| Por Abentofail Pérez

La Revolución de Independencia constituye un periodo de la historia nacional cuyos efectos se mantienen vivos en nuestra realidad social. La Historia es el pilar sobre que el que se cimenta la vida de un pueblo y cuando recurrimos a ella no es únicamente para rememorar viejas y gloriosas acciones, sino con el objetivo de comprender lo que somos hoy en día, para así, estudiadas y entendidas nuestras raíces, florecer en un futuro. Un individuo o una sociedad se compone esencialmente de lo que fue y si queremos hoy en día cambiar nuestra realidad, debemos antes conocer la fuente de donde ésta emanó. La Independencia de México abrió una herida en nuestra historia que sigue sin ser cauterizada. Aquellos que se propusieron extirpar el mal que en el ser social existía reconocieron el problema y se decidieron a operarlo, pero una vez abierto el cuerpo se olvidaron cerrar la herida, que hoy se nos aparece inflamada y corrompida por el devenir de los años.

Los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX representaron en el mundo entero el reajuste político que la estructura económica demandaba. La burguesía desplazaba del poder a la vieja aristocracia, y la Revolución Francesa acaecida en 1789, así como la Independencia de las trece colonias de Norteamérica, en 1776, fueron solo el preámbulo de una serie de revoluciones de carácter mundial que encumbrarían en el poder a una nueva clase, la burguesía, desplazando al viejo y caduco régimen. España no podía ser la excepción, habiendo representado por siglos el poder monárquico, fue víctima de la transformación que de Francia surgía y que a la “madre patria” llegaría encabezada por Napoleón. Naturalmente, sus colonias sufrieron los estragos de la invasión napoleónica y se creó en ellas un vacío de poder, algo inusitado después de trescientos años de dominación, que propició el levantamiento popular en todo el continente americano.

La Nueva España, conocida como “la joya de la corona” por su basta riqueza, no tardó en reaccionar a este reajuste político. En 1810 se levantó en Dolores el cura Hidalgo a la cabeza de miles de hombres que junto con él buscaban reconquistar la soberanía perdida el fatídico 13 de agosto de 1521. La insurgencia no tardó mucho en encender la llama revolucionaria y apenas unas semanas después aquel incipiente ejército contaba con más de 2,000 hombres. Las conquistas militares de este primer grupo de insurgentes fueron sucediéndose una tras otra, tomando primero Guanajuato y llegando en pocos meses a las puertas de la Ciudad de México. Lamentablemente, la desorganización provocada por un ejército tan grande y heterogéneo provocó, aunado a las decisiones equivocadas de los líderes del movimiento, que apenas iniciado el año de 1811 cayera derrotado por el ejército realista en la fatídica batalla de Puente de Calderón. La desbandada fue general, y los líderes insurgentes cayeron en manos de la reacción; para evitar nuevos alzamientos, las cabezas de los líderes ejecutados fueron colgadas, como escarmiento, en el escenario que meses atrás había arrojado esperanzas a la Revolución, la Alhóndiga de Granaditas.

Calleja, entonces jefe de las fuerzas realistas, esperaba que con esta dura derrota la rebelión llegara a su fin, pero lo que él había logrado apagar era solo una llamarada del inmenso incendio que en el país había provocado el levantamiento de Hidalgo. Las tropas desperdigas se reorganizaron y Morelos, quien había sido alumno de Hidalgo y a la vez pieza fundamental de su rebelión, se encargó de avivar la esperanza revolucionaria y organizó en el sur un ejército más capacitado y sobre todo con ideales más claros. La reorganización que encabezó no fue solo militar; la proclama cambió radicalmente y era ahora el grito de independencia el que se escuchaba en los más recónditos rincones del país. Creó una constitución que aunque sobrellevaba algunos viejos lastres del viejo sistema, en esencia respondía a la necesidad que la realidad exigía. La esclavitud se declaró abolida, la libertad de los hombres era su principal proclama y la soberanía nacional se convirtió en la bandera de este resurgimiento revolucionario. “Morelos profundizó las medidas de Hidalgo a favor de las clases desposeídas americanas: abolió los tributos personales y la esclavitud sin indemnización alguna” (Zavala).

“La última etapa del proceso de independencia se dio a través de guerrillas en varias regiones del país”

Fueron varias las batallas que entre 1811 y 1815 libró el ejército de Morelos; el sitio de Cuautla sobresale entre ellas. La falta de conocimientos, que el mismo Morelos admitía, fue suplida por la inteligencia y la sagacidad natural de un hombre que a pesar de haber pasado su vida entera tras las puertas de una iglesia, dio muestras de verdaderas dotes militares que, cuenta la historia tal vez por hacerle justicia, que Napoleón reconoció al grado de aseverar “con diez hombres como Morelos, yo conquistaría el mundo”, aunque el objetivo de Morelos y las fuerzas humanas reflejadas en él emanaban no de un espíritu de conquista, sino de uno de liberación.

