Preliminares al estudio de la desigualdad, la estratificación y las clases sociales: bases conceptuales (II/II)

Pablo Hernández Jaime

Esta nota de investigación da continuidad a una serie de trabajos que tienen el objetivo de “contribuir a explicar los procesos de estratificación y su relación con cambios históricos de orden socioeconómico”. He comenzado por algunos aspectos básicos relativos a la delimitación de un marco analítico pertinente.

La entrega pasada estuvo organizada de la siguiente manera:

La introducción, de extensión notable, estableció tres consideraciones iniciales, a saber: (1) la clasificación en ciencias sociales es relevante toda vez que tiene poder explicativo y no solo descriptivo; (2) el poder explicativo de las clasificaciones deriva de un hecho social genérico: la formación de estructuras sociales y cognitivas trae consigo propiedades emergentes sui generis que solo son comprensibles en un nivel de análisis agregado y/o relacional (aunque siempre es posible seguir estrategias individuales de recolección de información). Así, la clasificación no ve limitado su potencial a la sola agrupación de rasgos individuales, sino que hace posible la aproximación a pautas sociales de carácter propiamente colectivo. Ahora bien, esta justificación de lo que podría considerarse un holismo metodológico (en oposición al individualismo), no es propiamente estructuralista, es decir, no es una posición que considere la existencia per se de estructuras sociales y cognitivas al margen de las personas que las componen o detentan. La aproximación que aquí se suscribe es más bien de tipo genético, condición que queda suficientemente explicitada en el documento anterior. Esta aproximación encuentra sus bases en el marxismo, por lo que se justifica el tercer apartado de la introducción, donde (3) se presenta la concepción genético social de Marx contenida en los Manuscritos de economía y filosofía. El texto continúa con un segundo apartado donde (1) se esclarecen en lo general los conceptos de diferencias, estratos, desigualdades y clases sociales, esto con el objetivo de contar con un piso mínimo para comprender las distintas aproximaciones al estudio de las clases sociales; asimismo, (2) se presentaron los aspectos más básicos para comprender la aproximación marxista al análisis de clases sociales.

Esta nueva entrega persigue dos objetivos: en primer lugar, busca presentar de manera sucinta los planteamientos centrales de las dos principales aproximaciones al análisis de clases sociales: la marxista y la weberiana. En segundo lugar, presenta y detalla las características de los esquemas de clases sociales desarrollados por Wright (1997) y Goldthorpe (1992).

I. Dos aproximaciones relacionales al análisis de clases sociales

Hay al menos tres aproximaciones para el análisis de las clases sociales (Wright, 1997). La primera equipara el concepto de clase con el de estrato, por lo que presenta una concepción ordinal simple con base en la distribución de algún recurso, usualmente el ingreso. Las dos aproximaciones restantes parten de una concepción distinta del concepto de clase. En ambos casos, clase social es definida de forma relacional, es decir, a partir de distinciones cualitativas que tienen por base las posiciones relativas que ocupan las personas en una estructura social definida a partir de relaciones. Estas aproximaciones son la marxista y la weberiana, y son de las que se desarrollarán en lo sucesivo.

Antes de avanzar, sin embargo, conviene hacer una aclaración. El análisis de clases está, por lo general, remitido al ámbito laboral. En este sentido, desde una aproximación por estratos, es posible distinguir clases con base en el ingreso asociado a los puestos de trabajo. Desde una aproximación relacional, por otro lado, el criterio serán las posiciones ocupadas al interior del mercado de trabajo; estas posiciones, a su vez, estarán definidas con base en criterios relacionales como la explotación, la jerarquía o el privilegio. En este mismo sentido es que aquí se consideran las clases sociales. Esto no quiere decir, sin embargo, que otros ámbitos de la vida social no sean relevantes o que las posiciones ocupacionales sean el principal factor explicativo de todos los fenómenos sociales. El peso específico de los distintos factores causales asociados con determinado fenómeno no es algo que se pueda imputar teóricamente de forma apriorística, sino que requiere de una aproximación empírica al fenómeno, de manera que sea la realidad misma la que nos dé el sustento para sostener nuestras conclusiones.

a. Dos puntos de partida: la explotación y las oportunidades de vida

La diferencia entre la aproximación marxista y weberiana al análisis de clases sociales no está en la naturaleza de sus conceptos, pues en ambos casos se trata de conceptos relacionales. La diferencia, en cambio, se encuentra en el ámbito de la economía al que están referidos. El análisis weberiano considera las posiciones laborales como asociadas sistemáticamente a recursos económicos, de prestigio y autoridad que, junto con otros aspectos como la educación, generan diferenciales en las oportunidades de vida (life chances) de las personas (Wright, 1997). Estas oportunidades no son otra cosa que las probabilidades medias de acceder a determinadas condiciones de vida a partir de la posición ocupada en una estructura social. Ahora bien, se considera que el conjunto de posiciones sociales a las que están asociados estos recursos de manera diferenciada es relacional por los patrones de exclusión que supone su asignación. Así, la exclusión permite que surja el privilegio, lo que en último término se traduce en diferentes oportunidades de vida[1]. El análisis weberiano de clases sociales, en pocas palabras, está orientado al análisis de una estructura de relaciones de mercado.

