La comuna de parís y el marxismo ausente

Diego Martínez

La conmemoración de los 150 años de la Comuna de París se hace en un contexto en el que la valorización de tal acontecimiento adquiere una mayor importancia. Al igual que cuando apareció la Comuna, hoy nos encontramos en medio de una crisis, aunque de mayores dimensiones, pues no se trata de la continuidad de un Estado-nación determinado, sino de una crisis de carácter planetario. Y al igual que en el tiempo de la Comuna, las clases dueñas de los medios de producción han demostrado por enésima vez que por encima de todo está asegurar sus ganancias. Esto lo podemos ver con la producción y distribución de las vacunas contra el coronavirus.

Entonces, la situación crítica nos hace repensar la comuna de una manera diferente, no desde el tradicional sentido de qué es lo que la Comuna puede decirnos y enseñarnos en el siglo XXI, sino diciendo cuáles de las tareas y lecciones dadas por la Comuna, la clase trabajadora internacional ha cumplido o está en proceso de cumplir en este siglo. Expresar lo que hace falta por hacer es una de las formas más valiosas para conmemorar la acción de las masas trabajadoras parisinas de 1871.

El presente artículo está organizado de la siguiente manera. En primer lugar, es conveniente hacer un breve repaso histórico no exhaustivo de los acontecimientos de septiembre de 1870 a mayo de 1871, en el que se vaya destacando la lectura hecha por Marx de los mismos, con el objetivo de hacer claridad sobre los planteamientos a desarrollar posteriormente. En segundo lugar, hay que destacar que una de las tradiciones revolucionarias que con mayor consecuencia asimiló las lecciones de la Comuna es el marxismo, en concreto el marxismo-leninismo, y cómo a pesar del derrumbe del socialismo soviético, es la ausencia del mismo lo que ha estancado el desarrollo y consolidación de las clases trabajadoras como sujeto de la revolución en el siglo XXI.

Pequeña reseña histórica

Durante la guerra franco-prusiana y una vez rendido Napoleón “el Pequeño” ante el ejército prusiano, se proclama la república el 4 de septiembre de 1870, y de inmediato se forma el Gobierno Provisional francés de Defensa Nacional. Sin embargo, este gobierno poco hace para la defensa, pues cuando inicia el asedio sobre París, a la burguesía en el poder le resulta preferible rendirse, pues sabe que quienes saldrán a la defensa de la capital serán los trabajadores, colocándose a la cabeza de todo el poder político, desplazándolos a ellos.

Ya desde muy temprano, Marx advertía que la república era continuidad del imperio y escribía: “Esta república no ha derribado el trono, sino que ha venido simplemente a ocupar su vacante. Ha sido proclamada no como una conquista social, sino como una medida de defensa nacional” (Marx, 1870/1977, p. 34). Esta preocupación de Marx no era gratuita, sino que se basaba en la forma en que se repartieron los puestos dentro del gobierno:

El reparto de funciones entre los miembros de este gobierno no augura nada bueno. Los orleanistas se han adueñado de las posiciones más fuertes: el ejército y la policía, dejando a los que se proclaman republicanos los departamentos puramente retóricos.

(Marx, 1870/1977, pp. 34-35).

De manera paralela existían los Comités de vigilancia en cada distrito de París, lo que formaba el Comité Central de los Veinte Distritos, impulsados por la Internacional (Merriman, 2017, p. 50), quienes comenzaron a exigir elecciones para formar un gobierno municipal, además de proclamarse en favor de continuar la guerra contra Prusia. En el manifiesto que redactaron, solicitaban lo siguiente:

La elección de municipalidades, la policía en manos de éstas, la elección y la responsabilidad de todos los magistrados, el derecho absoluto de prensa, reunión, asociación, la expropiación de todos los artículos de primera necesidad, el racionamiento, el armamento de todos los ciudadanos y el envío de comisarios para hacer levas en las provincias.

(Lissagaray, 1971, p. 55).

A partir del 19 de septiembre comienza el sitio de París, y es el momento en que se definen los intereses de los integrantes del Gobierno de Defensa Nacional. Para el 31 de octubre hubo un intento de terminar con dicho gobierno, pero fracasó y este se instauró nuevamente.  Las derrotas militares hacían que la población se inclinara cada vez más en favor de la proclamación de la Comuna, tanto que, para enero de 1871, en las calles, se podía leer “Viva la Comuna.” Todo este tiempo, el Gobierno de Defensa se había encargado de engañar a la población, pero la confianza se iba terminando. Comenzó a quedar claro que el gobierno “no era ya solamente de la locura del sitio de lo que quería salvar a París, sino ante todo de los revolucionarios” (Lissagaray, 1971, p. 63).

Para el 28 de enero, París capitula mediante un armisticio; sin embargo, ni los trabajadores ni los miembros de la Guardia Nacional estaban de acuerdo con tal acción.

El 29 de enero (de 1871) la bandera alemana se izó en los fuertes. El pacto había sido firmado en la víspera. Cuatrocientos mil hombres armados de fusiles y cañones capitulaban ante doscientos mil. Todo el ejército, doscientos cuarenta mil soldados, marinos y móviles, quedaba prisionero. París debía pagar doscientos millones en quince días. El gobierno se honraba de haber conservado las armas de la guardia nacional, pero todos sabían que habría sido necesario asilar a París para quitárselas.

(Lissagaray, 1971, p. 70).

El Gobierno de Defensa Nacional convocó a elecciones. Todos pusieron manos a la obra. El peligro para los trabajadores era claro, tenían que evitar que la Asamblea Nacional quedara en manos de los monárquicos. Los socialistas y republicanos organizaron un Comité Central de la Guardia Nacional con el objetivo de defender la república. Sin embargo, los resultados fueron muy malos para ellos. La Asamblea quedó dominada por los monárquicos, quienes el 17 de febrero otorgaron el Poder Ejecutivo a Adolphe Thiers. Era momento de que la izquierda parisina se uniera para oponerse a la Asamblea, “el Comité Central de los Veinte Distritos y la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores) de Karl Marx encontraron que coincidían en muchos propósitos” (Merriman, 2017, p. 60).

Ante la inminente entrada de las tropas prusianas al terminar el armisticio, la Guardia Nacional optó por recuperar los cañones, pues estaba el peligro de que la Asamblea Nacional los entregara a los prusianos. Así, la Guardia Nacional recobraba su fortaleza, y se consolidaba como el enemigo más importante para la Asamblea, aún más que el ejército prusiano.[1] Desde ese momento, el objetivo principal fue quitar la fuerza de las armas a la Guardia Nacional.

La huida a Versalles por parte de la Asamblea Nacional confirma la idea de que, para ellos, lo importante no era preservar la república, sino proteger sus intereses y los de su clase. Fueron recibidos en Versalles con los brazos abiertos, todos los adinerados de París huyeron, pues Versalles significaba seguridad para ellos.

A partir del 11 de febrero comienza una lucha abierta en contra de los republicanos de París, primero con la prohibición de periódicos y, después, con el juicio a los insurrectos del 31 de octubre, entre los que se encontraba Blanqui. Si algo le quedaba claro a Thiers es que, si quería mantener la dominación de su clase, la medida más importante era desarmar a los obreros parisinos; sin embargo, no contaba con la reacción que tendrían estos para defenderse:

El 18 de marzo envió tropas de línea con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería que era de su pertenencia, pues había sido construida durante el asedio a París y pagado por suscripción pública. El intento no prosperó, París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el gobierno francés de Versalles. El 26 de marzo fue elegida, y el 28 proclamada la Comuna de París. El Comité Central de la Guardia Nacional que hasta entonces había desempeñado las funciones de gobierno, dimitió en favor de la Comuna, después de haber decretado la abolición de la escandalosa “policía de moralidad” de París.

(Marx, 1870/1977, p. 11).

Fue Thiers quien impulsó la guerra civil en Francia. Inmediatamente, la Comuna tomó las medidas necesarias para aliviar la crisis por la que pasaban los parisinos, ya que el gobierno de Versalles había decretado el inicio del cobro de los empeños como de los alquileres, había reducido el sueldo de la Guardia Nacional, etc. Por su composición, las medidas de la Comuna fueron de un carácter proletario. Pero la situación de asedio a la que se sometió a París no permitió el desarrollo de tales medidas. La defensa de la ciudad contra el gobierno de Versalles absorbió la mayor parte de las energías de los comuneros. Estos se enfrentaron no solo a los monárquicos de la Asamblea, sino a los mismos prusianos.

