| Por Aquiles Celis

Durante la segunda década del siglo XX, cuando las principales potencias europeas acusaban el expansionismo colonialista y se repartían el mundo para la obtención de materia prima y fuerza de trabajo en la fase de industrialización del sistema de producción capitalista, Italia comenzó un proceso de (re)unificación nacional, el cual nucleó a regiones distintas entre sí en el ámbito cultural, lingüístico, político, religioso y socioeconómico.

En la introducción de su libro, El culto del Littorio, Emilio Gentile explica a grandes rasgos el proceso ideológico-político de la unificación italiana. El autor se centra en la construcción de la idea de nación de la Tercera Italia en el periodo del Risorgimento y las distintas vertientes políticas que buscaron nutrir el ideal de la nación. La meta más alta que se trazaron los “patriotas” de la época romántica fue la renovación civil y moral de los italianos; todos los intentos de construir un Estado fueron interpelados por este ideal de renovación. La unificación nacional tuvo como condición sine qua non la renovación moral de los individuos.

Pero la idea de nación de la Tercera Italia, como la de todos los movimientos revolucionarios románticos, se encontró envuelta en un halo sacro que resignificó a la patria como la entidad colectiva suprema: el ciudadano debía su vida a la nación y el Estado encauzaría al individuo en el culto hacia ella. La sacralización de la política y de la nación creó, a decir de Gentile, una religión laica en la península que puso en el centro la idea de la unidad moral de la Tercera Italia a partir de los valores religiosos. Para los intelectuales del Risorgimento, esta unificación religiosa tenía tanta o más importancia que la unificación política.

Durante la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años de 1900, las élites políticas se empecinaron en la creación de una religión laica que aglutinara las distintas sensibilidades y unificara moralmente al popolo. Así, recuperaron los elementos imprescindibles de las religiones y reivindicaron al Estado como máxima autoridad laica y clerical. No fue sino hasta la segunda década del siglo XX cuando el fascismo logró imponerse en ciertos sectores sociales: en los veteranos militares que habían participado en la primera Guerra Mundial; en los intelectuales ávidos de fe; en las juventudes desprovistas de mitos y en la burguesía patriótica, que comenzaron a organizarse en pequeñas escuadras defensoras de la nueva fe que marchaban con ánimos persecutorios en las grandes ciudades y pequeños pueblos mientras vaciaban las casas rojas, sedes de organización de los socialistas, comunistas o republicanos;  quemaban en las plazas los retratos de Marx al tiempo que espoleaban a la población contra el terror rojo, contra el bolchevismo triunfante en la Rusia de Lenin.

Como una advertencia para en nuestros días, nos serviría recordar la hipótesis histórica de Gentile, que podemos sintetizarla en que: a) El fascismo no surgió de la nada ni fue idea exclusiva de Mussolini y que b) El fascismo fue un fenómeno de masas, pues la nueva religión civil se montó en las tradiciones políticas locales basadas en consensos autoritarios.


Aquiles Celis es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
akilitos_ceco@hotmail.com

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