El análisis marxista de clases sociales, por otro lado, está referido a las relaciones de explotación. Esto quiere decir que, a diferencia de la aproximación weberiana, la perspectiva marxista no está centrada en las relaciones de mercado, sino en las de producción. Así, el marxismo distingue dos posiciones clave: la del burgués que se apropia del trabajo excedente no remunerado de sus empleados bajo la forma de plusvalía y mediante una relación de trabajo asalariado, y la del proletario que, sin contar con otro medio de subsistencia, vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Esta perspectiva, a diferencia de la weberiana, permite entender el conflicto de clases no solo como una disputa distributiva al interior de relaciones de exclusión de exclusión y privilegio, sino como una disputa productiva al interior de relaciones de explotación que suponen otro tipo de pautas de control y dominación. En este sentido, la perspectiva marxista opera mejor al momento de analizar la naturaleza y las tendencias de los conflictos económicos, que es uno de los objetivos para los que fue elaborada[2].

Ahora bien, esta diferencia cardinal en ambas concepciones no impide que tengan coincidencias o que sean compatibles. En primer lugar, ambas perspectivas consideran que las clases sociales son un elemento explicativo relevante para dar cuenta de las condiciones de vida de las personas. Adicionalmente, es posible decir que las peculiaridades del análisis weberiano son compatibles con la concepción marxista. El siguiente esquema, retomado de Wright (1997, p. 34), resume las tres aproximaciones al análisis de clases sociales y, como es posible notar, el análisis weberiano puede ser anidado de manera congruente en el marxista.

Como se puede observar en los diagramas de la figura 1, las perspectivas marxista y weberiana tienen un punto de partida similar: ambas consideran procesos de exclusión económica que dan origen a estructuras de relaciones sociales donde es posible identificar posiciones. Estas posiciones, a su vez, estarán asociadas a diferenciales de control sobre el proceso de intercambio o sobre el proceso de producción al interior del mercado de trabajo, lo que eventualmente generará formas de conflicto social en torno a la distribución de los recursos y en torno al control del proceso mismo productivo. La diferencia entre ambas aproximaciones es que, mientras la marxista toma como criterio central la exclusión en torno a la propiedad de los medios de producción, centrando su análisis en los procesos de explotación y la acumulación de capital, la aproximación weberiana enfatiza la exclusión en el acceso a recursos que habilitan o restringen el acceso a posiciones laborales mejor remuneradas. Es posible sostener, entonces, que ambas perspectivas del análisis de clases sociales, la marxista y la weberiana, no son en principio excluyentes sino complementarias.

b. El esquema básico de clases y su expansión

El esquema básico de clases sociales es de origen marxista. En él, es posible identificar dos clases fundamentales: la burguesía y el proletariado. Ambas clases se definen a partir de la posición que las personas ocupan en torno al proceso productivo. Así, el capitalista o burgués es el propietario de los medios de producción, mientras que el proletariado es quien, desprovisto de medios productivos, debe vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. De aquí que el capitalista desempeñe habitualmente la posición de empleador, mientras que el proletario sea siempre un empleado. No obstante, los términos no son intercambiables. Como se verá enseguida, no todo empleador puede ser considerado un burgués y, de manera similar, no todo empleado es un proletario. El proletario es, típicamente, un obrero productivo asalariado. El burgués, por su parte, es un propietario que, por virtud de esta condición, se apropia directamente (en la industria)o indirectamente (a través de rentas o intereses) de la plusvalía extraída al proletariado, de manera tal que la magnitud de su apropiación de excedente le permite (1) mantenerse con vida en un mercado competitivo, (2) abstenerse potencialmente de trabajar y (3) lograr cierto peso e influencia política (Wright, 1997).

