Octavio Paz y la guerrilla

Aquiles Celis

El pensamiento político de Octavio Paz —si podemos adjetivarlo de manera holística— fue metamórfico. Pero metamórfico en este contexto no refiere al abandono total de la forma, sino a la permanencia de un núcleo básico a pesar de las representaciones adoptadas. Esto le permitió conjugar las críticas más ácidas y las reivindicaciones más encomiásticas sobre un mismo proceso. Pero, a diferencia de su interpretación sobre el comunismo en particular o la izquierda en general —que fue cambiante—, la opinión de este autor sobre la guerrilla siempre se mantuvo incólume: fue de rechazo total y, cuando no, con matices muy específicos.

La historia de la insurrección en México es de larga data. En las turbulentas décadas de 1960 y 1970, el ecosistema natural de la guerrilla fue la sierra, ahí se llevaron a cabo los experimentos de Lucio Cabañas o Genaro Vázquez. Las guerrillas rurales, mutatis mutandis, se compusieron por campesinos y maestros rurales que utilizaron como base de operaciones los terrenos agrestes —impenetrables para el ejército— e hicieron su principal objetivo el ataque a los cuarteles militares y los palacios municipales para abastecerse de armamento y reivindicar sus actos de presencia en la búsqueda de un “Estado comunitario”.

Sin embargo, a principios 1970, el centro de gravedad de la actividad guerrillera se trasladó fundamentalmente a los polos urbanos. A este acontecimiento lo acompañaron una serie de teorías de diversos intelectuales, tal fue el caso de Regis Debray, el filósofo francés que asistió en su aventura boliviana a Ernesto “Che” Guevara, y que, en una serie de ensayos, contribuyó al desarrollo de la teoría del foquismo; o el caso de Carlos Marighela, un político comunista brasileño que, en El mini manual del guerrillero urbano expuso la ontología de la guerrilla urbana (Marighella, 1969). Ésta se caracterizó por estar compuesta por estudiantes, generalmente de clase media, radicalizados y cercanos al marxismo o, más ambiguamente, al ámbito de la izquierda. Como trabajaban en clandestinidad y para lograr su protección rentaban pisos francos dispersos, su organización se basaba presumiblemente en estructuras jerárquicas para que los miembros no se identificaran entre sí; su actividad política fundamental se basó en la difusión de sus ideas en los entornos estudiantiles, fabriles y populares y se financiaron mayormente mediante el asalto a bancos o secuestros planificados.

Esto llamó la atención de Octavio Paz, que inmediatamente hizo una distinción entre guerrilla rural y urbana desde el plano ideológico: la violencia rural era una reacción instintiva, sin ideología, mal endémico que pervivía de la estructura osificada en la sociedad mexicana desde la conquista: “ésta no es nacional ni ideológica: es regional y espontánea” (Paz, 1974b: 38). Los orígenes de esta violencia (que no alcanzaba el estatus de guerrilla en el imaginario paciano) se resumían en el hambre: lo que necesitaba el Estado de Guerrero, según nuestro autor, eran escuelas, hospitales, y una reforma agraria.

Con respecto a la guerrilla urbana, Paz no se mostró tan condescendiente: si al movimiento guerrillero rural lo llamó “violencia campesina”, la guerrilla en las ciudades para Paz fue “terrorismo urbano”; el primero era un movimiento local, el segundo, una importación ideológica del exterior. La raíz de la guerrilla urbana no era una respuesta espontánea, era la resultante de una larga crisis (intelectual y moral) dentro del pensamiento de izquierda ante la incapacidad de canalizar el descontento de la clase media universitaria radicalizada (actores que según Paz componían estos grupos). Lo sustancial del movimiento guerrillero urbano no era la defensa teórica de una idea de cambio social, sino la violencia. De hecho, llegó a compararlos con el escuadrismo fascista premussoliniano en Italia; al falangismo impulsado por Primo de Rivera en España durante los años 30 y a la organización nazi; la única diferencia para Paz era que ahora se abrazaban los ideales marxistas y el pensamiento socialista: los métodos eran los mismos (Paz, 1974c: 35). Octavio Paz ponderó aún con menos animadversión la actuación de los Partidos Comunistas ya que, según él, aún en sus momentos más difíciles —en el periodo estalinista— siempre buscaron aliarse con los obreros y aspiraron a ser movimientos de masas.

Las críticas de Octavio Paz a los movimientos guerrilleros estuvieron siempre atravesadas por su ruptura con la esfera de lo político. Cualquier acto reivindicativo surgido fuera de los canales tradicionales de la política suscitaba la desconfianza del poeta, al menos durante su periodo en la Revista Plural. El sindicalismo independiente y los movimientos estudiantiles corrieron la misma suerte, pero Paz no desaprobaba la acción política per se, aunque lamentaba la falta de guía y de acción conjunta, tal vez por eso fue tan reiterativa su posición sobre la necesidad de un partido político respaldado por un movimiento popular independiente para formar una alternativa “de izquierda” al Partido Revolucionario Institucional. (Paz, 1974a: 45)

A pesar de la descalificación paciana, las organizaciones guerrilleras siguieron su curso independiente y comenzaron un proceso de unificación a lo ancho y a lo largo del país. El 15 de marzo de 1973 se fundó en la Ciudad de Guadalajara la Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S). Este organismo pretendió unificar a todos los grupos guerrilleros regionales dispersos para establecer una acción coordinada y conjunta, con una dirección jerarquizada[1]. A su conformación acudieron el Movimiento Estudiantil Profesional, el Frente Estudiantil Revolucionario, el Movimiento de Acción Revolucionaria, Los Enfermos, los Procesos, Los Guajiros y Los Lacandones.

La construcción ideológica de la praxis política de la LC23S la podemos ubicar en varios documentos. Uno de los principales intelectuales promotores de la unificación de los grupos guerrilleros en los primeros 70´s fue Raúl Ramos Zavala, maestro de la Facultad de Economía, que abandonó el Partido Comunista Mexicano en 1970 por divergencias ideológicas. A su salida impulsó la creación de un grupo guerrillero con presencia en la Ciudad de México y en Monterrey. Este grupo fue conocido como Los Procesos, que refería a un documento escrito por él, titulado El proceso revolucionario en México. El tiempo que nos tocó vivir, y que constituyó un pilar fundamental para la teoría de la guerrilla en México.

Ramos Zavala no pudo coordinar la unificación de los grupos, puesto que fue asesinado a inicios de 1972 por miembros de la policía. Sin embargo, ya en 1971 sostuvo una reunión con Ignacio Salas Obregón, estudiante del Instituto Tecnológico Superior de Monterrey militante del Movimiento Estudiantil Profesional, un grupo de extracción jesuita, que a partir del Concilio Vaticano II se acercó a la vía de la violencia para la conquista de las demandas de los desprotegidos. Ignacio Salas Obregón junto a otros estudiantes del ITESM redactaron una serie de documentos conocidos como Los Maderas, donde expusieron sus tesis principales.

Salas Obregón continuó con la tarea de unificar las guerrillas. En 1973, después de dos semanas de reuniones en la ciudad de Guadalajara quedó conformada la estructura jerárquica de la LCM23S y de dichas reuniones emanó el Manifiesto del proletariado. Cuestiones fundamentales del movimiento revolucionario, un documento teórico utilizado como programa de acción para el funcionamiento de los organismos y los medios de mando de la estructura. Este documento conjugaba las propuestas de Los Maderas y del pensamiento de Ramos Zavala. La cuestión fundamental que proponía era la nacionalización del movimiento y la centralización de su dirección: establecer Comités de Zona que actuaran independientemente de los otros, bajo las órdenes de la Coordinadora Nacional (el órgano central de la LC23S) y abarcar así todo el territorio mexicano[2].

La LC23S, le declaró la guerra al Estado y llamó a la población a que se adhiriera a su causa y a rebelarse contra el sistema político para instaurar un Estado Obrero. La propaganda encontró eco principal, aunque no exclusivamente, entre los estudiantes universitarios. (Paz, 1974b: 46) La declaración de guerra también compendió asaltos bancarios, secuestros de empresarios o políticos de primera línea, expropiación de fábricas y homicidios.

A pesar de que la LC23S fue la organización guerrillera con más presencia en el periodo de 1971 a 1976 —quizá por la línea política de centralización— no fue la única. Los esfuerzos de Ramos Zavala y la dirección de Salas Obregón no lograron absorber todo el movimiento guerrillero; de hecho, muchos grupos, inconformes con la gestión de la Coordinadora Nacional, abandonaron la agrupación para volver a su acción independiente (Tamáriz, 2007).

Uno de estos grupos guerrilleros, impulsado por un espíritu y por métodos similares, pero con una praxis particular fue el Frente Revolucionario Armado del Pueblo (FRAP), conformado por estudiantes de la Universidad de Guadalajara: los hermanos Alberto, Ramón y Juventino Campaña López (Castellanos, 2006). Este grupo nació en 1973, el mismo año de la unificación de la LC23S y comenzó su actividad política; aunque el periodo de vida independiente de la organización fue efímero, su actividad fue intensa.

El 3 de abril de 1973, el FRAP secuestró a Terrance Leonhardy, cónsul de Estados Unidos en la Ciudad de Guadalajara y demandó al gobierno de Luis Echeverría, para su liberación, la suma de 1 millón de dólares y la liberación de 30 presos políticos (Paz, 1975b: 46), negociación que al parecer el gobierno aceptó (Castellanos, 2006).

Un año y pocos meses después, el FRAP puso en práctica la Operación Tlatelolco, 2 de octubre, para el secuestro de José Guadalupe Zuno Hernández, hombre que rozaba los 80 años, miembro de la alta clase política de Jalisco —Gobernador del Estado entre 1923 y 1926— y, para añadirle más dramatismo, suegro del Presidente de la República. La mañana del 28 de agosto de 1974, Zuno Hernández se dirigía al Instituto Tecnológico cuando fue interceptado por guerrilleros. El FRAP lanzó un comunicado ese mismo día en el que reclamaba la autoría de ese acto. Solicitó, a cambio de la vida del político, la inmovilización de las fuerzas policiales y militares, un pago de 20 millones de pesos y la liberación de 10 pesos políticos.

“Invocar la memoria de Tlatelolco para justificar el secuestro de un anciano de 80 años, conocido por sus ideas democráticas y populistas” escribió Octavio Paz en septiembre de ese año, “revela la descomposición moral e ideológica de los extremistas. Los “Enfermos”, como se llamaba a sí mismo uno de estos grupos (el de la Universidad de Sinaloa), se han vuelto los incurables” (Paz, 1974d: 34). Con la facilidad que le daba su posición de intelectual cercano al echeverrismo, Paz se permitió la descalificación de todos los grupos guerrilleros. Como hemos visto, el FRAP no pertenecía a la LC23S en esta época; sí Los Enfermos. Cualquier acto violento, justificado teóricamente de la forma que fuese, en esa coyuntura particular era, para Paz, no solo un error, sino un retroceso en las libertades democráticas.

La Reforma Política de Luis Echeverría Álvarez constituyó para el poeta uno de los pasos más firmes en la tarea de abolir el monopolio de la representatividad política, usurpado por el PRI. Teóricamente, al abrirse el espacio para la discusión pública, todas las manifestaciones de pluralidad encontrarían vasos comunicantes (Cosío, 1974). La violencia cerraba esa posibilidad, por eso Paz recomendó al Estado actuar rápido, sin ceder a los chantajes y, dentro del marco de la legalidad, capturar a todos los miembros del FRAP. Finalmente, Zuno Hernández fue liberado a 10 días de su secuestro.

Para Octavio Paz la violencia no era el recurso o la vía para la toma del poder, ni en México, ni en América Latina: “Los movimientos populares deben conquistar la legalidad, no la clandestinidad” (Paz, 1973b: 81).  En todos sus artículos referidos a la cuestión de la guerrilla en América Latina muestra una actitud similar, por ejemplo, con los levantamientos de los Tupamaros en Uruguay. Según su postura, cuando la discusión se trasladaba del campo de la acción política a las operaciones militares y policiales:

Los extremistas dan argumentos a todos los que, fuera y dentro del gobierno piden un regreso a la política de mano dura. Y hay algo más y más grave: los violentos estorban la acción de todos aquellos que por medios políticos buscan un cambio del actual estado de cosas. La violencia aislada y los golpes de mano no dan el poder al pueblo, pero abren la puerta a los militares, como lo muestran los casos de Brasil, Bolivia, Perú, Uruguay, Guatemala… Veámonos en el espejo (roto) de América Latina. (Paz, 1973a: 39c).

La violencia en general, como proceso político revolucionario, no era del todo condenable para Octavio Paz. Según John King, sólo en dos situaciones la guerrilla podía albergar esperanzas de éxito: estar sostenida sobre un amplio apoyo popular o encontrarse en una coyuntura política en donde el régimen estuviera a punto del colapso. La Revolución Cubana, por ejemplo, cumplió ambos requisitos, lo que fue el sustrato de su éxito. (King, 2011)

Pero la guerrilla no sólo era condenable por sus métodos. La crítica a los medios para lograr el asalto de los cielos constituía una primera parte de la ecuación. Si una revolución triunfante se encaramaba sobre los hombros del poder por métodos terroristas, incluso en una situación favorable, ¿qué garantías existían para que el gobierno emanado del proceso revolucionario lograra mejoras sociales significativas? por eso para Paz estos procesos abrían una disyuntiva: “si la aventura fracasa, desemboca en la muerte; si triunfa, en la dictadura” (Paz,1973c: 38b).

