Preliminares al estudio de la desigualdad, la estratificación y las clases sociales: bases conceptuales (I/II)

Pablo Bernardo Hernández Jaime

La presente nota de investigación da inicio a una serie de trabajos que tienen el propósito de contribuir a explicar los procesos de estratificación y su relación con cambios históricos de orden socioeconómico. Para esta entrega se presenta el análisis de algunos conceptos básicos con miras a delimitar un marco analítico pertinente; los conceptos en cuestión son desigualdad, estratificación y clase social.

La exposición comienza con una introducción que, primero, enmarca el problema de la delimitación de clases y estratos en ciencias sociales como un caso particular de las formas de clasificación científica y, segundo, desarrolla lo que aquí he dado en llamar principio de estructuración y que no es otra cosa sino la consideración analítica de que en la sociedad se conforman estructuras con características relativamente autónomas que, al tiempo, resultan determinantes, estructurantes de la vida de las personas; en este sentido, la definición de clases y estratos sociales no es un mero ejercicio descriptivo, sino que puede contribuir a elaborar explicaciones sobre la realidad social. 

La segunda parte de la nota busca exponer distintas aproximaciones clásicas al estudio de las clases sociales. Este apartado comienza esclareciendo de manera preliminar los conceptos de diferencia, desigualdad, estrato y clase como tipos de distinción social; con esto se busca establecer una base conceptual mínima (no definitiva ni acabada) para el análisis posterior de los conceptos. El apartado continúa con una exposición aún sucinta del concepto de clases sociales en Marx. Cabe señalar que este segundo apartado queda incompleto para esta entrega: haría falta desarrollar la aproximación weberiana al estudio de clases sociales, lo que quedará pendiente para la siguiente ocasión, junto con una exposición de aproximaciones actuales. Al tiempo, es preciso advertir que cuando se habla de clases sociales en esta nota de investigación aún no se toman en cuenta éstas como clases para sí, es decir, como clases movilizadas políticamente en torno a intereses; el análisis aquí está centrado en las clases entendidas como clase en sí (desde Marx) o como situación de clase (desde Weber).

I. Introducción

a. La clasificación en ciencias sociales

Clasificar es una de las actividades científicas fundamentales. El conocimiento humano precisa, antes de poder elaborar explicaciones satisfactorias, de una descripción adecuada de su objeto de estudio; esta tarea se facilita si se cuenta con herramientas conceptuales que permitan ordenar analíticamente los distintos elementos observados: para las ciencias, clasificar es ordenar distinguiendo, con base en criterios relevantes, los distintos aspectos de algún fenómeno.

La importancia de la clasificación para las ciencias es tal que podemos estimar que, en buena medida, la importancia de El origen de las especies de Darwin estriba, no solo en proponer un mecanismo relevante para las teorías de la evolución, sino en establecer un criterio genético –es decir, un criterio con base en el origen y desarrollo– para ordenar y distinguir a las especies. Con este giro, por ejemplo, es posible sostener que, aunque en apariencia los delfines puedan parecernos más cercanos a los tiburones que a los homínidos, evolutivamente es todo lo contrario.

Pero clasificar no es una actividad puramente científica. Clasificar es una actividad cognitiva que consiste en agrupar elementos semejantes del mundo, facilitando así su comprensión, interpretación y explicación. Pero ¿cuáles elementos? Aquí no debe entenderse esta palabra como si estuviéramos concibiendo el mundo integrado por objetos aislados e independientes unos de otros; en todo caso es siempre más verosímil pensar el mundo como un continuo de interrelaciones donde las fronteras entre las cosas se desdibujan conforme nos acercamos al conocimiento de sus fronteras.

Toda clasificación supone una conceptualización del mundo. Clasificar supone definir y nombrar; esto es, delimitar[1] los elementos del mundo, diciendo qué son, qué no son, y otorgándoles un nombre para referirlos. El lenguaje, entre otras cosas, es un sistema de clasificación que, como herramienta mental, sirve para ordenar nuestras percepciones e ideas sobre el mundo. Sin embargo, la clasificación no está exenta de errores. El lenguaje de la vida cotidiana es muchas veces impreciso, suele ser ambiguo, recurre con frecuencia a criterios implícitos y, además, se ciñe en grado sumo a la apariencia de las cosas; esto último trae consecuencias importantes: el lenguaje cotidiano nombra, desde las experiencias en el mundo de la vida, todo aquello que las más de las veces posee rasgos ocultos, dimensiones solo mediatamente perceptibles; como consecuencia, el lenguaje cotidiano suele estar cargado de fetiches; esto es, suele colocar atributos cuyo origen desconoce y no percibe en objetos que directamente ve y nombra.

