| Por Jorge López Hernández

El objetivo principal de cualquier negocio en el sistema actual de producción es la obtención de la máxima ganancia; para ello, las grandes firmas y los monopolios contratan especialistas de todo tipo para buscar la forma de minimizar los costos de producción, o buscar mecanismos para incrementar la ganancia. En general, hay dos formas para conseguir este objetivo: la primera es haciendo más eficiente el proceso productivo, es decir, incrementando la productividad de los factores de la producción (trabajo y capital); para ello se necesita inversión en investigación y desarrollo tecnológico (un proceso lento y costoso, pero el más eficaz en el largo plazo). La segunda forma se logra disminuyendo el costo de mano de obra, lo cual implica no aumentar salarios, disminuir prestaciones laborales o buscando nuevas formas de contratación de la mano de obra como el outsourcing (subcontratación) y las plataformas de la economía colaborativa.

El concepto de economía colaborativa se popularizó en 2010 (Lisa Gansky, Roo Rogers, y Rachel Botsman), en dos publicaciones para describir modelos de negocio innovadores que atendían las necesidades de los consumidores utilizando las ventajas y el desarrollo de internet. Se puede entender como un sistema socio-económico construido para compartir bienes y servicios entre personas y organizaciones a través de plataformas digitales, utilizando la tecnología peer-to-peer (red entre pares).

Bajo este concepto se han creado una gran cantidad de negocios, principalmente en el área de los servicios. ¿Quién no ha escuchado hablar de las innovadoras empresas del transporte como Uber o Cabify? Han tenido gran éxito este tipo de negocios que se han extendido a otros servicios. Sus impulsores han difundido las ventajas y los beneficios de esta nueva economía cargada de “valores” como la cooperación y la disposición de compartir recursos y la puesta en marcha de recursos ociosos o infrautilizados.

Además, se agrega y se aplaude con mayor intensidad el hecho de que la economía colaborativa resuelve un grave problema como el desempleo, a través de la generación de empleos adaptados a las nuevas circunstancias económicas y sociales; es decir, se aprovechan las tecnologías digitales (teléfono móvil e internet) para ofrecer bienes y servicios sin que el trabajador sea contratado por una empresa (contratista independiente).

A esta nueva forma de emplearse se le atribuyen poderes de salvación para el trabajador ya que, por fin, no estará bajo el dominio de los empresarios explotadores, no tendrá un jefe que lo maltrate y le dé un salario mísero; ahora él se auto-empleará, decidirá su ritmo de trabajo, podrá escoger sus clientes, tendrá la posibilidad de tener ingresos extras si tiene algún activo ocioso como una habitación, un auto, una bicicleta o simplemente alguna habilidad que pueda ser útil o tras personas.

Pero más allá de la cara bonita de este modelo de negocios, ¿qué hay realmente en el fondo? En primer lugar, es necesario señalar que la economía colaborativa nació en el marco de la crisis mundial del 2008; de ahí su éxito, ya que surgió ofreciendo servicios baratos y como una alternativa de fuente de ingresos extras a la población afectada por la crisis.

Las implicaciones negativas que ha tenido son muchas. Una de ellas es la precarización laboral, ya que se están generando empleos sin ninguna prestación, sin ninguna capacidad de negociación colectiva por parte de los trabajadores y, sobre todo, se quita toda la responsabilidad que los dueños de las empresas tienen con el trabajador. Pero lo más riesgoso —de acuerdo con el investigador inglés Guy Standing— es que la tendencia laboral para la próxima década estará marcada por el incremento de las economías de plataforma a través de relaciones laborales indirectas: todo por encargo y de inmediato, trabajo mediante transacciones digitales sin relación laboral (crowd labour) y contratos de disponibilidad (on-call-contracts).

Esto no es más que una nueva forma de maximizar ganancias a través de la reducción del salario a los trabajadores. Se trata de una innovación que promete mejorar las condiciones del trabajador, pero que resulta ser un eufemismo para una forma moderna de explotación laboral.

Jorge López Hernández es economista por la Universidad Autónoma Chapingo e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
avpa_jorge@hotmail.com

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