Sobre John merriman, masacre: vida y muerte en la comuna de paris de 1871

Anaximandro Pérez

El París de hoy es una ciudad cuyas grandes avenidas abiertas son aptas para la represión de la gente que se manifiesta contra el Estado. Basta observar en la televisión, pero sobre todo en las redes sociales, la facilidad con que la policía nacional puede violentar a los manifestantes desarmados, usando para ello armamento clasificado como de uso exclusivo del ejército. Sin embargo, no fueron los Gilets jaunes (Chalecos amarillos), ni los trabajadores sindicalizados, ni los estudiantes, etc.; no fueron quienes protestan hoy constantemente contra las reformas antipopulares que ha promovido el gobierno de Emmanuel Macron, los primeros (ni los últimos) disidentes que experimentaron la represión violenta del estado en los bulevares y avenidas parisinas. Hace ciento cincuenta años otro movimiento popular francés fue masacrado por una República Francesa sin poder defenderse frente a un ejército profesional completamente armado que, compuesto por franceses, entraba a sangre y fuego a la “ciudad de las luces”: se trata de la Comuna de París.

De ese apasionante y traumático proceso de nacimiento, desarrollo y eliminación física de los comuneros se ocupa el magnífico libro de John Merriman, Masacre: Vida y muerte en la Comuna de París de 1871. A pesar de que fue publicado en español en 2017, en este año de conmemoración 150 del suceso, Masacre puede resultar un libro clave para entender todos los elementos que se entremezclaron en la Comuna. Para sostener esta sugerencia frente a los que aprecian solamente la autoridad académica, podría ser útil mencionar que su autor es profesor de la universidad de Yale y autoridad internacional en los estudios históricos de los movimientos populares en Europa y, principalmente, Francia del siglo XIX, a cuyo propósito tiene publicados más de siete libros –entre los que se recogen testimonios desde la perspectiva historiográfica “desde abajo”[1]– que son buenamente apreciados por sus pares, sus alumnos y el público en general.

En cambio, para sostenerla frente a aquellos que consideran que no son suficientes los títulos y estrellas de la academia, es útil explorar un poco el contenido de esa publicación. Así, el cuerpo del libro de Merriman que nos ocupa se compone de 11 capítulos, antecedidos de un prólogo introductorio. Esta sección inicial es importante para comprender los eventos que se desencadenaron entre 1870-1871, pues en ella se exponen a grandes rasgos la desigualdad social creciente que prosperó durante el Segundo Imperio Francés (1852-1870). Bajo el gobierno de Napoleón III se engrosaron fortunas inmensas, evidentes en los bancos y en el brillo de los barrios burgueses o poblaciones de descanso exclusivas para dar vivienda a un puñado de grandes burgueses. Pero la abundancia florecía necesariamente junto a una pobreza extrema cada vez más profunda y a un desempleo generalizado entre las masas populares, hacinadas en sus cuchitriles de las barriadas obreras. En ese sentido, por ejemplo, casi una cuarta parte de los dos millones de habitantes de la capital (es decir, medio millón de parisinos) podía ser considerada como indigente (Merriman, 2017. p. 20).

En el caso de París, la ciudad ganó mucho en belleza gracias a la gestión del prefecto capitalino Georges Haussmann. Por encargo del emperador este prefecto reconstruyó su capital, haciéndola moderna y deslumbrante por su lujo en su parte occidental, de donde fueron desplazados miles de habitantes de bajos recursos hacia las periferias y la parte oriental. Las avenidas parisinas fueron rehechas como amplias líneas rectas que, además de acomodarse al nuevo fulgor de la urbe, impedían que las insurgencias populares de los barrios de trabajadores –que ya habían tumbado a todos los gobiernos monárquicos del siglo XIX y amenazado la existencia del propio Segundo Imperio– volvieran a levantar barricadas en las bocacalles para resistir el avance de la represión del ejército y la policía. El proceso de gentrificación y desplazamiento solo hizo más evidente la contrastante desigualdad entre las clases, los modos de vida tan dispares de los ricos propietarios y los proletarios hambrientos. Asimismo, se acrecentó progresivamente la inconformidad frente al régimen persecutorio de Napoleón III. Esa masa trabajadora que no veía mejora alguna de sus condiciones de vida bajo el gobierno imperial comenzó a asociarse para protestar bajo la dirección de las propuestas políticas populares: de los republicanos, del blanquismo y de los varios activistas de la Asociación Internacional de Trabajadores.

