Resumen de Materialismo y empiriocriticismo de Lenin: un mapa de posiciones filosóficas

Por Pablo Hernández Jaime| Mayo 2024

Este artículo tiene el objetivo de presentar, de manera clara y sintética, las principales ideas del libro Materialismo y empiriocriticismo (1974) del líder revolucionario Vladimir Ilich Lenin.

El libro en cuestión constituye la única obra extensa y sistemática de Lenin sobre filosofía. Por supuesto, tiene otros textos, como sus Cuadernos filosóficos (1986a), donde están compendiadas sus notas de trabajo de varios años en materia de filosofía. También hay documentos, como El significado del materialismo militante (1987) o Sobre el problema de la dialéctica (1986b), donde Lenin revisita ciertos planteamientos que contribuyen a completar o enmendar sus posiciones anteriores, algunas de ellas contenidas precisamente en Materialismo y empiriocriticismo. Sin embargo, este último texto resulta de particular interés precisamente por su carácter sistemático.

El presente artículo está dividido en cinco partes: primero, una contextualización biográfica del libro; segundo, una breve presentación de su estructura y objetivos; tercero, una síntesis de los contenidos generales de la obra; cuarto, un análisis de algunos de sus principales argumentos; y, quinto, una sección de balance y conclusiones.

I. Contexto biográfico

Lenin escribió Materialismo y empiriocriticismo entre febrero y septiembre de 1908, durante su segunda estancia en Ginebra, Suiza. Él ya había residido en este país entre 1903 y 1905, de donde emigró para volver a Rusia a finales del mismo año, con motivo de la revolución. La estancia de Lenin en Rusia implicó una intensa actividad política y organizativa, saliendo del país solo de manera esporádica a Suecia y Finlandia por congresos del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) o de La Internacional. Sin embargo, a finales de 1907, la creciente hostilidad y censura del gobierno ruso provocaron que el partido optara por el regreso de Lenin a Ginebra, donde se reinstaló en enero de 1908 con el objetivo de retomar la impresión de su periódico El Proletario (Walter, 1984).

Sin embargo, durante este mismo periodo, comenzaron a aflorar al menos tres discusiones políticas dentro del grupo de los bolcheviques, lo que, a juicio de Lenin, amenazaba su unidad política e ideológica.

La primera discusión se suscitó con respecto a una vertiente filosófica dentro del bolchevismo que había venido cobrando fuerza en los últimos años. Entre los camaradas involucrados se encontraba Alexandr Bogdánov, quien entre 1905 y 1907 publicó sus tres tomos de Empiriomonismo y que, junto con Basárov y otros autores más, había publicado también otro libro titulado Ensayos sobre la filosofía del marxismo. Dentro de esta vertiente teórica también figuraban nombres como los de Berman, Helfond, Iushkévich y Suvórov. La particularidad de estos autores es que, por un lado, notaban que era necesario esclarecer, profundizar y acaso sistematizar los planteamientos filosóficos del marxismo, especialmente aquellos relativos a la epistemología o teoría del conocimiento. Sin embargo, por otro lado, estos mismos autores consideraban que la mejor manera para cumplir esta tarea era seguir los pasos e influencia de los filósofos Ernst Mach y Richard Avenarius. Estos autores son los empiriocriticistas, una corriente filosófica que hoy podríamos emparentar de manera muy cercana con el positivismo. El problema con los empiriocriticistas, a juicio de Lenin, es que se alejaban decidida y categóricamente del punto de vista marxista en filosofía, lo que hacía que los intentos “marxistas” de Bogdánov por avanzar en filosofía terminaran por abjurar del marxismo mismo (Walter, 1984).

La segunda polémica se presentó en torno a las investigaciones de Anatoli Lunacharski sobre la relación entre religión y socialismo, impulsadas en parte por la derrota de la revolución de 1905, aunque iniciadas a finales del siglo XIX. Para Lunacharski, el movimiento socialdemócrata, en tanto variante del socialismo, debía contar con un arraigo no solo de conciencia entre las masas, sino que debía movilizar también y con mayor decisión las emociones y esperanzas. Para él, este doble componente de afectos y expectativas era algo que el socialismo compartía con las más diversas religiones, pues todas ellas contribuían a dar sentido, orientación e, incluso, algo de redención a la existencia, con la diferencia de que los socialistas prescindían de figuras divinas o teológicas, y evitaban las creencias místicas sobrenaturales. Siguiendo esta línea, en 1908 apareció el primero de dos tomos escritos por Lunacharski sobre Religión y socialismo, en donde, además de hacer un estudio histórico y sociológico de las religiones, definía al socialismo como una variante particular de religión y, además, proponía tratarlo programáticamente como tal (Boer, 2014). Para Lenin, tanto como para Plejánov, la homologación entre socialismo y religión era inadmisible, pues representaba una concesión reaccionaria a posturas fideístas y teológicas.

La tercera polémica, finalmente, fue de un carácter más directamente político y consistía en si participar o no en el parlamento ruso. Después de las jornadas revolucionarias de 1905, la monarquía autocrática rusa se convirtió en una monarquía constitucional, lo que supuso la formación de un parlamento o Duma. La primera Duma fue electa en marzo de 1906 y disuelta en junio de ese mismo año, sin la participación de la socialdemocracia. Meses después, se convocó a nuevas elecciones para enero de 1907. Esta vez, bajo la influencia de Lenin, el POSDR decidió participar. Sin embargo, la Duma fue nuevamente disuelta en junio, y esta vez la disolución vino acompañada de una persecución contra los representantes socialdemócratas, lo que reforzó los ánimos de algunos bolcheviques por abandonar la lucha parlamentaria. A pesar de esto, el POSDR participó nuevamente en las elecciones para una tercera Duma en noviembre de 1907, obteniendo 16 diputaciones. Sin embargo, ya se había formado una corriente abstencionista, también denominada otzovista, de la que formaban parte bolcheviques como Alexinski, Bogdánov y Lunacharski. Lenin, por su parte, estaba diametralmente en contra de esta postura, pues consideraba que participar en la Duma era una buena oportunidad para no perder las pocas posiciones estratégicas ganadas frente a la reacción (Asamblea Federal de la Federación de Rusia, 2023; Bambirra & Dos Santos, 2023; Walter, 1984).

Estas eran las tres polémicas que enfrentaba Lenin en enero de 1908. Para colmo de males, sus opositores internos se encontraban relativamente coaligados: Lunacharski simpatizaba con las posturas filosóficas de Bogdánov, a quienes se sumaba también Gorki, y, además, ambos se alineaban dentro de la corriente abstencionista. Lenin combatió decididamente a los otzovistas. Sin embargo, también consideraba necesario esclarecer lo que él consideraba desviaciones en materia de filosofía marxista. Por este motivo, en cuanto Lenin logró hacerse con el tiempo suficiente, dedicó esfuerzos importantes a elaborar una obra sistemática y minuciosa que permitiera esclarecer en qué consistían los errores de los empiriocriticistas.

II. Estructura y objetivo del libro

Materialismo y empiriocriticismo consta de once apartados que incluyen dos prólogos, una introducción, seis capítulos, una sección de conclusiones y un “complemento” a la sección I del capítulo IV. La obra es extensa, casi 500 páginas en algunas ediciones. Sin embargo, tanto el objetivo como la estructura general del texto son relativamente sencillas.

El objetivo de Lenin con este libro es dejar claro que la filosofía marxista es decididamente materialista y que, como tal, acepta sin ambages, mas no irreflexivamente, la existencia de la realidad en sí misma, es decir, de la realidad con independencia inmediata de nuestra conciencia individual. Asimismo, Lenin también quiere dejar claras al menos dos cosas en materia de teoría del conocimiento: la primera es que el marxismo acepta que el conocimiento científico de la realidad es posible, aunque dicho conocimiento sea siempre relativo, histórico, contextual y aproximado, pues ninguno de estos matices elimina la posibilidad de construir conocimiento objetivo; la segunda es que todo el conocimiento deriva, aunque no de manera directa ni mecánica, de la realidad material, siendo incluso las matemáticas un producto del pensamiento humano, una elaboración histórica donde las personas logramos abstraer regularidades del mundo para poder trabajar con ellas de manera puramente lógica o formal.