Una de las críticas desde las izquierdas fue el frecuente reclamo por la equidistancia de Paz con respecto a la explotación capitalista y el silencio ante los atropellos del Estado autoritario, como se puede ver en algunos testimonios recopilados por Armando Gonzáles Torres tras su discurso en Franckfurt. El escritor José Joaquín Blanco escribió: “El proceso de derechización de Octavio Paz es cada vez más acelerado y ya no existe la menor diferencia entre su inspiración poética y la inspiración de Barbro Owens-Krikpatrick”. (Gonzáles, 2011: 12)

A decir verdad, existió una asimetría entre la crítica al comunismo y la crítica al capitalismo a lo largo de la Revista Plural; esta desigualdad se puede extender a la dicotomía Guerrilla-Estado; la primera cosechó un gran número de análisis críticos, sin embargo, la desaparición de los guerrilleros, los procesos irregulares de detención, los calabozos en los que se torturaba hasta la muerte a los prisioneros, los asesinatos o las aprehensiones de inocentes, en fin, la guerra sucia del Estado, sólo merecieron de la pluma de Octavio Paz, —a lo largo de los 59 números de Plural— una denuncia particular:

El camino del terrorismo, dijimos, es el camino de la degradación; se comienza por una teoría equivocada y termina en una práctica criminal. Pero los crímenes de los terroristas no justifican los crímenes de las autoridades. Hace dos semanas murieron, acribillados a balazos, en la Ciudad Universitaria, dos jóvenes terroristas. No fue siquiera una ejecución, sino un asesinato. Se dice que los muertos eran culpables de la muerte de quince policías. Incluso si fuese cierta esa acusación, lo ocurrido es injustificable. “La criminalidad contra la policía se ha vuelto en criminalidad de la policía” (Paz, 1975a:79)

En general, empero, Octavio Paz sí fue crítico con las advertencias a la deriva represiva del Estado. La vena absolutista del “ogro filantrópico” estaba siempre en latencia. Su activación y su capacidad de destrozo eran tan terribles como la ferocidad de una deidad prehispánica que precisaba sacrificios humanos para mantener el equilibrio. Por esa razón advirtió en varias secciones la existencia y peligrosidad de la otra violencia: la violencia estatal, que, por demás, tampoco defendió como la solución. “El atropello contra las manifestaciones no nos parece menos, sino más condenable que los secuestros y los atracos a los bancos” (Paz, 1976:49).

La asimetría de las consideraciones sobre los diversos aspectos del proceso guerrillero en México lo sitúan no, como él pensaba, al margen del conflicto. No fue su papel el de un observador imparcial que se elevaba por encima de la lucha para poder ver, desde la altura y sin ensuciarse, cómo se desarrollaba una batalla desigual, una disputa en condiciones totalmente inequitativas. A través de su pluma, Paz eligió una posición perfectamente estable dentro de los defensores del papel del Estado contra los guerrilleros; eligió su sitio al contribuir a la construcción de un relato que justificaba la intervención militar, la opacidad de la actuación del Estado y la desaparición y el asesinato de muchos guerrilleros. El proceso de derechización de Octavio Paz no se dio abruptamente, fue un proceso acumulativo lo que lo terminó distanciando abierta y francamente de la causa de los desprotegidos.


[1] Para entender el proceso desde la lectura descriptiva de la reconstrucción de la organización de la LC23S, consultar: Fritz Glockner, Los años heridos. La Historia de la Guerrilla en México, 1968-1985, México, Planeta, 2019.

[2] Ibid.p.11-45. La división geográfica de los comités, más que una realidad, fue una propuesta a corto plazo, pues la asimetría del accionar de los grupos guerrilleros estuvo siempre condicionada por la centralización de la actividad en puntos clave como La Ciudad de México, Culiacán o Monterrey.

Referencias

Castellanos, Laura (2006) México Armado. México: Era.

Cosío Villegas, Daniel (1974), El estilo personal de gobernar. México: Joaquín Mortíz.

Glockner, Fritz (2019) Los años heridos. La Historia de la Guerrilla en México, 1968-1985. México: Planeta.

González Torres, Armando. (2011) Octavio Paz en 1984: La querella del diálogo y el ruido. México: Letras Libres

King, John (2011) Plural en la cultura literaria y política latinoamericana. De Tlatelolco a “El ogro filantrópico”. México: Fondo de Cultura Económica.

Paz, Octavio (1973a) Entre Viriato y Fantomas, Revista Plural, 21, 29-36.

Paz, Octavio (1973b) Los centuriones de Santiago, Revista Plural, 25, 40-49.

Paz, Octavio (1973c) Los doctores Montoneros, Revista Plural, 22, p.38-41.

Paz, Octavio (1974a) Bohemia y Revolución, Revista plural, 36, 35-39.

Paz, Octavio (1974b) La docta adulación, Revista Plural, 36, 55-58.

Paz, Octavio (1974c) El nuevo partido, Revista Plural, 36, 52-79.

Paz, Octavio (1974d) El Plagio, la plaga y la llaga, Revista Plural, 36, 76-79.

Paz, Octavio (1975a) Diálogo en forma de monólogo, Revista Pural, 41, 74-89.

Paz, Octavio (1975b) ¿Para qué sirve la libertad de prensa?, Revista Plural, 46, 43-57.

Paz, Octavio (1976) La otra violencia, Revista Plural, 21, 47-59.