| Por Gladis Mejía

Uno de los ejes fundamentales de la política económica del neoliberalismo en México ha sido la disminución de la participación del Estado en la esfera económica para garantizarle el libre juego al mercado, quedándose solo como garante de la paz pública; en la práctica, eso significó una reducción de su capacidad de acción para enfrentar los problemas sociales, como la pobreza y la desigualdad, y la renuncia a una reforma fiscal para tener mayores ingresos, puesto que ya no los necesitaría si el mercado haría una justa distribución de la riqueza creada.

Otro eje fundamental fue la liberalización de la circulación del capital nacional y extranjero sin ninguna restricción, con la explicación de que vendrían a sacarnos del subdesarrollo; se le pusieron a su disposición todos nuestros recursos naturales y la mano de obra, logrando que ésta se depreciara cada día más. México se incorporó al mercado mundial, sí, pero especializándose en mano de obra barata y simple armadora de partes importadas del extranjero. Hoy somos el país que más horas despliega por trabajador a nivel mundial y el que menos recibe por todo ese tiempo invertido a la generación de riqueza.

Las consecuencias más visibles de este modelo son dos. La primera, la extrema desigualdad: tenemos uno de los hombres más ricos del mundo, por un lado, y la pobreza lacerante de millones de mexicanos que viven al día, por el otro, con un salario que no alcanza para reponer la fuerza de trabajo gastada durante la jornada, y donde más de la mitad de ellos labora en la informalidad y sin prestaciones. La segunda consecuencia es un Estado débil, con poco presupuesto público, y restricciones impuestas por organizaciones internacionales para el cumplimento del un superávit primario y de una tasa baja de endeudamiento.

Pues bien, hoy, el país y el mundo entero se encuentran en vilo por la pandemia del COVID-19: cada día hay nuevos países con habitantes portadores del virus, el número de casos infectados aumenta, y con ellos, las muertes; y no se le ve todavía fin a su extensión en todo el orbe. Con la propagación mundial de la enfermedad se necesita que los Estados apliquen medidas de emergencia contundentes para frenar los contagios, las cuales pondrán en evidencia toda su capacidad de acción. Esta crisis desnuda la profunda desigualdad económica de México, antes oculta por la cotidianidad; aquí también los efectos del neoliberalismo dejarán bien grabada su huella. Ante esta situación, cabe preguntarse, cuando el contagio se agrave en nuestro país, ¿podrá nuestro gobierno hacerle frente a la crisis?; al final del día, ¿quién pagará los platos rotos?

En marzo del año pasado, desde Palacio Nacional se decretó el fin del neoliberalismo, pero hasta la fecha las políticas económicas aplicadas por el gobierno de López Obrador son, en esencia, las mismas. La política económica para la reducción de la pobreza son los programas monetarios condicionados que ya demostraron su incapacidad para lograr el fin propuesto; y, a la par, se redujo drásticamente el presupuesto para obras de infraestructura física e inversión pública (entre ellos el sector salud, ya de por sí bajo, y la introducción de agua potable y alcantarillado en colonias marginadas). Tampoco se ha propuesto una reforma fiscal que le permita mayores ingresos al gobierno y un amplio margen de acción ante una situación extraordinaria como la que estamos viviendo.

Es decir, el gobierno mexicano no está preparado para una pandemia como la que se halla en ciernes. El panorama se agrava si tomamos en cuenta dos cosas: la primera es que el año pasado, el PIB del país no creció nada, pero sí crecieron las fortunas de los mexicanos más ricos, lo que implica que hubo una centralización de la riqueza entre los más acaudalados, y que más gente pasó a formar parte de la gran masa de trabajadores desempleados.  Segunda, el mundo se encuentra ya en una recesión global, igual o peor que la de 2009, provocada por el mismo modelo neoliberal que se sigue conservando y el pronóstico para México es de una disminución del PIB del 4.5%. Las consecuencias de la crisis se dejarán sentir en la clase trabajadora con una crudeza nunca vista en épocas recientes.

Es, a todas luces, irresponsable el trato que le está dando el presidente a la pandemia y a la situación de la economía, minimizando sus efectos y alabando fetiches. Al no conocer la realidad mundial, se parece al aldeano vanidoso que anotaba Martí: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormido engullendo mundos”. Habrá que prepararnos.


Gladis Mejía es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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