La labor de Lenin a lo largo de todo el libro es contrastar lo que él considera la postura filosófica del marxismo con otras, principalmente con la de los empiriocriticistas que cuestionan severamente la posibilidad de asegurar la existencia de la realidad en sí misma, así como la de producir conocimiento objetivo, argumentando que todo el conocimiento que tenemos del “mundo” está atravesado por nuestra experiencia subjetiva y, por tanto, lo que conocemos no es la realidad en sí misma sino nuestra pura percepción. El contraste de esta, y otras posturas, con el materialismo es lo que le permite a Lenin distinguir y clasificar, como en un mapa, las distintas posiciones filosóficas, denunciando además que Bogdánov y compañía tienen todo el derecho de volverse empiriocriticistas en filosofía si así lo quieren, pero de lo que no tienen derecho es de suplantar la filosofía marxista con filosofías reaccionarias.

III. Contenido general del libro

El primer prólogo del texto está fechado en septiembre de 1908. Aquí, Lenin nos advierte que sus intenciones son precisamente las que acabamos de mencionar: desenmascarar a un grupo de falsos, pero pretendidos filósofos marxistas. El prólogo de la segunda edición, de 1920, no añade más información ni advierte de cambios relevantes en el libro. La introducción, por su parte, se titula Cómo refutaban el materialismo ciertos “marxistas” en 1908 y cómo lo refutaban ciertos idealistas en 1710. Aquí, Lenin comienza a contrastar las filosofías del marxismo y del empiriocriticismo, indicando que los ataques de este último contra el materialismo no son novedosos, sino que siguen los pasos de filósofos precedentes como Mach y Avenarius e incluso Berkeley en el siglo XVIII.  

La primera mitad del libro está integrada por tres capítulos titulados La teoría del conocimiento del empiriocriticismo y la del materialismo dialéctico, I, II y III, respectivamente.

En el primero de estos capítulos, Lenin presenta los principales argumentos para definir y caracterizar al materialismo y al empiriocriticismo, elaborando, además, una crítica inmanente de esta segunda postura. Una crítica inmanente consiste en asumir el punto de vista de la teoría adversaria y llevarla coherentemente a sus últimas consecuencias, haciendo evidentes sus implicaciones, posibles errores y limitaciones. Este es uno de los procedimientos más fuertes del libro, pues Lenin concluye que, si los empiriocriticistas llevan al límite su postura y niegan categóricamente la existencia de la realidad, entonces, tendrían que abrazar el solipsismo, es decir, una postura donde lo único que existe es un yo abstracto y del cual solo conocemos su experiencia, pero sin saber nada de la existencia de la realidad exterior, incluyendo la existencia de las otras personas.

Pero, si los empiriocriticistas quisieran evitar el solipsismo, entonces podrían seguir alguno de al menos cuatro caminos. El primero sería recurrir, como algunos filósofos, a la idea de Dios para salvar la existencia del mundo, aunque no de manera materialista, sino teológica. Una segunda vía, a la manera de Kant, sería aceptar la existencia de la realidad en sí, pero negando toda posibilidad de conocerla, cayendo en una postura dualista, es decir, una postura donde se asume que la realidad está compuesta de dos mundos o ámbitos de la realidad que se trascienden mutuamente[1]. Una tercera alternativa para los empiriocriticistas sería volverse decididamente materialistas, aceptando la existencia de la realidad, prescindiendo de la divinidad, de posturas teológicas, y asumiendo que la conciencia es solo una propiedad emergente de una forma particular de organización de la materia, es decir, una propiedad que surge de nuestra doble condición evolutiva e histórica como seres humanos vivientes y sociales[2]. El cuarto camino, finalmente, sería incurrir en eclecticismo, es decir, en una postura que combina ideas del materialismo y del empiriocriticismo, pero de manera incongruente: argumentando contra la certeza de la realidad, pero suponiendo de vez en cuando la existencia de las cosas. Esta última es la postura que, de acuerdo con Lenin, terminan por asumir Bogdánov y los demás empiriocriticistas bolcheviques.

