Marxismo y anarquismo (I/IV): génesis histórica del pensamiento socialista

Pablo Bernardo Hernández Jaime

El pensamiento socialista tiene su origen a inicios del siglo XIX como respuesta ante el desarrollo industrial europeo. Aunque dicho pensamiento es también un eco de las promesas de libertad, igualdad y fraternidad que la revolución francesa de 1789 sembró en el imaginario social.  

Es importante aclarar que lo que se conoce comúnmente como pensamiento y movimiento socialistas constituye un fenómeno típicamente europeo. Esto, por supuesto, no excluye la posibilidad, frecuentemente obviada, de filosofías y prácticas afines en otras partes del mundo y que, desde una perspectiva más amplia, podrían incluirse como parte de una historia mundial, no eurocéntrica, del socialismo. A fin de cuentas, el movimiento socialista es solo un caso particular de los procesos más generales de acción colectiva orientados a obtener reivindicaciones populares. Y algo similar se puede decir también del pensamiento socialista. Sin embargo, este no es lugar para tales aproximaciones. Aquí interesa comprender dos corrientes socialistas europeas, el marxismo y el anarquismo, en relación con dos fenómenos también europeos, la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) y la Comuna de París, por lo que resulta conveniente permanecer dentro de este marco restringido. Aunque no está demás aclarar que tal decisión responde directamente al objetivo del trabajo y no a una asimilación acrítica de ciertos conceptos.

Ahora bien, el pensamiento socialista, y con éste, el marxismo y el anarquismo, solo pueden comprenderse a cabalidad si consideramos el contexto socioeconómico y político que les dio origen. Pero como este no es un ensayo historiográfico, para abordar el contexto, me restringiré solo a señalar los rasgos que considero más relevantes.

a) Los países clave para el desarrollo temprano del pensamiento socialista fueron Francia, Inglaterra y Alemania. Esta afirmación, por supuesto, debe entenderse dentro de sus limitaciones. No se trata de reducir o invisibilizar las aportaciones de otros países al movimiento y pensamiento socialistas, como pudiera ser el caso de Bélgica, Rusia, Suiza, Italia, España e, incluso, Estados Unidos[1]. Sin embargo, parece haber cierto consenso (Cole, 1957, 1958; Dolléans, 1962; Duncker, 1977; Plá, 1984) en que, al menos teóricamente, estos tres países marcaron la pauta para el surgimiento del pensamiento socialista europeo. Y esto, además, es particularmente cierto en la formación del anarquismo y el marxismo.

b) El desarrollo del movimiento y pensamiento socialistas varía en forma y contenido según las características particulares de cada proceso nacional. Para el caso inglés, las principales pautas fueron el acelerado desarrollo económico que trajo la revolución industrial y la posibilidad de coordinar un movimiento por reivindicaciones políticas: el cartismo. Esto permitió el desarrollo de un movimiento sindical y reformista en las décadas posteriores a 1830. La lucha de estos años, junto al evidente pauperismo de la clase trabajadora, sirvieron para forjar la idea de la unión obrera como coalición de clase en defensa de sus intereses comunes. Es difícil saber quién o quiénes plantearon por primera vez esta idea. Sin embargo, la primera en sintetizarla, teóricamente y de forma clara, fue Flora Tristán en su Unión Obrera, publicada en Francia en 1843. La idea será recuperada después por Marx y Engels (1848/2012, 1845/2013), quienes la convertirán en núcleo de sus ideas políticas. Y en la práctica, la idea tomará cuerpo con la formación de la AIT, en 1864 (Dolléans, 1962).

En Francia, el desarrollo económico también jugó su papel, aunque aquí el factor político tuvo un rol más decisivo. 1789 significó un parteaguas en las luchas posteriores; la turbulencia política que le siguió, desde la fundación de una Primera República al surgimiento de un Primer Imperio, seguido del progresivo desarrollo de un movimiento sindical, cuyas huelgas derivaron en una confrontación de barricadas y en una sangrienta represión en abril de 1834, todo, brindó al pueblo francés una amplia experiencia sobre el significado de las luchas revolucionarias. De aquí su mayor desconfianza frente al Estado como aparato de coacción de clase, factor que será central en los años posteriores, incluso en 1871, durante la Comuna (Dolléans, 1962). De hecho, en 1934, antes de la masacre de la rue Transnonain, el movimiento sindical francés ya empezaba a proyectar una coalición con miras a la huelga general, solo que aquí la actitud política que acompañaba al movimiento obrero era más radical y menos reformista que en Inglaterra.

El caso alemán es un tanto distinto. En principio, no era una nación unificada. Además, presentaba cierto rezago económico y político con respecto a Inglaterra y Francia. Para 1843, mientras cada una de estas naciones revolucionaba sus condiciones materiales de existencia, en Alemania todo parecía estancado. Al menos este era el juicio de Marx (1844/1970): Alemania vivía el estupor del rezago; y sus intelectuales críticos, entre ellos los hegelianos de izquierda, se enfocaban más en desarrollar una crítica de la religión, que en avanzar hacia una crítica de la política y de la economía política. Es verdad que la iglesia jugaba un papel desmovilizador frente a las masas. Por eso se justificaba su crítica. Pero Marx consideraba que debían avanzar. Lo más importante era conocer y denunciar las condiciones reales que trastocaban el modo de vida de los trabajadores, para despertar en ellos la necesidad de cambio y favorecer su activación política.

Lo que ocurrió en Alemania durante esos años, no obstante, fue una revolución filosófica. Por eso el estancamiento era solo aparente. Esta es otra idea de Marx. La filosofía alemana, especialmente con Hegel, había desarrollado las herramientas no solo para comprender y criticar la realidad, sino para orientar las acciones que harían posible su transformación. Sin embargo, estas herramientas aún debían ser aplicadas al análisis concreto de los problemas económicos y sociales. Y esta aplicación suponía, en primer lugar, superar el carácter idealista del hegeleanismo, pasando de una filosofía entendida como sistema a una entendida como metodología, que permitiera, efectivamente, explicar el mundo y guiar las acciones para su transformación. Esta fue la tarea que asumió Marx. Pero el contexto intelectual que le dio origen a él también dio origen a otros pensadores con posturas diversas. Esto es relevante, porque el socialismo alemán estuvo fuertemente influido por cierta tesis en torno a la naturaleza del Estado como el más perfecto desarrollo histórico del orden social. La tesis era controversial, y tenía su sustento, cuando menos parcial, en la filosofía alemana.

Fichte (…) había elaborado a principios del siglo XIX una teoría social que implicaba la participación activa del Estado en la organización de la vida económica, como parte de una doctrina general de organización funcional de la sociedad en un sistema unificado. Es verdad que la teoría de Fichte partía de las exigencias del individuo en la sociedad, y no implicaba la idea totalitaria del Estado que había proclamado Hegel. Pero en sus últimos escritos había llegado casi tan lejos como Hegel, exaltando al Estado como la realidad más alta en contra del individuo, cuya vida llegó a considerar sin significado separada de aquel.

(Cole, 1958, p. 25).

Esto llevó al movimiento socialista ulterior, por ejemplo, el de Lassalle, a coaligarse con Bismark en un proceso de unificación nacional dirigido desde el Estado; o bien, llevó a pensadores como Rodbertus, a considerar que el socialismo solo podría arribar como resultado de la intervención del poder Estatal sobre la economía, obligando a los propietarios de las empresas a elevar los salarios y promover un mejor nivel de vida entre los trabajadores (Cole, 1958).  

c) El desarrollo desigual de los países europeos, no solo de Inglaterra, Francia y Alemania, generó circunstancias particulares para la asimilación del pensamiento socialista. En Inglaterra, el desarrollo industrial fomentaba el sindicalismo, mientras el parlamentarismo, aunque monárquico, favorecía la búsqueda por reivindicaciones políticas legales. En Francia, el historial de luchas y represiones llevaba a un sindicalismo más radical que incluía también una mayor desconfianza del Estado. En Alemania, el desarrollo intelectual derivó en una cierta apología del estatismo como forma acabada y última del desarrollo social. Esto último, sin embargo, no fue exclusivo de alemanes como Lassalle o Rodbertus. Algunos franceses, como Louis Blanqui, los blanquistas, y los jacobinos, tenían una concepción favorable del Estado, aunque con un signo político mucho más radical, pues no abogaban por caminar a la saga de un Estado burgués, sino por la instauración de una dictadura de clase.

Por fuera de este bloque de países, sin embargo, el desarrollo desigual generó una asimilación distinta del pensamiento socialista. Y probablemente la distinción más relevante, al menos para el tema que interesa aquí, sea la siguiente: a menor desarrollo económico capitalista y, por tanto, a menor división del trabajo, menor maquinización y automatización de la producción y menor proletarización de la clase trabajadora, el pensamiento socialista local tiende a pensar más en términos de autonomías locales, tanto políticas como económicas. En palabras de Cole:

Mientras menos desarrollada económicamente estuviese una sociedad, más se inclinaban sus federalistas a insistir en que la comuna local era absoluta, es decir, en su completa libertad para cooperar o no con sus vecinas en la dirección de los servicios comunes.

(Cole, 1958, p. 213).

