| Por Pablo Hernández Jaime

La meritocracia es un mito, y es que las desigualdades sociales tienden a reproducirse tanto en el ámbito educativo como en el laboral. De México, por ejemplo, sabemos que, para los nacidos en la década de 1980, a los 16 años cumplidos, el 52% de los estudiantes del estrato socioeconómico más bajo ya había dejado de estudiar; en contraste, del estrato alto, solo el 9.6% había dejado de hacerlo; y este patrón se mantiene entre generaciones. Por otro lado, tener un padre o madre con un puesto laboral de “alta jerarquía”, sea funcionario, patrón, profesionista o técnico calificado (en contraste con no tenerlo) supone un aumento del 71% en los “riesgos” de obtener también un puesto de este tipo; para decirlo claro, tener un padre o madre con un “buen puesto” laboral aumenta las probabilidades de conseguir un trabajo de iguales características.

Los anteriores son datos elaborados con el Módulo de Movilidad Social 2016 de INEGI, mismos que son consistentes con otras investigaciones. La conclusión es clara: en México, el logro educativo y el ingreso al mercado de trabajo dependen fuertemente del lugar dónde naces.

Ahora bien, en un contexto como este, las crisis sanitaria y económica solo vienen a acentuar los males de la desigualdad. Revisemos brevemente la actual situación educativa.  

El 20 de marzo, más 36 millones de estudiantes de todos los niveles suspendieron actividades presenciales de manera oficial. Para no perder el semestre, la SEP activó un sistema de educación a distancia, orientado principalmente para los más de 25 millones de estudiantes de los niveles básico y medio superior. Sin embargo, este sistema depende directa, aunque no únicamente, del acceso de cada familia a recursos tecnológicos, lo que incluye desde el acceso a radio y televisión hasta la disposición de una computadora o internet, condiciones asociadas directamente con la enorme desigualdad en que vivimos.

De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares, levantada en 2019 y de reciente publicación, el 80% de los estudiantes del estrato socioeconómico bajo no dispone de computadora en su casa, el 76.7% no tiene internet, y el 24.6% no cuenta con televisión, esto sin mencionar siquiera la disponibilidad de canales, la calidad en la conexión a internet o la calidad en los dispositivos.  

Pero el problema no termina aquí. La situación educativa de estas familias se torna aún más precaria si consideramos que, además del trabajo doméstico, la reducción en los ingresos y el trabajo bajo condiciones de riesgo sanitario que muchas de ellas deben enfrentar, además, el sistema de educación a distancia les demanda su presencia y ayuda en la revisión de tareas y actividades. Muchas familias se ven ante la disyuntiva de meter el hombro para ayudar a sus hijos con la escuela, a veces sin siquiera contar con los recursos tecnológicos para hacerlo, o concentrarse en sobrevivir a la crisis, de la cuál CONEVAL estima un aumento de la pobreza en 10.7 millones de personas.

¿Qué consecuencias resultarán de todo esto? Aunque aún no es posible decirlo con datos, es posible estimar que los estudiantes que mejor aprovecharán las condiciones actuales del sistema a distancia serán los de posiciones socioeconómicas aventajadas, ahondando la brecha con respecto a los estudiantes más pobres. Nuevamente: las desigualdades sociales tienden a traducirse en desigualdades educativas y de acceso al mercado de trabajo. Las consecuencias de la crisis en pobreza y desigualdad, al final del día, pueden traducirse en desigualdades educativas cuyas implicaciones pueden perdurar muchos años.

Ante este contexto, sorprende e indigna que las medidas gubernamentales para controlar los estragos sociales de la pandemia marchen a un ritmo decadente y limitado. Todavía no se ve con claridad cuándo el gobierno se decidirá a implementar un extenso programa los apoyos económicos para las familias vulnerables, sea este apoyo monetario o en especie. Tal apoyo puede ser la diferencia que, atendiendo el hambre, prevenga la enfermedad. Con respecto a lo educativo, no es seguro que los problemas se puedan corregir en lo inmediato, pero este es un llamado de atención para que el gobierno pase de su política de recortes presupuestarios a una política de atención a los problemas urgentes de la desigualdad educativa.


Pablo Hernández Jaime es maestro en ciencias sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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