La lucha entre las clases no conoce de nacionalidades, y así como la Comuna contó dentro de sus miembros a extranjeros en nombre de la república mundial, las clases poseedoras instaladas en Versalles se unieron a las clases poseedoras prusianas. Para ambos las causas de la guerra iniciada por Napoleón se desvanecen cuando se trata de aplastar al enemigo de clase.[2] Esto permitió que Thiers se reforzara, y en cuestión de días tomara París nuevamente, e iniciar una de las mayores matanzas en la historia moderna.

Para una visión detallada de cada una de las medidas tomadas por la comuna basta con remitirse a los estudios de Lissagaray y Merriman. Para el presente trabajo basta con lo dicho anteriormente, lo que importa destacar son las enseñanzas políticas de largo alcance, más que las inmediatas, por muy importantes que estas sean.

El marxismo-leninismo y el legado de la comuna

Si es cierto lo que menciona Michael Löwy, parafraseando a Benjamin de que “la lucha por la emancipación no solo se hace en nombre del porvenir, sino también en nombre de las generaciones vencidas” (2021), la Comuna de París tiene un lugar destacado dentro de las luchas por la emancipación. A pesar de los años, las lecciones de la Comuna continúan vigentes, dado que forman parte de una lucha de clases, que hasta nuestros días sigue siendo la piedra angular del desarrollo social.

Es el marxismo-leninismo la corriente revolucionaria que con mayor consecuencia analizó los alcance y límites de la Comuna. Desde los primeros estudios realizados por Marx, hasta los realizados por Lenin y Trotsky; el hilo rojo de la Comuna, después de la revolución bolchevique de 1917 se ha diversificado, y tras la caída del socialismo realmente existente, el marxismo-leninismo perdió terreno en el debate político. Esto pasa más por el desencanto de aquellos que esperaban del marxismo-leninismo un recetario para hacer revoluciones y por una gran campaña de propaganda que va desde la academia hasta los medios de comunicación masiva, que por la caducidad de los planteamientos mismos. Existen diversos textos en los que Marx, Lenin y Trotsky analizan la Comuna, sin embargo, son de destacar La guerra civil en Francia, El Estado y la Revolución y Terrorismo y Comunismo, respectivamente. 

Antes de pasar a un comentario sobre cada uno de ellos, hay que recordar que una de las corrientes presentes en la Comuna es el anarquismo, en la vertiente del proudhonismo, y que, a decir de Engels, la Comuna fue su tumba, a pesar de contar con una mayoría dentro del Consejo para poner en practica sus planteamientos. Sin embargo, dice Engels en su Introducción a La guerra civil en Francia, sobre los proudhonianos y blanquistas, otra vertiente revolucionaria dentro de la Comuna:

Cabe a los proudhonianos la principal responsabilidad por los decretos económicos de la Comuna, lo mismo en lo que atañe a sus méritos como a sus defectos; a los blanquistas les incumbe la responsabilidad principal por los actos y las omisiones políticos. Y, en ambos casos, la ironía de la historia quiso –como acontece generalmente cuando el poder cae en manos de doctrinarios– que tanto unos como otros hiciesen lo contrario de lo que la doctrina de su escuela respectiva prescribía.

(Marx, 1870/1977, p. 16).

Más tarde, en su Contribución al problema de la vivienda, Engels vuelve a la carga y dice:

Aunque los proudhonianos estaban poderosamente representados en ella [la Comuna], no se hizo ni el menor intento de liquidar la vieja sociedad o de organizar las fuerzas económicas según los proyectos de Proudhon. Muy al contrario, es el mayor honor para la comuna, que el “alma viva” de todas sus medidas económicas no hayan sido algunos principios cualesquiera, sino… la simple necesidad práctica. Y esta fue la razón de que dichas medidas –supresión del trabajo nocturno de los panaderos, prohibición de las multas en las fábricas, confiscación de las fábricas y talleres cerrados y su entrega a las asociaciones obreras– no tuviesen nada que ver con el espíritu proudhoniano, sino con el socialismo científico alemán. La única medida social que los proudhonianos hicieron aceptar fue la de no confiscar el Banco de Francia, y esta fue, en parte, la razón por la cual cayó la Comuna.

