Por Alan Luna
Agosto 2020

Courbet es un representante clásico del realismo pictórico. Las escenas de la vida cotidiana, así como las representaciones de las actividades del pueblo son recurrentes en su trabajo.

Pero lo que llama la atención en la labor artística que desarrolló es la forma en la que compaginó esta con su compromiso político. En los inicios del Segundo Imperio, cuando Napoleón III era el “dirigente” político de Francia, Courbet se enemistó con él, principalmente porque las opiniones y posturas del pintor eran más cercanas al establecimiento de una república y a los impulsos de liberación y progreso que se respiraban entre las clases avanzadas de París. A tal grado estaba convencido de su crítica que cuando el gobierno le ofreció la Legión de Honor la rechazó sin pensarlo. En su carta de respuesta expresaba que el gobierno “… parecía haberse consagrado a la tarea de destruir el arte en nuestro país […]. El Estado es incompetente en esa materia […]. Tengo cincuenta años y siempre he vivido como hombre libre; déjenme terminar así mi existencia”.  Esta declaración es muestra del repudio que sentía por un régimen que consideraba contrario a los ideales de libertad.

El 18 de marzo, día en que inició el proceso revolucionario de la Comuna de París, Courbet inmediatamente tomó partido por los comuneros, por el pueblo parisino, pues estaba convencido de que venían a inaugurar una nueva forma de hacer política, misma que, al estar encabezada por las clases populares de la ciudad, sería más cercana a las necesidades del pueblo. Además de estas consideraciones de orden general, personalmente Courbet aseguraba que no podía dejar esta oportunidad para participar activamente en la nueva política de la Comuna.

Podcasts

Análisis y exposiciones que aportan nuevas perspectivas a la discusión de diversos temas del contexto social

Durante el breve tiempo que duró la Comuna, siempre fue un elemento crítico y ejemplo de dedicación en la construcción de lo que creía el nuevo régimen. Tomó medidas para blindar el famoso museo del Louvre, protección necesaria no tanto por los saqueos, sino porque desde el principio los opositores de la Comuna, representados por el ejército de Thiers concentrado en Versalles, bombardeaban sin compasión distintas partes de París para debilitar a los comuneros.

Siempre estuvo convencido de que el arte era un arma poderosísima en la construcción de la nueva sociedad. Convenció a los artistas para que se unieran a los intereses de la Comuna. Logró reunir a un grupo fuerte que tomó en sus manos la conservación de los monumentos y protección del arte en los museos, a la vez que intentaba persuadir a quien se cruzara en su camino de la legitimidad de la revolución en marcha.

Courbet, que exigía la libertad artística frente a las limitaciones y gustos impuestos por el Segundo Imperio de Napoleón III, exclamaba viendo el ánimo de los comuneros para impulsar el crecimiento artístico de su ciudad: “París es un verdadero paraíso […] Todos los grupos sociales se han establecido como federaciones y son dueños de su propio destino”.

Es verdad que no se puede valorar como bueno o malo a un artista por sus ideas políticas, de hecho, en muchas ocasiones la riqueza estética ha sido creada por artistas completamente conservadores. Sin embargo, es importante reconocer el compromiso de personas como Courbet para alejarnos de la idea de que el arte no tiene nada que aportar a la transformación de lo real. Con él se muestra el apego que muchos artistas han tenido por su pueblo y el rol activo que pueden jugar todos los sectores sociales en un proceso de transformación como el de la Comuna de París.


Alan Luna es licenciado en filosofía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

A %d blogueros les gusta esto: