CONSIDERACIONES PARA UNA PROPUESTA DE POLÍTICA CULTURAL. TRES EJES FUNDAMENTALES

Aquiles Lázaro

Introducción

Se presenta en este texto el primer acercamiento a un estudio más extenso: la formulación de ejes fundamentales encaminados a la construcción de una propuesta de política cultural. El planteamiento general de tres ejes ocupa la parte central del trabajo; le precede una breve caracterización del estado actual de la política cultural del país; como final, se presentan algunas consideraciones en torno al estado actual de los principales problemas en la materia.

El trabajo tiene el carácter de una introducción preliminar. Cada uno de los apartados ofrece únicamente consideraciones generales, de las cuales se desprenderán posteriormente estudios pormenorizados que aborden cada aspecto particular. Por ahora se trata únicamente de presentar, en sus rasgos generales, una propuesta que puede contribuir al fortalecimiento y a la capacidad dinámica de los diversos mecanismos mediante los cuales se implementa la política cultural del país.

1. Caracterización general de la política cultural mexicana

Frente a la diversidad de modelos de política cultural alrededor del mundo, el nuestro se halla más cercano a la visión que atribuye al Estado el papel rector como agente cultural. El Estado es, desde esta óptica, el primer responsable en el diseño y la aplicación de ejes de acción particulares en materia cultural. La larga construcción de este modelo, cuyo perfil general es resultado histórico de la Revolución Mexicana, enmarca todos los grandes momentos de la política cultural del siglo XX: los ensayos de Vasconcelos por la universalización de la cultura, las acometidas gubernamentales para neutralizar el rol de las estructuras religiosas, las orientaciones cardenistas hacia la educación socialista o la larga batalla por la autonomía universitaria.

La adopción oficial de las políticas económicas neoliberales en las últimas décadas del siglo pasado vino a representar, también en la política cultural, el punto de inflexión a partir del cual el Estado abandona un ideario que, al menos en sus rasgos principales, se sustentaba todavía en los esfuerzos posrevolucionarios por elevar el nivel cultural de la población en general, y de los sectores populares en particular. Tiene lugar a partir de aquí un proceso de liberalización de la cultura que cede responsabilidades cardinales de la política cultural a los grandes capitales privados, y que desplaza paulatinamente de sus ejes principales la tarea de seguir desarrollando la infraestructura cultural pública[1].

El proceso de deterioro de las condiciones de vida de los sectores populares viene acompañado desde entonces de una modificación radical a la proporción en que las esferas pública y privada producen y distribuyen bienes culturales. Los nuevos hábitos de consumo, dominados por repertorios comerciales de contenidos más o menos homogéneos frente a la pobrísima oferta de carácter educativo-cultural, reproducen en líneas generales las graves condiciones de desigualdad económica[2].

Pese a estos graves problemas, el modelo de política cultural de México sigue siendo uno de los más fuertes entre los países con nuestras características, concretamente entre los países de América Latina. La correcta identificación y el diagnóstico de los desafíos más apremiantes —como la insuficiencia presupuestal, la inequidad en la distribución territorial de la infraestructura, la falta de mecanismos de inclusión para las expresiones de todos los grupos sociales o la precarización de las condiciones laborales en el sector— es una herramienta esencial en el planteamiento de nuevas estrategias, que le permitan a la política cultural desempeñar un rol de primer orden en la reconstrucción de nuestras dinámicas de convivencia social.

2. Tres ejes fundamentales

Ante todo, es necesario advertir que los ejes aquí planteados no representan novedad alguna en la discusión sobre políticas culturales. Las tres ideas tienen un largo antecedente; no solo se les ha desarrollado conceptual y metodológicamente, sino que en los hechos existen y se desarrollan. Lo que se propone no es el diseño de acciones nuevas, sino su reconsideración para colocarlas como eje principal de las políticas culturales del país.

a) Fortalecimiento del presupuesto

A pesar de que los organismos internacionales recomiendan para países como el nuestro un gasto equivalente al 1% del PIB en el sector cultural, el presupuesto en México se mueve siempre por debajo del 0.5%. La insuficiencia de presupuesto es, sin duda, el problema central de toda la política cultural de los últimos sexenios. A las iniciativas de ensayar nuevos proyectos en el sector las lastra siempre la férrea dificultad de trabajar con presupuestos maltrechos.

Debe reconocerse, por otra parte, que en lo que respecta a la transparencia del manejo de los recursos, así como al uso no discrecional de los mismos, el sector ha tenido resultados relevantes. La creación del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) —uno de los sistemas de estímulos a la creación más vigorosos entre los países de América Latina— ha sido interpretada por sus críticos como un mecanismo de mecenazgo estatal diseñado para orientar los discursos de creación artística. De cualquier modo, esta institución vino a representar un cambio de dinámicas ante la centralidad unipersonal en la asignación de las partidas presupuestales, y abrió la puerta a una discusión plural que se daba ahora dentro de los marcos del propio gremio artístico. También los mecanismos de transparencia en las instituciones culturales, pese a sus pendientes, son cada vez más afinados.