Continuando con esta línea, en el segundo capítulo Lenin nos presenta los intentos de Chernov, Basárov y otros para conciliar marxismo y empiriocriticismo, tergiversando por lo general los planteamientos de Marx, Engels, Feuerbach o Dietzgen, e incurriendo a cada paso en eclecticismo. En este capítulo, además, se aclaran varias nociones y conceptos importantes como los de verdad absoluta y relativa, objetividad y criterio de verdad, comparando en cada momento los análisis de materialistas y empiriocriticistas. El tercer capítulo amplía esta comparación, señalando la forma en que ambas posturas analizan problemas como los de la causalidad, la unicidad del mundo, el espacio y el tiempo, la libertad y la necesidad, o los conceptos de materia y experiencia.

Para resumir las discusiones de todos estos conceptos necesitaríamos mucho más espacio en este artículo, sin embargo, es importante hacer algunas menciones, particularmente en torno al problema de la unicidad del mundo. Tanto materialistas como empiriocriticistas defienden una visión monista del mundo, es decir, una perspectiva donde la realidad es una sola. La diferencia está en que, para los materialistas, “la real unidad del mundo estriba en su materialidad” (Engels, 1968, p. 30) y la materia es todo lo que existe con independencia inmediata de nuestra conciencia individual. En otras palabras, la realidad existe en sí misma como totalidad, nosotros somos parte de ella y nuestra conciencia solo es el resultado de una forma particular de su organización. Para el materialismo somos materia pensante y nuestro pensamiento es el producto de desarrollos evolutivos, históricos y personales, sin trascender nunca los marcos de esta realidad.  

En cambio, para los empiriocriticistas la unidad del mundo se encuentra en algo que ellos denominan “coordinación de principio”. Esta “coordinación” lo que sostiene es que, así como no podemos hablar del mundo en sí mismo porque, finalmente, lo único que conocemos son nuestras sensaciones y percepciones, del mismo modo, tampoco podemos entender nuestra percepción separada de los fenómenos. Por eso, lo que dicen los empiriocriticistas es que, de lo único que podemos tener certeza, es de que existe una coordinación originaria e indisoluble entre nuestra experiencia y los fenómenos. Eso es la coordinación de principio y es precisamente por esta idea por lo que Lenin señaló que, llevado a sus últimas consecuencias, el empiriocriticismo deriva en solipsismo.  

Con respecto a otras problemáticas, como la causalidad, el espacio y el tiempo, para el materialismo se trata de atributos reales, propios de la materia y que nuestra conciencia ha ido conociendo progresivamente. Para los empiriocriticistas, en cambio, estos atributos no son imputables a la realidad, sino que son el resultado de nuestra percepción de los fenómenos. Consecuentemente, los empiriocriticistas dicen que toda verdad es absolutamente relativa, pues depende de las experiencias y fenómenos particulares. El materialismo, en cambio, también dice que la verdad es relativa y aproximada, pero solo en la medida en que se acerca al conocimiento objetivo de la realidad. Para el materialismo las verdades relativas son aproximaciones necesarias y progresivas, aunque nunca acabadas, de la verdad absoluta (Kursánov, 1977).

Pero incluso la concepción misma de verdad es diferente para materialistas y empiriocriticistas. Este punto es bastante sutil, pero muy importante. Para los materialistas la verdad se demuestra en la práctica, por la correspondencia de nuestras creencias con la realidad. Aquí, por supuesto, la experiencia es una ventana al conocimiento de dicha realidad, pero las apariencias nos engañan, por eso no es suficiente con que nuestras creencias se correspondan con nuestra experiencia inmediata, sino que se vuelve necesario hacer esfuerzos mayores por conocer la realidad de manera más profunda y precisa. Por eso, para el marxismo, la ciencia es una actividad indispensable. Para los empiriocriticistas la verdad también ocurre por correspondencia, pero solo al nivel de las experiencias y no con respecto a la realidad. Esta diferencia tiene consecuencias muy relevantes. En términos epistemológicos, hace que los empiriocriticistas caigan en el relativismo que ya mencionamos. Pero en términos prácticos, los vuelve pragmáticos e incluso practicistas, pues para ellos la “verdad” es solo lo que da resultados en su experiencia y práctica inmediatas[3].

