Reseña de historia de la comuna de parís de 1871, de prosper-olivier lissagaray

Ollin Vázquez

Este 2021 se cumplen 150 años de la Comuna de París, suceso que significó una gran victoria para la clase obrera del mundo por ser la primera experiencia de gobierno de ésta. En palabras de Marx:

La Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.

(Marx, 1873/2003).

A pesar de haber sido un régimen de solo dos meses, se han extraído varias enseñanzas en torno a la organización de los movimientos de los proletarios del mundo.

Un libro que sin duda proporciona el contexto, el desarrollo y desenlace de la Comuna es la obra de Prosper-Olivier Lissagaray que lleva por título Historia de la Comuna de París de 1871. Este libro es una crónica que relata de manera exhaustiva los sucesos ocurridos en París, Francia, de 1870 a 1871; desde la caída de Napoleón III hasta la expulsión y exterminio de quienes participaron en la Comuna. En la obra se muestran los papeles que desempeñaron cada sector social, cada facción y cada personaje en el desenlace del movimiento.

Una de las valías particulares de este texto es que narra los hechos desde la óptica de un activista sobreviviente del desenlace de la Comuna. Sin embargo, eso no dio como resultado un libro parcializado; al contrario, los hechos descritos por Lissagaray nunca ocultan los errores del movimiento; el autor describe nítidamente su mayor defecto, que fue la falta de organización. Pero, así como hace la crítica de los desatinos de los comuneros, también dibuja sin tapujos todas las traiciones y masacres al pueblo parisino por el gobierno provisional, la burguesía y la supuesta izquierda.

Otra de las características del texto se logra a partir de la óptica periodística de Lissagaray, pues le permitió obtener durante y después del conflicto, testimonios de primera mano de comuneros exiliados, sobrevivientes, declaraciones de los versallescos; además de citas de publicaciones de la prensa, cartas, entre otras evidencias que posteriormente plasmará en el libro en cuestión. La obra fue escrita después de la derrota del movimiento, durante el exilio del autor en Bruselas, donde se editó por primera vez en 1876. La policía prohibió su distribución en Francia y fue hasta veinte años después que se publicó una edición en París (Hazan, 2021).  

La obra está compuesta de cuatro partes: El desastre, la Comuna, Lucha a vida o muerte y La venganza. Cada una contiene capítulos que van en orden cronológico en general, aunque algunos son digresiones que sirven al autor para relatar lo que ocurría en las provincias de Francia o dar algunos antecedentes que nos permitan comprender mejor los sucesos. 

El desastre

Lissagaray relata los acontecimientos ocurridos del 9 de agosto de 1870 al 18 de marzo de 1871, es decir previo a la promulgación de la Comuna. Para contextualizarnos, hace un recuento de la situación en que se encontraba Francia antes de que Luis Napoleón emprendiera la guerra contra Prusia, hecho que puso en jaque a la monarquía francesa y detonó el movimiento.

Si pudiéramos resumir el contexto inmediato anterior al inicio de la Comuna, diríamos que se trata de los últimos intentos de la monarquía francesa para mantener el estado de cosas hasta entonces prevalecientes; la corona había llevado a Francia a la ruina económica y a la humillación nacional, y la única manera de mantenerse en el poder era por la fuerza. Esta clase en decadencia tenía sometidos al resto de sectores de la sociedad: clero, alta y media burguesía, al cuerpo legislativo, y, por supuesto, al pueblo trabajador. A pesar del fusilamiento de la clase proletaria en 1848 y con ella la aparente consolidación de la aristocracia a partir de la instauración del Segundo Imperio Francés, era claro el malestar social, y sobre todo del proletariado.

Años más tarde, la inconformidad no solo se oía en las calles, sino que se vio reflejada en las elecciones de 1863, donde triunfó en las diputaciones la coalición de izquierdas. Este acaloramiento de la población parisina no solo estuvo influido por las condiciones internas de Francia: la muerte del periodista Víctor Noir a manos de Pierre Bonaparte, las detenciones de los redactores de periódicos de oposición como La Marsellaise, el ahogamiento de algunas huelgas, entre otras, sino que, además, se vio motivada por movimientos sociales paralelos de otros países, como las represiones en Polonia y el reconocimiento de la Internacional en Europa.  

Es en este contexto en que la Francia de 1870 se embarca en la guerra franco-prusiana, conflicto que la monarquía francesa y la burguesía veían como oportunidad para apropiarse de una parte del Rin. Sin embargo, era una guerra de clases dominantes; el pueblo francés estaba en contra de participar en la misma. No tenía razones para batirse contra sus hermanos alemanes; la paz entre los proletarios del mundo era un sentimiento legado desde la Internacional.

Napoleón III fue capturado en la batalla de Sedán y los franceses, al ver derrotado al Imperio y la inminente invasión prusiana, pidieron la proclamación de la República y exigieron ser armados para mantener su soberanía. Sin embargo, los diputados que eran considerados de “izquierda”[1], los monárquicos y la burguesía, a pesar de su airado nacionalismo, estaban en contra de estas peticiones porque veían posibilidades de insurrección. Con maniobras y engaños instauraron una administración provisional a la que llamaron Gobierno de Defensa Nacional, y desde la que se lideró una batalla que desde antes de empezar ya pesaba en contra de Francia. ¿Por qué entonces toda esta actuación para engañar a París? Porque temían más un levantamiento popular que la derrota ante los prusianos. Desde un inicio buscaban pactar con ventaja para los monárquicos y burgueses, a espaldas del pueblo, que pagaría todos los costos de la guerra.

Thiers y la falsa izquierda simularon la defensa de Francia. A pesar de contar con el pueblo para contribuir en la lucha, no armaron a los guardias nacionales hasta el final, tras el acoso de los prusianos. El 28 de enero de 1871 Thiers entregó París.

El 8 de febrero se realizaron elecciones legislativas. En la Asamblea Nacional en Burdeos los republicanos de París fueron acorralados por los monárquicos de provincias. Se formó entonces el Pacto de Burdeos, donde Thiers prometió que, ante el contexto, no se designaría un régimen de gobierno perteneciente a un ala política en concreto, sino más bien neutro, en tanto durara la guerra. Los reaccionarios –legitimistas, orleanistas, bonapartistas, rurales–, por su parte, aceptaron para evitar la proclamación de la República.

Mientras tanto, en París solo había una idea: unir a todas las facciones republicanas y federar los batallones. El 15 de febrero de 1871, en una reunión de 18 de los 20 distritos de París, se decidió agrupar a los batallones en torno a un Comité Central, el cual se conformó con un representante de cada distrito. En la tercera asamblea general de los distritos de París, Garibaldi fue proclamado general en jefe de la Guardia Nacional. Se eligieron formalmente a los treinta miembros del Comité Central. Lissagaray recalca que éstos elegidos eran gente del pueblo, sin aspiraciones personales más que servir a este.

Muchos de los elegidos pertenecían a la anterior comisión. Los demás, de todas las capas de pueblo, conocidos solamente en los consejos de familia o en su batallón. Los hombres de más relieve no intrigaron para obtener sufragios […].

Verdad es que no les guiaba ningún programa concreto. El comité central no es la cabeza ni la columna de un partido, no tiene un ideal que realizar. Sólo ha podido agrupar a tantos batallones una idea sencillísima: defenderse de la monarquía (Lissagaray, 1876/2021, p. 96).

La Comuna

La madrugada del 18 de marzo, Thiers ordenó desarmar a la Guardia Nacional mientras el pueblo dormía; sin embargo, los soldados se negaron a ir contra el pueblo y fraternizaron con la multitud que también salió a las calles a defender a sus pares y sus bayonetas. La Guardia Nacional pudo conservar casi todos los cañones y se adueñó de millares de fusiles. El Comité Central asumió la responsabilidad de gobierno y convocó a elecciones para definir quiénes conformarían el comité de la Comuna. Una vez votados, se les entregó el poder legislativo que sería direccionado desde el Hotel-de-Ville. La Comuna se apoderó de los ministerios y de los diferentes servicios que funcionaron con gente del pueblo y algunos pequeñoburgueses que se unieron a la Comuna.

Mientras tanto, Thiers y la reacción se refugiaron en Versalles. Como bien apunta Lissagaray, fue un error de la Comuna haber dejado libre a la reacción y a su ejército, pues les dio tiempo para reorganizarse, buscar aliados y marchar contra París.

En este apartado, Lissagaray explica puntualmente el desempeño de cada una de las comisiones del gobierno –Hacienda, Comisión de Guerra, Seguridad y Policía, Relaciones Exteriores, Justicia, Enseñanza, y Trabajo y Cambio–, los cambios que hicieron y los errores que se cometieron. Una gran parte del texto la dedica a exponer las causas que llevaron al aplastamiento de la Comuna. El error fundamental, como lo muestra el autor, fue la falta de organización del movimiento y el desconocimiento de los dirigentes sobre cómo guiar la lucha.

Durante los meses que duró el movimiento, los mandatos del Comité Central, primero, y, posteriormente, del Comité de la Comuna, fueron entorpecidos por la estructura de gobierno que permaneció del régimen anterior y por algunos organismos que fueron creados en la misma Comuna. En primera instancia, los alcaldes y diputados seguían representando los intereses de la monarquía, de modo que apenas en los primeros días del movimiento intentaron recuperar París cuestionando la legitimidad del Comité Central y presionándolos para que cedieran una parte de la administración. Posteriormente, cuando el Comité de la Comuna entró en funciones, el Comité Central no quiso subordinarse y el surgimiento del Comité de Salud Pública también entorpeció la organización del movimiento. Todos daban directrices que en ocasiones chocaban entre sí y afectaban el funcionamiento de las comisiones y servicios. La falta de organización de las autoridades y la poca vigilancia hacia los reaccionarios que aún quedaban en París permitió la filtración de polizones pagados por Versalles que ayudaron a la toma de París.

Destaca también la Comisión de Hacienda. Por desconocimiento, los encargados de la comisión se dejaron convencer por los funcionarios que operaban el Banco de Francia para no meterse con los intereses de la élite francesa. Lissagaray advierte que fue un gran error no hacerse con dicho recurso, ya que hubieran servido para los cada vez mayores gastos en avituallamiento de la Guardia Nacional, la adquisición de armamento para sostener la defensa de la Comuna, la provisión de servicios de la comunidad y la pensión a las viudas y los huérfanos. Pero además hubiera servido, no solo para fortalecer la resistencia, sino también para debilitar el restablecimiento de las fuerzas de Versalles, que lo hacían a partir de los recursos guardados en el Banco en cuestión.  

La Comisión de Guerra fue otro pilar fundamental para la derrota del movimiento. Los que fungieron como ministros de guerra nunca implementaron un plan para repeler a la reacción. El pueblo, por su parte, tampoco podía hacer más que dejarse llevar por sus instintos, de modo que lucharon contra batallones formados por soldados profesionales. Como consecuencia, los fuertes estaban totalmente desorganizados; algunos generales con sus batallones de guardias nacionales pudieron eventualmente ganar algunas posiciones; sin embargo, la desorganización de las comisiones de guerra impidió que les llegaran refuerzos y municiones que les permitiera conseguir victorias definitivas sobre los versallescos.

En cuanto a las otras provincias de Francia, las insurrecciones y simpatías fueron temporales. En realidad, París estaba aislada. Las comunas que se desplegaron en Lyon, Saint-Etienne, Le Creusot y después en Marsella, Toulouse y Narbonne se apagaron antes de poder hacer coro a París. Parte de esta disrupción se debe a que los periódicos de la reacción y las proclamas llenas de mentiras de Thiers crearon una leyenda negra sobre París, que fue comprada por los ojos miopes del resto de provincias y parte del mundo europeo. La reacción supo aislar al movimiento.

Lucha a vida o muerte

La resistencia de los parisinos duró poco tiempo. Los traidores aprovecharon la desorganización para falsear información que iba de la Comuna a los fuertes y viceversa; adicionalmente, la desidia de las comisiones encargadas de enviar refuerzos y municiones terminaron por desanimar a los generales y soldados de las fortificaciones. Un ejemplo de ello fue Dombrowski, general militar que, cansado de luchar contra la inercia de la guerra, dejó de liderar los puestos de resistencia. No obstante, la respuesta del Comité de Salud Pública (organismo encargado de la dirección de las fortificaciones) solo fue comunicar el hecho a un organismo de menor jerarquía, como era el Comité de Guerra, en lugar de remediar el mal.

El autor relata que las puertas de los fuertes más débiles estaban totalmente desguarnecidas, lo que impidió que París se percatara de que los versalleses estaban entrando. La tarde del 21 de mayo, la reacción ocupó la mitad de París. El pueblo decidió hacer frente a través de luchas de barricadas, establecidas en cada barrio. Los lugares estratégicos como Montmartre, que pudieron haber servido para cambiar de rumbo la batalla, fueron ocupados por la reacción sin resistencia. El Comité Central, el Consejo, el comité de Artillería y todos los servicios militares no organizaron una defensa conjunta. El futuro de la Comuna se había abandonado a la inspiración individual de los federados. La noche de ese mismo día, brilló por su ausencia la dirección, inteligencia y organización del Comité de Guerra y del Hotel-de-Ville.

Lissagaray señala que de haberse implementado otra estrategia podría haber tomado otro curso la defensa de París. Sin embargo, hoy solo sabemos que una vez tomadas las principales posiciones por el ejército versallés, la reacción ejecutó en masa y saqueó las propiedades de los parisinos. Una vez instalados en Montmartre, el Estado mayor de Versalles dio inicio al holocausto en contra de la población parisina. Ejemplo de ello, son los asesinatos en masa, la ejecución de niños y mujeres escogidos al azaar de entre los grupos de detenidos.