(Engels, 187/1973a, p. 376).

El fracaso estas posturas fue porque sus planteamientos no correspondieron con las necesidades de ese momento, y no supieron adaptarse a las nuevas necesidades.

Tocó a Marx hacer las advertencias y sacar las conclusiones. Desde el primer manifiesto de julio del 70, advertía que las causas de la guerra franco-prusiana estaban en que en ambos lados se buscaba aplastar la oposición popular. En el segundo manifiesto, después de la capitulación del Imperio, advertía que la República no fue un logro de las masas, ni apareció derribando a su predecesor, sino simplemente ocupaba el lugar que había dejado vacío, asimismo, daba cuenta de lo que se esperaba con la composición del nuevo Gobierno para la Defensa Nacional (Marx, 1870/1977).

Como se desprende del análisis de Marx, la Comuna no apareció de la nada, sino que es el resultado de la lucha de clases llevada en Francia por lo menos desde los levantamientos de 1848; una lucha entre el capital y el trabajo. Según él, el verdadero mérito de la Comuna era su existencia misma, era el trabajo hecho gobierno.

Dentro de los aspectos más importantes de la Comuna, Marx destaca las cuestiones relacionadas con el Estado. Y es que, a partir de ahí, queda claro que la clase obrera no puede solo apoderarse del aparato estatal y utilizarlo para sus propios fines, sino tiene que avanzar hacia la destrucción de este implantando la dictadura del proletariado, y ser implacable con los enemigos de clase, pues como se demostró, los dueños del capital no vacilarían en reprimir a los insurrectos.

Para Marx y Engels, el objetivo de la revolución proletaria es la destrucción del Estado. Pero como ellos mismos se dieron cuenta, no se trata de una tarea sencilla, algo que se haga por decreto. Antes de que el Estado burgués sea destruido es necesaria la creación del Estado proletario, es decir, que los trabajadores tomen las riendas del poder político. De ahí que, a diferencia de las ideas de los anarquistas, para los marxistas, la participación política de la clase obrera es vital para la revolución.

En un discurso en septiembre de 1871 Engels decía:

El partido obrero existe ya como partido político en la mayoría de los países. Y no seremos nosotros los que lo destruyamos predicando la abstención. La experiencia de la vida actual, la opresión política a que someten a los obreros los gobiernos existentes, tanto con fines políticos como sociales, les obligan a dedicarse a la política, quiéranlo o no. Predicarles la abstención significaría arrojarlos en los brazos de la política burguesa. La abstención es completamente imposible.

(Engels, 1973b, p. 260).

Si la participación política de la clase obrera es ahora parte fundamental para lograr la abolición de las clases, Engels aclara en seguida que no se trata de cualquier tipo, o como se dio en revoluciones anteriores como la francesa, donde la clase obrera no era vanguardia, sino que formaba parte de la retaguardia del movimiento. La Comuna demostró que “el partido obrero no debe constituirse como un apéndice de cualquier partido burgués, sino como un partido independiente, que tiene su objetivo propio, su política propia” (Engels, 1973b, p. 261). De la Comuna, Marx y Engels sacan la necesidad de la formación de un partido de la clase obrera para participar en la lucha política por el poder del Estado.

A pesar de que Engels hablaba ya de la existencia del partido obrero en diversos países, tanto él como Marx no contaron con el tiempo suficiente para desarrollarlo, pues existía solo en forma embrionaria[3]. Correspondió a los marxistas rusos crear el partido de la clase obrera. Fueron Lenin y los bolcheviques quienes pusieron las bases teóricas y prácticas para crear y consolidar la estructura partidaria que el proletariado ruso necesitó para hacer la revolución de 1917.

Si en el siglo XIX, el centro de la revolución fue Europa, principalmente Francia, donde la Comuna dio las pruebas más importantes del trabajo obrero, para principios del siglo XX este centro se fue desplazando, el propio Kautsky daba cuenta del fenómeno:

El nuevo siglo empieza con acontecimientos que sugieren la idea de que marchamos hacia un nuevo desplazamiento del centro revolucionario, concretamente: de su traslado a Rusia. Es posible que Rusia, que tanta iniciativa revolucionaria ha asimilado de Occidente,[4] se halle hoy presta ella misma a servirle de fuente de energía revolucionaria.