La segunda mitad del libro corresponde a los capítulos IV, V y VI. Aquí, Lenin analiza problemáticas particulares como la relación del empiriocriticismo con otras formas de idealismo, la disputa entre materialistas y empiriocriticistas en las ciencias naturales, especialmente en la física, y el empiriocriticismo en las ciencias sociales.

En el capítulo IV, titulado Los filósofos idealistas como compañeros de armas y sucesores del empiriocriticismo, Lenin indica cómo los empiriocriticistas no son los únicos que combaten al materialismo, sino que se encuentran acompañados por algunas otras vertientes de la filosofía idealista. Entre estas vertientes se encuentran los neokantianos, que aceptan la realidad en sí misma negando su cognoscibilidad, o los inmanentistas, que abrazan una postura similar a la de los empiriocriticistas, pero decididamente subjetivistas. En este capítulo, además, Lenin vuelve a señalar cómo las filosofías que cuestionan la existencia de la realidad no pueden permanecer en la indefinición, sino que terminan por avanzar en alguna de dos direcciones: “por la derecha”, hacia alguna forma de idealismo o eclecticismo o, “por la izquierda”, hacia el materialismo consecuente.

El capítulo V, por su parte, se titula La novísima revolución en las ciencias naturales y el idealismo filosófico. Aquí, Lenin analiza cómo es que algunos científicos en el terreno de la física, por su poca formación filosófica e influidos por el positivismo, terminaron abrazando posturas cercanas al empiriocriticismo, por ejemplo, concluyendo que los nuevos descubrimientos de la mecánica ponían en duda la existencia de la materia. Aquí, la aclaración de Lenin es importante, porque distingue el concepto filosófico de materia del concepto físico, señalando que en términos filosóficos la materia es aquello que existe con independencia inmediata de nuestra conciencia individual, y nada más. No importa la manera en que distingamos materia de energía en la física, ambas cosas son materiales desde el punto de vista filosófico, y no importa tampoco si la observación de un fenómeno sesga o influye en el comportamiento de dicho fenómeno porque, finalmente, la relación del observador con el fenómeno es también parte de la realidad material que intentamos conocer. 

Por otro lado, el capítulo VI, cuyo nombre es El empiriocriticismo y el materialismo histórico, complementa los análisis anteriores indicando cómo es que los filósofos empiriocriticistas trasladan sus posturas ontológicas y epistemológicas al terreno de las ciencias sociales, unas veces tergiversando a Marx y otras veces cayendo en posturas psicologistas, es decir, enfatizando de manera hipertrofiada el papel de la subjetividad en la formación de los fenómenos sociales.

El apartado de conclusiones es sumamente breve y, en él, Lenin solo subraya la necesidad de analizar el empiriocriticismo desde los cuatro puntos considerados por él: primero, identificándolo por su contraste con las bases teóricas del materialismo dialéctico; segundo, situándolo entre el resto de escuelas y corrientes filosóficas; tercero, considerando su ligazón con una vertiente particular de las ciencias naturales; y, cuarto, comprendiendo su disputa con el materialismo como parte de la lucha de clases.

