Comuneras

Jenny Acosta

I

Desde finales del siglo XX hasta fechas más recientes la lucha por alcanzar una igualdad efectiva entre hombres y mujeres ha adquirido cada vez más fuerza, promoviendo que las mujeres, principalmente, que permanecían con una actitud pretendidamente “a-política” ante la vida, se interesen por influir en el rumbo de la sociedad a través de una participación en el reconocimiento de sus derechos. En este sentido ha habido avances importantes, por lo menos en lo referente al reconocimiento legal; sin embargo, no solo falta mucho por hacer, sino que también cada vez se muestra con mayor fuerza la necesidad de hacer una crítica a los principios abstractos sobre los cuales se ha fundado el feminismo en la actualidad.

Un paso importante en este terreno lo hizo Judith Buttler (2007) en El género en disputa, texto que pregunta quién es el sujeto del feminismo, ¿la mujer biológica o también la mujer transexual?, ¿solo las mujeres pueden participar en la lucha feminista o también pueden participar los hombres? Este tipo de cuestionamientos no tienen una respuesta inequívoca y cada tipo de feminismo las responde de acuerdo con los intereses que ha decidido abanderar. Pero hay una cuestión que ha quedado relativamente abandonada, mejor dicho, se ha ignorado de forma sistemática por el feminismo liberal que impera ¿se debe responder por todas las mujeres sin considerar su extracción de clase?

Lo anterior es importante porque el estudio que se haga de los movimientos sociales anteriores debe servir como enseñanza para los actuales, incluso como un medio de desencantamiento de los principios abstractos sobre los cuales hay quienes pretenden fundar una sociedad distinta. Así, este trabajo habla sobre el papel de las mujeres en la construcción de la Comuna de París, pero no de todas las mujeres, sino de las parisinas de la clase obrera que pusieron sus capacidades y su vida a disposición de una sociedad distinta. La intención no es presentar un listado de nombres, antes bien, se expone la acción de un conjunto que rebasa al de mujeres pero que al mismo tiempo las incluye, no para cumplir con una cuota de género, sino como miembros de la sociedad distinta que la Comuna de París se propuso construir.

II

La presencia de las mujeres se notó a lo largo de todo el proceso de la Comuna. Desde finales de 1870, cuando Napoleón III ya se había fugado posibilitando la instauración de una República, pero dejando tras de sí un ejército derrotado casi cómicamente por los prusianos y un pueblo con el orgullo pisoteado dispuesto a sacrificarlo todo en pro de la construcción de una verdadera nación democrática, las parisinas se caracterizaron por el respaldo que desde sus posibilidades daban al ejército, que se negaba a entregar París a Prusia. En ese contexto, las mujeres hicieron lo que pudieron y más de lo que la sociedad monárquica y burguesa les permitía. Una romantización del papel femenino esperando ver a cada una en el frente de batalla o lanzando proclamas perdería de vista que el lugar que la mujer ha ocupado en la sociedad cambia con la historia, y, sin embargo, las hubo.

En ese momento las mujeres realizaron las tareas de cuidado del hogar, del herido, del huérfano, entre otras de esta misma naturaleza. Consideradas en su generalidad, estas acciones parecerían no salir de la dinámica cotidiana de toda mujer trabajadora, pues estas tareas la han acompañado durante toda la historia de la humanidad con distintos matices; sin embargo, el cambio fue cualitativo, pues el herido que se cuidaba sin distinción era el soldado que regresaba de defender la dignidad francesa que el gobierno había olvidado; el huérfano cuidado podría ser hijo de cualquier ciudadano que luchaba contra Prusia; el cuidado del hogar se había dificultado más de lo “normal”, primero por la política que implementó Napoleón III destinando el dinero público a la remodelación de París para que fuera más funcional al capitalismo y dificultara la construcción de barricadas como forma de defensa y protesta popular, así como a guerras de conquista convertidas en fracaso —la invasión francesa a México en 1862 es solo un ejemplo— y, segundo, porque al estar rodeados por los prusianos se dificultaba el abastecimiento de la ciudad encareciendo los precios de la canasta básica; las mujeres parisinas hicieron frente a esta situación del mejor modo que pudieron con la convicción de que más valía esto a entregar París sin defenderla.