Sin embargo, hechas estas consideraciones, los conceptos tanto de proletario como de capitalista resultan ahora demasiado acotados, por lo que dejan fuera un número considerable de casos que no se ajustan directamente con ninguna de estas categorías. ¿Qué pasa entonces con los empleadores poco competitivos, con los empleados no productivos, con los supervisores y gerentes, o con la gran variedad de autoempleados que ni contratan fuerza de trabajo ni venden la propia? Considerando estas preguntas, los esquemas de clases sociales suelen tomar como punto de partida tres posiciones iniciales: empleados, empleadores y autoempleados, y a partir de ahí tratan de reconstruir el resto de las posiciones en la estructura de clases, para lo que es necesario añadir algunos criterios adicionales que permitan distinguir otras posiciones al interior de este esquema básico.

Ahora bien, cabe señalar que, a pesar de las diferencias que hay entre las aproximaciones marxista y weberiana, en realidad hay un amplio consenso en torno a las dimensiones relevantes para integrar un esquema de posiciones de clase. En este sentido, no es de sorprender que los neo-weberianos, Erikson y Goldthorpe (1992) tomen el mismo esquema base que el neo-marxista Erik Olin Wright (1997), y del mismo modo, no es extraño que los criterios para expandir dicho esquema sean sumamente similares, dando como resultado esquemas que solo difieren en cuanto a matices. Estas diferencias, sin embargo, pueden resultar cruciales teóricamente. Así, por ejemplo, la aproximación marxista enfrenta el reto de identificar a los capitalistas de otro tipo de actores económicos, mientras que la aproximación weberiana no pone mayor atención a esta cuestión, encontrando pocas diferencias entre los empleados de más alta jerarquía y los propios capitalistas.

c. Dos esquemas de clases sociales

El esquema base de clases sociales empleadores, empleados y autoempleados, puede ser expandido siguiendo tres criterios. Para los empleadores o propietarios se considera el tamaño de la unidad económica en términos del número de empleados. Así, es posible distinguir, desde los grandes y medianos propietarios hasta los autoempleados. Para los empleados, por otro lado, es posible establecer dos ejes, uno de jerarquía, referido al grado de autoridad delegado al trabajador en relación con otros empleados, y otro eje de capacitación, referido al nivel de conocimientos técnicos y científicos requeridos para el desempeño del cargo. Con estas tres consideraciones es posible formular un esquema con doce posiciones de clase. Este esquema, desarrollado originalmente por Wright (1997), se muestra en la figura 2.

La utilidad de esta clasificación es doble: en primer lugar, nos permite distinguir variaciones al interior de las relaciones de clase, lo que facilita el análisis empírico de la desigualdad, pues permite identificar posiciones al interior de la misma clase trabajadora asociadas con una mayor remuneración, prestigio y, por tanto, mejores condiciones de vida; asimismo, esta clasificación nos permite identificar, dentro de la misma categoría de propietarios, a grupos de personas que, a pesar de no vender su fuerza de trabajo, ya que poseen algún tipo medio productivo, no pueden ser considerados propiamente capitalistas. Estos propietarios, por ejemplo, cuando son medianos empleadores, no poseen las ventajas competitivas para sobrevivir en el mercado, por lo que se encuentran en constante riesgo de desaparecer ante la competencia; también son el primer sector en desaparecer ante una contracción económica.

Ahora bien, los “propietarios”sin empleados, denominados como pequeña burguesía en el esquema de Wright, por otro lado, son una categoría problemática; por un lado, aquí se encuentra gente con negocios familiares que les permiten vivir de manera relativamente cómoda, sin la necesidad de buscar un empleo, pero sin las condiciones para contratar mano de obra. Sin embargo, hay otro sector de los autoempleados que en realidad se encuentra en esta condición como resultado de su exclusión sistemática del mercado trabajo, por lo que su actividad es meramente de supervivencia. En este segundo caso, claramente no estamos hablando ni de proletariado ni de pequeña burguesía. Un tercer sector que se encuentra aglutinado aquí es el de las profesiones y los profesionistas, donde se encuentran igualmente el plomero y el electricista que el médico privado o el consultor jurídico. Esta categoría, así de problemática, se presenta de manera muy similar tanto en los esquemas de Wright (1997) como en los de Erikson y Goldthorpe (1992). Es probable que esta omisión se deba a que, en el contexto de países industrializados, para estos años, el peso específico del autoempleo en general y de sus variaciones internas en particular, haya sido bastante menor. Este, sin embargo, no es el caso de economías subdesarrolladas y dependientes como la mexicana, donde el autoempleo, de la mano con la informalidad, han aumentado durante las últimas décadas (Cota-Yañez & Navarro-Alvarado, 2015).