IV. Argumentación central del libro

Materialismo y empiriocriticismo es un libro extenso, pero relativamente simple en su argumentación central; es exhaustivo, pero mayormente descriptivo. Digo que es una obra extensa porque es prolijo en ejemplos y citas, lo que contribuye de manera importante a prolongar la redacción. Lenin cita constantemente a los materialistas, empiriocriticistas, neokantianos y demás con el objetivo de dejar clara la postura de cada grupo en cada apartado del libro. Sin embargo, el hilo argumental es relativamente simple pues la mayor parte del libro se limita a clasificar lo que puede ser considerado materialismo y lo que no. Eventualmente Lenin hace algunas aclaraciones para distinguir el materialismo dialéctico del no dialéctico. Pero en general, el libro se restringe a señalar que el materialismo consiste en aceptar la existencia de la realidad en sí misma y su cognoscibilidad, mientras que el empiriocriticismo pone en duda estas certezas, a veces rechazándolas de manera categórica, postura que comparte de manera parcial con algunas variantes de idealismo y que, en ciencias naturales, había sido adoptada por algunos físicos. Digo también que es un libro exhaustivo porque abarca una gran variedad de temas filosóficos y algunos científicos. Aunque la mayoría de estos temas no son desarrollados de manera amplia, sino que Lenin se limita a describir y citar la manera en que unos y otros autores abordan el problema.

Esta es, en términos generales, la línea argumental del libro. Sin embargo, es necesario detenernos en dos cuestiones importantes: ¿qué argumentos usa Lenin para sustentar la postura materialista? y, ¿en qué consiste la parte dialéctica del materialismo en esta obra?

Hasta ahora dijimos que Lenin afirma que el materialismo reconoce la existencia de la realidad y su cognoscibilidad. Pero no hemos dicho por qué. En el libro, Lenin presenta y desarrolla un solo argumento para sostener el punto de vista materialista. El argumento también es sostenido por Engels, Plejánov y Feuerbach, y considero que podemos denominarlo el argumento del descubrimiento nuevo de cosas viejas. El argumento es bastante sencillo y consiste en señalar que en el momento en que yo descubro o conozco algo que antes no conocía, pero del cuál tengo razones suficientes para creer que su existencia precede a mi descubrimiento, entonces, tengo razones también para creer que su existencia es independiente de mi conciencia individual y mi percepción.

Un ejemplo muy sencillo podría ser el siguiente: si Pedro conoce a Ana por primera vez y platican sobre lo que ambos hicieron el fin de semana, entonces, ambos tendrán razones para creer que la otra persona existe de manera independiente y que su existencia es precedente a su encuentro. Este ejemplo, por su simplicidad hasta pudiera resultar risible. Pero se pueden poner ejemplos más elaborados sin que cambie la lógica del razonamiento, por ejemplo, señalando el descubrimiento de las ondas electromagnéticas, dentro de las cuales podemos encontrar a la luz visible, pero también otras frecuencias de onda como los rayos x o la luz ultravioleta que no son perceptibles a simple vista, pero que existían antes de que las descubriéramos. Esta es la misma lógica del famoso ejemplo usado por Engels en su libro Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1974) sobre el descubrimiento de la alizarina por parte de la química.

Sin embargo, cabe señalar que este argumento en favor del materialismo resulta un tanto débil si lo oponemos a las objeciones de los empiriocriticistas, pues el argumento asume lo que pretende demostrar (el conocimiento de la realidad con independencia de la experiencia). Me explico: el argumento de los empiriocriticistas es que todo conocimiento está filtrado necesariamente por la experiencia, de manera que nuestro conocimiento del mundo, al margen de dicha experiencia, es un enigma, algo totalmente desconocido. Con el argumento del descubrimiento nuevo de cosas viejas lo que hacemos es comparar dos momentos: uno en el que no se tenía experiencia de un fenómeno y otro en el que ya se tiene experiencia de él. Sin embargo, en ambos momentos estamos hablando de la experiencia de un fenómeno, por lo que la objeción del empiriocriticismo seguiría en pie: la realidad en sí misma, al margen de la experiencia, seguiría siendo desconocido.

A pesar de esto, el argumento da un paso muy importante porque permite afirmar que tenemos razones suficientes para creer que hay cosas que existen, aunque no las hayamos experimentado aún (y aunque siga en duda su cognoscibilidad). Así, aunque el argumento no refuta el planteamiento empiriocriticista a nivel epistemológico, sí abona razones para justificar la existencia independiente de la realidad. En este sentido, el argumento, aunque no es definitivo, es válido y útil.

