, a diferencia de la religión, estaba al servicio de todo aquel que la supiera utilizar, independientemente de su condición social, en este sentido, fue un paso importante para la igualdad entre los seres humanos.

La consideración de la ciencia como una práctica imparcial de conocimiento se mantuvo por muchos años, hasta que comenzó una crítica profunda a las bases sobre las que se fundaba el método y conocimiento científicos. Este camino, abierto a principios de 1900, fue atravesado por Karl Popper, Thomas Kuhn, Paul Feyerabend, entre otros. Su reflexión sobre la práctica científica contribuyó a desmitificar la omnisapiencia científica, posibilitando un cuestionamiento constante no solo a las verdades alcanzadas, sino también a los métodos utilizados por la ciencia. Con su aportación, y la de otros pensadores como Max Horkheimer o Karl Marx, fue posible evidenciar que la ciencia no es aséptica, que también está influenciada por su contexto histórico y por las relaciones sociopolíticas que atraviesan y posibilitan toda práctica teórica.

Aunque las reflexiones que hicieron estos filósofos y científicos críticos se sitúan en el siglo pasado, incluso en el antepasado, ello no significa que sus reflexiones hayan quedado superadas, o que esa relación entre la ciencia y la política que se busca ocultar bajo la pretendida objetividad científica ya no exista. Esta pandemia ha sido especialmente ilustrativa para demostrarlo, tanto en una perspectiva mundial como nacional.

La carrera por ser el primer país en presentar una vacuna contra el virus SARS-COV 2 no ha sido precisamente la más neutral. De todas las vacunas que los científicos están creando contra este virus, solo una ha recibido ataques en la presentación de sus avances: se trata de la investigación desarrollada por el gobierno ruso. Lo logrado por los científicos rusos es calificado como incierto, dudoso, cuestionable, falta de datos, no respaldada, etcétera, mientras que las vacunas inglesa, norteamericana y francesa, solo reciben palabras alentadoras de lo mucho que confía el mundo occidental capitalista en su investigación. En estricto sentido, cualquier vacuna que esté siendo investigada para contribuir a erradicar la crisis sanitaria y económica provocada por la COVID-19 debe ser recibida con esperanza y aliento, y se debería aceptar de principio la buena fe que mueve a los científicos que la investigan. Para los rusos no hay palabras de aliento, ni tampoco pruebas que demuestren que operan de mala fe y que buscan afectar con su vacuna a la población mundial. Parece, más bien, que la guerra fría no ha terminado y que cada paso que dé una perspectiva no avalada y respaldada por el statu quo es errónea de principio y debe ser atacada con todo el poder mediático al alcance de los competidores que sí están aceptados.

En México, los organismos federales encargados de controlar la pandemia han demostrado también que el uso de métodos científicos no exenta a los usuarios de transgredir las cifras por sus posturas políticas, que ciencia y política no son dos islotes aislados en el mar social que no tienen relación entre sí.

Mientras que en muchas partes del mundo los epidemiólogos enfatizaron la importancia de hacer la mayor cantidad de pruebas entre la población para contar así con los registros más exactos de contagiados y zonas de alto riesgo, buscando que esta información permitiera un control efectivo en la contención del virus, en México se decidió basar las cifras de contagio con un modelo matemático, el modelo “Centinela”. Las deficiencias de esta decisión cobraron factura rápidamente. La realidad que vivía la sociedad mexicana: la sobreocupación de hospitales, la negativa de atender a los enfermos, la desinformación, los muertos por COVID-19 reportados como enfermos de pulmonía, entre otros hechos, dejaron claro que el modelo centinela era ineficaz para medir el verdadero impacto de la enfermedad en el país. Poco después se suma a esta situación, agravándola, el subregistro que el Instituto de Salud Pública tenía de los enfermos y muertos por COVID-19, con lo que si el modelo Centinela marcaba unos 20,000 casos de contagio considerando la información registrada, en las calles podría haber hasta 50,000 en total.

Los medios de comunicación comenzaron a exigir a López-Gatell que explicara, como encargado del manejo de la pandemia, si la situación real coincidía con la reportada, que expusiera la efectividad del modelo seguido, que comentara por qué no estaba siguiendo las recomendaciones de pruebas masivas que la ONU había proporcionado, etcétera. La respuesta del subsecretario siempre se alineó, sin modificaciones, a lo que el presidente López Obrador opinaba sobre cada punto, no había de parte de López-Gatell aportaciones o justificaciones “científicas” en cada tema; parecía que todo lo que podría decir desde la investigación y los datos recabados ya había sido dicho y previsto por López Obrador. ¿Quién ganaba con todo esto? En primer lugar, el presidente, pues los “datos” justificaban la tranquilidad con que comentaba la crisis sanitaria por la que atravesaba el país, presentando la gestión de su administración como buena, casi excelente, aunque montándose sobre falsos datos y perspectivas. La obediencia ciega de Gatell podría ser recompensada en el futuro, habrá que ver, pero lo que queda claro es que ahora, dentro de la opinión pública, se ha desprestigiado como científico e investigador.

Política y ciencia no van por caminos independientes, ambas responden a un contexto social que les exige responder a ciertos problemas desde una posición que beneficie a la sociedad en cuestión. Cuando la sociedad se basa en un esquema de clases sociales con explotados y explotadores, los beneficiarios mayoritarios de cada paso que se dé serán los segundos. Con la gestión que ha hecho de la pandemia, la pretendida Cuarta Transformación demuestra que sus científicos poco piensan en el bienestar de las familias trabajadoras mexicanas y poco aciertan en la solución de sus requerimientos sanitarios, que todo su aparato de investigación dirá lo que sea necesario para reafirmar el poder de su partido, aún y cuando se pague con la enfermedad y muerte de los mexicanos.


Jenny Acosta es licenciada en Filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

A %d blogueros les gusta esto: