Por Abentofail Pérez
Octubre 2020

La conquista de América es y ha sido uno de los temas más discutidos dentro de la historiografía y la filosofía modernas. Su impacto y trascendencia dentro de la modernidad ha llevado a que sobre ella se realicen una serie de análisis en los que, principalmente, se pretende descubrir o justificar la racionalidad o justicia de dicho proceso. Desde la perspectiva occidental, la conquista ha sido justificada como un proceso natural y lógico, mientras que, desde la perspectiva americana, ha sido una fatalidad que, desde el ocaso del siglo XVI, sigue pesando a las culturas a la que no solo se le arrebataron sus riquezas culturales y económicas, sino que perdieron, sin haberla podido recuperar del todo aún, la consciencia de su ser.

El objetivo de este trabajo es insertar el descubrimiento y la conquista de América en la lógica propia del capitalismo. Es revisar su trascendencia a partir de las necesidades particulares de un sistema económico naciente cuya sed de ganancia absorbió y destruyó a su paso cualquier consideración posible, desde la humana hasta la teológica, con el objetivo único de introducir a una cultura totalmente ajena a los movimientos del sistema económico occidental, en sus necesidades y sus requerimientos. Para ello, la revisión de los argumentos tanto filosóficos como espirituales de los principales filósofos y teólogos de la época servirá de contraste en algunos casos y de justificación en otros, pero revelará, a final de cuentas, la visión del otro, del ignorado, del conquistado; la “visión de los vencidos” que más allá de su obligada incorporación a la “modernidad”, no ha dejado de ser, para occidente, una simple y fatal contingencia.

Dentro de la lógica del capital, partiendo del análisis marxista, la conquista de los pueblos americanos se encuentra imbuida en “la llamada acumulación originaria”. En términos generales el término hace referencia a los diferentes procesos en los que el capitalismo se apropia, de manera violenta e ilícita, de los medios de producción y consumo de una sociedad dada. Dicha acumulación responde a la necesidad de justificar la existencia de dos clases sociales en las que una de ellas se halla despojada de absolutamente cualquier posesión, cualquier medio de producción, mientras que la otra clase, minoritaria, goza de un capital que le permite tener a su disposición, de manera casi absoluta, la vida y la fuerza de las grandes mayorías.

Esta apropiación original, cuyos inicios se observan distintos en las diferentes formas en las que en occidente se ha desarrollado el capitalismo, justifica, como el “pecado original”, el hecho de que en la actualidad exista una brecha infranqueable entre los poseedores de riqueza y los poseedores únicamente de su fuerza de trabajo. La investigación, por ello, de los orígenes violentos, inhumanos e injustos de esta riqueza, resulta necesaria sobre todo desde la perspectiva de aquellos cuyo papel en la historia ha sido borrado y se ha limitado a ocupar el papel de objeto, del “Otro”, cuya condición de subordinación ante las “necesidades” del progreso se observa “lógica” y por lo tanto, “racional”.

Marx registra dos formas de acumulación de manera general:

“En la historia real el gran papel lo desempeñan, como es sabido, la conquista, el sojuzgamiento, el homicidio motivado por el robo: en una palabra, la violencia. En la economía política, tan apacible, desde tiempos inmemoriales, ha imperado el idilio. El derecho y el “trabajo” fueron desde épocas pretéritas los únicos medios de enriquecimiento, siempre a excepción, naturalmente, de “este año”. En realidad, los métodos de acumulación originaria son cualquier cosa menos idílicos”[i]

En el contexto latinoamericano las dos formas de acumulación se hicieron presentes. Por un lado, el exterminio, el saqueo y el robo que sucedieron al descubrimiento escindieron a los poseedores originales de la riqueza de su propiedad. Por el otro, y de una manera más cruel y sanguinaria aún, se explotó hasta el desahucio a los indios a través de trabajos forzados en las minas o en las plantaciones, provocando el “genocidio” casi absoluto de una raza en menos de un siglo. El testimonio de Bartolomé de las Casas sobre lo ocurrido en Guatemala confirma con creces la forma en la que el capital “viene al mundo”, “chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies”[ii], y particularmente la forma en la que irrumpió en los pueblos americanos.

“Que todos cuantos indios de todo género y edad tomasen a vida echasen dentro en los hoyos, y así las mujeres preñadas y paridas y niños y viejos y cuantos podían tomar, echaban en los hoyos hasta que los henchían traspasados por las estacas, que era una gran lástima de ver, especialmente las mujeres con sus niños. Todos los demás mataban a lanzadas y a cuchilladas, echaban a los perros bravos que los despedazaban y comían; y cuando algún señor topaban, por honra quemábanlo en vivas llamas. Estuvieron en estas carnicerías tan inhumanas cerca de siete años: desde el año de veinte y cuatro hasta el año de treinta o treinta y uno; júzguese aquí cuánto sería el número de la gente que consumirían.”[iii]

La descripción de Bartolomé de las Casas sobre lo ocurrido durante la conquista no deja duda alguna de las atrocidades de las que se sirvió el conquistador para hacerse de la propiedad ajena; para despojar sin escrúpulos a los propietarios originales de sus tierras yendo incluso en contra de los principios de propiedad que detentaban. Si bien es cierto que sobre el “carácter justo” de la guerra contra los indios corrieron ríos de tinta, los defensores de la conquista encabezados por Fray Jinés de Sepúlveda, hallaron pocos argumentos dentro de la lógica cristiana para defender una idea cuyos intereses respondían únicamente a las necesidades de rapiña y latrocinio del naciente capitalismo.