Los resultados en el sector respecto al manejo de los recursos aportan un elemento más a las exigencias del gremio de que las políticas gubernamentales respeten las recomendaciones internacionales sobre el presupuesto[3].

Las consecuencias que se desprenden de un presupuesto tan raquítico son múltiples y muy graves. Sin duda, estas consecuencias obstaculizan prácticamente todas las acciones emprendidas en el sector cultural. La insuficiencia ha acelerado, además, los problemas ya mencionados de un desarrollo pobre de la infraestructura, y de una participación pública cada vez más reducida en la oferta del mercado cultural.

Al abordar este problema es importante insistir en el fenómeno de que, como norma general, todos los espacios que las acciones culturales públicas abandonan son rápidamente ocupados por capitales del mercado del entretenimiento masivo. Donde pierden terreno los museos, las bibliotecas y los talleres culturales, proliferan a toda velocidad prácticas de consumo pasivo dominadas principalmente por catálogos comerciales.

b) Fortalecimiento del mercado cultural interno

En la oferta de bienes culturales de consumo, la desventaja de las producciones nacionales frente a los productos del mercado internacional se ha profundizado sensiblemente durante las últimas décadas. También en esto pueden identificarse los resultados directos del manejo neoliberal de las políticas culturales, pues, en general, los productos del mercado del entretenimiento operan bajo las mismas lógicas que cualquier otra mercancía del capitalismo moderno.

En este sentido, las políticas posrevolucionarias intentaron en algún grado proteger el mercado cultural interno e imprimirle dinamismo (los contenidos mexicanos alcanzaron a un papel preponderante en la exportación de productos culturales a Latinoamérica y otras regiones del mundo); por su parte, el proceso neoliberal abrió por completo las fronteras de estos mercados a producciones del resto del mundo —en concreto a aquellas de las economías desarrolladas, y particularmente a las de Estados Unidos—, contra las cuales la industria cultural nacional se hallaba en franca desventaja. En áreas específicas de este mercado, como las plataformas digitales de streaming o las programaciones cinematográficas, la proporción que ocupan hoy los capitales nacionales en el mercado mexicano es minúscula.

Es necesario advertir que este tema no plantea ninguna forma radical de nacionalismo cultural, sino la necesidad de diseñar e implementar medidas desde los marcos legales, económicos y fiscales para que los productos culturales nacionales puedan competir en igualdad de condiciones. Sobra decir que estas políticas son norma general en todos los países desarrollados.

Fuera de las consideraciones de este trabajo queda la discusión, por demás relevante, del perfil cultural de los contenidos que pueden ofrecer las industrias mexicanas del sector[4]. También está claro que hay una línea divisoria más o menos nítida, en el mercado cultural, entre lo que se ha llamado productos de entretenimiento y lo que realmente puede entenderse como productos educativo-culturales, que al mismo tiempo que elevan el nivel educativo fomentan la reflexión y el desarrollo de valores en favor del tejido colectivo.

Es claro, no obstante, que la reactivación de la industria cultural nacional ofrece la posibilidad de reedificar una plataforma que, al mismo tiempo que reporte beneficios a la economía del país y dignifique las condiciones laborales del sector, recoja bajo dinámicas de pluralidad e inclusión la rica multitud de nuestras formas de expresión.

c) Involucramiento directo de la población en acciones culturales dirigidas

A los problemas ya mencionados en lo que se refiere a la infraestructura cultural pública, se suma el fenómeno de la poca participación de la población en el consumo de contenidos educativo-culturales y en el aprovechamiento de los espacios. Como norma general, teatros, salas de concierto, museos y demás plataformas diseñadas para la difusión de la cultura tienen siempre un público muy escaso que es, además un consumidor poco dinámico.

Los estudios al respecto identifican, además, una segmentación de carácter socioeconómico en los públicos; en ella, los sectores sociales que menos consumen este tipo de contenidos son los estratos más bajos. En esto puede identificarse también el ya mencionado fenómeno de que el acceso a los bienes culturales, así como los hábitos de consumo, reproducen en líneas generales las desigualdades de carácter económico.

El origen de esta problemática es múltiple, pero tiene su centro nodal en el hecho de que los sectores más amplios de la población —es decir, los sectores populares— se caracterizan también por una insuficiencia educativa para la apreciación artística y cultural. En un sentido amplio, esto no es sino una faceta más de las desigualdades que reproduce también nuestro sistema educativo.

La respuesta a este fenómeno debe explorar mecanismos colectivos que permitan a la población participar de forma activa y sistemática en acciones culturales dirigidas. La plataforma más adecuada para estos propósitos es el propio sistema educativo en sus niveles básico y medio; en él es apremiante recuperar los espacios que han perdido en los programas de estudios las asignaturas enfocadas a la apreciación artística y a la práctica de las artes.

La otra herramienta cardinal la constituyen las dinámicas culturales que involucran a las poblaciones locales: talleres, coros, clubes, etc. Las iniciativas de este tipo actualmente existentes son de gran dinamismo y creatividad, a pesar de que operan casi siempre en condiciones financieras y materiales muy adversas. Lo que aquí se plantea es una masificación de estos espacios de quehacer cultural bajo un modelo que, instrumentado y dirigido principalmente por instancias públicas, combata la inequidad de la distribución territorial al mismo tiempo que construye en el núcleo de las comunidades herramientas de apreciación que les permitan acercarse como consumidores a la oferta artística y cultural.