El lugar que las mujeres tenían que ocupar en la sociedad comenzó a tambalearse desde antes de que la Comuna se instaurara. Cuando el ejército prusiano cercaba Estrasburgo, amenazando con llegar a París y sin una respuesta clara y decidida por parte del Gobierno de la Defensa Nacional, un grupo de mujeres marchó hacia el Ayuntamiento de París bajo las consignas: ¡A Estrasburgo!, ¡Voluntarios para Estrasburgo!, y lograron que el pequeño grupo se fuera nutriendo. Buscaban el modo de hacerse con armas para respaldar su decisión de apoyar al Ejército regular y lograr que los prusianos retrocedieran, por lo que nombraron a dos mujeres para que negociaran la obtención de armas y el enlistamiento de la nueva tropa en la estructura del Ejército, estas ciudadanas eran Victoroie Léodile Béra (conocida como André Léo) y Louise Michel. El Gobierno de la Defensa Nacional, evidentemente, negó las armas y tampoco quiso aprovechar a las y los voluntarios reunidos afuera de su sede. Ese día Estrasburgo cayó (Michel, 1898, p. 87).

Cuando Thiers firma los términos de la rendición francesa, se decide que ya no es necesario que el pueblo porte armas y se da la orden de recoger todos los cañones que pertenecían a la Guardia Nacional. Sin embargo, estos cañones no le pertenecían al Ejército regular, pues se compraron con cooperaciones que daban los miembros de cada cuartel de la Guardia Nacional; por esto, el episodio de los cañones es considerado como el punto de quiebre para la conformación de la Comuna, porque en estricto sentido se trató de arrebatar el armamento que el pueblo parisino había comprado legítimamente, imposibilitando que los parisinos continuaran la defensa de la ciudad que el Gobierno de Defensa Nacional ya había dado por perdida. Thiers y los demás miembros de este organismo eran conocedores de que el pueblo francés no estaba dispuesto a aceptar la derrota; además, al no haber un gobierno legítimo tras la renuncia de Napoleón III, se visualizaba la posibilidad de que se constituyera un gobierno completamente distinto con la participación democrática de la sociedad. El Gobierno de Defensa Nacional tenía especial interés en recoger los cañones del barrio de Montmartre, Bellevile y el Barrio latino, pues estos barrios estaban conformados por los obreros de París y los miembros de la Internacional, seguidores de Blanqui, entre otros republicanos de gran influencia.

En este episodio las mujeres jugaron un papel fundamental. Una de las tareas más cotidianas de la parisina trabajadora era comprar el pan en las primeras horas del día. Esto es importante porque el Gobierno de Defensa Nacional planeó robar los cañones de estos barrios trabajadores lo más temprano posible, cuando los obreros aún no salían a trabajar; se olvidaron, sin embargo, que las mujeres comenzaban su día desde muy temprano y no consideraron su capacidad de respuesta ante el robo. Las mujeres iban bajando de Montmartre cuando se encuentran con los soldados del Ejército regular intentando llevarse los cañones, su respuesta de aviso es inmediata y suenan las campanas de la iglesia para notificar que algo sucede. Se despierta el barrio, se forman las barricadas de defensa, los soldados del Ejército regular se niegan a disparar a los civiles y se logra que los cañones se queden en manos de la Guardia Nacional de cada barrio.

III

París estaba en manos de sus habitantes. En un primer momento se decidió que el Comité Central de la Guardia Nacional se encargaría de las tareas administrativas y políticas que el gobierno tiene que realizar. Fieles al deseo de establecer una verdadera República, se convocaron a elecciones para la conformación de un gobierno democrático, la Comuna. Las elecciones se realizaron el 26 de marzo de 1871 y fueron novedosas al contar con el voto universal de todos los ciudadanos que vivían en París. Las mujeres no votaron. ¿Es criticable este hecho? Sin duda desde nuestro contexto lo es, pero desde la perspectiva histórica de la Comuna, no. Para que las mujeres votaran, había que contar con las condiciones materiales e ideológicas que sustentaran, respaldaran y justificaran el voto verdaderamente universal; cuando la Comuna se instaura no se contaba con una de las condiciones que posteriormente se ha reconocido como indispensable para el sufragio femenino: la independencia económica de la mujer respecto del varón como un fenómeno general de la sociedad, por lo que había que comenzar incluso desde lo más básico.