Cuando las fallas del sistema de clasificación del lenguaje cotidiano se cuelan a las ciencias –como ocurre no pocas veces– las consecuencias pueden ser graves. Considérese el siguiente ejemplo: en el lenguaje cotidiano es usual atribuir al comportamiento de las personas un origen voluntario e inmanentemente individual; se suele pensar que las acciones están cargadas de intención, que tal intención es voluntaria y consciente, y que, por tanto, las personas son absolutamente causa de sí. Pero esto es impreciso. Si nos ceñimos a esta idea llegaremos a una concepción liberal del mundo donde asumimos que el individuo existe de suyo, como un elemento autónomo de la realidad. Este error conceptual, que consiste en hacer atribuir la consciencia, voluntad y comportamientos a los individuos que los ejecutan, significa hacer del individuo un fetiche (tal y como lo ha señalado Duncan Watts, 2014). En otras palabras, este error consiste en atribuir concreción a algún aspecto del fenómeno, a una abstracción –en este caso al individuo–, sin considerar que tal concreción escapa a los limites intuitivamente establecidos sobre el individuo mismo; esta falacia es conocida actualmente como reificación (Lukács, 1968) o concreción mal colocada (misplaced concreteness) (Thompson, 1997). Un error de conceptualización de este tipo, que puede derivar en una clasificación cuando menos imprecisa de las causas del comportamiento humano (ver, por ejemplo, la crítica de Schütz a Weber), finalmente puede conllevar al establecimiento de explicaciones e inferencias erradas en torno a los fenómenos sociales.

La clasificación científica, por tanto, debe evitar los errores del lenguaje cotidiano; debe estar guiada por criterios teóricamente relevantes que estén formulados explícitamente, cuyas especificaciones sean precisas, y que, en la medida de lo posible, sirvan como base para elaborar explicaciones sobre los fenómenos del mundo (Collier, LaPorte, & Seawright, 2012). ¿Qué significa esto? La clasificación de cualquier fenómeno puede hacerse a partir de cualquier conceptualización y considerando cualesquiera características del fenómeno en cuestión; sin embargo, para que la clasificación sea relevante, es preciso (1) tener una conceptualización lo más adecuada posible, evitando caer en fetiches; pero al mismo tiempo, es necesario que (2) tales criterios sean importantes para el estudio de los fenómenos que nos proponemos conocer, esto garantizará su utilidad analítica; y finalmente, (3) es importante ser explícito en la formulación de definiciones y criterios, precisamente, porque estos no son los únicos posibles, y así como pueden ser de gran utilidad para abordar un objeto de investigación, pueden ser completamente inútiles para estudiar otro, por lo que es preciso saber cómo fueron construidos para que podamos apropiarnos de ellos y usarlos como lo que son, herramientas al servicio de nuestro conocimiento.

b. El principio de estructuración

También en ciencias sociales la clasificación y la conceptualización que le supone son un problema metodológico de primer orden. Sin embargo, el objeto de estudio específico de estas ciencias: el ser humano, trae consigo retos importantes que deben ser cuidadosamente abordados. ¿Cómo clasificamos a las personas en sociedad o a las sociedades mismas?, ¿bajo qué criterios y por qué?, ¿hasta dónde y para qué nos sirven ciertas formas de clasificación? y, es más, ¿qué concepción de ser humano llevamos subrepticiamente en nuestros planteamientos cuando postulamos tal o cual clasificación?

El problema de la clasificación en ciencias sociales pasa, de manera preeminente, por la conceptualización de ser humano. En otro espacio abordaré de manera más extensa este problema cuyo nivel de análisis es aún más elevado, al tiempo que se entremezcla con discusiones de carácter filosófico para las cuáles esta nota no está pensada. Sin embargo, me detendré en una discusión que, aunque íntimamente vinculada con la concepción de ser humano, recae de manera más directa en el ámbito de lo metodológico: me refiero a las aproximaciones individualista y estructuralista al estudio de la sociedad. 

Veamos. El individualismo metodológico es una postura analítica que conceptualiza a la sociedad como un simple agregado de individuos, otorgándoles, así, una existencia autónoma e independiente del conjunto social. La sociedad vendría a ser sencillamente la suma de individuos (para una exposición relativamente actual de esta postura ver a Raymond Boudon, 2004). Como se indicó arriba, tal posición supone hacer un fetiche del individuo, atribuyéndole un carácter inmanente a atributos que en realidad no se originan en él, sino fuera de él, en el contexto social (Watts, 2014).

Pero, si la sociedad no es un agregado de individuos, entonces, ¿qué es? El estructuralismo, que en cierto modo podemos denominar colectivismo metodológico, es una posición que asume la emergencia, el surgimiento de características sui géneris (para usar la terminología típica de Durkheim, 1986) en el conjunto social; esto es, una posición que asume que la sociedad, aunque necesariamente compuesta por individuos, es más que la suma de sus partes, precisamente porque de ella emergen propiedades que le son específicas al conjunto social: piénsese, por ejemplo, en la cultura, el lenguaje, el Estado, las instituciones, las costumbres, las leyes y, por supuesto, las estructuras económicas. 

Escolio. Cabe hacer un par de aclaraciones antes de continuar: primero, como señalan Erikson y Goldthorpe (1992), el planteamiento metodológico del individualismo no necesariamente debe ir acompañado de un individualismo ontológico; es decir, para estos autores, es perfectamente posible aproximarse al estudio de la sociedad a través de datos individuales, por ejemplo los que se recaban a través de una encuesta de hogares o un censo, y al mismo tiempo, considerar la existencia y relevancia de las estructuras sociales. Esta distinción resulta importante puesto que, desde el propio carácter metodológico de ambas aproximaciones, la individualista y la colectivista, debemos considerar sus supuestos como formas de aproximación al conocimiento y no, necesariamente, como impostaciones teóricas sobre la realidad.

Sin embargo, y esta es la segunda aclaración, para un individualista ontológico, es decir, para aquel que considere que de hecho la sociedad es simple y exclusivamente un agregado de individuos no tendría ningún sentido aplicar una aproximación colectivista a su objeto de conocimiento. En cambio, para el colectivista ontológico, es decir, para aquel que considera como real la existencia de propiedades emergentes en el conjunto social, sí que puede resultar valioso utilizar como herramienta alguna aproximación individualista, sencillamente porque, al vivir en sociedades con características emergente, los individuos terminarían reflejando en lo individual las propiedades colectivas; así, por ejemplo, para estudiar aspectos propios del lenguaje como fenómeno social, puede resultar de suma utilidad estudiar los casos particulares de conformación y manejo del lenguaje en comunidades restringidas.

Pero no todas las formas estructuralismo son iguales; hay posturas que caen en errores tales como suponer que las estructuras sociales –culturales, económicas, políticas o simbólicas– existen con independencia de las personas y que, por tanto, las personas, los individuos o bien se resisten ante tales estructuras desde su inmanente individualidad o bien son sencillamente autómatas sin voluntad que se limitan a representar, a encarnar el papel que la historia les da.

En el primer error han caído pensadores liberales que, sin superar la idea fetichizada de individuo, consideran que éste se opone mecánicamente a las estructuras sociales y que ambos son independientes entre sí. En el segundo error han caído algunos “marxistas”, especialmente aquellos que asumen una concepción etapista de la historia; es decir, en una concepción del desarrollo social como enmarcado por sucesivos y necesarios estadios que indefectiblemente están orientados por una lógica histórica propia e independiente.

De este segundo error –determinismo historicista o teleologísmo– se ha querido culpar a Marx incontables ocasiones, sin embargo, él no compartía tal concepción; baste señalar una cita sumamente clara de La sagrada familia donde acusa a Bruno Bauer de errar en sus reflexiones teóricas cayendo en tales errores:

De la misma manera que a los ojos de los antiguos teólogos las plantas no existían más que para ser comidas por los animales, y los animales para ser comidos por los hombres, [para Bruno Bauer] la historia no existe más que para servir al acto de consumo de la alimentación teórica, que es la demostración. […] Como la verdad, la historia deviene, en consecuencia, una persona aparte, un sujeto metafísico del cual los individuos humanos reales no son más que simples representantes. Por esto la crítica absoluta recurre a las frases: «La historia no permite que uno se burle de ella: la historia ha desplegado los más grandes esfuerzos; la historia ha estado ocupada; ¿para qué serviría la historia? La historia nos da expresamente la prueba: la historia pone sobre el tapete verdades que», etcétera. (1845/2013, p. 104).

