| Por Alan Luna

Gran parte de la filosofía a lo largo de su historia ha intentado descubrir las verdades eternas, es más, un número importante de discusiones filosóficas tienen como base el definir si existen dichas verdades o si solamente son una ilusión de alguien que intenta sentar las bases de todo el conocimiento humano.

Los filósofos que creen en las verdades eternas buscan la forma de conocerlas. Un ejemplo clásico de esto es Platón, filósofo de la antigua Grecia, que creía en la división del mundo en dos partes: el mundo de las ideas y el mundo de las representaciones.

El mundo de las representaciones es el que todos conocemos, el que vemos y sentimos. Platón cree que al haber tanta diversidad entre las cosas no todas son iguales y, sin embargo, existen cosas que se agrupan categóricamente; ejemplo: todos los árboles que hay en el mundo son distintos, no hay dos que sean completamente iguales, no se repiten; sin embargo reconocemos que hay algo en lo que se parecen, pues todos son agrupados en la categoría de “árbol”. ¿Qué es eso que hace que podamos identificar a todos como lo mismo -que todos son árboles- si aparentemente todos son distintos? La respuesta de Platón es: la diversidad existe porque todo lo que vemos son representaciones de la idea de las cosas. En el ejemplo del árbol, todos son representaciones de la idea de árbol, se parecen entre sí porque copian a la idea que representan. La idea habita en el mundo de las ideas y es ahí en donde están las esencias de todo lo que nosotros conocemos. De este modo, conocer la verdad equivaldría a conocer las ideas perfectas; conocer las representaciones solo es importante en tanto nos acercamos a conocer la verdad contenida -en pocos grados- en las representaciones.

Pero las posturas filosóficas similares a esta parten del supuesto de que la verdad es una sola, es inmutable y es eterna. Lo que es verdad lo es porque siempre ha sido así, de otra manera no valdría la pena hablar de lo verdadero.

Ante la imposibilidad de descifrar o descubrir a la verdad en sí, se desarrolla una postura contraria llamada relativismo, que consiste en decir que la verdad es relativa; no existe una verdad sino muchas y, por lo tanto, es imposible investigar lo verdadero en sí. Esto trae como consecuencia que no se discuta si alguien tiene la razón respecto a algún punto u opinión, pues es “su verdad”, y como no se puede argumentar que lo que se opina contrariamente sea verdadero, la actitud correcta es respetar la verdad de cada quién.

Este estilo de debates en la filosofía ha encallado en todas las ramas de ésta. Así, por ejemplo, la ética durante mucho tiempo ha debatido si es posible una regulación moral que sea universal y aplicable a todos los seres humanos o si la moral es relativa a las costumbres de cada quién y si, por lo tanto, lo correcto es respetar la relatividad de las concepciones morales de la gente.

Uno de los filósofos que expresa más claramente este problema es Kant. En su investigación ética busca una moral eterna, aplicable a todos los humanos, sinónimo de una verdad absoluta en materia de comportamientos humanos. De esta forma podríamos decir cuál es la forma correcta de comportarse de todos, además de imponer reglas y patrones de conducta ayudados del sustento universal de la verdad moral. Sin embargo, Kant abandona este propósito al verse imposibilitado para encontrar algún sustento real en su búsqueda de la verdad superior en la moral, y decide lanzar su concepto de la “moral provisional” que consiste en adoptar la moral vigente en la sociedad, en lo que encuentra la respuesta a la moral universal.

Como en el problema de la verdad en general, esta cuestión vista desde su lado extremo lleva a plantear el relativismo moral. No se pueden dar lineamientos morales porque todos tienen su punto de vista de lo moralmente correcto y todos tiene derecho a pensar y actuar como quieran.

Debatir sobre estos problemas no es banal, muchas de las acciones que el ser humano emprende tienen algún sustento filosófico, es decir, de acuerdo con la forma en que se analiza la realidad, se actúa de un modo u otro.  Y esto cobra más importancia aún cuando las decisiones que se toman involucran la vida de miles de personas. Por esto siempre es importante analizar el sustento teórico de alguien como el Presidente de la República, pues según las políticas que el presidente implemente le irá mejor o peor al país. El sustento teórico juega un papel importante para conocer las concepciones del mundo que están detrás de sus políticas y su idea de transformación de México y, a través de éstas, podemos saber también cuán realistas son.

Parte del discurso del actual presidente se ha mostrado como una continuidad de la filosofía que cree en las verdades eternas, pues propone cambiar a la sociedad con una revolución moral. Lo que nos falta los mexicanos es actuar con bondad y honestidad. Nuestros problemas empezaron por alejarnos de los preceptos morales y, por lo tanto, basta con que empecemos a actuar de manera distinta para que se solucionen todos los males que arrastramos.

