Marxismo y anarquismo (Iv/IV): los socialistas y la comuna de parís

Pablo Bernardo Hernández Jaime

En 1870, el gobierno de Luis Napoleón declaró la guerra a Prusia, donde fue recibido por el ejército de Bismark. La guerra resultó desfavorable para los franceses. Y como consecuencia parcial de esta derrota, todo su orden social y político se cimbró. En septiembre cayó el Segundo Imperio y se proclamó la Tercera República, presidida por un Gobierno para la Defensa Nacional. Sin embargo, ese mismo mes, los prusianos avanzaron sobre territorio francés y sitiaron París. El asedio duró del 19 de septiembre al 28 de enero de 1871, cuando el Gobierno de Defensa Nacional firmó un armisticio. En febrero se convocó a elecciones para designar un nuevo gobierno bajo la forma de una Asamblea Nacional. Adolphe Thiers quedó a la cabeza. El nuevo gobierno buscaba la rendición frente a los prusianos. Sin embargo, el pueblo de París, mismo que había soportado el asedio durante cuatro meses, no estaba de acuerdo. La situación política era tensa. Ese mismo mes, en febrero, la Asamblea Nacional trasladó el gobierno a Versalles. Y en marzo, como parte de sus acciones entreguistas, intentó retirar los cañones y el armamento ubicado en la capital. Este fue el punto de inflexión. Aquí, en cierto modo, comienza la historia de la Comuna de París. El 18 de marzo, los parisinos, junto a la Guardia Nacional, constituida en gran medida por civiles, se negaron a que el gobierno de Versalles retirara la artillería de París. En aquel momento, el ejército se negó a abrir fuego contra los parisinos. La Asamblea retrocedió; retiró al ejército regular y retiró al cuerpo administrativo de la capital. En otras palabras, la Asamblea retiró su aparato estatal de París. El poder pasó a manos del pueblo en armas, representado por la Guardia Nacional, misma que convocó a elecciones el 26 de ese mismo mes, para designar al nuevo Consejo Comunal.

La Comuna tuvo una vida breve. El 28 de marzo fue constituida y el 28 de mayo fue masacrada bajo las órdenes de Thiers. Sin embargo, logró prefigurar una nueva forma de organización social. No era propiamente un Estado, pues el poder no estaba escindido del pueblo. El ejército fue sustituido por cuerpos civiles. La economía se organizó de forma cooperativa y democrática. Y la administración pública quedó sujeta a cargos de elección revocable. Tanto el poder de las armas, como el poder económico y burocrático quedaron sujetos al poder directo de la organización popular. El Estado había sido reducido a su función administrativa, dejando el poder en manos del pueblo, quien gobernó en propio beneficio. Sin embargo, La Comuna no estaba preparada para enfrentar las hostilidades que vendrían. Las razones fueron varias. En primer lugar, no lograron obtener completa independencia económica, pues la Comuna no consiguió hacerse con el Banco de Francia. En segundo lugar, París permaneció relativamente aislada de otros territorios susceptibles de brindarle apoyo. En tercer lugar, la Comuna carecía de una organización tal que permitiera implementar acciones estratégicas de defensa ante una posible agresión. De manera que los comuneros se encontraban bajo restricción económica, con pocas posibilidades de obtener apoyo externo y con poca capacidad organizativa para anticiparse o responder ante una agresión. Eran vulnerables. Y esa vulnerabilidad fue bien aprovechada por sus enemigos, quienes no dudaron en inundar París con la sangre de miles de comuneros.

Ahora bien, la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) siguió de cerca el proceso de la Comuna, mas no la dirigió. La Comuna fue obra de las organizaciones de trabajadores parisinas; y si bien es cierto que algunas de ellas pertenecían a la Internacional, por lo que esta tampoco permaneció como mera espectadora, no puede decirse que la Comuna fuera dirigida por la Asociación. Al interior de la AIT, sin embargo, tanto Marx como Bakunin trataron de analizar de manera sistemática los acontecimientos: uno en la Guerra Civil en Francia (Marx, 1871/1977) y el otro en Estatismo y Anarquía (Bakunin, 1873/1977). Incluso, tras la publicación de esta última obra, Marx escribió unas Glosas marginales (1875/2013), a manera de discusión, tratando de contraponer de manera directa sus concepciones teóricas y programáticas con las de Bakunin.