Sin embargo, se puede ser estructuralista sin caer en los antedichos errores; es decir, se puede asumir la emergencia de características específicas del conjunto social que son relativamente autónomas de la voluntad individual de sus portadores sin, necesariamente, atribuir una existencia propia e independiente a tales estructuras. Desde ciertas posturas estructuralistas que podemos denominar genéticas, evolutivas, constructivistas o dialécticas[2], la pregunta sobre la naturaleza de lo social se responde del siguiente modo.

(1) Lo específicamente social es estructural, y una estructura puede entenderse como una tendencia supraindividual que, no obstante, solo pueden manifestarse y existir sobre la base material de su incorporación en los individuos. Entonces, tales estructuras no es que existan fuera de las personas; existen en las personas, a través de ellas, en sus actividades y en las relaciones que establecen unas con otras mediante sus prácticas y en relación con los productos de su acción. Con esta primera consideración evitamos caer en el error de suponer que lo social o lo histórico poseen existencia propia como entes externos e independiente de los seres humanos.

(2) Ahora bien, aunque tales estructuras son supraindividuales, es decir, relativamente autónomas con respecto a la voluntad individual, es preciso señalar que tales tendencias no existieron siempre, sino que tienen su génesis, su origen en la actividad de los propios seres humanos. En este sentido, como ha señalado Bourdieu (2007), más que de estructuras a secas, hablamos de estructuras (históricamente) estructuradas; o bien, para decirlo con Marx (1844/1972), hablamos de (1) prácticas, (2) relaciones y (3) productos humanos que se objetivan en la realidad, adquiriendo cierta autonomía, y en algunos casos volviéndose ajenas, edificando así otras tantas restricciones y condiciones de posibilidad para el accionar humano. Son estas las determinadas condiciones sobre las cuáles el ser humano hace su historia, arrastrando siempre sobre sí, “como una pesadilla”,  “la tradición de todas las generaciones muertas” (Marx, 1850/1978, p. 9). Con esta segunda aclaración se asume una posición dinámica en relación con las estructuras sociales: son un producto humano y, por tanto, están sujetas al cambio.

(3) Pero hay un aspecto más que debe ser considerado; estas estructuras –tendencias supraindividuales y relativamente autónomas que emergen de la actividad colectiva de los seres humanos– estructuran la vida de las personas; es decir, establecen pautas de diverso tipo que orientan las prácticas, las relaciones y los productos de la actividad humana. Estas estructuras –podemos decir– establecen los límites dentro de los cuáles variará la acción y la comprensión de la sociedad, al tiempo que habilita las necesidades y capacidades correspondientes, aunque no de manera mecánica. Quizás un ejemplo ayude a clarificar los tres puntos señalados.

c. El principio de estructuración en los Manuscritos de economía y filosofía

En los Manuscritos de economía y filosofía (1844/1972), Marx hace los siguientes planteamientos. En el primer manuscrito, cuya extensión es más o menos amplia y de un denso contenido económico, Marx se aboca a analizar la relación social que media entre explotadores y explotados que, en el capitalismo, toman la forma específica de trabajador libre asalariado y capitalista beneficiario. El análisis de este primer manuscrito gira, en su mayoría, en torno a la forma en que las pautas estructurales de esta relación permiten vislumbrar distintos escenarios: desarrollo, estancamiento y contracción de la economía. En todos los casos –señala Marx– quien sale perdiendo tendencialmente es el trabajador asalariado que se empobrece sistemáticamente. Hasta aquí el análisis está centrado en la estructura económica capitalista y la manera en que ésta, a su vez, delimita o estructura la vida material de las personas, sus modos de vida.

Hacia el final del primer manuscrito, y durante el segundo, Marx cambia el foco del análisis. Ahora se detiene a analizar los orígenes de la estructura antedicha. Es entonces que expone su teoría de la enajenación como un marco general para comprender la génesis, el origen de las estructuras sociales en tanto tales tendencias autónomas.

El tercer manuscrito es un poco más complicado de analizar. En primer lugar, señala el carácter objetivista de la propiedad privada en las economías precapitalistas; esto es, la propiedad privada como una relación social que restringe, solo negativamente, el acceso a los medios de producción para los sectores desfavorecidos de la sociedad, pero que no es capaz de transformar dicha relación de propiedad en un incentivo, en un elemento activo para el desarrollo positivo de la producción. Como contraposición, señala Marx, el capitalismo industrial viene a representar el tránsito de tal objetivismo a una situación social donde la propiedad privada orilla a las personas no a la conservación sino a la transformación de los procesos productivos; en otras palabras, la propiedad privada se vuelve un catalizador de la actividad subjetiva de los seres humanos, encomiándolos al desarrollo productivo y volviéndolos partícipes activos de la transformación de su realidad.