Sin embargo, en el otro aspecto, en el ideológico, hubo un avance enorme respecto a lo establecido. Las mujeres sí participaron políticamente en la Comuna, aún y cuando no ejercieron el derecho al voto —no puede obviarse que el gobierno comunero duró solo dos meses y, a pesar de su brevedad, hizo cambios radicales en la estructura social y política de París, y aunque no se vale hacer ciencia del futuro, es muy probable que, si se le hubiera permitido un desarrollo más extendido, la Comuna ostentara el logro de ser el primer Estado con respaldo democrático de las mujeres—. Las asambleas públicas en las que cualquiera podía participar para exponer algún problema, proponer soluciones o criticar las decisiones de la Comuna, fueron ocupadas por muchas mujeres para exponer su postura con la seguridad de que serían escuchadas, respetadas y consideradas no desde su biología femenina, sino desde su lugar como ciudadanas —casi— igual que el de los ciudadanos. Muchos de los que vivieron la Comuna dejaron sus memorias como constancia, una de ellas recupera esta situación:

Paul Fontoulieu… encontró a tantas oradoras como oradores cuando asistió a una sesión del club de la Iglesia de la Trinité. El tema de debate era cómo se podía reformar la sociedad. Lodoiska Cawaska, conocida como «la Amazona Polaca», habló en primer lugar… A continuación, otra oradora de alrededor de treinta años llamó al establecimiento de cooperativas de productores. Las mujeres se levantaban unas tras otras y sus palabras a veces se alejaban del tema propuesto. Entre las «soluciones» se incluía la de fusilar a los que no querían luchar. En un breve discurso, Nathalie Le Mel insistió en que se acercaba el día del juicio final, y todo el mundo, incluidas las mujeres, debían cumplir su deber, luchar hasta el final y estar preparadas para morir.

(Merriman, 2017, p. 162).

Las mujeres hablaban y aprovechaban la posibilidad de ser escuchadas, de opinar sobre los problemas de su ciudad, de mostrar su decisión de defender a la Comuna con su vida, ¿hicieron lo mismo por el Imperio? No.

Durante la Comuna se implementaron políticas realmente progresistas. Normalmente, una mujer solo podía recibir una pensión de su pareja si estaban casados, pero esta no era la situación de muchas parejas parisinas; casarse costaba, por lo que los trabajadores solían hacer familia en unión libre. En este aspecto, la Comuna estableció dos reformas que beneficiaron a las mujeres: 1. “Pensiones alimenticias para… la mujer, legítima o ilegítima, al hijo, reconocido o no, de todo federado muerto en combate”; 2. “La mujer que pedía la separación de su marido apoyada en pruebas válidas, tenía derecho a una pensión alimenticia. El procedimiento ordinario quedaba abolido y se autorizaba a ambas partes a defenderse por sí mismas.” (Michel, 1898, p. 173). ¡Cuántas mujeres trabajadoras no se beneficiaron de estos primeros pasos de la Comuna! No solo porque había la seguridad de que el Estado las apoyaría en la crianza de los hijos en caso de que sus parejas faltasen, aun cuando no estaban casados, también porque una de las cargas más pesadas que la mujer ha tenido por muchos años, la institución del matrimonio, se aligeraba al tener la posibilidad de separarse de la pareja y, más aún, al poder llevar ellas mismas su caso con la misma legitimidad y derecho que cualquier varón. No muchos años antes una de las revolucionarias más importantes en la historia del feminismo y del socialismo, Flora Tristán, había emprendido una cruzada por Francia para construir una organización de trabajadores, la Unión Obrera, buscando acabar con las injusticias de los patrones dentro de las fábricas y de los hombres dentro del hogar. Ella no alcanzó a ver este pequeño paso en la emancipación de la mujer, pero la Comuna no olvidó que se trataba de un paso fundamental en el establecimiento de una sociedad diferente.

