Por Aquiles Lázaro
Octubre 2020

La reciente eliminación de 109 fideicomisos golpea especialmente, entre muchas otras áreas, al cine de nuestro país, al desaparecer el Fondo de Inversión y Estímulos al Cine (FIDECINE).

Cada vez que alguien comenta en una charla cotidiana lo malo que es el cine mexicano actual, tengo un as bajo la manga. Le pido que mencione a cinco directores mexicanos vivos. Los mejor informados no pasan, generalmente, de la tríada comercializada desde Hollywood: Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu. Y hasta ahí.

Pocas manifestaciones artísticas han tenido la peculiaridad —fortuna o desgracia— de convertirse en fuente inagotable de explotación comercial masiva. El cine es una de ellas. El influjo comercial es tan aplastante, que hoy encontramos un círculo repetitivo de superhéroes, historias de terror y melodramas que se repiten a sí mismos con algunas variaciones. En este tema, el estado del cine mexicano comercial es especialmente lamentable.

Vale la pena recordar, sin embargo, que el cine es también una expresión artística, un canal de la creación que tiene, como todas las artes, un desarrollo histórico, corrientes estéticas y figuras maestras. Y que, como todas las expresiones artísticas, ha dejado a la cultura humana un legado invaluable. El cine artístico tiene, desde esta perspectiva, una función social equiparable a la de la literatura o las artes plásticas.

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En principio es falso que el cine mexicano contemporáneo sea malo; quien afirme lo contrario cimienta su juicio, casi siempre, en un foso profundo de ignorancia. La realidad es que el perfil actual del cine artístico de México no solo es rico en diversidad de lenguajes, sino que problematiza, casi sin excepción, muchos de los problemas sociales más lacerantes de nuestra difícil realidad.

Y de hecho esa es la función auténtica del arte, la única trascendente. Se equivoca quien asocia el entretenimiento y el esparcimiento cultural con la inactividad del pensamiento. El esparcimiento no tiene que ser necesariamente pereza del aparato intelectual, y el entretenimiento es constructivo solamente cuando enriquece nuestras formas de mirar al mundo y sus problemas. Este es el valor educativo del cine.

Las producciones fílmicas mexicanas se hallaban ya de por sí en una situación sumamente desventajosa, entre la espada y la pared. Por un lado, la dependencia económico-cultural hacia los Estados Unidos, cuyo resultado inunda el mercado nacional con producciones millonarias de muy escaso valor educativo; de este círculo vicioso participan, naturalmente, los capitales nacionales dedicados, por ejemplo, a la distribución y la exhibición. En el otro lado, el que cobra relevancia a propósito de la desaparición del FIDECINE, tenemos una atención gubernamental especialmente deficiente del sector.

Quien diga que la creación artística no debería depender de los subsidios gubernamentales, debe recordar que, bajo nuestro modelo cultural, la legislación establece explícitamente el compromiso estatal de fomentar e impulsar la creación artística. Y si bien el subsidio gubernamental directo no es la única manera de lograr esto, tampoco se ha hecho mucho desde las políticas públicas por explorar sostenida y sistemáticamente otras rutas de financiamiento (como la consolidación de circuitos económicamente rentables).

La desaparición de este tipo de estímulos es, en todos los aspectos, un enorme retroceso. Baste resaltar uno de los más peligrosos: la desaparición del FIDECINE no es más que la profundización del modelo neoliberal, aplicado esta vez a la cultura. Paso a paso, el Estado abandona la responsabilidad social de impulsar la creación artística del país.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales

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