Por Diego Martínez
Septiembre 2020

En un sistema político como el mexicano, la figura del presidente acapara la atención de la opinión pública. Esta práctica ha sido normalizada y continuada hasta la administración actual. Desde antes de tomar posesión, se enfocan sobre el presidente las cámaras de los mass media, mismas que lo seguirán por el resto del sexenio. En consecuencia, una de las prioridades del jefe del ejecutivo es cuidar la imagen que los medios de comunicación proyectan de él; en esta tarea participan todos sus subordinados, incluidos los miembros del poder legislativo.

Con el objetivo de no perder la legitimidad lograda en las elecciones a causa de las malas decisiones actuales, o de alcanzar una legitimidad no lograda en la contienda electoral, los presidentes emprenden acciones que, en apariencia, responden a las necesidades más sentidas por las masas populares; las más recientes son la lucha contra el narcotráfico o contra la corrupción. Por otro lado, una de las prácticas más comunes de los presidentes que incian cada sexenio es aparentar una ruptura con el presidente anterior, e incluso entablar una lucha directa en contra de las administraciones pasadas, denunciando desde diversos aspectos sus acciones y presentándose él como encargado de arreglar todos los problemas que le heredaron.

En esta tarea de legitimación, los medios de comunicación juegan un papel de primer orden. Pero no solamente ellos, cada presidente se rodea de los elementos necesarios para proyectar su figura. Intelectuales, periodistas, escritores, etc., se convierten en repetidores del discurso oficial. El Partido Revolucionario Institucional comenzó con esta estrategia, reproducida hasta hoy por los diferentes partidos políticos. Como resultado, la trágica vida de los mexicanos ha sido convertida en una comedia y, la política, en un espectáculo. Como decía Bourdieu, “la acción política aparece cada vez más como el arte de utilizar un conjunto de técnicas elaboradas por los especialistas de la “comunicación política” para “agitar a la opinión pública”.

Esta tradición se desarrolla y ahora tiene nombre propio: la Cuarta Transformación. Nombrar una cosa es afirmarla como institución y esta, desde el momento en que se sintió segura de sí misma, comenzó el espectáculo; el primer acto fue el establecimiento de las conferencias mañaneras. De inmediato, por parte de aparato mediático armado desde el poder del Estado, comenzó la justificación de tal acción, presentándola como un hecho histórico, pues, según decían, es el primer presidente que se expone a la crítica directa de la ciudadanía. Sin embargo, poco duró el entusiasmo; al poco tiempo, el actor principal reveló el verdadero contenido: la conferencia mañanera como un foro para el linchamiento público, un espacio de improvisaciones para atacar al adversario y engrandecer su figura. La verdad es un elemento ausente, lo importante es estigmatizar a los opositores ante la opinión publica.

Uno de los elementos de mayor importancia para mantener la atención del público es el combate a la corrupción. He aquí el elemento clave del drama. Así como Echeverría se deslindó de Díaz Ordaz por la represión estudiantil, y como Zedillo lo hizo de Salinas, la Cuarta Transformación busca llevar los reflectores al pasado para no ver lo que sucede en el presente y, a cada momento en que el presente resulta más atractivo para los espectadores, salen los constructores de casos, que superan al mismo Sherlock Holmes al momento de reconstruir la escena del crimen. La Unidad de Inteligencia Financiera (UIF), el guionista por excelencia para el espectáculo, es también salvavidas del presidente cuando el agua le llega al cuello y pierde el oxígeno. Si la UIF no lleva a flote al presidente, ahí está el avión presidencial; nuevamente, las cámaras y plumas de escritores apartan la vista de la realidad.

El partido en el poder requiere un gran drama que le permita presentarse en buena forma hasta el 2021, donde se pone en juego “el movimiento”; por ello, el caso Lozoya le vino como “anillo al dedo”. El asunto no está resuelto todavía, pero el presidente ya lo declaró como de interés de la nación y lo aborda frecuentemente en la conferencia mañanera. Lo importante, como el mismo presidente lo dice, es que el caso se conozca, que se estigmatice; y entonces se queja de que los medios hablen más de las muertes por Covid-19. Él quiere que las primeras planas las ocupe la declaración de Lozoya, de lo demás “que no se diga ni pío”. ¿Y la justicia para el pueblo? Esa puede esperar otros sexenios más.