Dos fueron principalmente los argumentos escrutados en la búsqueda de legitimidad por parte de los conquistadores. El primero de ellos aludía al nivel de civilidad de los pueblos americanos, a su “salvajismo”, a un nivel de barbarie que exigía fuesen incorporados “por su propio bien” al sendero del progreso. Más allá de elucubraciones teológicas, fueron los mismos conquistadores quienes reconocieron, en principio, el nivel de desarrollo, civilidad y raciocinio de las naciones americanas. Cortés al respecto es muy claro en sus Cartas de relación: “Finalmente, que entre ellos hay toda la manera de buena orden y policía, y es gente de toda razón y concierto, y tal que lo mejor de África no se le iguala”[iv]

El segundo argumento esgrimido para legitimar la conquista fue materia de debate principalmente dentro de la Iglesia, abanderada ideológica del proceso de conquista. Radicaba en la discusión sobre si los indios, al vivir en pecado, adorando ídolos paganos y fuera de la cristiandad, podían poseer legítimamente sus propiedades y disponer de su arbitrio tanto para ellas como para su persona. Naturalmente, y más allá de la conocida controversia entre de las Casas y Sepúlveda, este argumento fue desechado y rebatido por los más insignes representantes teológicos de la época. El mismo Francisco de Vitoria, insigne representante de la escuela de Salamanca, cuyas coincidencias con las ideas de la filosofía política latinoamericana es teóricamente parcial, apunta en sus Relecciones:

El pecado mortal no impide el dominio civil y verdadero…devolviendo el argumento a los contrarios: El dominio se funda en la imagen de Dios; pero el hombre es imagen de Dios por su naturaleza, esto es, por las potencias racionales; luego no lo pierde por el pecado mortal…En sexto lugar, la potestad espiritual no se pierde por el pecado mortal; luego ni la civil, que mucho menos parece se funde en la gracia que en lo espiritual…De lo cual se deduce que no es lícito despojar de sus cosas a sarracenos, judíos, ni a cualesquier otros infieles, nada más que por el hecho de ser infieles, y el hacerlo es hurto o rapiña, lo mismo que si se hiciera a los cristianos”[v]

Por su parte, y sobre las reflexiones en torno al derecho de propiedad, dice Alonso de la Veracruz en su duda quinta:

“Aquél que era monarca entre estos naturales, por más que fuera infiel e idólatra, era verdadero señor. Se prueba, porque entre los gentiles, como consta por la Sagrada Escritura, hubo dominio verdadero. Por tanto, sucedió de igual manera entre éstos. En segundo lugar, porque el dominio, como dijimos arriba, se da por elección de Dios o por voluntad de la república que transfiere la potestad…De esta conclusión se sigue que aquellos que habían sido designados señores en sus pueblos, no pudieron ser despojados de su dominio verdadero por los españoles, aun cuando permanecieran en la infidelidad, y mucho menos después de su conversión a Cristo.”[vi]

La idea de explicar la conquista como un acto de evangelización se encuentra presente en prácticamente todos los textos de la época. La legitimidad del genocidio y la usurpación se pretendían encontrar en las sagradas escrituras interpretadas por algunos de los teólogos de la época; pero era evidente que tras esas intenciones se escondían los intereses de un capitalismo en gestación y de una nación cuya supremacía dependía directamente de las riquezas usurpadas de territorio americano. El análisis de Vitoria y de la Veracruz es prueba contundente de la inviabilidad de tan socorrido argumento. Marx da cuenta también específicamente de este fenómeno:

“El trato dado a los aborígenes alcanzaba los niveles más vesánicos, desde luego en las plantaciones destinadas exclusivamente al comercio de explotación, como las Indias Occidentales, y en los países ricos y densamente poblados, entregados al saqueo y el cuchillo, como México y las Indias Orientales. Pero tampoco en las colonias propiamente dichas se desmentía el carácter cristiano de la acumulación originaria”[vii]

Este “carácter cristiano de la acumulación originaria” justificó el despojo perpetuado por Occidente sobre la vida y las propiedades de los americanos. Pero más allá de la guerra de conquista y la fatalidad que acarreó consigo, la acumulación se perpetró de una manera más despiadada aún, la forma permanente de la llamada acumulación originaria: la explotación de la fuerza de trabajo indígena que había sido expulsada de sus tierras y a la que se le habían arrebatado todos los medios de producción y consumo; mano de obra que, si bien no era formalmente esclava, en poco o nada se diferenciaba de ésta. De las Casas describe el exterminio a través de la explotación de trabajo indígena que se vivía en la isla “La Española”, exterminio que mutatis mutandis se reprodujo en todas las colonias.