(En Lenin, 1920/2011, p. 39).

En su artículo de 1911, En memoria de la Comuna, Lenin habla de dos condiciones para el triunfo de una revolución social: “un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ella” (Lenin, 1911/1977, p 26). El objetivo de Lenin era preparar al proletariado para el momento de la revolución y para esto luchó por la creación del partido de la clase obrera en Rusia. El aporte del marxismo-leninismo a la teoría de la revolución social fue la creación del partido, aunque muchos marxistas actuales nieguen su importancia. La actividad de los bolcheviques es indispensable para comprender el ascenso revolucionario del siglo XX; y su ausencia, para explicar el triunfo momentáneo del imperialismo (neoliberalismo) de finales del mismo.

Fue la revolución de 1917 lo que dio un impulso al movimiento revolucionario a nivel mundial. Con la fundación de la III Internacional, el marxismo se internacionaliza como teoría de la revolución. A partir de ese momento se crearon partidos comunistas en diferentes países, lo que indudablemente puso a prueba la capacidad del pensamiento marxista y los marxistas para explicar diferentes realidades[5] y aunque no siempre los miembros de los diferentes partidos estuvieron a la altura de lo que sus situaciones necesitaban, es indudable que sin la actividad de los bolcheviques no se hubieran sacudido las estructuras de dominación en esos países. Pero ¿qué es lo que hizo posible que los bolcheviques tomaran el poder y por qué un siglo después no se ha repetido tal acontecimiento?

Haciendo un balance de la actividad de su partido en 1920 Lenin explica que:

Los bolcheviques no se hubieran mantenido en el poder, no digo dos años y medio, sino ni siquiera dos meses y medio, sin la disciplina rigurosísima, verdaderamente férrea, de nuestro Partido, sin el apoyo total e incondicional que le presta toda la masa de la clase obrera, es decir, todo lo que ella tiene de consciente, honrado, abnegado, influyente y capaz de conducir tras de sí o de atraer a las capas atrasadas.

(Lenin, 1920/2011, p. 41).

El bolchevismo surge en 1903, en un contexto de extrema represión hacia los partidos revolucionarios en Rusia. Tuvo que mantenerse en la ilegalidad, cuidándose siempre de no caer en las trampas del zarismo. Esto los obligó a ejercer una disciplina rigurosa entre sus integrantes, manteniendo una vigilancia constante sobre ellos y no dejando que quien sea que se declare comunista ingrese al partido, aplicando un centralismo extremo. Esto hizo posible que los bolcheviques fueran capaces de adaptarse a los diferentes momentos revolucionarios en Rusia, tanto en los de ascenso como en los que se intensificó la represión (después de la revolución de 1905).

Sin embargo, lo que Lenin expone como uno de los puntos centrales para que tomaran el poder, también ha sido uno de los blancos de crítica. Se han criticado a los bolchevique sus excesivos centralismo y disciplina. Críticas que provienen, incluso, desde algunas de las figuras más importantes del marxismo, como Rosa Luxemburgo. No obstante, Lenin plantea un segundo aspecto que permitió el desarrollo del partido, tomar el poder y mantenerse en él más de lo que los comuneros de París: “su capacidad de ligarse, de acercarse y, hasta cierto punto, si queréis, de fundirse con las más amplias masas trabajadoras, en primer término con las masas proletarias, pero también con las masas trabajadoras no proletarias” (Lenin, 2011, p. 42), y fueron los soviets los órganos mediante los cuales lo bolchevique se fundieron con las masas. Resulta de tal importancia este aspecto que después de la revolución de febrero de 1917, Lenin no plantea el derrocamiento del gobierno provisional sino hasta cuando cuentan con el apoyo total de los soviets.

En resumen, el marxismo-leninismo plantea que la dictadura del proletariado se logra con un partido altamente centralizado, pero tan elástico capaz de fundirse con las grandes masas para participar en la contienda por el poder político. Esta es la lección más importante que la Comuna de París pudo dejar al movimiento revolucionario.

La ausencia del marxismo

A 150 años de la Comuna, la opresión sobre las clases trabajadoras es ejercida de formas mas efectivas, el nivel de vida de los dueños de la fuerza de trabajo es paupérrimo y la clase dominante ha demostrado estar conectada entre sí en los diversos países. Con todo, no hay perspectivas claras sobre la posibilidad del surgimiento del proletariado como fuerza capaz de disputar el poder. ¿Cómo se explica? La hipótesis nuestra es la ausencia del marxismo-leninismo.