Este esquema analítico que le sirve a Marx para dividir la historia del capitalismo en dos periodos: uno con marcado énfasis objetivista y otro con énfasis subjetivista, le servirá para hipotetizar dos etapas análogas en la transición socialista: una, caracterizada por la búsqueda de igualdad material sin el reconocimiento adecuado de la diversidad humana que demanda un florecimiento relativamente autónomo de las necesidades y capacidades personales; y otra, caracterizada por el libre desarrollo humano. 

Es en este tercer manuscrito donde Marx abre una ventana para analizar teóricamente el proceso subjetivación de las estructuras sociales; es decir, la manera en que tales estructuras estructuran no solo las condiciones materiales de vida de las personas, sino su propia subjetividad. Al respecto Marx señala lo siguiente:

Sólo a través de la riqueza objetivamente desarrollada del ser humano es, en parte cultivada, en parte creada, la riqueza de la sensibilidad humana subjetiva, un oído musical, un ojo para la belleza de la forma. En resumen, sólo así se cultivan o se crean sentidos capaces de goces humanos, sentidos que se afirman como fuerzas esenciales humanas. Pues no sólo los cinco sentidos, sino también los llamados sentidos espirituales, los sentidos prácticos (voluntad, amor, etc.), en una palabra, el sentido humano, la humanidad de los sentidos, se constituyen únicamente mediante la existencia de su objeto, mediante la naturaleza humanizada. (Marx, 1844/1972, p. 146).

Los Manuscritos terminan con una crítica a la filosofía de Hegel que no tiene caso analizar aquí. La cuestión es la siguiente: en la estructura de esta obra se puede apreciar con suma claridad los tres momentos de la estructuración social: la génesis de la estructura económica capitalista, sus pautas o lógica interna de funcionamiento y sus implicaciones estructurantes para la vida de las personas.

Todo lo antedicho es de suma importancia para aproximarnos al estudio de las clases sociales y la estratificación social por la siguiente razón: las posiciones estructurales importan, precisamente, porque estructuran la vida de las personas en sociedad; la sociedad no es un simple agregado de individuos preexistentes, es, en cambio, un conjunto de individuos socialmente estructurados a partir de sus posiciones sociales en una estructura social históricamente constituida. En este sentido, la gran apuesta de los estudios de clases sociales, y la apuesta del propio marxismo al adscribir tal perspectiva, es que clasificar, más que solo describir, puede contribuir significativamente a elaborar explicaciones sobre los fenómenos sociales. A esto podemos denominarlo principio de estructuración, supuesto que está de fondo en los estudios de clases sociales.

Hasta aquí se ha hablado de estructuras sociales de un modo sumamente abstracto y genérico; cabe entonces preguntarse, ¿qué características estructurales consideramos relevantes para clasificar a la sociedad, por qué y para qué nos sirven? Estas preguntas no conocen respuestas univocas; en realidad, el criterio de clasificación dependerá de la delimitación particular del objeto de estudio. En este sentido, lo que hay son propuestas diversas que, en algunos casos, pueden resultar incluso complementarias. A continuación, se presentan dos aproximaciones al estudio de las clases sociales.

II. Aproximaciones al estudio de clases sociales

Se desarrolla el apartado en tres puntos: esclarecimiento preliminar de los conceptos y, después, las aproximaciones marxista y weberiana al estudio de las clases sociales y la estratificación social. Se plantea como punto de partida delimitar la naturaleza de algunos conceptos con el fin de comprender con mayor facilidad la exposición posterior.

a. Esclarecimiento preliminar de los conceptos

Las sociedades no son homogéneas; al interior de ellas hay una gran variedad de atributos que permiten establecer distinciones. Llamaremos diferenciación a una forma de clasificación o de distinción solo nominal de la sociedad (Kerbo, 2003); es decir, una distinción con base en la presencia de atributos de calidad diversa y no jerárquica. La diferenciación nos dirá que una sociedad o algún sector de ella es cualitativamente distinto de otro debido a tal o cual rasgo, por ejemplo, ciertos hábitos culinarios, formas de vestir, etcétera. Lo que la sola diferencia no nos permite decir es si tal o cual rasgo es superior. Para poder establecer una relación jerárquica entre atributos es necesario contar con una distinción que no sea solo nominal, sino escalar o, cuando menos, ordinal (Kerbo, 2003). Aquí entra el concepto de desigualdad.