El 29 de mayo de 1871 la Comuna fue oficialmente derrotada. Días después fue desmantelado el Hotel-de-Ville, lugar donde legislaba la Comuna.

La venganza

En la última parte el autor relata la situación de París después de haber sido tomada. En los dos meses siguientes, se torturó y fusiló a los prisioneros que la reacción creyó conveniente. El general marqués de Galliffet, por ejemplo, hizo matar a sus prisioneros más viejos porque, a su juicio, eran más culpables del levantamiento por haber sido testigos de las masacres de 1848. Hubo algunos tribunales donde se hicieron juicios simulados para los que jugaron un papel más importante en la comuna; éstos fueron ejecutados, condenados a trabajos forzados o deportados. El gobierno francés nunca reconoció las dimensiones que alcanzó la Comuna en tan corto tiempo; por el contrario, se encargó de desprestigiarla y de calificarla como un complot contra el gobierno realizado por una banda de incendiarios.

La prensa conservadora como Le figaro y Journal des Débats crearon historias difamatorias para atizar la rabia de la burguesía contra la Comuna mientras alababa las matanzas.

¿Cuántos murieron ejecutados por los versalleses? Los funcionaros oficiales admitieron al menos veinte mil, sin embargo, se sabe que fueron muchos más. Los presos que llevaron para espectáculo de la burguesía, los intelectuales y los monárquicos de Versalles fueron al menos cincuenta mil.

Lissagaray también deja ver entre líneas la acogida que tuvo la Comuna en el extranjero. Por un lado, los gobiernos de Europa nunca se pronunciaron sobre las matanzas de París.

Los filisteos extranjeros dicen con una mueca desdeñosa: “¡Miren ese loco!” Pero acechan a su proletario que ha dejado en suspenso su martillo y está mirando; tiemblan, no sea que su gesto le enseñe a ese proletario cómo tendrá que hacer saltar el resorte de su soberanía.

(Lissagaray, 1876/2021, p. 287).

La clase trabajadora, en cambio, rindió homenajes en favor de la Comuna. Obreros de otras partes del mundo como Londres, Bruselas, Berlín, Ginebra, Zurich, ente otros, realizaron grandes tributos a sus hermanos parisinos, reafirmando, así, su solidaridad con la Comuna. Denunciaron las masacres de los vencedores y condenaron a los gobiernos que no alzaron su voz en protesta. La pluma de los diarios socialistas hizo su homenaje en nombre de los vencidos, mientras la Internacional elogiaba el esfuerzo del proletariado parisino en su lucha histórica.

Así concluyó la Comuna de París. Lissagaray logró escapar de las ejecuciones y se refugió en Bruselas, donde creó esta estremecedora obra que, como se mencionó, es muy útil para contextualizar y ver la sucesión de hechos de la Comuna. Si bien cerca de la mitad del libro está dedicado a mostrar los errores concretos de táctica y organización de la Comuna, el autor no enuncia explícitamente planteamientos teóricos formulados a partir de esas enseñanzas. No se encontrará en la obra, por ejemplo, nada acerca de la dirección que debe tomar la dictadura del proletariado en sus condiciones específicas ni mucho menos se hallará una propuesta de cómo pudo haber sido la organización de los proletarios para tener un movimiento exitoso. Sin embargo, al relatar los hechos con toda veracidad, nos permite entender con más claridad planteamientos más profundos sobre el socialismo que posteriormente fueron realizados por grandes pensadores como Marx y Lenin. De ahí que no se nos haga extraña, después de haber leído la obra de Lissagaray, la necesidad de la organización del pueblo, y el estudio detallado de las condiciones históricas específicas de cada país para una adecuada transición al comunismo.


[1] Lissagaray marca la diferencia entre los diputados de izquierda y los socialistas: “A partir de ese momento se establecen dos oposiciones: la de los parlamentarios de izquierda y la de los socialistas, que cuenta con numerosos obreros, empleados y pequeñoburgueses” (Lissagaray, 1876/2021, p. 28).

Referencias

Hazan, É. (2021). Prólogo. En P. O. Lissagaray, Historia de la Comuna de París de 1871. Capitán Swing.

Lissagaray, P. O. (2021). Historia de la Comuna de París de 1871. Capitán Swing.

Marx, C. (2003). La guerra civil en Francia (Primera edición ed.). Madrid, España: Fundación Federico Engels.

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