La segunda utilidad del esquema de Wright (1997) consiste en que nos permite identificar posiciones contradictorias al interior de las relaciones de clase. Una posición contradictoria es aquella que vincula al empleado tanto con sus propios intereses de clase, en tanto trabajador asalariado, como con los intereses del empleador. En estas posiciones, los trabajadores reciben privilegios de diverso tipo, incluyendo una mejor remuneración económica. Este diferencial en el ingreso, cuando se debe a una concesión de autoridad, es denominado por Wright renta o bono de lealtad, y cuando se debe a una concesión ante conocimientos técnicos o científicos, renta o bono de calificación. El acceso a estos privilegios vincula los intereses del empleado con los de su empleador. En este sentido, los expertos y los gerentes serán menos susceptibles a desarrollar una conciencia de clase acorde con sus intereses en tanto trabajadores, siendo proclives a alinearse con sus superiores.

Esta estratificación de los puestos laborales en torno a la jerarquía o la calificación en las sociedades modernas tiende a generar cierta estabilidad política y social como resultado de la presencia de aspiraciones y expectativas de movilidad ascendente entre puestos de trabajo (Erikson & Goldthorpe, 1992). Así, la presencia de expectativas de ascenso reduce el conflicto de clase, pues mientras los trabajadores con posiciones altas se alinean con los intereses de los propietarios, los trabajadores de posiciones medias y bajas aspiran a ser promovidos.

Un esquema de clases alternativo al de Wright (1997) es el de Erikson y Goldthorpe (1992). Para ellos, el punto de partida son las tres posiciones de clase básicas: empleador, empleado y autoempleado. Después, para los empleadores consideran dos criterios: primero, el tamaño de su unidad productiva en tanto número de trabajadores y, segundo, su condición agrícola o industrial. A los empleados, por su parte, los subdividen según el tipo de contratación. Aquí es importante hacer una aclaración. Erikson y Goldthorpe suponen que la relación contractual del empleado con su empleador varía entre tipos de empleado, y que esta diferenciación permite distinguir con claridad a empleados vinculados con su puesto de trabajo a través de contratos típicos de subordinación salarial, y vínculos de otro tipo “no contractual”, sino “de servicio” e “intermedios”. La diferencia, que resulta extraña para el contexto mexicano, supone que, entre los prestadores de servicios, entre los que se encuentran trabajadores de mayor jerarquía y calificación hay una relación de menor subordinación. La aclaración es importante toda vez que las variables o criterios sustantivos detrás de los vínculos laborales considerados por Erikson y Goldthorpe no son directamente los contratos en un sentido jurídico, sino las relaciones de subordinación, calificación y jerarquía que le subyacen. El esquema, que los autores presentan a manera de árbol, se presenta en la figura 3.

Una de las principales diferencias del esquema de Erikson y Goldthorpe (1992) es su inclusión explícita del sector agrícola, lo que supone considerar que hay una diferencia sustantiva entre trabajadores manuales industriales y agrícolas, lo mismo que entre autoempleados urbanos y rurales. En este sentido, el esquema de clases de Erikson y Goldthorpe (1992) trata de ajustarse a los requerimientos de una evaluación empírica a partir de un solo esquema. En el caso de Wright (1997), aunque es verdad que podría ajustarse un esquema adicional para actividades agrícolas, ello supondría un reto adicional en cuanto a la unificación de dos esquemas. Sin embargo, es bastante probable que tal distinción no represente mayores problemas. El esquema neo-weberiano está planteado para que sus trece categorías puedan ser colapsadas en siete, cinco y tres clases, respectivamente, por lo que la distinción entre agrícola e industrial puede ser suprimida. La decisión de plantear un esquema en estos términos, de acuerdo con sus autores, responde a un criterio meramente pragmático: facilitar la aplicación empírica del esquema. En la tabla 1 se presenta, de manera detallada, el contenido de las trece categorías y sus respectivas agrupaciones en siete, cinco y tres clases.

Como ya se había anunciado, este esquema de clases no difiere drásticamente del esquema de Wright (1997). Sin embargo, hay tres diferencias que vale la pena señalar. En primer lugar, el esquema de Erikson y Goldthorpe (1992) está mejor ajustado para el análisis empírico. Esta es una fortaleza que sus mismos autores señalan. En este sentido, aunque la delimitación analítica de los criterios de clasificación es menos precisa, su operacionalización resulta clara e intuitiva. La segunda diferencia es de especial interés para los marxistas, y es que, mientras el esquema de Erikson y Goldthorpe (1992) aglutina a los grandes gerentes y expertos en una sola clase (I), el esquema de Wright (1997) los distingue por considerarlos analíticamente relevantes para dar cuenta de los intereses de clase.