Podemos decir que hay desigualdad cuando las diferencias entre una sociedad y otra, o entre un sector y otro, tienen por base una distribución asimétrica de algún atributo. El concepto de desigualdad, entonces, supone una diferencia al menos ordinal entre atributos comunes. Así, por ejemplo, cuando hablamos de desigualdad educativa en términos de nivel de escolaridad alcanzado, el atributo común es la escolaridad y su escala de medición es ordinal, por lo que es posible decir que algunas personas tienen más escolaridad que otras. Cuando hablamos de desigualdad de ingresos monetarios, por otro lado, el atributo común es el ingreso y su medición es de tipo escalar, e manera que podemos decir que algunas personas poseen ingresos superiores a los de otras personas, pero, además, podemos decir cuántas veces más.

Ahora bien, el concepto de estrato social con frecuencia es equiparado al de clase social, llegando a usar ambos como sinónimos. Incluso en la literatura especializada llega a confundirlos como si fuesen intercambiables (véanse por ejemplo los textos de Lareau, 2008; Treiman & Robinson, 1981). Sin embargo, esto es una imprecisión.

La estratificación podemos entenderla de manera sucinta como desigualdad persistente en el tiempo (Kerbo, 2003); esto es, como la distribución asimétrica relativamente constante de algún atributo, lo que supone cuando menos dos cosas: primero, y debido al carácter persistente de la asignación, tenemos la conformación de posiciones asociadas a dicha distribución; estas posiciones son los estratos; y segundo, tenemos no solo el proceso de asignación de recursos a posiciones, sino además, el proceso de asignación de personas a posiciones, proceso que varía entre la reproducción perfecta y la movilidad perfecta.

Ahora bien, es importante distinguir el concepto de desigualdad del de estratificación porque, precisamente, no todas las formas de desigualdad son necesariamente persistentes. Siempre es posible que, por circunstancias contingentes, emerjan formas de desigualdad pasajeras. Sin embargo, la estratificación, por su persistencia, supone un proceso de estructuración social (en los términos de la introducción) con implicaciones sobre el modo de vida de las personas, mismo proceso que, en tanto estructura social históricamente engendrada, no puede ser considerada natural sino socialmente construida.

Ahora bien, las clases son distintas de los estratos. Las clases sociales pueden entenderse como una distinción nominal, persistente y relacional. Detallemos. En primer lugar, el carácter relacional de esta distinción supone que los grupos implicados no pueden existir unos independientemente de los otros. En segundo lugar, y a diferencia de los estratos, las clases no se definen a partir de la distribución asimétrica de un atributo o recurso común; por el contrario, las clases son distinciones nominales; de manera que la diferencia entre clases no es de grado, sino de calidad. Finalmente, las clases son persistentes en el tiempo.

Quizás esto quede más claro con un ejemplo. En el marxismo, las clases sociales se definen según el ejercicio de la explotación económica; de manera que unos son explotados y los otros explotadores (Wolff & Resnick, 2012; Wright, 2005). Cuando Marx define las clases, el criterio que le interesa no es la sola posesión de recursos, sino el tipo de prácticas de subsistencia que los seres humanos realizan y las relaciones que establecen entre sí al tiempo que las realizan. En este sentido, las clases no se definen sencillamente por la cantidad de recursos que una sociedad o sector de la sociedad posee, sino por la relación social que subyace a la distribución de dichos recursos. Así, el burgués no se define como aquel que posee más recursos, del mismo modo que proletario no es sinónimo de pobre. En términos estrictamente de clase, el burgués se define en oposición al proletario como un sujeto social cuya práctica de subsistencia tiene por base una relación social de explotación[3] con este último, siendo el burgués el explotador y del proletario.