La caída de la Unión Soviética fue tomada como la prueba irrefutable de que el marxismo-leninismo como teoría de la revolución había quedado obsoleta para las nuevas condiciones de la lucha revolucionaria. Aunque desde la década de 1960 venían apareciendo voces que lo cuestionaban, principalmente a raíz de los movimientos estudiantiles de 1968, se llegó a la precipitada conclusión de que el partido y los líderes no eran necesarios para comenzar la revolución. Más adelante, las corrientes autonomistas comenzaron a ganar terreno, regresando en los hechos a las posturas anarquistas que la Comuna demostró como inviables. Se gesta, así, la idea de que no hay necesidad de contar con un partido de las clases trabajadoras, así como la idea de que no hay necesidad de luchar por el poder del Estado para cambiar el mundo (cambiar el mundo sin tomar el poder, diría John Holloway); se acepta la lucha de clases, pero se rechaza la dictadura del proletariado, reviviendo los planteamientos de Eduard Bernstein que Lenin criticó en El Estado y la Revolución.

Estás posturas, cuando analizan fenómenos como el de la Comuna, demuestran sus limitaciones, de manera tal que se vuelven dignas de mención. Es el caso de Miguel Urban y Jaime Pastor, quienes en su artículo El hilo rojo de la Comuna, mencionan que:

La Comuna se debe entender menos como un acontecimiento en la historia nacional francesa que como parte de un vasto cuadro mundial que conecta a través del hilo rojo de la historia la Revolución Rusa con la insurrección obrera en Asturias en 1934, la Barcelona insurgente de julio de 1936, mayo del 68, el movimiento zapatista desde 1994 y la Comuna de Oaxaca en 2006 en México, el movimiento indignado de 2011 o el confederalismo libertario kurdo en construcción.

(Urban y Pastor, 2021).

¿Cuáles son las limitaciones? Si bien es cierto que la Comuna no es un fenómeno exclusivo de la historia francesa, resulta complicado establecer una línea de continuidad entre la revolución de 1917, los movimientos del 68, las luchas indígenas, la comuna de Oaxaca, etcétera. Los autores expresan que lo más sobresaliente es la comuna de Nantes, donde se crearon comités de barrios, que se instalaron y que coordinaron la actividad económica: “(se emitieron unos bonos equivalentes a una cierta cantidad de alimentos), de transporte y docente (se crearon guarderías para hijos e hijas de huelguistas) hasta el fin del movimiento” (Urban y Pastor, 2021). Sin embargo, pasar de aquí a las experiencias autonomistas como continuidad de la Comuna es olvidar la primera lección que Engels mencionó sobre la importancia de la lucha política de la clase obrera, y olvidar lo que Marx decía a los comuneros de París: no se trata de repetir el pasado, sino de construir el futuro.

Si bien es cierto, como Urban y Pastor mencionan, que Lenin en el Estado y la revolución retoma la Comuna como “proyecto de poder revolucionario en el que inspirarse”, también lo es el hecho de que Lenin no hace una calca de esta, sino que observa sus limitaciones y desarrolla los lados débiles, y el aspecto más débil fue la ausencia del partido.

Analizando la Comuna, León Trotsky menciona que “no se puede conquistar el poder sin una poderosa presión revolucionaria de parte de las masas trabajadoras” (Trotsky, 1921/2001), y los movimientos antes mencionados son expresión de esa pasión revolucionaria. Pero enseguida, él mismo complementa:

Pero, en esta acción, el elemento preparatorio es inevitable. Y cuanto mejor comprenda el partido la coyuntura y el momento, mejor preparadas estarán las bases de apoyo, mejor repartidas estarán las fuerzas y sus objetivos, más seguro será el éxito y menos víctimas costará .

(Trotsky, 1921/2001).

Ahí donde en la actualidad la falta de líderes es vista como una virtud del espontaneísmo de las masas, y se opta por el localismo y la no necesidad del partido, el revolucionario ruso apunta que:

Sólo con la ayuda del partido, que se apoya en toda su historia pasada, que prevé teóricamente la dirección que tomarán los acontecimientos, sus etapas, y define las líneas de actuación precisas, puede el proletariado liberarse de la necesidad de recomenzar constantemente su historia: sus dudas, su indecisión, sus errores.