El planteamiento tiene sentido y no es particularmente mecánico. En principio, Cole no considera que sociedades menos desarrolladas estén imposibilitadas para pensar en formas de socialismo no localistas, y tampoco dice que, a mayor desarrollo, dichas concepciones emerjan automáticamente. Lo que dice es que el cambio en las condiciones sociales y técnicas de la producción orienta a los trabajadores a considerar como más o menos viables ciertas alternativas de acción y organización política. Así, por ejemplo, si se considera que el desarrollo capitalista crea los medios técnicos para una producción a mayor escala y bajo condiciones de mayor coordinación, a la par que tiende a suprimir las formas de organización local y comunitaria tradicionales, entonces es dado pensar que, frente a la realidad concreta, los trabajadores de países desarrollados se inclinarán por alternativas más acordes con esta realidad, y viceversa. Un claro ejemplo de esto sería el caso de los populistas rusos o narodniki, a fines del siglo XIX, quienes precisamente planteaban la posibilidad de una vía alternativa de desarrollo económico, distinta al capitalismo, que pasara por la conservación de la comunidad tradicional rusa.

La importancia de este planteamiento se vincula directamente con nuestro tema, pues si bien es cierto que el primer teórico anarquista fue Pierre Joseph Proudhon, un francés, también es cierto que uno de los principales fue Mijaíl Bakunin, un ruso. Pero la sola nacionalidad es lo de menos si consideramos un factor adicional y que, de hecho, permitió la pervivencia y diseminación del anarquismo, esto es: su asimilación en varios de los países europeos con menor desarrollo capitalista, como España, Rusia e Italia. Esto queda claro si observamos la distribución territorial de las corrientes socialistas de la AIT en Europa.

Marx se daba cuenta de que su influjo sobre la Internacional dependía completamente de su habilidad para dirigir a los miembros del Consejo General. En realidad, fuera de Inglaterra apenas tenía partidarios en la Internacional, que no tenía una verdadera sección alemana. Sabía que en Francia tenía poco apoyo (…) España e Italia, en la medida en que importaban, eran bakuninistas y, desde luego, no marxistas. En Suiza, pensaba que podía confiar en Becker y en algunos otros, pocos, exilados alemanes; pero también allí el influjo de Bakunin era fuerte, y el ala derecha de Ginebra y de otras partes estaba aliada con los burgueses progresistas. Bélgica seguía su propia línea, que no era ciertamente la de Marx, y esto era todo.

(Cole, 1958, p. 131).

Sin embargo, el vínculo entre teoría y práctica del anarquismo debe considerarse de manera recíproca, pues estos países no solo fueron receptores del pensamiento anarquista, sino que también fueron los principales centros de trabajo del anarquismo y, en esa medida, no solo la teoría guio la práctica, sino que la práctica retroalimentó la teoría. El caso de Bakunin es ejemplar.

Aunque Bakunin (…) estaba familiarizado con el pensamiento occidental, y había vivido en las ciudades de occidente, su pensamiento siempre se movía instintivamente en el terreno de un tipo de sociedad más primitiva. Se sentía mucho más en terreno propio en el sur de Italia que en ninguna otra parte del occidente de Europa (…) Cuando se trasladó a Suiza, que económicamente estaba mucho más adelantada, volvió a encontrarse en una sociedad sumamente local, dedicada industrialmente a la producción artesana y doméstica, con muy poco empleo de trabajadores en gran escala. Así pues, continuó pensando en los problemas de la reorganización social en relación con comunidades muy localizadas e instintivamente en relación con campesinos o trabajadores rurales, más que con obreros de fábricas o mineros o ferroviarios.

(Cole, 1958, p. 214).

La postura de Marx, en cambio, abrevó fuertemente del idealismo alemán, aunque sorteando las ilusiones de la apología estatista, como se verá más adelante. Para Marx, sin embargo, el socialismo tenía que pensarse en términos progresistas, como una superación histórica de las tendencias de su tiempo. Para él, el socialismo no podía ser un movimiento conservador, que buscara volver y perpetuar relaciones sociales pretéritas, imbuidas también por la explotación, la exclusión y la dominación. Marx constantemente mira hacia el futuro, pensando que el desarrollo es innovación y que el socialismo solo puede llegar sobre la base de condiciones y relaciones nuevas. Así, el marxismo se forjó considerando las nuevas posibilidades de organización que traía consigo el capitalismo, y en este sentido su principal referente era Inglaterra. Por eso, cuando Marx y Engels consideran que el capitalismo, aunque perjuicioso, representa un avance histórico, sentencian lo siguiente:

La burguesía ha jugado en la historia un papel máximamente revolucionario. Allí donde ha llegado al poder, la burguesía ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Ha desgarrado sin piedad los multicolores lazos feudales que vinculaban a los hombres a sus superiores naturales, sin dejar vivo otro lazo entre hombre y hombre que el interés desnudo, que el insensible «pago al contado».