Lo anterior no quiere decir que desde una óptica marxista sea irrelevantes la desigualdad y la estratificación. Una de las grandes apuestas de Marx con respecto a la estructura de clases en el capitalismo es que ésta tiende a aumentar sistemáticamente la desigualdad. De manera que para Marx la estructura de clases sociales define de manera tendencial la distribución asimétrica de recursos económicos, es decir, los estratos y la desigualdad que le es consustancial. Sin embargo, es importante subrayar que la estructura de clases no se define por sus estratos, mismos que pueden variar sin que fundamentalmente se altere la estructura de clases. En otras palabras, a una estructura de clases capitalista le pueden corresponder distintas formas de desigualdad socioeconómica. Así, por ejemplo, es perfectamente posible encontrar de manera simultánea una sociedad capitalista que, por circunstancias diversas, es poco desigual junto a otra sociedad igualmente capitalista, pero mucho más desigual.

b. Aproximación marxista al estudio de clases sociales

El enfoque de clases sociales es esencial en la teoría marxista. Como se explicó en la introducción, el análisis de clases sociales es consecuente con una perspectiva que considera el contexto social como estructurante de la vida de las personas. Este es el caso de Marx, como también quedó claro en la brevísima síntesis que se hizo de los Manuscritos. Pero ¿cuál es la definición específica de las clases sociales en el marxismo?, ¿por qué esta definición y cómo se inserta ésta en el conjunto de la teoría? Estas son las dos preguntas que trataré de responder de manera sucinta.

El marxismo define las clases sociales a partir de una relación social específica establecida en torno a las prácticas de subsistencia: la explotación; es decir, una relación social caracterizada por la apropiación de trabajo ajeno; de manera que las clases económicas fundamentales estarán definidas a partir de la relación explotado y explotador. En el capitalismo, esta relación social toma las formas de proletariado y burguesía, donde la explotación, a su vez, adquiere una forma específica: extracción de plusvalía mediante una relación contractual de trabajo libre asociado entre empleador y empleado, relación que supone la presencia de un mercado de trabajo y la producción de mercancías y servicios también para su venta en el mercado. La relación económica entre ambas clases consiste, primero, en la extracción de plusvalía, lo que supone la apropiación directa de la misma en el proceso de producción de capital (1er tomo de El Capital); y segundo, la distribución de tal excedente entre otros sectores de la burguesía (comercial, financiera, rentista, etc.; 2do y 3er tomo de El Capital) (Wolff & Resnick, 2012). En términos muy generales, puede decirse que esta es la concepción de clases sociales (en sí) para la teoría económica marxista, y su utilidad conceptual descansa en que nos sirve para entender el proceso de explotación y apropiación del trabajo en un contexto de producción capitalista.

Ahora bien ¿cómo se inserta el concepto de clases sociales en el aparato teórico marxista? La base fundamental de la perspectiva de clases en el marxismo es el principio de estructuración; es decir, un punto de partida que concibe la presencia de tendencias sociales supraindividuales que son, de una parte, históricamente creadas y, de otra parte, pautas para la estructuración de los modos de vida de las personas en sociedad. Pero las estructuras sociales son de diverso tipo: culturales, políticas, simbólicas y económicas, ¿por qué elegir estas últimas como referente para la elaboración de clases? y ¿por qué precisamente la relación de explotación? Bien podría haber elegido Marx en el ámbito de la política las relaciones de dominación, o dentro del mismo ámbito económico podría haber elegido otro aspecto como, directamente, la desigualdad económica.

Para responder estas preguntas es necesario dar un breve rodeo e inspeccionar con cierto rigor, aunque de manera sucinta, las bases teóricas de Marx.

(1) ¿Por qué centrarse en lo económico? Cuando Marx escribió su famoso Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859/2008b) señaló que la economía era la base material de las sociedades. Asimismo, y aunque con aclaraciones importantes, Engels en una importante carta a Joseph Bloch sostiene lo siguiente:

De acuerdo con la concepción materialista de la historia, el factor determinante en la historia es, en el análisis final, la producción y reproducción de la vida real. […] Ahora, si alguien distorsiona esta idea declarando que el momento económico es el único factor determinante, esa persona estará cambiando la proposición en una frase sin sentido, abstracta y ridícula[4].

Este es el quid de la cuestión: la economía le parece fundamental a Marx no por dogma, sino porque en términos sustantivos, la economía es el conjunto de actividades y relaciones que las personas establecen para subsistir, para producir y reproducir su vida real. De manera que la conformación de una estructura económica (en el sentido de estructura antes referido) servirá como marco base, como pauta general para la subsistencia de las personas que la componen, estructurando, en consecuencia y de manera profunda, su modo de vida. Esta es la apuesta de Marx: el trabajo estructura de manera decisiva los modos de vida de las personas, y lo hace con arreglo a las tendencias supraindividuales de la estructura económica vigente.