En este sentido, vale destacar el éxito de modelos no solamente de los países desarrollados, sino incluso de naciones latinoamericanas como Cuba o Venezuela.

3. Perspectivas de la política cultural en el corto plazo

Los objetivos principales en política cultural del gobierno en turno se insertan en la misma línea general de los proyectos precedentes: garantizar el acceso a la cultura para toda la población. En los hechos, no obstante, las principales acciones emprendidas en el sector han estado encaminadas a la reducción de presupuestos. Es difícil pronosticar un fortalecimiento de la política cultural pública durante este sexenio mientras se siga trabajando con presupuestos tan raquíticos.

Áreas particulares del sector han tenido, además, severas dificultades ante la nueva administración. La conservación del patrimonio, los estímulos a la creación o el respeto a los espacios de las culturas originarias han sido tema de acaloradas polémicas, en que las principales voces oficiales construyen un discurso que cuestiona la relevancia social del sector cultural.

Al tener en cuenta que la desatención presupuestal al sector de parte del gobierno actual tiene como marco una política social enfocada en las transferencias monetarias directas, puede apuntarse para el futuro próximo que la severa recesión económica generada por la pandemia de coronavirus dará al sector cultural, a los ojos de los principales tomadores de decisiones en la esfera gubernamental, un papel todavía menos relevante.

En suma, el sexenio actual no parece ofrecer alternativas reales a los graves problemas que enfrenta la política cultural. No solo eso: los embates con que la retórica oficial ataca a instituciones y programas del sector —lo que ha provocado ya una franca enemistad hacia el proyecto político gubernamental— generan una legítima preocupación sobre si, en términos reales, la política cultural actual retrocede gravemente respecto a los proyectos de las últimas décadas.

4. Conclusiones

El grave deterioro del tejido social en nuestro país coloca a las políticas culturales en un papel central. El estado actual del perfil cultural de México constituye, al lado de los grandes problemas sociales y económicos de nuestro tiempo, uno de los más grandes retos para quienes diseñan y aplican políticas desde la esfera pública.

Es cierto que las políticas culturales no tienen la capacidad de corregir por sí mismas las profundas deficiencias actuales de nuestro funcionamiento social. Sin embargo, quien intente plantear un proyecto de país orgánico, que pretenda modificar profundamente las condiciones actuales de desigualdad, inequidad y exclusión, pasará obligatoriamente por la tarea de reconsiderar el papel de las políticas culturales.


[1] Los agentes culturales fuera de los espacios gubernamentales, no obstante, fortalecieron su papel de desarrolladores de nueva infraestructura cultural. Ocupan aquí un lugar central las universidades públicas, los espacios autogestivos articulados por la propia comunidad cultural, así como otras formas independientes de organización colectiva.

[2] Estudiar este proceso masivo constituye una de las claves para empezar a entender las lógicas internas del funcionamiento de una sociedad que ha normalizado prácticas como la violencia, la exclusión y la pérdida del sentido de pertenencia colectiva.

[3] El gobierno en turno, a diferencia de los anteriores, sí que parece insistir en una reducción radical de los presupuestos para el sector. Las críticas y denuncias del gremio cultural y de otros sectores de la población han jugado en esto un papel relevante, ante los reiterados intentos gubernamentales por recortar los recursos.

[4] El caso más emblemático y preocupante es el de la televisión comercial —cuyo mercado es dominado por un duopolio de capitales nacionales—, que genera contenidos homogéneos y de muy escaso valor educativo.

Referencias

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De la Torre, Graciela y Juan Meliá. Para salir de terapia intensiva. Estrategias para el sector cultural hacia el futuro. Universidad Nacional Autónoma de México. México, 2020. Disponible en <https://unam.blob.core.windows.net/docs/DignosticoCultural/Para_salir_de_terapia_intensiva%20A%20INDEX.pdf&gt;.

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Ejea Mendoza, Tomás. “La política cultural de México en los últimos años”. Casa del Tiempo IV (5-6), UAM. México, 2008. Disponible en <http://www.difusioncultural.uam.mx/casadeltiempo/05_iv_mar_2008/casa_del_tiempo_eIV_num05-06_02_07.pdf>.

García Canclini, Nestor. Las industrias culturales y el desarrollo en México. Siglo XXI/FLACSO. México, 2016.

Martínez Assad, Carlos. “Bosquejo para entender las identidades regionales”, en Plancarte, Roberto (coord.), Culturas e identidades, El Colegio de México. México, 2010.

Nivón, Eduardo. Malestar en la cultura. Conflictos en la política cultural mexicana reciente. Disponible en <https://www.oei.es/historico/pensariberoamerica/ric07a01.htm#aa>. Organización de Estados Americanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Desarrollo histórico de la política cultural gubernamental en México. Disponible en <https://www.oei.es/historico/cultura2/mexico/c2.htm&gt;.

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