Morelos le dio cohesión y estructura al movimiento, pero no logró superar las trabas que un ejército poco preparado y adiestrado terminó por manifiestas al caer ante las fuerzas realistas. Todo el odio y la inquina que el clero y la aristocracia habían acumulado al ver peligrar la riqueza que habían amasado durante trescientos años y que se manifestaba en un miedo rayano en el pánico, se ensañó en la figura de Morelos, quien fue condenado en la tierra, en el cielo, y en el infierno, a falta de más lugares en los que su presencia fuera posible. La inteligencia a lo largo de la historia ha provocado el mismo efecto en los espíritus insensatos y reaccionarios. El terror que provoca una idea correctamente defendida y que logra, cual espejo, reflejar la insensatez de los enemigos del progreso es hoy, como hace doscientos años, el mismo.

La muerte de Morelos, a finales de 1815, parecía echar por tierra las esperanzas de un México independiente; sin embargo, la historia ha demostrado que no depende del individuo para realizarse, una vez roto el dique, la fuerza contenida de las olas es incontenible. “La muerte de Morelos paralizó la revolución, pero no la extinguió. Como en el resto de América, la dominación española tocaba en México a su fin; la aprehensión o la desaparición de los caudillos eran incidentes pasajeros”.

La última etapa del proceso de independencia se dio a través de guerrillas en varias regiones del país. El apoyo de un grupo de liberales encabezados por Javier Mina proveniente de España fue insuficiente y las esperanzas recayeron en la figura de Vicente Guerrero. Aunado a esto, el levantamiento popular en España había logrado en 1812 con la Constitución de Cádiz realizar transformaciones estructurales que dejaban sin poder al expatriado Fernando VII. Muchas de estas transformaciones afectaban también los intereses de la aristocracia y el clero novohispano que, aunque se aferró en un principio al sostenimiento del monarca, demostró a la postre que sus intereses personales estaban sobre cualquier ideología, y abrazó con sorprendente entusiasmo la causa que había condenado por diez años y a la cual ahora acudía buscando con ello salvaguardar su riqueza. Este cambio intempestivo significó un duro revés a la lucha insurgente. La fuerza política y militar de aquellos que defendían los ideales promulgados por Hidalgo y Morelos, los verdaderos ideales del pueblo mexicano, era insuficiente para triunfar sola, y se vio en la necesidad de forjar una alianza más fatídica que la que Julio César fraguara con Bruto.

El destino de la independencia quedó en manos de sus enemigos. Iturbide, años antes de cambiar de bandera, se ufanaba de haber vencido y derrotado a Morelos. Con estas palabras se dirigía al enemigo más grande del ejército revolucionario, el general Félix María Calleja: “Muy venerado y amado general y protector mío, deseo a su casa más prosperidades y gloria que a mí mismo”. Este hombre era ahora el encargado de darle la tan añorada independencia al país. La clase que había pretendido en 1810 reconquistar su soberanía era ahora un amigo incómodo de los que entraban triunfantes el 27 de septiembre de 1821 a la Ciudad de México. El plan de Iguala y los tratados de Córdoba, con los que se da fin al proceso de independencia, estaban claramente divorciados de la realidad histórica y de las necesidades de desarrollo de aquella nación en ciernes.

La Revolución de Independencia, a grandes rasgos desarrollada líneas atrás, no responde en absoluto a la que de manera oficial nos han inculcado. Es cierto que México oficialmente se independizó de España, pero la verdadera libertad que buscaron los próceres a los que ahora recordamos, sigue sin llegar a nuestro país. Se dio un paso importante, la liberación nacional, pero el sometimiento económico, que es el verdaderamente importante si se quiere hablar de libertad en una sociedad, se trasladó a nuestro vecino del norte. Las cadenas que nos tenían atados a la corona nos tienen ahora en manos de los Estados Unidos. Finalmente “la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases” (Marx), y la clase que valientemente puso el pecho a las balas del conquistador y ofrendó su vida por la liberación de nuestro pueblo, no es la que ahora goza del fruto de ésta. Vinieron otras luchas y gestas esencialmente iguales, pero en este siglo y hasta este momento sigue pendiente la histórica tarea de lograr la verdadera independencia, aquella que le permita a nuestro país romper el yugo de la clase que le oprime y una vez que el proletariado, clase históricamente sojuzgada, haya conquistado el poder, entonces sí, el pueblo podrá festejar una independencia no fingida ni enmascarada, sino real e indestructible.

Abentofail Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
abenperon@gmail.com

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