También se promovió una mejora en las condiciones de trabajo de hombres y mujeres. El 11 de abril, Elisabeth Dmitrieff, Nathalie Le Mel y otras mujeres publicaron un “Llamamiento a las mujeres ciudadanas de París”, en el que se incitaba a las ciudadanas a participar en la defensa de París conforme a los medios y capacidades de cada una. Producto de este llamamiento surge la «Union des Femmes», Unión de Mujeres, que contaba entre 1,000 y 2,000 parisinas y que tomó como tarea la organización en ramas de las mujeres de cada barrio con el fin de poder defender organizadamente la ciudad en caso de que Versalles lograra entrar, de contribuir con soldados para la defensa de las murallas de París, realizar los trabajos de cuidado de enfermos y heridos, de servir alimento y bebida a los soldados en el frente —estas eran las famosas cantineras de la Comuna—; además,

… emprendió la lucha por la igualdad de derechos en las fábricas de París. La confección de uniformes para la Guardia Nacional, en su gran mayoría producidos por mujeres [70% de las mujeres que apoyaron a las Comuna trabajaba en el sector textil], se mantenía a todo tren. En un primer momento la Comuna había firmado contratos con fabricantes tradicionales para la producción de uniformes, pero un informe aseguraba que las trabajadoras recibían un salario menor que bajo el Gobierno de Defensa Nacional. La Union des Femmes exigió que todos los futuros contratos fueran otorgados a cooperativas de productores y que el salario por pieza fuera negociado entre el sindicato de sastres y los delegados de la Comisión de Trabajo e Intercambio.

(Merriman, 2017, p. 127),

organismo creado por la Comuna para atender los problemas relacionados con el trabajo, salarios, condiciones laborales, etcétera. Las cuestiones de igualdad salarial y mejoras en las condiciones de trabajo no eran accesorias, pues muchas mujeres antes que la igualdad política, querían la igualdad salarial y un piso parejo para hombres y mujeres en las decisiones maritales y familiares (Schulkind, 1985). Como se ve, la Comuna atendió estas demandas.

Pensando en las mujeres que trabajaban se crearon espacios educativos en los que estas podían dejar a sus hijos el tiempo que durara su jornada laboral o que estuviesen ayudando en la defensa de París; además, con el decreto de una educación universal, gratuita y laica, la Comuna tomó en sus manos el pago de los profesores e igualó los salarios de profesoras y profesores. Muchas naciones consideraron la educación pública de la mujer como un derecho hasta el siglo XX, pero la Comuna lo consideró como algo importante. Las escuelas a las que acudían las mujeres enseñaban materias que llamaríamos hoy “de tronco común” sin consideración del género, superando el estigma de que una mujer de “buena sociedad” debe saber “cosas de mujeres”. Tal vez por este atrevimiento, durante los juicios que siguieron a la “Semana Sangrienta”, el gobierno de Thiers se atrevió a juzgar a condenar a las niñas y jóvenes pupilas de la Comuna; su único delito fue aprovechar la educación que la Comuna ofrecía (Michel, 1898, p. 322).

IV

Casi dos semanas después de que los representantes electos tomaran sus respectivos cargos en la Comuna, el ejército regular francés, comandado desde Versalles, estaba ya en las murallas de París. Los comuneros pusieron toda su fuerza defensiva y ofensiva contra el ejército francés, pues creían que los prusianos no se aliarían con Versalles y, siguiendo las leyes de la guerra, no tendrían razones para atacar a los civiles de París. El asedio versallés a los comuneros fue constante, por lo que las murallas debían ser nutridas constantemente de nuevos soldados, primero provenientes de la Guardia Nacional, pero conforme se recrudeció el panorama, se utilizó a cualquier voluntario.

En este contexto de defensa, las parisinas crearon por lo menos dos asociaciones: las Amazonas del Sena, pequeña legión con el objetivo de combatir en el frente de batalla al lado de los ciudadanos; y la Unión de Mujeres para la Defensa de París y la Atención a los Heridos, misma que se conformó de cantineras y enfermeras pendientes siempre del alimento, bebida y cuidado de los soldados comuneros. A pesar de que su labor principal era de cuidado, en muchas ocasiones tuvieron que realizar ofensivas como cualquier soldado, pues su espacio de operación no se limitaba a los hospitales improvisados o a los cuarteles propiamente dichos, ellas estaban también en el frente de batalla, muchas de ellas en la primera línea, a veces disparando, asistiendo o alimentando, pero siempre tan incansables como los soldados de la Guardia Nacional.