“Y así repartidos a cada cristiano dábanselos con esta color: que los enseñase en las cosas de la fe católica, siendo comúnmente todos ellos idiotas y hombres crueles, avarísimos y viciosos, haciéndolos curas de ánimas. Y la cura o cuidado que de ellos tuvieron fue enviar los hombres a las minas a sacar oro, que es trabajo intolerable, y las mujeres ponían en las estancias, que son granjas, a cavar las labranzas y cultivar la tierra, trabajo para hombres muy fuertes y recios. No daban a los unos ni a las otras de comer sino yerbas y cosas que no tenían sustancia; secábaseles la leche de las tetas a las mujeres paridas, y así murieron en breve todas las criaturas; y por estar los maridos apartados, que nunca veían a las mujeres, cesó entre ellos la generación. Murieron ellos en las minas de trabajos y hambre, y ellas en las estancias o granjas de lo mismo, y así se acabaron tantas y tales multitúdines de gentes de aquella isla, y así se pudiera haber acabado todas las del mundo.”[viii]

Ahora bien. El fenómeno de la acumulación originaria es naturalmente un fenómeno occidental. Las leyes del capitalismo que ya imperaban en los países más desarrollados, a cuya cabeza se encontraba Inglaterra, nada tenían que ver con el proceso histórico y económico que se desarrollaba en América antes de la llegada de los invasores. El fenómeno americano continúa estudiándose como un “proceso civilizatorio”, una “entrada violenta al camino del progreso” o, en última instancia, como un fenómeno cultural producto del “encuentro de dos mundos”. Tal y como se observa en las crónicas y relaciones antes citadas y en prácticamente todas las escritas durante el proceso de la conquista y el período colonial, no existió ningún encuentro entre culturas, tampoco representó progreso alguno para la vida de los pueblos americanos. Fue una masacre develada y evidente que por más tinta que sobre ella se derrame no dejará de ser el despojo sanguinario y despiadado de una cultura industrialmente más avanzada sobre un pueblo en cuyo “descubrimiento” se perpetraba la destrucción, el robo y el aniquilamiento.

La acumulación originaria es la forma de entender, en términos históricos y económicos, la destrucción de una gran civilización en aras de continuar con el desarrollo violento y avasallador del capital y la “modernidad” occidental. Rasga el oscuro velo que sobre uno de los fenómenos más sanguinarios de la historia de la humanidad ha pretendido correr el cristianismo, revelando el espíritu de rapiña y usurpación que tras la “legitimidad” espiritual yacía.

A pesar de ello, el fenómeno de la “acumulación originaria” no deja de ser una interpretación occidental, crítica y real, pero a fin de cuentas enraizada en la tradición europea. Por ello, el acercamiento a pensadores como Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Alonso de la Veracruz etc., permite vislumbrar la visión de un pueblo sin voz, cuyos defensores perecieron junto con su legado y a quienes aparentemente no se les ha permitido contar su propia versión de la historia; encajonados en la estructura del pensamiento occidental ha sido imposible acercarse al fundamento ontológico propio que en los autores antes citados se revela. La crítica de la filosofía política americana a la llamada acumulación originaria dentro del capitalismo, a la modernidad, es una de las críticas más certeras y claras considerando el fundamento político e histórico que la sustenta. Su rescate permite, en gran medida, no solo observar a los pueblos conquistados a través del papel de sojuzgamiento en torno a los intereses del capital, como víctimas del saqueo perpetrado por la conquista, sino, al mismo tiempo, encontrar su capacidad de redención en ese momento de verdad que desde el pasado se revela. En palabras de Walter Benjamin: “Encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador que está compenetrado con esto: tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha dejado de vencer”[ix].


Abentofail Pérez es Maestro en Filosofía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[i] Marx, Karl, Cap. XXV, “La llamada acumulación originaria”, en: Marx, Karl, El capital, Tomo I, Vol.3, Siglo XXI, México, 2013, p 892.

[ii] Ibid., p 950.

[iii] De las Casas, Bartolomé, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Universidad de Antioquia, Colombia, 2006, p 75.

[iv] Cortés Hernán, Cartas de relación, freeditorial, p 49.

[v] De Vitoria, Francisco. Relecciones del Estado, de los Indios y del Derecho de guerra, Porrúa, México, 2007, pp.30-31.

[vi] De la Veracruz, Alonso. Sobre el dominio de los infieles y la guerra justa, UNAM, México, 2007, pp.53-54.

[vii] Marx, Karl. Op. cit., p 942.

[viii] De las Casas Op. cit., p 32.

[ix] Benjamin, Walter, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Traducción e introducción de Bolívar Echeverría. Itaca, México, 2008, Tesis VI p 40.

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