| Por Miguel Alejandro Pérez

La pandemia en curso ha provocado reacciones encontradas: desde histeria aguda hasta abulia absoluta. Pero al propio tiempo ha concitado expresiones más acabadas que pretenden penetrar la superficie de las manifestaciones instintivas y ofrecer un ejercicio de prognosis alrededor de la problemática actual. Aquí también las respuestas han sido encontradas.

Los filósofos Slavoj Zizek —esloveno— y Byung-Chul Han —coreano— representan los dos extremos de la disyuntiva. El primero inauguró el debate con un artículo que caracterizó los efectos inmediatos del coronavirus como “un golpe a lo «Kill Bill» contra el capitalismo”. Ahí Zizek sostiene que la epidemia de coronavirus mantiene un “potencial utópico” en el sentido de que obliga a “repensar las características básicas de la sociedad en la que vivimos” y de que ofrece una “señal” respecto a que “no podemos continuar por el camino que estábamos recorriendo hasta ahora, de que un cambio radical es necesario”.

La propagación del coronavirus permite de tal manera la propagación de un virus ideológico (“mucho más beneficioso” y que “con suerte nos infectará —acota Zizek—): “el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del Estado nación, una sociedad que se actualice a sí misma en la forma de la solidaridad y la cooperación global”. Zizek respalda así la perspectiva de que la pandemia en turno constituye una especie de golpe social con la misma capacidad que la llamada “técnica de los cinco puntos”: un ataque ficticio que forma parte de la mitología de las artes marciales y que presenta la particularidad de “explotar el corazón” del oponente.

A juicio del filósofo esloveno la epidemia del coronavirus sería una técnica con el poder análogo de hacer explotar el corazón del sistema capitalista global. La coyuntura sanitaria revelaría entonces “un capitalismo global que se aproxima al colapso” y cuyo desplome inminente redundará en una reorganización casi automática “de la economía global para que deje de estar a merced de los mecanismos del mercado”.

Resulta claro que la prospectiva de Zizek supone una sociedad que “se actualizará a sí misma” a partir de la pandemia y que generará por sí sola una nueva “organización global que pueda regular y controlar la economía” sobre la base de la solidaridad y la cooperación también globales. Byung-Chul Han objetó precisamente el catastrofismo determinista y el optimismo ingenuo implícitos en la propuesta de Zizek. “La revolución viral no llegará a producirse” —sentenció el filósofo coreano—. “El virus no vencerá al capitalismo” —arguyó— en virtud de que “ningún virus es capaz de hacer la revolución”. Por tanto “no podemos dejar la revolución en manos del virus”: ojalá “tras el virus venga una revolución humana” pero “somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo” —concluyó—.

La contraposición de ambas posiciones revive y reactualiza la vieja alternativa de “derrumbe o revolución” en torno a la problemática relativa al “destino del capitalismo”. La historiografía marxista reconoce que el Bernstein-Debatte significó el punto de origen de la cuestión y que a partir de ahí las líneas basilares de la disyuntiva expresaron un cisma simbólico entre “alma reformista” y “alma revolucionaria”. A fin de cuentas la discusión coaguló en dos posiciones políticas opuestas: la socialdemocracia y el Linksradikalismus o “radicalismo de izquierda”.

La primera tomó cuerpo en el marxismo reformista de la Segunda Internacional y a grandes rasgos enarboló una “teoría del desarrollo” que estableció la imagen de un “capitalismo organizado” que no tenía más opción que periclitar como producto de las leyes internas del propio sistema. El Linksradikalismus apuntaló la imagen opuesta y definió el derrumbe revolucionario del capitalismo con base en la “teoría de la crisis” o Zusammenbruchstheorie.

Poco a poco el debate escindió el vínculo orgánico que realiza la unidad de la estructura y la superestructura de un bloque histórico determinado al tiempo que terminó por imponer la díada derrumbe/revolución. El reformismo marxista afirmó la primacía del momento estructural y de una u otra manera asumió  un economismo que varias veces llegó a reducir todo el movimiento histórico al momento estructural. El “extremismo histórico” del Linksradikalismus cometió el error inverso. Destacó la preponderancia del momento superestructural y varias veces cayó en un “ideologismo” que exaltó el elemento “voluntarista e individual” a la vez que subestimó las condiciones materiales de la política y de la ideología.

La perspectiva de Byung-Chul Han converge hasta cierto punto con la Zusammenbruchstheorie del izquierdismo radical. El filósofo coreano no toma en cuenta que las condiciones materiales circunscriben las posibilidades de acción y de lucha de las “PERSONAS dotadas de RAZÓN”. Desconoce asimismo que las crisis constituyen un  pasaje cualitativo que permite una transición de “lo objetivo a lo subjetivo” y de la “necesidad a la libertad”. Las catástrofes configuran momentos de “catarsis” que permiten por tanto “la elaboración superior de la estructura en superestructura en la conciencia de los hombres”.

Zizek olvida en cambio el nexo que Lenin identificó a propósito de una “situación revolucionaria” y una “revolución”. Por supuesto que la revolución resulta punto menos que irrealizable sin la condición de posibilidad de una situación revolucionaria. Pero “no toda situación revolucionaria desemboca o conduce a la revolución”. Zizek parece omitir que el momento de catarsis social abierto por la pandemia exige una transición cualitativa de la “necesidad a la libertad”: un pasaje de lo “objetivo a lo subjetivo”. El filósofo esloveno parece ignorar que la situación revolucionaria provocada por el COVID-19 no tiene que conducir necesariamente a una revolución ni prefigura el colapso inminente del capitalismo global ni mucho menos preludia el escenario de una sociedad que “se actualizará por sí misma”. Ignora un principio que señaló el “reformista” Rudolf Hilferding: “el derrumbe del sistema capitalista no debe esperarse en forma fatalista, desde el momento  que, muy lejos de ser el producto de las leyes internas del sistema, debe ser el resultado de la acción consciente (…)”. Zizek olvida en una palabra algo más que reconoció el propio Hilferding. Olvida que “el marxismo nunca ha sido fatalismo, sino por el contrario, máximo activismo”.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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