La sorpresa de periodistas, extranjeros, soldados del ejército regular, entre otros, al ver la decisión y valentía con que las mujeres defendieron París quedó plasmada en muchos testimonios. La entrada del ejército versallés trajo consigo un escenario apocalíptico, pues se ordenó la matanza a discreción de cualquiera que pareciera o fuera comunero —se sabe que bastaba con que el ciudadano o ciudadana hablara un “mal” francés, el francés del barrio, para que se le matara; debido a la denuncia que los periodísticos europeos hicieron de la matanza, se comenzaron a implementar las detenciones antes que las matanzas— y buena parte de París se consumió por los incendios. La decisión con que los comuneros defendían su ciudad alimentó la creencia de que eran ellos quienes ordenaban la quema de edificios antes que permitir que cayeran en manos versallesas, creían que eran las comuneras quienes provocaban los incendios y bajo esta premisa a cualquiera que vieran con un bidón la detenían. Louise Michel afirma que, aunque estaban dispuestos a quemar París antes que entregarlo, nunca se armó un regimiento de incendiarias o petroleras y que las mujeres que Versalles detuvo bajo sospecha solo iban en busca de leche para alimentar a sus hijos:

Sobre las petroleras circulan las más locas leyendas. No hubo petroleras: las mujeres lucharon como leonas; pero solo me vi a mi misma gritando: ¡Fuego, fuego ante esos monstruos! Desdichadas madres de familia, que no combatientes, que en los barrios invadidos se creían protegidas por cualquier utensilio. Yendo en busca de alimento para sus pequeños (con un perol de leche, por ejemplo), las miraban como incendiarias, que llevaban petróleo, ¡y las llevaban al paredón! ¡Sus pequeños las esperaron durante tiempo!

(Michel, 1898, p. 269).

La figura de la petrolera, aunque fuese producto de la psicosis versallesa para justificar arrestos y asesinatos en masa, ha fungido como síntesis de todo el valor que las comuneras mostraron en la defensa del proyecto incluso cuando este ya tenía sentenciado su final.

Pero las muestras de valor de las comuneras no terminaron con la caída de la Comuna. En los juicios y en las cárceles en que Versalles las encerró tuvieron que juntar todo su valor para hacer frente a las humillaciones y a las condiciones deplorables en que vivían. Muchas de ellas fueron exiliadas a Nueva Caledonia —colonia francesa—, otras murieron en prisión y otras en la primera línea de defensa de París.

V

Muchas comuneras continúan en el anonimato o, aunque se tiene el registro de sus nombres debido a su participación en asambleas, por ejemplo, se desconocen los detalles de su vida. Hay otras cuyos nombres se han conservado mejor, en parte porque su actividad revolucionaria fue más amplia que su participación en la Comuna. Aunque no se presente una extensa semblanza de su vida, sería injusto no presentar los nombres que se conservan y qué fue lo que hicieron.

Louise Michel fue una de las participantes más activas de la Comuna. Antes de la Comuna fungió como maestra y fue ampliamente reconocida en el medio intelectual por sus poemas y artículos. Participó con diversos escuadrones de la Guardia Nacional en la defensa contra Versalles. Se le conoce como la Virgen Roja y es una de las principales figuras del anarquismo.

Elisabeth Dmitrieff, revolucionaria rusa perteneciente a la Internacional. Cuando comenzó la Comuna, la Internacional mandó a Dmitrieff como su delegada. Participó activamente en la formación de asociaciones obreras femeninas para garantizar que sus derechos se vieran legitimados por la Comuna. También fundó la Union des Femmes y la Unión de Mujeres para la Defensa de París y la Atención a los Heridos.

Victoire Léodile Béra, conocida como André Léo. Antes y durante la Comuna tuvo una participación directa en el convencimiento y educación de los campesinos franceses. Durante la Comuna participó en el periódico La Sociale, que funcionó como foro periodístico de apoyo al nuevo Estado obrero. Fue miembro de la Internacional y dedicó su vida a la pedagogía.

Nathalie Lemel fue una distinguida dirigente obrera de la encuadernación. En una de las huelgas en que participó, fue electa como parte del comité de huelga en el que raramente participaban mujeres. Miembro de la Internacional. Sobrevivió a la deportación en Nueva Caledonia y murió en París siguiendo sus ideales socialistas y feministas.

Beatriz Excoffon se destacó por los cuidados que daba a los soldados heridos en el frente. Se le apodó La republicana por el espíritu que mostró durante el asedio versallés, defendiendo una de las barricadas al tiempo que cuidaba a los soldados.