Pero si las condiciones en que vivía el imperio antojaban un estallido revolucionario próximo, la guerra franco-prusiana aceleró las cosas. De esto se ocupa el primer capítulo, “La guerra y el colapso del imperio”, título que indica ya en sí que, en las condiciones negativas de inconformidad en el interior de Francia, la aventura de declarar la guerra a los prusianos el 19 de julio de 1870 fue una decisión sumamente irresponsable. Además, el ejército prusiano, sus armas, sus líneas de suministro y su capacidad de movilidad eran muy superiores a los elementos de guerra que poseía Napoleón. Las tropas francesas, que venían de sufrir un descalabro humillante en México, sufrieron derrota tras derrota en su propia tierra; también tuvieron decenas de miles de muertos, heridos y prisioneros frente a las fuerzas de Helmuth von Moltke.

Todos los jefes militares del imperio fueron capitulando y el emperador en persona, con 100 mil de sus soldados, se rindió el 2 de septiembre. En París se opusieron a esa vergüenza y se proclamó la república dos días después (4 de septiembre); con esto terminó el imperio. Pero no se detuvo el avance de los prusianos hacia el interior, pues los alemanes pusieron sitio a esa capital el 19 del mismo mes. Los parisinos se armaron –a pesar de los deseos de las autoridades que querían entregar la ciudad al invasor– y encabezados por las milicias urbanas (esto es, pueblo armado) de la Guardia Nacional resistieron 4 meses de asedio hasta enero de 1871. Entonces se acordó un armisticio y el gobierno sustituto, encabezado por el monarquista Adolphe Thiers y la Asamblea Nacional, finalmente, aceptaron todas las condiciones de capitulación que impuso Bismarck e instauraron su gobierno en el mismo lugar de firma de estos acuerdos, el palacio borbónico de Versalles.

Del inicio y desarrollo de la Comuna se ocupan los capítulos II, III, IV y V. El 17 de marzo el gobierno de Versalles decidió someter a los parisinos –que no habían dejado las armas–, a cuyo fin se hizo preciso incautar los cañones que poseía la Guardia Nacional para defensa de la ciudad desde los barrios populares y posteriormente tomar el control militar de toda la ciudad. Pero los trabajadores se opusieron a ambas cosas; se levantaron contra Thiers, decidiendo votar democráticamente el 26 de marzo por un Consejo de la Comuna, compuesto por 92 diputados arropados por las armas de su miliciana Guardia Nacional. Una vez elegido este gobierno declaradamente proletario, sus integrantes se dedicaron a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores empobrecidos durante un periodo de más o menos dos meses: hicieron accesibles a todo mundo los servicios públicos, la justicia, la prensa, la educación, las artes, etc.

Obviamente el gobierno de Versalles, arropado por toda la gran burguesía con sus riquezas, se opuso todo el tiempo al desarrollo y extensión de ese experimento de gobierno proletario; por eso decidieron exterminarlo. En cambio, los rebeldes de París optaron erróneamente por no suprimir con rapidez a los versalleses, a pesar de que por esos días tenían la posibilidad real de hacerlo: el enemigo se encontraba al principio en minoría, pues no contaba con fuerzas armadas suficientes tras la derrota, muerte y aprisionamiento masivo de soldados franceses durante la guerra contra Prusia. El hecho de que los comuneros les dejaran la puerta abierta para su fortalecimiento posterior fue bien aprovechado por Versalles; fue un grave error que dio rienda suelta a los ánimos más asesinos del régimen de Thiers, pues éste comenzó a instrumentar el proceso de eliminación de la Comuna por represión violenta, del cual se ocupan los capítulos VI, VII, VIII, IX y X del libro de Merriman. En ellos se exponen, además, las medidas de defensa que fueron adoptando paulatinamente los comuneros, quienes en su corta visión política no alcanzaron a promover la disidencia generalizada por el país, perdieron la facultad de hacerse publicidad entre los franceses y dejaron pasar la oportunidad de confraternar con los proletarios de otras ciudades fabriles de Francia. La actividad política de los trabajadores de París quedó entonces limitada al recinto de su ciudad, lo que facilitó un ataque concentrado sobre los parapetos comuneros por parte del ejército profesional de Versalles –reforzado por la liberación de prisioneros que retenía Bismarck desde 1870.