Ahora bien, esta diferencia es relevante según el problema de investigación que se quiera abordar. Así, por ejemplo, si el esquema de clases se usará exclusivamente para observar patrones de distribución de recursos o de movilidad relativa, es probable que el esquema de Erikson y Goldthorpe (1992) resulte de mayor utilidad o que, dependiendo del nivel de desagregación que permitan los datos, resulte indistinto; en cambio, si el interés es dar cuenta de otros procesos de explotación o los vinculos de la activación política con los intereses de clase, entonces, el esquema de Wright (1997) será de mayor utilidad. Cabe alcarar, sin embargo, que la identificación puntual de lo que habremos de denominar capitalista o burgues supone un reto importante para la investigación empírica; esto es así, en primer lugar, porque la información provista por las encuestas usualmente excluye a las verdaderas élites de una sociedad, y, en segundo lugar, porque, para ser más precisos, sería necesario considerar no solo la condición de propietario y el el tamaño de la unidad productiva, sino el nivel de ingresos y, específicamente, su procedencia (E. Wolff & Zacharias, 2013).

Finalmente, una tercera diferencia, que también es crucial para la aproximación marxista, pero no para la weberiana, es la diferencia sustantiva que hay entre los empleos del sector privado, los estatales y los de la economía social (Wright, 2012). Para el análisis weberiano no es esencial distinguir entre unidades económicas productivas y no productivas, mientras los puestos de trabajo sean clasificables según los criterios establecidos en el esquema. Para el análisis marxista, en cambio, el problema es de primer orden, puesto que la explotación, en estricto sentido, se genera solo en el proceso productivo. Solo después, en el proceso de circulación, este excedente toma la forma de ganancia, interés o renta (R. Wolff & Resnick, 2012).

d. Reflexiones finales

En esta nota de investigación se presentaron dos de los esquemas de clases sociales más relevantes en ciencias sociales. En ambos casos, a pesar de provenir de tradiciones teóricas distintas, aunque no necesariamente antagónicas, los esquemas resultaron ser sumamente similares en sus criterios y elaboración. Sin embargo, los esquemas guardan diferencias importantes. Estas diferencias, en cierto sentido, reflejan el énfasis que cada aproximación pone, ya sea en el conflicto productivo (la marxista) o en el conflicto distributivo (la weberiana). Sin embargo, lo que parece más significativo de señalar es el consenso implícito, lo que permite, en cierto modo, tomar este como un punto de partida sólido para avanzar en especificaciones necesarias para contextos socioeconómicos distintos. Sobre esta última cuestión, resalta de manera importante la necesidad de considerar las variaciones al interior del grupo de los autoempleados en las economías subdesarrolladas y dependientes como la mexicana, donde la precariedad y la informalidad tienen una presencia significativa. 


[1] Esta perspectiva, aunque semejante en algunos aspectos, difiere de la interpretación ordinal simple. Aquí, el análisis de la asignación social de recursos depende de pautas estructurales interdependientes, donde el privilegio es solo la contraparte de la exclusión. La perspectiva de los estratos, en cambio, suele adoptar perspectivas individualistas que atribuyen la distribución de la riqueza a decisiones personales, por lo que la desigualdad observada no es sino un resultado agregado de esfuerzos individuales y no pautas sociales.

[2] Claro está que para pasar del análisis de posiciones de clase al de formación de clase, es decir, al análisis sobre la acción política organizada en torno a intereses de clase, el salto no es automático; en otras palabras, de la posición de clase no se sigue directamente la activación política correspondiente, sin embargo, para conocer las relaciones entre la posición, la formación y la conciencia de clase, que es el reconocimiento de los intereses asociados a la posición que de hecho se ocupa en la estructura económica, sí es necesario conocer antes y de manera precisa dicha estructura. De aquí la necesidad por conocer la estructura de clases.

Referencias

Cota-Yañez, R., & Navarro-Alvarado, A. (2015). Análisis del mercado laboral y el empleo informal Mexicano. Papeles de Poblacion, 21(85), 211–249. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-74252015000300008

Erikson, R., & Goldthorpe, J. (1992). Concepts, data, and strategies of enquiry. In The constant flux. A study of class mobility in industrial societies (pp. 28–64). Clarendon press; Oxford.

Wolff, E., & Zacharias, A. (2013). Class structure and economic inequality. Cambridge Journal of Economics, 37, 1381–1406. https://doi.org/10.1093/cje/bet026

Wolff, R., & Resnick, S. (2012). Marxian theory. In Contending economic theories: neoclassical, keynesian, and marxian (pp. 133–250). The MIT Press.

Wright, E. O. (1997). Class Counts. Comparative studies in class analysis. Cambridge University Press.

Wright, E. O. (2012). Logics of job creation under Capitalism (No. 2).