En este punto vale la pena señalar un argumento adicional que Lenin no apuntala, pero para el que sí cuenta con la mayoría de los elementos. Me refiero a un razonamiento que podemos identificar como el argumento del ser es ser determinado. Este argumento también es desarrollado por Feuerbach (1964) y Marx (1972; 1971), quienes a su vez lo retomaron de Hegel y Spinoza (Iliénkov, 1977). El argumento en cuestión es un poco más complicado que el anterior, pero lo que señala es básicamente que, una vez que aceptamos que la unicidad del mundo descansa en su materialidad, es decir, una vez que consideramos que el mundo es uno, que existe con independencia de nuestra conciencia inmediata y que nosotros solo somos una parte de él, entonces es necesario entender que todas las cosas en dicho mundo existen como parte de una totalidad y que cada cosa existe por intermediación de las demás, incluyéndonos a nosotros. La implicación de esto es que las cosas aisladas, desprovistas de determinaciones son solo una ficción, un producto de la abstracción y de nuestra imaginación. En la realidad las cosas existen con todos sus atributos y mediaciones, con todas sus determinaciones, porque la existencia del mundo es la existencia del mundo en su totalidad: el ser es ser determinado.

Una vez entendido esto, entonces, podemos decir al menos dos cosas más. La primera es que sí, la realidad existe con independencia inmediata de nuestra conciencia individual. Yo puedo tener creencias verdaderas o falsas, pero la realidad está ahí y es como es. La segunda cosa que conviene señalar es que no importa, o al menos no es catastrófico, que nuestro conocimiento del mundo esté sesgado por nuestra percepción, pues tal sesgo es real. Conocemos a partir de nuestras limitaciones y determinaciones, desde nuestro contexto y con información restringida. Pero el secreto está en que todos estos sesgos y limitaciones son parte de la misma realidad en la que nos encontramos, de la que formamos parte y que intentamos conocer. Por eso, aunque el conocimiento es relativo, contextual e histórico, es al mismo tiempo objetivo, pues nos habla directamente del mundo que habitamos. Pero dicho conocimiento, con todas sus limitaciones y sesgos no solo nos aproxima al conocimiento positivo del mundo, sino que también nos acerca al conocimiento de nuestras limitaciones y sesgos. Así, conforme la ciencia avanza nos permite ver mejor el mundo y, al mismo tiempo, perfeccionar nuestra mirada sobre él, preparándonos para nuevos descubrimientos. La realidad es cognoscible.

Hablando de dialéctica, Materialismo y empiriocriticismo no es muy abundante en el tema. La dialéctica en este libro se restringe en buena medida a las consideraciones de que todo cambia y está en movimiento, así como al planteamiento de que nuestro conocimiento del mundo es al mismo tiempo relativo y objetivo, es decir, que es limitado, pero aproximado al conocimiento total de la realidad, insertándose en un proceso progresivo de desarrollo donde nuestro conocimiento se perfecciona constantemente, aunque sin llegar a agotarse nunca. Para Lenin, ésta es una de las principales diferencias epistemológicas entre los materialismos precedentes y el materialismo dialéctico, pues este último asume que las personas participan activamente en la elaboración del conocimiento. Por supuesto, todo esto es parte de la dialéctica. Sin embargo, por el énfasis del libro en distinguir el materialismo de otras posturas, Lenin no profundiza más, por lo que resulta conveniente complementar la lectura de este trabajo con obras posteriores.

V. Balance y conclusión

Materialismo y empiriocriticismo es un texto escrito en 1908 al calor de tres disputas políticas al interior del POSDR. El objetivo de su autor era, más que sintetizar o desarrollar profusamente la filosofía del marxismo, denunciar a un grupo de pretendidos filósofos marxistas que coqueteaban con el empiriocriticismo. Este objetivo influyó enormemente en la estructura y contenido general del libro. Lenin invierte muchos de sus esfuerzos en mostrar al lector las diferencias entre lo que puede ser considerado materialismo y lo que no. Sin embargo, y por el mismo motivo, el libro resulta ser bastante descriptivo, deteniéndose poco en explicar, por ejemplo, cómo es que el materialismo dialéctico es una síntesis y superación no solo de las posturas idealistas precedentes, sino también de las formas anteriores de materialismo.

