¿Quién vigila a los vigilantes?

OPINIÓN Por: Alan Luna

Noviembre 2022

El problema es viejo. Desde que existe la sociedad dividida en clases sociales ha existido un organismo encargado de representar al conjunto de la población y no, supuestamente, al interés particular de algún u otro sector.

Ya en la República de Platón, cuando se describe a la sociedad perfecta, se propone que además de la división del trabajo, que él considera natural para el funcionamiento de una sociedad, debería proponerse la creación de la clase de los guardianes, dedicados a proteger la ciudad. Como es natural, los guardianes tendrían un poder adicional sobre los demás ciudadanos, quienes inmediatamente se preguntarían “¿quién nos protegerá de los protectores?” La respuesta de Platón es curiosa: deberá educarse a los guardianes para que se sientan superiores a aquellos que protegen, de esta manera creerán que es su deber proteger y servir a aquellos que son inferiores a ellos. Esto debería complementarse, agrega el filósofo, con inculcarles una aversión al poder y los lujos, pues así podrán gobernar porque creen que así debe ser y no por ambición de poder o dinero.

Todas estas ideas fueron evolucionando con la filosofía política misma, a pesar de las distintas variantes con que se fueron enriqueciendo estos planteamientos permaneció una cuestión central, a saber, la de considerar que el poder del Estado es superior al de los individuos porque representa a toda la sociedad y no a una parte de ella.

Así pasó con el contractualismo, que reconocía la desigualdad dentro de la sociedad. Más aún, reconocía que la desigualdad provocaba inconformidad y, por lo tanto, intereses distintos, mismos que representaban los deseos de cada clase social. El Estado era entonces necesario para mediar entre los distintos intereses y procurar hacer efectiva una agenda de interés común. Aquí hay un importante avance respecto a la postura de Platón, en donde debe apostársele a la buena voluntad y educación de los guardianes, ahora se acepta, sobre todo con Rousseau, que si la mayoría decide cambiar la forma de su gobierno pueden hacerlo, pues es esta mayoría la que legitima a los organismos encargados de vigilar el contrato social.

Hegel, y después Marx todavía de manera más crítica, pone en duda las buenas intenciones del aparata del Estado. Desde su punto de vista no hay imparcialidad frente a la diferencia de opiniones, sino servilismo hacia las clases poseedoras de los recursos económicos. El Estado no es mas que la forma en que las clases poderosas se aseguran el mantenimiento del poder económico, el único que realmente les importa. Así, el derecho, las leyes, la política, etc., se convierten en medios para poder mantener el control, pues saben del peligro que implica la enorme desigualdad que se crea por causa directa de la producción de su riqueza.

Por lo menos para la sociedad actual no podemos confiar ni en la buena intención de los guardianes de Platón, ni en que el Estado creará verdaderamente los organismos encargados de velar por el interés de todos los miembros de una sociedad. Nos queda la verdadera arma que siempre han tenido las mayorías, su organización y educación. Es la enorme presión popular la que verdaderamente ha logrado cambios favorables de los que ahora bastantes trabajadores se benefician. Ningún guardián ha venido a imponer jornadas laborales que no atenten contra la vida misma, salarios bien remunerados o un programa de salud eficaz. El poco avance que se tenga en cualquiera de estos aspectos le ha costado mucho más a los trabajadores del mundo que a los poseedores del capital. No esperemos que hagan lo que nunca han hecho, impulsemos la única acción que ha sido efectiva, la concientización y organización populares.


Alan Luna es filósofo por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.