| Por Miguel Alejandro Pérez

Muy pocas veces los protagonistas directos de la historia alcanzan a vislumbrar y a establecer el verdadero sentido de los hechos que ellos mismos protagonizan. En la mayoría de los casos sobreestiman la importancia histórica de dichos acontecimientos: creen —sólo por poner un ejemplo a la orden del día— que encabezan una transformación inédita y radical cuando (en el mejor de los escenarios) toman parte en un cambio epidérmico que no altera (ni por otra parte podría alterar) las estructuras básicas de la realidad social.

Los 365 días de la victoria electoral de la actual administración federal plantean el problema anterior. En efecto, los primeros actores de la 4T —desde el más hasta el menos conspicuo— padecen una notable (y tal vez incorregible) ceguera histórica. Hasta ahora ninguno de ellos ha podido captar el verdadero sentido del proceso que dirigen. Ni siquiera el protagonista principal —el propio presidente de la República— ha sido capaz de aprehender el carácter adecuado del fenómeno histórico en el que él mismo ocupa el rol estelar. Todavía más: él es el más ofuscado de todos.

La problemática sobredicha plantea algunas preguntas generales. ¿Por qué los actores principales de los distintos dramas históricos se muestran casi siempre incapaces de reconocer el verdadero carácter de procesos —políticos y sociales o de cualquier especie— en los que ellos mismos juegan un papel de primer orden? Si los mismos personajes participan en la “primera línea de la historia”, ¿por qué la mayor parte de las veces no pueden comprender el alcance real de la obra histórica que los involucra como histriones inmediatos? Por último, ¿por qué generalmente sienten la necesidad imperiosa de magnificar la trascendencia histórica de la obra que interpretan?

No por casualidad El 18 Brumario de Luis Bonaparte —una obra clásica que descubrió la verdadera estatura histórica del “aventurero” que escondía “sus vulgares y repugnantes rasgos bajo la férrea mascarilla de muerte de Napoleón”— ofrece algunas respuestas a las cuestiones precedentes. Ahí Carlos Marx explica que en las épocas de crisis revolucionaria los “vivos” resucitan a los muertos “para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”. Sin embargo al mismo tiempo señala que “si examinamos esas conjuraciones de los muertos en la historia universal, observaremos enseguida una diferencia que salta a la vista”: algunas veces dicha resurrección cumple el propósito de “glorificar las nuevas luchas”, “exagerar en la fantasía la misión trazada” y de “encontrar de nuevo el espíritu de la revolución”, en una palabra, de ayudar a que los protagonistas de la historia “cumplan la misión de su tiempo”.

“La historia pasa por muchas fases antes de enterrar las viejas formas”

Otras veces —en cambio— la resurrección sirve para “parodiar las antiguas luchas”, retroceder ante el cumplimiento [de la misión trazada] en la realidad” y “hacer vagar otra vez el espectro” de la revolución”. No obstante Marx aclara que en ambos casos tales revoluciones necesitan “remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido”: es decir, se trata de “transformaciones” en las que “la frase desborda al contenido”. A las anteriores opone otra clase de revolución —que él llama “revolución social del siglo XIX” o “revolución proletaria”— que no podría “sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir; una que no podría “comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado”; que debería “dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido”: en suma, una revolución en la que “el contenido desborda la frase”.

Los “gladiadores” de la 4T —actores directos y principales de un drama histórico— impulsan una “transformación” que encaja en el grupo de “revoluciones” que necesitan invocar las tradiciones, ideales e ilusiones de una “época fenecida” con el fin de “ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas”. Sin embargo, la resurrección de los espíritus del pasado en la 4T —las constantes referencias a Hidalgo, Juárez y Madero: a los nombres, consignas de guerra, ropaje, etc. de la Independencia, la Reforma y la Revolución maderista— no persigue el objetivo de “mantener la pasión” de sus paladines “a la altura de la gran tragedia histórica”: más bien sirve para “parodiar las antiguas luchas”. En una palabra: la 4T presenta los rasgos más acusados de una comedia histórica. ¿Por qué?

En otro texto Marx escribió que “la historia es concienzuda” y que “pasa por muchas fases antes de enterrar las viejas formas”. En el mismo lugar arguyó que “la última fase de una forma histórico-universal es su comedia”. Los histriones y apologistas inmediatos de la 4T —incapaces de reconocer el verdadero sentido del proceso histórico que estelarizan— creen que protagonizan un momento auroral. Empero el carácter cómico-paródico de los acontecimientos en curso revela que representan una obra de carácter crepuscular (la ceguera los hace confundir el fin con el comienzo). ¿Por qué los finales revisten un carácter cómico? El mismo Marx ofrece una respuesta contundente: “para que la humanidad pueda separarse alegremente de su pasado”. “Este alegre destino histórico —que en 1844 Marx reivindicó para Alemania— es el que hoy se reivindica para las “potencias políticas” de México.

Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
mi_peral4@hotmail.com

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