28 de julio de 2020

| Por Ehécatl Lázaro

El 22 de julio la Cámara de Diputados eligió a los cuatro nuevos consejeros del Instituto Nacional Electoral. El proceso transcurrió con tranquilidad desde que se instaló el Comité Técnico de Evaluación, en febrero, hasta el 16 de julio, cuando John Ackerman, miembro del Comité, acusó que los evaluadores intentaban consumar un golpe contra la Cuarta Transformación. Según el académico, fue entonces, después de cinco meses de evaluar a los aspirantes, cuando se dio cuenta de que los representantes del conservadurismo le estaban imponiendo todos los candidatos mientras excluían a los verdaderos representantes del pueblo. A partir de ese momento trató de sabotear el proceso, exigió su cancelación y logró el respaldo de 75 diputados, lo que generó gran polémica. Al final Ackerman no logró su cometido: hubo cabildeo al interior de la Cámara de Diputados y fueron aprobados los nuevos consejeros.

Este episodio exhibe la pretensión morenista de secuestrar al INE para asegurar resultados favorables en los próximos comicios. Bajo el argumento de que el Instituto está corrompido, y que ha cometido innumerables fraudes en apoyo del PRI y el PAN, el partido en el poder ha manifestado el deseo de “recuperar” el INE para convertirlo en un organismo que respete y defienda la voluntad popular. En ese marco se entiende la advertencia hecha por Andrés Manuel el 22 de junio, cuando declaró que estará al pendiente de que no haya fraude en las elecciones y que se convertirá en guardián “para que se respete la libertad de los ciudadanos”. El ataque al INE instrumentado por Ackerman viene, pues, de la concepción del presidente, quien le tiene fobia especial al Instituto y se apresta ahora a someterlo.

Es verdad que el INE no es una institución impoluta -su desempeño ha sido cuestionado constantemente- pero permitir que Morena se apropie de él entraña un grave atentado a la democracia. El Instituto Nacional Electoral es heredero directo del Instituto Federal Electoral (IFE), organismo fundado en 1990 como respuesta al reclamo democrático abanderado por los movimientos sociales desde los años sesenta. La creación del IFE significó un parteaguas en la historia política nacional, pues las elecciones dejaron de estar a cargo de la Secretaría de Gobernación y pasaron a manos de un organismo autónomo; esto permitió la alternancia del poder en 2000. El presidencialismo nacido de la Revolución y consolidado con los gobiernos del PRI, solo comenzó a erosionarse significativamente mediante este tipo de instituciones que le pusieron límites al poder presidencial.

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Por eso, la descalificación de Andrés Manuel al instituto electoral y el intento de apoderarse de él deben entenderse como un retorno al régimen semidictatorial del siglo XX. Quizá sea el recuerdo de esa experiencia, y su propia participación en el PRI, lo que ha llevado a Porfirio Muñoz Ledo a denunciar las actitudes tendientes al presidencialismo dentro Morena. Una prueba reciente de las nocivas consecuencias que puede tener el sometimiento del instituto electoral al poder Ejecutivo puede encontrarse en Puebla, donde el presidente del Instituto Estatal Electoral (IEE), obedeciendo órdenes del gobernador Miguel Barbosa, y atropellando un proceso que el mismo IEE había acompañado, le negó al Movimiento Antorchista Poblano el derecho a convertirse en partido político local. Ahora, el gobernador poblano, temeroso de perder el poder, y aprovechando la mayoría morenista en el Congreso local, ha reformado la ley estatal para limitar más las capacidades proselitistas de los partidos de oposición en las próximas elecciones.

Es claro que la disputa por el INE tiene como trasfondo la batalla electoral de 2021. Por un lado, Morena busca apoderarse del Instituto para conservar la mayoría en el poder Legislativo, por el otro, también los partidos opositores buscan colocar sus alfiles en el organismo electoral. El problema de tener un árbitro imparcial, sin embargo, no se resolverá eliminándolo y reconcentrando sus funciones en el presidente. La mejor defensa de la democracia es la que hacen las masas movilizadas; así es como se dieron los primeros pasos hacia la apertura política en los años setenta. Por lo tanto, es necesario el surgimiento de nuevos partidos que alienten la participación política activa y consciente de las masas trabajadoras, las únicas verdaderamente capaces de profundizar la endeble democracia mexicana. Mientras esto no ocurra, los partidos tradicionales seguirán concibiendo el INE como el mecanismo fundamental que valida el ejercicio democrático; en esa medida, seguirán disputándose al árbitro. Para defender las conquistas alcanzadas en el terreno de la democracia, y para seguir avanzando en la construcción de una democracia más objetiva, es necesaria la participación activa y consciente de las clases trabajadoras.


Ehécatl Lázaro es especialista en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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