El asedio, la resistencia de los proletarios y la masacre de trabajadores por los hombres de Thiers, golpeó primero por la parte meridional de París. Estuvo asistido por las tropas alemanas, que en el ínterin se habían situado por el septentrión de la urbe (señaladamente en Saint-Denis), posición que les permitió impedir la fuga de los parisinos que trataban de salir a toda velocidad de una muerte segura (los miembros de la Guardia se deshacían de sus uniformes, pues al ser identificados por sus colores sólo les esperaba ir al paredón sin juicio previo). El ataque comenzó con un nutrido bombardeo sobre la ciudad que fue debilitando los baluartes comuneros; hacia los últimos días de mayo los soldados de Versalles fueron tomando por secciones las zonas defensoras de la Comuna. El último punto que resistió fue el cementerio de Pere-Lachaise, que se tomó gracias a la ejecución brutal de todos sus ocupantes. La gente de París incendió varios puntos de la ciudad, pero carentes de un ejército igual de vigoroso que el profesional de Thiers, no pudieron causar muchas bajas al enemigo. En cambio, este ejecutó cuanto se atravesó por su camino, ya en las calles, ya en los escondrijos de la ciudad, y enviaron miles de hombres, mujeres y niños a campos de concentración prestablecidos en Versalles, donde miles serían pasados primero por fusil, pero después (por facilidad), ejecutados con la novedosa mitrailleuse.

La obra se cierra con una “Rememoración” que compone el capítulo XI, en donde se hace un balance de los resultados destructivos de esa violenta represión del pueblo parisino y un estudio de la herencia política que dejó este experimento de gobierno popular. En palabras del autor, el asesinato masivo de comuneros fue la mayor masacre occidental de civiles con tintes genocidas del siglo XIX. Sus dimensiones fueron superadas hasta el siglo XX por el genocidio armenio. Y es que, sin contar las bajas por combate, frente a los cerca de 68 rehenes ejecutados por los parisinos (debido a la negativa de Thiers al establecimiento de negociaciones), los versalleses ejecutaron entre 12-15 mil trabajadores rebeldes (Merriman, 2017. p. 376).

En términos generales, el relato de los hechos entre el empoderamiento democrático del proletariado y la violencia asesina de la burguesía en el poder se contiene de manera detallada en esta obra de Merriman, quien considera los sucesos por lo menos desde el plano local parisino, el ambiente francés y la recepción internacional de los acontecimientos. Sin embargo, hay una cosa más, que hace valiosa cada página de Masacre: su autor deja hablar a todas las clases sociales. En su historia es evidente el trabajo monumental que hizo Merriman en los archivos de corte político y policiaco de Francia, así como en la prensa y los testimonios de la época ya publicados. De esa manera, se logra hacer un conjunto relativamente completo de las experiencias de, y sobre, la Comuna en su propia época: el autor hace contar sus historias de gloria y muerte a las voces proletarias que dejaron huellas por escrito y a los líderes democráticos de la rebelión (como el comprometido luchador Raoul Rigault, la luchadora Louise Michel, los miembros del Consejo de la Comuna o los delegados de la internacional); también deja hablar a las voces descarnadas y despreciativas del partido de la burguesía, a los soldados y oficiales de Versalles, quienes trataban de sacarse la deshonra de la derrota prusiana aniquilando a sus propios compatriotas; hace hablar al insensible Thiers en persona, a los miembros de su gobierno, a algunos ricachones que se refugiaron tras las armas del ejército profesional, y a los extranjeros adinerados que vivieron en carne propia el ascenso y caída del experimento de autogobierno de los trabajadores.

De esa manera, el cuadro completo de Masacre adquiere tintes sumamente vivos y dramáticos, de orgullo, desprecio, tristeza o impotencia. Es pues, sin duda, un trabajo que acerca al lector a las experiencias propias de la época, dejando ver con nitidez que el Estado burgués no limita su brutalidad cuando cumple su rol de garante de la continuación de un statu quo regido por el capital.


[1] La historia desde abajo es una perspectiva historiográfica en la que se privilegian los testimonios de personajes desconocidos, secundarios y desplazados de los relatos tradicionales de los hechos históricos que se fijan o parten de los “héroes” o los “vencedores”. Su origen parte de dos prominentes escuelas historiográficas del mundo: la de Historiografía Marxista Británica y la escuela francesa de los Annales.

Referencias

Merriman, John (2017). Masacre: Vida y muerte en la Comuna de París de 1871, (trad. Juanmari Madariaga), Madrid: Siglo XXI de España Editores, S. A.