Aunque, según el pensamiento político liberal, una de las condiciones para la existencia de un sistema democrático son los medios de información y de la libertad de expresión, la realidad demuestra que todo eso es imposible mientras exista el monopolio del poder. Los medios de comunicación están al servicio del mejor postor y la libertad de expresión se reduce a un mero postulado. En sexenios anteriores, el partido que hoy gobierna acusaba, cuando era oposición, al gobierno y a las cadenas de televisión de manipular la información que se presentaba a la población, de ser corruptos, de ser defensores del neoliberalismo; pero ahora, como por obra de la santísima trinidad –Morena, AMLO y el Espíritu Santo– las televisoras son redimidas y aceptadas dentro del proyecto que está “transformado” a México, y se les premia con el sistema educativo nacional. Ni Ronald Reagan ni Margaret Thatcher llegaron a tanto.

Así, mientras el presidente alínea a las cadenas de televisión con él, el resto de sus trabajadores (diputados, senadores, UIF, CNDH, SFP, FGR, etc.) sigue construyendo el espectáculo que entretiene a los mexicanos, para que piensen en todo menos en la realidad que viven y, hay que decirlo, superan por mucho las producciones de expertos en la materia como Epigmenio Ibarra y Damián Alcázar.

Sin embargo, la realidad detrás del espectáculo, como la naturaleza, busca las grietas en el asfalto para salir a la vista de todos y mostrarse como es. Aunque en la conferencia vespertina, se afirme que se ha controlado la pandemia, la cantidad de muertes a causa de ella sigue aumentando. Según el segundo López, el incremento de muertos por Covid-19 no significa que la estrategia del gobierno no funcione, ya que esta consiste en evitar la saturación de hospitales y no en reducir el número de muertes (la 4T pude tener fallecidos, pero no hospitales saturados, eso sería una tragedia). Por otro lado, siguiendo el ejemplo presidencial, el subsecretario de salud busca culpables en el pasado por los resultados de las medidas instrumentadas en el presente; añade, además, que son los malos hábitos alimenticios de los mexicanos los que los hacen vulnerables al Covid-19, pero respecto a apoyos económicos que les permitan a las familias humildes quedarse en casa y consumir alimentos saludables nada se hace. Eso sí, la fuerza pública está para “persuadir”, con el “uso legítimo” del “palito de abollar ideologías” a aquellos que salen a las calles a trabajar.

Otro tramoyista, Moctezuma (pero no el Flechador del cielo), el encargado de la educación, y antes empleado de la ya redimida TV Azteca, quiere hacer creer a los mexicanos que el problema de las clases se resuelve con el apoyo de las televisoras, que ya trabajan de buena fe. Olvida la situación de pobreza en la que viven miles de estudiantes, colonias sin luz eléctrica para que funcione la televisión y mejor ni hablar del resto de los servicios básicos; en el fondo no se trata de resolver el problema, solo aparentar que se hace.

Para terminar esta descripción del espectáculo de la 4T regresamos al acto principal que, como ya se dijo, está marcado por el calendario electoral. Con las declaraciones de Lozoya pretenden eliminar todos los posibles contendientes de las próximas elecciones. Hasta ahora, no se han dado las pruebas ni se han desarrollado los procedimientos necesarios, pero la “filtración” de las declaraciones fue inmediata, pues lo importante no es la certeza jurídica sino el linchamiento mediático de los señalados. Al parecer, las declaraciones y los videos de Lozoya serán el tema central para la 4T por lo menos hasta 2021, un férreo escudo para todos los escándalos y los malos resultados de su gestión.

Solo resta decir, recordando a Engels, que “no debemos (…) lisonjearnos demasiado de nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Esta se venga de nosotros por cada una de las derrotas que le inferimos”. Así, la realidad social del pueblo mexicano sacudirá las estructuras que sostienen el espectáculo de la 4T, revelando el rostro desfigurado que le subyace. No es la hechicera griega Circe quien desfigurará el encanto maligno convirtiendo el escenario detrás del espectáculo en monstruo, éste “solo perderá la apariencia que se ha forjado” mostrándole a la 4T hasta dónde tiene permitido llegar. Entonces, será momento del cambio en la realidad; el movimiento real del pueblo mexicano, que se mantiene hoy debajo de la tierra, saldrá y dirá: ¡bien has hecho, viejo topo!


Diego Martínez es sociólogo por la UNAM.

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