Lamentablemente, este no es lugar para analizar en detalle estas obras, tarea que quedará pendiente. Sin embargo, y dicho en términos generales, la polémica puede resumirse del siguiente modo: 1) tanto para marxistas como anarquistas, La Comuna representó una prefiguración de la sociedad futura, donde la propiedad y la producción económicas caían de nuevo bajo el control directo de la organización popular, y donde la administración pública, bajo el poder de esta misma organización, servía como medio para la defensa de sus intereses de clase. En esto ambos bandos coincidían. Sin embargo, al analizar el destino de la Comuna, así como sus posibles errores, surgían las discrepancias. 2) Para Marx y sus partidarios, uno de los principales problemas de la Comuna había sido su falta de organización central, misma que se tradujo en una mayor vulnerabilidad ante la reacción. La Comuna de París, por tanto, demostraba dos cosas: primero, la necesidad de fortalecer el partido de los trabajadores para la acción estratégica y, segundo, la necesidad de contar con un plan estatal para la defensa del nuevo orden popular. 3) Para Bakunin y los anarquistas, por otro lado, plantear una organización central o la necesidad de un Estado, supuestamente popular, no era viable. Para ellos, cualquiera de estas alternativas significaría la creación de nuevas formas de dominación y subyugación de la clase trabajadora. Para los anarquistas, entonces, la mayor lección que les dejaba la Comuna era que toda forma de organización estatal era, en última instancia, una máquina de coacción dispuesta a matar, tal y como ocurrió con la Comuna.

A la luz de las discusiones presentadas anteriormente, es claro que Bakunin y sus seguidores están pensando en combatir frontal e inmediatamente toda forma social de opresión, encomendando la construcción de una sociedad futura a la creatividad espontanea de las masas. Para ellos, la mayor lección y, por tanto, su mayor interés es que se entienda que la esencia del Estado es la coacción y que esa coacción recae siembre en un sector de la sociedad que termina subordinado de una u otra manera. Los anarquistas, entonces, refrendan su posición de agitación local y radical contra todo orden; algunos, incluso, llevando sus acciones más lejos, suscribiendo posiciones terroristas. Este es uno de los mayores puntos de quiebre entre marxistas y anarquistas. Los primeros, buscando una mayor y mejor organización estratégica, evitaban las acciones que consideraban imprudentes y aventureras, y que podían derivar gratuitamente en la represión, en la desmovilización e, incluso, en la muerte de muchos trabajadores. Los segundos, en cambio, propiciaban a discreción todo tipo de agitación; pero, precisamente por su naturaleza descoordinada y, en algunos casos tendiente al terrorismo, favorecían, precisamente, aquello que los marxistas querían evitar. Esto elevó la hostilidad entre ambos bandos. Para los marxistas, el anarquismo se había convertido en un agente de la reacción que, por sus consecuencias prácticas, inhibía y saboteaba la tan necesaria formación de la organización de los trabajadores. Para los anarquistas, en cambio, el marxismo se había vuelto un proyecto supuestamente autoritario de construcción de un nuevo orden de opresión, mismo que también debía ser combatido. De aquí la amplia hostilidad que germinó entre marxistas y anarquistas tras la experiencia de la Comuna.

Pero es precisamente aquí cuando hay que tener cuidado en el análisis y contraste de ambas posturas. Marx y sus seguidores, a diferencia de Bakunin, no están pensando en dejar el curso de los acontecimientos a la espontaneidad de las masas. Ellos, en cambio, buscan ganar posiciones de influencia para la organización de los trabajadores, participando incluso en la política burguesa, pero sin olvidar que el objetivo no es la reforma del Estado burgués ni la reforma del capital, sino la superación de ambas condiciones mediante la revolución. En cierto modo, los anarquistas se apegan a un principio moral de congruencia con su afrenta total a toda forma de opresión, mientras los marxistas tratan de apegarse a un principio de realismo político, aunque no de oportunismo. Los marxistas buscan la organización de partido, para reducir riesgos y ganar en efectividad; buscan el Estado popular para protección del proyecto de transición socialista; y hacen ambas cosas pensando en que dicho proyecto de transición supondrá, necesariamente, el desarrollo de las fuerzas productivas, de manera que se puedan crear las bases materiales para nuevas formas de organización económica y nuevas formas de participación política, más directas, y sin intermediación del capital o el Estado.

