| Por Ehécatl Lázaro

Todos los proyectos que llegan al poder por la vía democrática poseen un discurso histórico al que anclan su programa político. No hay excepción: todos los partidos satisfacen este requisito indispensable, pues el discurso histórico no solo justifica la necesidad de existir que tienen los partidos como proyectos políticos, sino que justifica también la posibilidad de que dichos partidos lleguen a gobernar. Veamos tres ejemplos bien conocidos. Por lo menos hasta el sexenio de José López Portillo, el PRI se presentó como el partido que representaba las demandas populares enarboladas en la Revolución Mexicana, era el heredero de los Flores Magón, Zapata, Villa y Madero. El PAN se erigió como la oposición que México necesitaba para hacerle frente al autoritarismo priísta, y años después encarnó los anhelos democráticos por alternar al partido en el poder. Morena, tercer partido gobernante de nuestra historia contemporánea, llegó al poder como representante de un proyecto nacionalista, democrático y antineoliberal, enarbolando las figuras de Hidalgo, Juárez y Madero, “protagonistas” de las “tres transformaciones” previas.

En general, los presidentes mexicanos han explotado poco el potencial político del discurso histórico; no es el caso de López Obrador. Andrés Manuel colocó a la Historia en el centro de su proyecto político, al punto de equipararse constantemente a Hidalgo, Juárez y Madero, y eleva a su gobierno a la altura de la Independencia, la Reforma y la Revolución. La Historia no solo se ubica en el núcleo de su discurso público, va más allá: es el plano cartesiano en el que coloca a los actores políticos con los que comparte época. Las líneas que enmarcan su espectro político general son, por un lado la pugna liberales – conservadores, y por el otro, el conflicto maderistas – porfiristas. Él se asume como perteneciente al eje liberales – maderistas (se compara con Juárez y Madero) y a sus adversarios los identifica en los otros dos extremos, son conservadores decimonónicos con pretensiones dictatoriales. Se presenta entonces una antinomia donde liberales y maderistas son “los buenos”, y conservadores y porfiristas “los malos”.

Pero esta aparente antinomia solo es tal en términos relativos. Es verdad que el proyecto político-económico de los liberales mexicanos del siglo XX se oponía al proyecto político-económico de los conservadores, pues mientras los primeros buscaban hacer de México una república que se integrara a la dinámica capitalista mundial, los segundos preferían conservar el orden aristocrático del monarquismo europeo y económicamente se acercaban más al Antiguo Régimen. Pero si se analiza ese conflicto político desde el punto de vista de las clases sociales, resulta evidente que ambos proyectos representan a las dos clases que en ese momento se disputaban la hegemonía del país: por un lado la pujante burguesía liberal y por el otro la rancia aristocracia que luchaba por mantener el predominio político y económico heredado del Virreinato.

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Nuestros propios puntos de vista en la discusión e interpretación de algunos temas relevantes para el contexto social y político de nuestro tiempo

Lo mismo puede decirse de la relación entre maderistas y porfiristas. Madero no era un mártir de la democracia que buscaba desinteresadamente liberar a México de la dictadura de Porfirio Díaz. En realidad, el grupo encabezado por Madero era un conjunto de potentados del norte del país a quienes el gobierno del octogenario dictador les había cerrado las puertas para que no participaran en el poder político. Fue fundamentalmente por eso que Francisco I. Madero se levantó en armas y dio inicio a la Revolución. Porfirio Díaz, por otra parte, no gobernó al país durante treinta años únicamente gracias a la mano de hierro que aplicaba para mantener una relativa paz. El dictador fue sostenido en su cargo por los grupos económicos que se beneficiaban de su gobierno (como los grandes hacendados de todo el país, e industrias boyantes como la minería, la textil y la henequenera) y que no estaban dispuestos a renunciar a ese statu quo ante el empuje de otros grupos económicos del norte.

Como se ve, en ambos casos existían serias discrepancias, pero no eran discrepancias de fondo. Las dos clases sociales que se disputaron el poder durante el siglo XIX y a principios del siglo XX, ambas, amasaron su fortuna y su poder gracias a la explotación de la fuerza de trabajo esclava, servil, y obrera. Los proyectos políticos que emanaron de las clases explotadoras no consideraban los intereses de las clases explotadas, sino solo los suyos propios; la burguesía pretendía crear las condiciones para que el capital se reprodujera más rápidamente, y la aristocracia se abrazaba a mantener la explotación basada en el trabajo esclavo y servil. Ni los obreros asalariados, ni los esclavos, ni los siervos estaban representados en los proyectos de los liberales, los conservadores, los maderistas y los porfiristas.

Visto el fenómeno desde esa perspectiva, no es casual que un presidente que se enuncia como liberal y maderista represente intereses ajenos a los de las clases trabajadoras. Es verdad que el discurso presidencial echa mano de los símbolos de la historia para incorporar a su proyecto las demandas de las clases trabajadoras; por eso habla de los hermanos Flores Magón, Zapata, Villa, Lucio Cabañas, Genaro Vázquez, Valentín Campa, Demetrio Vallejo, Othón Salazar, entre otros representantes de las luchas populares del siglo XX, pero esta supuesta identidad entre el obradorismo y la historia de lucha de las clases trabajadoras, no pasa de ser un mero artilugio discursivo. En la realidad, las concepciones sociales de Andrés Manuel distan mucho de las posiciones revolucionarias de las clases trabajadoras.

En conclusión, aunque el partido gobernante justifique su gobierno y su proyecto político mediante un discurso histórico que incorpora a personajes y momentos clave de la historia de lucha de las clases populares, en la práctica sus políticas se alinean más con el liberalismo y el maderismo abanderados por Andrés Manuel. El proyecto político de la 4T, como sus dos referentes históricos, es un proyecto que no representan los intereses de los trabajadores mexicanos. Este hecho, que al principio del gobierno morenista era difícilmente entendido por el pueblo, ahora, al cabo de un par de años, va siendo cada vez más transparente y comienza a aceptarse mejor en el seno de las masas trabajadoras. El tiempo lo descubre todo.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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