(2) ¿Por qué elegir una relación de explotación como criterio para demarcar las clases sociales? En su Introducción general a la crítica de la economía política (1857/2008a), Marx se detiene a analizar la relación dialéctica que hay entre producción y consumo. Allí sostiene que tal relación está conformada por tres tipos de vínculo: identidad, mediación y creación; es decir, (1) la producción es inmediatamente consumo de fuerzas humanas y el consumo humano es inmediatamente producción de fuerza de trabajo; (2) la producción es, a su vez, medio para que pueda realizarse el consumo, y éste último, medio para que tenga sentido volver a producir; y (3), la producción crea nuevos tipos de consumo conforme se desarrolla, al tiempo que el consumo va creando nuevas formas de producción para satisfacer la nueva demanda. Pero en el medio de esta relación hay dos momentos adicionales: la distribución y el intercambio.

Cuando Marx hace este señalamiento advierte al lector que la economía política clásica comienza siempre por el análisis de la producción, aunque dando por sentadas las relaciones de propiedad que subyacen a tal producción. En este sentido, toman por supuesta la producción y se abocan al análisis más puntual de la distribución y el intercambio, asumiendo, además, que el consumo es un asunto aparte, propio de la esfera de la vida privada y, en cierto sentido, ajena a la estructura económica[5]. En esto es que Marx se desmarca, al menos, en dos sentidos: primero y como ya se mencionó, incluye al consumo como momento consustancial del proceso económico en su conjunto; y segundo, señala que a la producción precede otro tipo de distribución, no la distribución de los productos del trabajo, sino la distribución de los medios para la producción misma; en la lógica de sus análisis es la misma advertencia que hacen en el capítulo XXIII de El Capital con la acumulación originaria o la que hace al final del 1er Manuscrito con la enajenación del trabajo. ¿Cuáles son las implicaciones de este señalamiento? El problema de la economía no es sencillamente un problema de desigualdades generadas en el intercambio, es decir, en el mercado; el problema de la economía es que la distribución de los medios de producción hace que el proceso de producción mismo encierre en sí mismo relaciones sociales que propician, que son la causa de las posteriores desigualdades: a Marx le interesa conocer no solo la reproducción de desigualdades sino también la producción de las mismas; y la relación social específica que permite analizar la producción de desigualdades es, de acuerdo con Marx, la apropiación de trabajo ajeno: la explotación.


[1] La delimitación conceptual, o el establecimiento conceptual de límites siempre es un ejercicio cognitivo, sin embargo, no debe ser entendido como una actividad puramente arbitraria: toda delimitación toma como criterio algún aspecto de la realidad y lo hace desde determinada situación, en el sentido de encontrarse ubicada en el mundo; en otras palabras, las personas definen el mundo conceptualmente, sí, pero lo definen desde su situación en el propio mundo y con relación a aspectos que en última instancia le son propios a éste. Debemos evitar la tentación, por lo demás errónea, de querer suplantar la existencia de la realidad con la impostación subjetivista de una conciencia originaria.  

[2] Véase, por ejemplo, la dialéctica marxista, específicamente en los Manuscritos económicos y filosóficos (1972); o bien, véase el estructuralismo genético en Esbozo de una teoría de la práctica (Bourdieu, 2013). Para considerar posturas afines, pueden revisarse las llamadas teorías evolutivas (Corcuff, 1998).

[3] Explotación económica se puede definir en términos genéricos como la apropiación de trabajo ajeno, independientemente de la forma en que ocurra el trabajo y la apropiación. Según se puedan caracterizar tipos distintos de producción y tipos distintos de apropiación, será posible establecer tipos alternos o subordinados de explotación.   

[4] “According to the materialist view of history, the determining factor in history is, in the final analysis, the production and reproduction of actual life. […] Now if someone distorts this by declaring the economic moment to be the only determining factor, he changes that proposition into a meaningless, abstract, ridiculous piece of jargon” (Engels, 1890/2001, p. 34).

[5] Un error muy similar cometerá Weber en su análisis de las clases sociales al dar por sentada la producción y centrarse solo en la distribución de recursos (económicos y simbólicos) como criterio para establecer su esquema de clases sociales (Wright, 2005).

Referencias

Boudon, R. (2004). La sociología que realmente importa. The Journal Of The British Sociological Association, 18(Paris IV), 371–378.

Bourdieu, P. (2007). El sentido práctico. México: Siglo XXI.

Bourdieu, P. (2013). Outline of a theory of practice. (R. Nice, Ed.). New York: Cambridge University Press.

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