(Trotsky, 1921/2001).

No se trata de repetir al pie de la letra lo que los comuneros y bolcheviques proponen, sino de aprender de ellos. La caída de la URSS no significó en absoluto la obsolescencia del marxismo, al contrario, fue el abandono de este lo que ocasionó la caída del socialismo. Los 150 años de la Comuna se conmemoran con un gran vacío para el proletariado mundial, que desde la disolución de la III Internacional no cuenta con el partido que los guíe en la construcción de un mundo mejor


[1]“La Guardia Nacional parisina no era una fuerza militar profesional, sino que consistía en paisanos corrientes orgullosos de defender su ciudad y los barrios en los que habían sido movilizados. De hecho, parece que, durante la Guerra Franco-Prusiana, lo que quedaba del Imperio temía más a la Guardia Nacional plebeya que al Ejercito prusiano” (Merriman, 2017, p. 62).

[2] “París estaba sometido a constante bombardeo, dirigido además por los mismos que habían estigmatizado como un sacrilegio el bombardeo de la capital por los prusianos. Ahora, estos mismos individuos imploraban al gobierno prusiano que acelerase la devolución de los soldados franceses hechos prisioneros en Sedán y en Metz, para que les reconquistasen París” (Marx, 1870/1977, pp. 13-14).

[3] Aunque el partido socialdemócrata alemán tuvo una gran influencia de Engels, este partido no se desarrolló ni supo ser la vanguardia que los trabajadores alemanes necesitaron en su momento más crítico (primera guerra mundial), además de que sus máximos representantes se convirtieron en tergiversadores de las palabras del propio Engels para justificar su oportunismo.

[4] El objetivo de este trabajo no es hacer una historia del Bolchevismo, pero no se puede dejar pasar lo que menciona Kautsky sobre el hecho de que los revolucionarios rusos asimilaron del occidente la iniciativa revolucionaria, ya que una de las principales fuentes del conocimiento de la teoría revolucionaria (marxismo) fueron los exiliados que viajaban por el resto de Europa y conocieron las propuestas teóricas de Marx. Se observa también en el hecho de que fue en Rusia donde se hizo la primera traducción de El Capital.

[5] En México se creó el Partido Comunista en 1919 por indicaciones de la III Internacional. También es de destacar que una de las grandes figuras del movimiento revolucionario fuera de Europa se adhirió al marxismo gracias los escritos de Lenin, fue el caso del vietnamita Ho Chi Minh.

Referencias

Engels, F. (1973a). Contribución al problema de la vivienda. In C. Marx y F. Engels: Obras Escogidas, Tomo II. Editorial Progreso.

Engels, F. (1973b). Sobre la acción política de la clase obrera. In C. Marx y F. Engels: Obras Escogidas, Tomo II. Editorial Progreso.

Lenin, V. (1977). A la memoria de la comuna. In La Comuna de París. Editorial Progreso.

Lenin V. (2011). La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. Centro de Estudios socialistas Carlos Marx.

Lissagaray, P., & Ruiz, G. (1971). Historia de la Comuna de Paris. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Lowy, M. (2021). La Comuna de París: un salto de tigre al pasado. 16/06/21, de Jacobin Latinoamérica. Sitio Web: https://jacobinlat.com/2021/03/27/michael-lowy-la-comuna-de-paris-de-1871-un-salto-de-tigre-al-pasado/

Marx, K. (1977). La Guerra Civil en Francia. Moscú: Editorial Progreso.

Merriman, John (2017). Masacre: Vida y muerte en la Comuna de París de 1871, (trad. Juanmari Madariaga), Madrid: Siglo XXI de España Editores, S. A.

Trotsky, León. (2001). Las lecciones de la Comuna. 16/06/21, de marxist.org Sitio web: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1920s/1921_0204_1.htm

Urban, M. y Pastor, J. (2021) El hilo rojo de la Comuna. 16/06/21, de Jacobin Latinoamérica. Sitio Web: https://jacobinlat.com/2021/05/03/el-hilo-rojo-de-la-comuna/