Inteligencias artificiales y artistas digitales

OPINIÓN Por: Pablo Hernández

Diciembre 2022

En 2022 se hicieron populares las Inteligencias Artificiales(IAs) que producen “arte digital.”

Aquí podríamos abrir un debate sobre si estas obras pueden ser consideradas arte o podríamos discutir en qué medida estas tecnologías permiten automatizar no solo la reproducción de las obras artísticas, sino su producción. Sin embargo, hoy quiero hablar de cómo este tipo de tecnologías pueden afectar (y parece que ya lo están haciendo) el trabajo de algunos artistas y diseñadores.

Puesto en términos simples, lo que denominamos IA es un algoritmo diseñado y entrenado para resolver cierto tipo de tarea. Una de las características frecuentes de estos algoritmos es que son capaces de “aprender”; es decir, que son capaces de corregir y actualizar su desempeño con base en su “experiencia.” Aquí podríamos tener también toda una discusión sobre qué son y cómo entendemos las IAs. Pero quedemos de acuerdo en que esta es solo una definición mínima y aproximativa.

Las IAs que producen arte digital son algoritmos entrenados con millones de imágenes y sus descripciones, de manera que una computadora sea capaz de “crear”, a partir de instrucciones textuales o referencias gráficas, una imagen nueva, a veces sumamente detallada, en un estilo artístico particular y en solo segundos.

Ante el rápido desarrollo de estas tecnologías, algunas personas se han preguntado si este tipo de IAs harán que los artistas gráficos se vuelvan superfluos. En mi opinión, el arte no puede dejar de tener cierto factor humano y, en consecuencia, estas tecnologías no harán prescindibles a los artistas; sin embargo, cabe preguntarse si pueden significar una amenaza para el empleo e ingresos de muchos diseñadores y artistas digitales.

Para intentar responder esta pregunta consideremos lo siguiente: en principio, la tecnificación y automatización suelen reducir los tiempos y costos de la producción y, muchas veces, también reduce la complejidad de los procesos de trabajo. En otras palabras, el desarrollo tecnológico aumenta la productividad, permitiendo que se produzca más con la misma o menor cantidad de esfuerzo humano y, además, reduce el nivel de capacitación necesaria para realizar dicho trabajo, por lo que más personas pueden llevarlo a cabo. Todo esto hace que el mercado de trabajo necesite relativamente menos trabajadores para las áreas tecnificadas y que sus salarios tiendan a reducirse.

Con la producción de arte digital, las IAs pueden hacer precisamente esto: reducir los tiempos y costos, así como la capacitación necesaria, para producir ciertas obras. En consecuencia, podríamos esperar una menor demanda relativa de diseñadores digitales, así como una reducción de sus salarios o pagos por trabajo.

Por supuesto, es probable que la calidad del “arte” producido con IAs no sea aún tan buena como para ser solicitada por las grandes empresas. Sin embargo, otros sectores muy amplios aprovecharán esta oportunidad para abaratar sus gastos en publicidad e imagen. Además, si estas tecnologías se perfeccionan, y creo que así será, su uso se generalizará y, en consecuencia, podemos vislumbrar un horizonte laboral poco halagüeño para muchos diseñadores y artistas, mismos que ya de por sí deben lidiar con la fragilidad y precariedad del autoempleo.

No obstante, nada de esto es nuevo. Este proceso, de menoscabo del empleo frente a la tecnificación de la producción, es el mismo que deben enfrentar la mayoría de los empleos en el capitalismo. Es muy probable que en el futuro sean cada vez más los artistas, administradores, intelectuales y profesionistas que deban enfrentar situaciones análogas a esta.

Por eso resulta necesario analizar bien la cuestión. No podemos esperar que el mundo y la tecnología se detengan. Lo que sí podemos y debemos considerar es que la tecnología no es el problema de fondo. Con mejores tecnologías aumenta nuestra capacidad para crear más y mejores riquezas, de forma más barata, rápida e incluso sustentable. El problema es, más bien, la manera en que la economía está organizada en torno a los mercados y a la propiedad privada, lo que termina por someter el empleo a las lógicas antes dichas.

Bajo el capitalismo, el desarrollo tecnológico aumenta la productividad, pero también precariza el mercado de trabajo. Quizá, más que emprender una cruzada ludista contra las maquinas, debamos empezar a cuestionar las condiciones sociales que hacen que objetos potencialmente benéficos resulten en nuestro perjuicio. Porque, como dijo Sor Juana, “¿qué culpa tiene el acero / del mal uso de la mano?”.


Pablo Hernández Jaime es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.