El texto deja la impresión de que Lenin pareciera sostener que el materialismo es por sí mismo superior al idealismo, cuando el valor de una filosofía no se encuentra solo ni fundamentalmente en este hecho, sino en su contribución al avance del conocimiento, y en esto muchas filosofías idealistas han tenido enormes aportaciones. Por supuesto, no es que Lenin declare que el materialismo es mejor solo por ser materialismo, pero la estructura del texto lo sugiere, y es comprensible dado el objetivo del libro. Por eso es muy importante tener en cuenta los análisis de Lenin en textos como El significado del materialismo militante (1987) o Sobre el problema de la dialéctica (1986b). En estos trabajos, y siguiendo de cerca a Hegel, Lenin deja bastante claro que la filosofía es su historia, por lo que cada etapa y corriente filosófica es relevante en la medida en que abona al desarrollo de algún aspecto del conocimiento.

Por su carácter recopilatorio, que incluye una importante cantidad de citas, referencias y autores, Materialismo y empiriocriticismo puede servir como una buena introducción al estudio de la filosofía marxista, particularmente, en lo que al materialismo se refiere. Por supuesto, sería necesario tener muy en cuenta el contexto de la obra, sus objetivos y limitaciones. Materialismo y empiriocriticismo no puede ser considerado una síntesis acabada ni mucho menos definitiva de la filosofía marxista. En este sentido, para profundizar en la perspectiva dialéctica del problema están otros textos como los ya mencionados, aunque, en todo caso, sería imprescindible estudiar la historia misma de la filosofía.


Pablo Hernández Jaime es doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Para Kant, estos mundos son el del sujeto en sí y el de la realidad en sí o noúmeno. Para Kant, ambos existen y solo son comprensibles en su interacción, lo que da origen a la experiencia y a los fenómenos. Sin embargo, la existencia del sujeto trasciende a la existencia de la realidad material, por lo que existen cosas, como intuiciones o categorías que son puras del entendimiento y la conciencia, mientras que, por otro lado, la realidad en sí también trasciende al sujeto, por lo que la realidad existe con independencia de nosotros, pero es imposible de conocer (Kant, 1980).

[2] Los psicólogos materialistas posteriores a Lenin retomaron esta doble condición para el estudio de la psicología humana, considerando, por un lado, el origen, estructura y funcionamiento del sistema nervioso (Luria, 1980) y, por otro lado, el papel de la cultura y su historia como factor de desarrollo psicológico en los individuos (Vygotski, 1979). 

[3] Una conjetura interesante en torno a las implicaciones del relativismo filosófico sobre la política es que, precisamente por la ausencia de verdad objetiva, los relativistas devenidos en practicistas terminan por anteponer unilateralmente las relaciones de poder frente a la verdad. Para un relativista la verdad es secundaria, pues es el resultado de la correlación de fuerzas. La imposición de un orden político es lo que da origen a la verdad y no es, como en el socialismo científico, la verdad la que debe servir de guía a la acción política. Aquí la verdad no se demuestra, se impone, y como cada verdad es relativa a las particularidades de cada grupo o sector social, la política que los relativistas proponen seguir termina siendo una política sectaria, sofística e impositiva, es decir, una política orientada a mantener la “pureza” interna, marginando todo lo que no se considere parte del canon de creencias establecido, y recurriendo a la demagogia o cualquier otro medio para ganar o mantener el apoyo popular. El problema con estas posturas es que al eliminar la verdad objetiva eliminan también cualquier criterio para corregir su posición política, por lo que terminan sustituyendo la búsqueda de la verdad por un dogma. Esta es, en buena medida, la ligazón que años después encontraría Lukács (1968) entre el irracionalismo y el fascismo.

Referencias

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