Sophie Poirier fue presidenta del Comité de vigilancia de Montmartre, uno de los barrios obreros más importantes durante la Comuna. De profesión fue costurera y durante el asedio versallés tuvo bajo su responsabilidad un taller comunal que confeccionaba los uniformes de la Guardia Nacional.

Anna Jaclard nació en Rusia en una familia aristócrata. Durante su juventud se une a la Internacional y participa en la Comuna de París como supervisora de la educación de las niñas; también fue miembro de la redacción de La Sociale.

Marie-Catherine Rogissart, Adelaide Valentin y Louise Neckebecker destacaron en el batallón de mujeres de la Guardia Nacional. Adelaide alcanzó el grado de coronel, Marie-Catherine el de abanderada de la Legión y Louise fue capitana de compañía. En este mismo grupo destaca Joséphine Courbois, conocida como “la reina de las barricadas” pues su experiencia en esta forma popular de defensa comenzó en la revolución de 1848; cuando Versalles entró a París, esta mujer, ya mayor en 1871, volvió a poner su vida al servicio de la República. Estas mujeres, y otras más, rompieron los estereotipos de la “buena mujer en la buena sociedad” al mostrar que la decisión en la defensa de los ideales no conoce géneros. La prensa burguesa las calificaba de “poco femeninas” por vestir uniforme de soldado y por su habilidad en la guerra.

Hay nombres que faltan; es imposible hacer un listado de cada trabajadora y trabajador, de cada revolucionaria y revolucionario que estuvieron activos en la Comuna; sin embargo, tan importante es presentar a la Comuna como la acción de un pueblo, de un organismo social, como el hablar de las individualidades que aún se recuerdan.

VI

Cada vez se vuelve más indispensable rescatar el significado que la Comuna tiene como un momento de quiebre en la continuidad de una historia de explotadores y explotados. En el contexto que la pandemia de la covid-19 ha traído a todo el mundo, se hace palpable el fin desastroso para la humanidad en caso de continuar con un pacto social en el que la inequidad, la explotación de la mano de obra, la sobreexplotación de los recursos naturales, las crisis económicas, etcétera, son la constante. En 2021 hemos presenciado levantamientos sociales que dejan en claro la inconformidad creciente en diversos pueblos del mundo, Colombia y Palestina, con la antigüedad que tiene el conflicto palestino-israelí, son solo la punta del iceberg.

La participación de las mujeres en la Comuna de París de 1871 tiene aspectos criticables y algunos logros y peticiones se quedan cortos frente a las demandas del feminismo actual; por ejemplo, la igualdad política sigue pendiente y cada vez se vuelve más crucial, y lo mismo pasa con nuevas exigencias como el derecho al aborto legal. Sin embargo, la Comuna sienta precedentes fundamentales en la lucha feminista: el derecho al divorcio por petición de la mujer, educación laica y gratuita de las niñas, igualdad de derechos laborales y salariales, condiciones óptimas de trabajo, la posibilidad de que se consideren sus percepciones sobre los problemas y las posibles soluciones, etcétera. Sobre todo, la Comuna, como experiencia histórica del feminismo y del comunismo, dejó claro que los problemas que aquejan a las mujeres no pueden solucionarse sin la participación del organismo social, del que forman parte. Que la erradicación de la doble explotación que sufren las mujeres solo se logrará transformando radicalmente la materialidad que las sustenta; la Comuna, en tres meses, avanzó en las demandas que las francesas llevaban exigiendo de forma sistemática desde 1791 con la publicación de la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana de Olimpe de Gouges, pero solo pudo hacerlo porque se trató de un Estado que tomó como suyas las exigencias más sentidas de todos los sectores sociales y porque fue coherente con los principios democráticos sobre los que debería sustentarse toda República.


Referencias

Butler, Judith (2007). El Género en Disputa. España: Paidós.

Merriman, John (2017), Masacre. Vida y muerte de la Comuna de París, Siglo XXI, 2017.

Michel, Louise (1898), La comuna de París, Biblioteca anarquista, España.

Schulkind, Eugene, (1985) “Socialist Women During the 1871 Paris Commune”, en Past & Present, Vol. 106, 1985: pp. 124-163.