Sin embargo, los marxistas no buscan que este proceso sea dirigido de manera unilateral por una autoridad política superior. Esta es quizás la parte complicada de la cuestión. Y es también aquí donde los anarquistas ubican sus críticas. Los marxistas no buscan el gobierno de una élite libertadora, buscan la formación de un poder popular, para su propio gobierno, para la defensa de sus propios intereses y para su propia liberación. Pero este poder, al configurarse como Estado, corre el riesgo de escindirse y convertirse en una nueva estructura de opresión. Tal es la crítica anarquista. Y el riesgo es real. Sin embargo, el argumento marxista es que, esta vía: la vía de la organización estratégica y la toma del poder es, en cierto modo, la que garantiza mejor las posibilidades de avanzar de manera constructiva hacia la transición socialista, mientras el camino contrario significa dejar la política en manos de las clases dominantes y condenar a los trabajadores, y a las clases populares en general, a la subyugación total o, bien, a la rebelión espontánea y la represión violenta. Es importante hacer esta aclaración, pues el argumento marxista no conlleva una apología del Estado. Los riesgos de la enajenación del Estado popular o la enajenación del partido de los trabajadores son riesgos reales. Y la única forma de prevenir estos riesgos es si, en los hechos, se elevan la organización y participación directa, reflexiva y crítica de las masas trabajadoras. Pero si esto no ocurre: si en realidad el Estado popular y el partido de los trabajadores se vuelven estructuras de élite, entonces habrán perdido en buena medida su carácter revolucionario, aun y cuando trabajen correctamente por el desarrollo de las fuerzas productivas.

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Frente a estas cinco notas de investigación[1], y a manera de reflexión final, puedo señalar lo siguiente: 1) el pensamiento socialista, como intención y esperanza de liberación surge, históricamente, como respuesta ante las distintas formas de subyugación. 2) Sin embargo, estas intenciones y esperanzas solo pueden volverse un programa de acción en la medida en que pasan por el tamiz de nuestra comprensión de los fenómenos sociales que tratamos de superar. 3) En ese sentido, la intensión y las esperanzas no bastan. Se necesita un conocimiento profundo de la realidad y ese conocimiento solo podrá obtenerse si se rescatan las experiencias históricas y el pensamiento de aquellos que nos precedieron, al tiempo que hacemos nuestros propios esfuerzos por comprender mejor la realidad concreta y tratamos de elaborar las mejores tácticas y estrategias de acción posibles. 4) En ese sentido, comprender las discusiones entre marxistas y anarquistas en el seno de la Internacional, así como su asimilación de los hechos acaecidos en la Comuna, resulta de particular interés, pues nos permite elaborar preguntas para repensar el presente: ¿Son suficientes las luchas locales o es necesaria una coordinación y organización mayores? ¿Cómo prevenir o administrar el riesgo que conlleva todo intento de transformación? ¿Cómo evitar la enajenación de una organización o Estado populares? Etcétera. Sin embargo, algo parece seguro: ante la necesidad de una revolución, el realismo político es necesario en la medida en que buscamos resolver problemas puntuales. En ese sentido, el marxismo y su propuesta de perfeccionar y profesionalizar la organización de los trabajadores resultan mejores que la incertidumbre que representa la espontaneidad creativa de las masas. No obstante, y aunque esto nos lleve a la necesidad de buscar un Estado popular, es necesario recordar la advertencia que nos hace la teoría de la enajenación, no solo en boca de anarquistas, sino en la boca misma de la dialéctica marxista. Solo reconociendo los problemas se les puede resolver.


[1] Génesis histórica del pensamiento socialista, Marx y Proudhon, Bakunin, Marx y la Asociación Internacional de Trabajadores, Marx y Bakunin, y Los socialistas y la Comuna de París.

Referencias

Bakunin, M. (1977). Estatismo y Anarquía. In Obras Completas de Miguel Bakunin. Vol V. Las ediciones de La Piqueta.

Marx, K. (1977). La Guerra Civil en Francia. Editorial Progreso.

Marx, K. (2013). Glosas marginales sobre la obra de Bakunin “El Estatismo y la Anarquía.” Instituto de Investigaciones Interdiciplinarias para la Transformación Social.