Como ya vimos, la cuestión no es fácil y precisa de muchas aclaraciones, pero son fundamentalmente dos preguntas las que saltan a la vista: ¿se puede dar por sentada la existencia de la verdad universal?, ¿qué le hace pensar al presidente que es la que propone y no otra la forma moral de actuar?

Tal y como se manifiestan en la historia, las costumbres y las reglas morales han ido transformándose, lo que ahora nos parece muy normal antes no lo era, e incluso en el mismo tiempo es común encontrarnos con que lo bueno en algunas costumbres no lo es en otras.

El pensador alemán Carlos Marx logra darnos pistas para resolver este problema lejos de la tradicional toma de postura por alguno de los polos opuestos del debate. Para Marx, si queremos entender el problema y, por lo tanto, darle una solución objetiva, debemos analizarlo tal y como se ha presentado en la historia. En textos importantes como La ideología alemana nos explica que la base del constructo social de la humanidad es la forma en la que esta produce los bienes materiales para poder sobrevivir. Esta forma de producción crea específicas relaciones sociales y una forma específica de vivir y pensar, por lo tanto, lo que los hombres y mujeres piensan no viene de otro lugar sino del entorno en el que viven y de la forma en que se han desarrollado. Las ideas, la filosofía, la religión, las leyes de una sociedad, corresponden a la forma en la que se ha configurado a través de la historia la estructura material de la sociedad. Este es el significado de la determinación de la superestructura por la estructura, como menciona Marx en la Contribución a la crítica de la economía política.

“Andrés Manuel supone la existencia de la moral eterna, de una verdad a la que todos debemos aspirar”.

Cuando nuestro presidente Andrés Manuel menciona que lo que les hace falta a los mexicanos es recuperar los valores morales perdidos, comete dos errores fundamentales. El primero es que supone la existencia, sin argumentarla, de la moral eterna, de una verdad a la que todos deberíamos aspirar y creer y, más aún, a una verdad moral que él posee y que debemos admitir sin reclamos; probablemente por esto el discurso del presidente es tan ambiguo y poco claro. Al hacer pasar su discurso como universalmente verdadero no le queda otra más que enfocarse en generalidades como la honestidad, la justicia, la bondad, el respeto, (proponiendo como medida más concreta la difusión de una cartilla moral que todos debieran aprenderse y usar como guía de acción), sin pasar a darle contenido a esas ideas abstractas. Pero Marx nos demuestra que los conceptos siempre adquieren contenido, y además un contenido específico en el desarrollo histórico concreto de los pueblos.  

La justicia nunca es una justicia abstracta, adquiere siempre un contenido concreto. Justicia ¿para quién? En este sentido, dependiendo del momento histórico, lo que es justo para unos es injusto para otros. Esto mismo pasa con la honestidad y demás valores morales: no son aplicables a todos los sectores de la sociedad. Al configurarse la historia como una realidad en donde existen clases sociales antagónicas, tenemos que los intereses de esas clases son también distintos, por lo tanto, lo que persigue cierto sector de la sociedad no coincide con los intereses del otro. En un sistema de producción capitalista, lo justo para el dueño de los medios de producción será todo lo que le implique el incremento de su capital, lo justo para los trabajadores, en cambio, es conseguir mayores comodidades para trabajar, por ejemplo, mejores salarios, muchas veces en detrimento de la ganancia del capitalista.

El segundo error es de concepción del mundo. En la filosofía de AMLO, lo que determina la posibilidad del cambio es la transformación en la moral, la transformación en las conciencias, pero estas, como ya vimos, no son sino el producto de la historia de la humanidad y de las condiciones concretas en las que se vive. Así como no tienen los mismos intereses los que provienen de clases sociales distintas, tampoco las ideas, fruto de su condición material, son las mismas. Las ideas son el producto de las condiciones y con el cambio de éstas podemos lograr también el cambio de las ideas. Querer cambiar las condiciones de vida solamente con el cambio de las ideas en una utopía.

El presidente quiere que la sociedad mexicana por arte de magia piense de otro modo, abriéndole los ojos solo con el ejemplo de su bondad y honestidad, pero debemos darnos cuenta del peligro que conlleva enfocar de manera errónea el problema. El que se diga que lo principal es la revolución de las conciencias y no transformar las condiciones materiales de la gente para que se transforme con eso su forma de pensar, es no poner la atención en lo principal: el mejoramiento real material de la gente, más aún, es no considerarlo principal, de ahí la constante despreocupación por los temas de la economía en el gobierno federal. Como dice Lenin en su libro ¿Qué hacer?, cada uno puede opinar y practicar la filosofía que quiera, pero tratándose de políticas que afectan a millones de personas tenemos derecho a exigir claridad y realismo en las medidas que se implementen para combatir los males sociales. Vivimos en una realidad compleja y los problemas que se presentan son cada vez peores, necesitamos gente de ciencia en el poder y no ocurrentes.


Alan Luna es licenciado en Filosofía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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