| Por Ehécatl Lázaro

Un virus democrático. Así tituló John Ackerman, destacado propagandista de la 4T, el artículo que publicó el pasado 28 de marzo en el semanario Proceso. En él, el investigador de la UNAM afirma que “el coronavirus es una enfermedad profundamente democrática” porque “no conoce fronteras de clase, raza, religión o región”; tan democrática que incluso “quienes están acostumbrados a que su dinero, color de piel, cercanía al poder o ubicación de su residencia” les garanticen su bienestar, ahora se encuentran desprotegidos, como los pobres. Al menos así lo cree uno de los académicos incrustados en las más altas esferas del poder. Pero el Dr. Ackerman se equivoca de palmo a palmo. Es imposible establecer una igualdad “democrática” entre los pocos que poseen los medios de producción y las masas trabajadoras que deben vender diariamente su fuerza de trabajo para poder sobrevivir. También ante el coronavirus, la pertenencia de clase determina las probabilidades que tiene una persona para sobrevivir a la pandemia y a la crisis económica que se avecina.

De acuerdo con Julio Boltvinik -reconocido investigador en temas de desigualdad- en México existen 91 millones de pobres, de los cuales 46 millones viven en pobreza extrema. Esto quiere decir que el ingreso que tienen 91 millones de mexicanos no les es suficiente para satisfacer necesidades básicas como alimentación, salud, educación y vivienda. En otras palabras, son familias que no pueden comer alimentos suficientes y nutritivos, que no pueden curarse cuando se enferman, que no pueden acceder a educación de calidad, y que viven hacinados en viviendas precarias. Si no se tiene lo mínimo suficiente para vivir dignamente, pensar en el ahorro es una burla. Agréguese a este escenario que el 60% de las personas empleadas trabaja en el sector informal, lo que automáticamente las deja sin seguridad social, salario estable, vacaciones, ni prestaciones laborales de ningún tipo. ¿Cómo enfrenta la pandemia este sector de la sociedad, que representa al 75% de la población nacional?

Entre todas las medidas dictadas por las instituciones sanitarias para contener el contagio del coronavirus, permanecer en cuarentena destaca como una de las más efectivas. Todas las actividades que no sean esenciales deben ser canceladas, y los individuos deben permanecer en sus casas; solo así se podrá ralentizar la velocidad de propagación del virus y se evitará una crisis todavía mayor. Pero permanecer encerrados en sus casas, sin ir a trabajar, es simplemente imposible para el 75% de los mexicanos. A pesar de la campaña mediática para mantener a la gente en sus casas, para los trabajadores no hay opción: no trabajar significa no comer. Ante este panorama, el gobierno ha anunciado que adelantará la entrega de apoyos monetarios un par de meses a todos los beneficiarios, y les dijo a los empresarios que deben seguir pagando a sus trabajadores aunque no vayan a trabajar. ¿Pero realmente cuántos trabajadores verán resuelto su ingreso por esta vía que no se sostendrá por mucho tiempo? Pocos. La gran mayoría deberá seguir ganándose la vida en las calles. Al final, contagiarse de coronavirus solo aumenta la probabilidad de enfermarse y morir; en cambio, no tener ingresos implica no comer, y en un periodo largo, simplemente no vivir.

¿Cómo enfrentan el coronavirus los grandes empresarios que concentran la propiedad de los medios de producción? En su caso, la riqueza que han concentrado como resultado de la explotación de los trabajadores, les permite pasar una cuarentena de cinco estrellas. Poseen viviendas espaciosas fuera de las grandes urbes, en las que fácilmente pueden vivir más de un mes “encerrados”, con todos los medios para alimentarse sanamente, divertirse, practicar deporte y -si a pesar de todo fueran contagiados- pueden acudir a los hospitales más exclusivos del país, donde se pondrán en las manos de los especialistas mejor preparados, y serán atendidos con la tecnología más desarrollada, en las condiciones más cómodas posibles. Es cierto, perderán parte de su capital debido a la recesión económica mundial; pero al final los capitales más grandes saldrán fortalecidos, pues los capitales más chicos no resistirán la crisis y serán engullidos por los grandes tiburones del capitalismo nacional. Como vemos, la pandemia sí afectará a este sector de la población, pero favorablemente, ya que, como suelen decir, para ellos las crisis significan oportunidades.

Entre las dos clases antagónicas del capitalismo, se encuentra la llamada clase media. Se trata, fundamentalmente, de pequeños empresarios y profesionistas bien pagados, como médicos, abogados, arquitectos, maestros, etc. Este sector tiene ingresos que le permiten satisfacer holgadamente las necesidades básicas de alimentación, vivienda, salud y educación, sin embargo, están muy lejos de tener ingresos similares a los de la gran burguesía nacional. En un capitalismo brutalmente polarizado, en el que los seis mexicanos más acaudalados acaparan la misma riqueza que los 62 millones de mexicanos más pobres, el concepto de clase media cada vez tiene menos sentido, pues los profesionistas y pequeños empresarios están mucho más cerca del proletariado que de la gran burguesía. Si bien en estos momentos la clase media no enfrenta mayores dificultades para ponerse en cuarentena, es incapaz de sostener esta situación por mucho tiempo, pues sus ingresos no le permiten vivir con la despreocupación de los grandes empresarios. Y al final, cuando esta crisis pase, miles de pequeñas empresas habrán quebrado y sus dueños pasarán a engrosar las filas de la clase trabajadora, sin nada que ofrecer en el mercado más que su fuerza de trabajo.

Es falso, pues, que la pandemia del coronavirus nos golpee a todos democráticamente, como también lo es que la pandemia afecte solo a los ricos y no a los pobres. Estas concepciones provienen de personajes ligados al poder presidencial -la primera de un académico de altos vuelos y la segunda de un gobernador- y reflejan parcialmente la visión obradorista sobre la crisis. AMLO considera que el peligro puede conjurarse con fetiches religiosos, se piensa inmune al virus, e ignora las consecuencias catastróficas que puede traer la pandemia. Sería ingenuo pensar que un gobernante así tomará medidas para proteger a los sectores más vulnerables -clases trabajadoras y clases medias- de la doble crisis sanitaria y económica que azota al país. Por eso, los más afectados de hoy serán los afectados de siempre: las clases trabajadoras que se exponen al virus para sobrevivir, que no tienen forma de atenderse si llegan a contagiarse, y que -como siempre- serán quienes paguen los platos rotos de la recesión económica mundial cuando todo esto termine.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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