A propósito de las monarquías… Leopoldo II en el Congo

OPINIÓN Por: Citlali Aguirre

Octubre 2022

Ota Benga era un congoleño de 1.25 metros de alto y 23 años de edad que llegó en 1906 al zoológico de Nueva York. Pasó la mayor parte de su tiempo como “empleado” en una jaula gigante en la sección de primates. Los visitantes no estaban seguros de lo que era. Parecía un hombre muy pequeño y oscuro con dientes grotescamente puntiagudos. Dominaba el arco y las flechas, y entretenía a la multitud disparándolas. Hacía gala de su habilidad para tejer con hilo, ponía caras divertidas y bebía refrescos. Para animar el interés de los paseantes, los guardianes del zoológico colocaban huesos dentro de la jaula en la que él pasaba su tiempo. El New York Times versaba:

De su oscura tierra nativa

al país de los libres

 para el interés de la ciencia

 y de toda la humanidad. 

¿Por qué estaba Ota Benga en Nueva York? Ota Benga pertenecía a la tribu recolectora y cazadora de los mbuti o bambuti que habitaban en el Congo cuando este país era considerado propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica. Leopoldo II era heredero de una de las casas reales más poderosas, cuyos miembros ya dominaban territorios en Europa y América. La influencia de su familia llegaba hasta México, dado que Carlota, la esposa de Maximiliano I, era hija de Leopoldo I. Mientras reinaba en Bélgica, Leopoldo II se ocupó de convertir el Congo en un verdadero infierno.

Para finales del siglo XIX, el Congo era el principal exportador de marfil, que servía para la elaboración de mangos de navajas, peines, bolas de billar, anillos, broches y estatuillas. La caza de elefantes se convirtió en una euforia sangrienta para emprendedores europeos y para los habitantes nativos que veían en el marfil un medio de sobrevivencia. Como el territorio congoleño era “suyo”, Leopoldo comenzó a lucrar con los impuestos; sangraba a los congoleños que, ante su incapacidad de pagar, se veían obligados a trabajar en la industria que se gestaba en el Congo: la industria del caucho.

La patente de la bicicleta en 1888 disparó la demanda del caucho a nivel mundial, haciendo del Congo la zona productora más rentable. Hacia 1896, el caucho superó al marfil en las exportaciones. Entonces Leopoldo instauró la Force Publique para obligar a los locales a trabajar en dicha empresa. Su tarea consistía en desplegarse por el territorio en busca de aldeas para secuestrar a cuantos hombres hallaran y, una vez capturados, enviarlos a los campos de producción de caucho, al estilo de las plantaciones henequeneras en Yucatán y de caucho en Valle Nacional, en Oaxaca, México.

La Force Publique estaba a cargo de la gestión de la producción y castigaban a los trabajadores por cualquier cosa, por no cumplir su cuota e incluso por enfermarse. Una vez exprimidas las lianas de las que se desprende el látex en un sitio, los trabajadores tenían que caminar hasta por tres días sin comida y equipamiento para protegerse de la lluvia y de los abundantes depredadores de la selva tropical congoleña. Ni siquiera en su tiempo libre los congoleños podían circular libremente para visitar a sus amigos o parientes; para ello debían portar un metal circular en el cuello que indicaba que habían completado su cuota.

Con la sangre de sus habitantes se hacían productivas las tierras del Congo. Con mayor represión se obtenía mayor ganancia. Si los cautivos se revelaban, los guardias tenían la orden de matar a todo aquel que se atravesara; tenían prohibido desperdiciar balas, la orden precisa era matar. Al final del día debían presentar sus armas y, si faltaba alguna bala, debían entregar pruebas de la muerte: una mano de la víctima. Luego esta medida comenzó a aplicarse también para castigar a los congoleños trabajadores.

La mutilación de manos era el mecanismo para imponer disciplina. Las manos eran registradas por una persona cuyo trabajo era específicamente llevar el archivo de las manos mutiladas. Pero ¿por qué las manos? Para prevenir la caza descontrolada de elefantes, negocio que debía ser exclusivo de Leopoldo y sus amigos. Los pueblos del Congo se convirtieron en pueblos de mancos de todas las edades y sexos, uno de ellos fue el pueblo en que vivía Ota Benga.

Oto Benga fue vendido como esclavo y comprado por Samuel Verne, un antropólogo  estadounidense que viajaba para colectar especímenes de “razas exóticas” para una feria de curiosidades internacionales en Luisana, EE.UU. Ota se convirtió inmediatamente en una sensación debido a sus rasgos físicos. Pero Verne notó que lo trataban como prisionero, además de someterlo a un constante exhibicionismo y se lo llevó de vuelta al Congo.

Mas la tribu de Ota estaba disminuida y dispersa, entonces Ota decidió seguir a Verne en sus expediciones. Regresaron a Estados Unidos, al museo de Historia Natural de Nueva York, pero Benga no se sentía bien en la vida estadounidense, no encajaba. Entonces Verne lo llevó al zoológico donde lo recibieron felizmente y lo colocaron en la jaula de los simios como exhibición. Luego de protestas sociales de la comunidad afroamericana dejaron a Ota salir de la jaula y pasearse por el zoológico, pero todos los traumas por los que pasó ya habían tenido efectos negativos en su persona: se volvió huraño y violento. Ota comenzó a planear su regreso a casa, pero estalló la Primera Guerra Mundial y no pudo acceder a barcos comerciales que lo trasladaran a su hogar, al otro lado del Atlántico. En 1916, Ota Benga robó un arma, encendió un fuego ceremonial, se afiló de nuevo los dientes y se pegó un tiro en el corazón.

Hoy en día, la República del Congo es uno de los países más pobres del mundo, a pesar de que su marfil, caucho y minerales alimentaron por décadas el progreso de poderosas industrias de Occidente, desde fábricas de bicicletas como Dunlop en Inglaterra (hoy duopolio con Goodyear) hasta las fábricas de autos de Ford. La historia del Congo no es única, es sólo una más en la cadena de atrocidades con las que las franquicias de los países ricos del Norte han construido su poderío. La vida de Ota Benga refleja la de millones de personas de esa región y de los demás territorios colonizados.


Citlali Aguirre es maestra en ciencias biológicas por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Referencia

Serratos, F. (2020) Capitaloceno. Una historia radical de la crisis climática. UNAM, Ciudad de México.