(Marx & Engels, 1848/2012, pp. 583–584).

La cuestión central aquí es precisamente esta: de la misma manera en que las inclinaciones teóricas de Bakunin y su práctica política en Italia y Suiza lo llevaron a preponderar y reforzar sus posiciones anarquistas de autonomía local, pequeña producción y antiestatismo, a Marx, sus inclinaciones teóricas, bajo el contexto inglés y centrado en comprender la economía capitalista, misma que veía emerger como sistema económico dominante a nivel mundial, lo llevaron a preponderar y reforzar sus posiciones comunistas en favor del desarrollo de las fuerzas productivas. Con esto se vuelve evidente uno de los puntos de desacuerdo entre Marx y Bakunin en cuanto a lo económico: uno es local-autonomista, el otro busca formas globales de producción. Y podría pensarse que la otra diferencia es que, mientras Bakunin era antiestatista, Marx era un estatista decidido, como varios otros alemanes. Sin embargo, esto no es exacto. Es cierto que, en el terreno de la política real, bajo la AIT, Marx se posicionaba más cerca de los blanquistas y lassalleanos; esto, con la intención de oponerse al influjo mutualista y bakuninista. Sin embargo, en esencia, Marx no buscaba una dictadura de Estado comandada por una élite, sino un estado popular (volkstaat).

(Para Marx) el objetivo, de toda política verdaderamente proletaria tiene que ser, no adueñarse de los Estados existentes, sino derrocarlos y poner en su lugar nuevos “Estados” organizados para responder a las necesidades del proletariado elevado a la situación de clase gobernante. Más tarde, el Estado de los trabajadores podría desaparecer; pero sólo cuando hubiese empleado su autoridad para evitar el peligro de una contrarrevolución, mediante la abolición real de las diferencias de clase.

(Cole, 1958, p. 160).

Aquí es donde se ubica una de las principales controversias entre marxistas y anarquistas. Los primeros reconocen las ventajas administrativas y de defensa que trae consigo la organización estatal para la construcción de un nuevo orden social. En este sentido son estatistas. Sin embargo, también reconocen la necesidad central y preeminente de que este poder descanse, no en una burocracia o en un ejército escindidos de la clase trabajadora, sino en la organización misma de esta clase. En este sentido, el estatismo marxista es fundamentalmente distinto al blanquista. Este último busca un poder de élite para beneficio popular, aquel busca un poder popular para su propio beneficio de clase. El anarquismo, por su parte, se reúsa a aceptar cualquier forma de estatismo, es decir, se reúsa a aceptar cualquier forma de gobierno o autoridad central que no sea directamente el gobierno del pueblo mismo en su completa autonomía local; y si ha de ser posible alguna administración pública o de defensa, esta no puede constituirse nunca en un poder autónomo.


[1] En su segundo tomo de Historia del Pensamiento Socialista, George Cole (1958) dedica un capítulo a analizar las aportaciones y desarrollos socialistas tanto en Bélgica como en Rusia. Sobre Suiza, Italia y España, no tiene capítulos completos, sin embargo, frecuentemente son retomados para analizar su participación en el movimiento internacional, sobre todo bajo el contexto de la AIT.

Referencias

Cole, G. (1957). Historia del Pensamiento Socialista I. Los precursores 1789-1850. Fondo de Cultura Económica.

Cole, G. (1958). Historia del pensamiento socialista II. Marxismo y Anarquismo 1850-1890. Fondo de Cultura Económica.

Dolléans, É. (1962). Historia del Movimiento Obrero. Tomo 1. 1830-1871. Editorial Universitaria de Buenos Aires.

Duncker, H. (1977). Historia del Movimiento Obrero (seis lecciones). Ediciones de Cultura Popular.

Marx, K. (1970). Contribución a la Critica de la Filosofia del Derecho de Hegel. In J. Bravo (Ed.), Los Anales Franco-Alemanes (pp. 101–116). Ediciónes Martínez Roca.

Marx, K., & Engels, F. (2012). Manifiesto del Partido Comunista. In Textos Selectos y Manuscritos de París; Manifiesto del Partido Comunista con Friedrich Engels; Crítica del Programa de Gotha. Editorial Gredos.

Marx, K., & Engels, F. (2013). La sagrada familia o crítica de la crítica crítica contra Bruno Bauer y consortes. Akal.

Plá, A. (1984). Introducción a la Historia General del Movimiento Obrero. Tierra del Fuego.

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