Cine mexicano

OPINIÓN Por: Jenny Acosta

Septiembre 2022

México es un país que ofrece un amplio catálogo en producciones cinematográficas. El primer corto nacional del que se tiene registro se realizó en 1897, desde ese entonces hasta la fecha el cine mexicano ha pasado por periodos de bonanza, en calidad y cantidad, y de momentos áridos, en ambos aspectos.

Tal vez el periodo más fructífero ha sido la época del Cine de Oro Mexicano, en la que hubo un fuerte impulso de este arte, desde las instituciones, la academia, la sociedad mexicana y el estatus que se estaba construyendo el cine en Estados Unidos. Esta es la época de grandes camarógrafos (Ezequiel Carrasco o Gabriel Figueroa), directores (Emilio “El indio” Fernández o Ismael Rodríguez), actrices (María Félix, Dolores del Río, Elsa Aguirre, Katy Jurado), actores (Pedro Armendáriz, Pedro Infante, Jorge Negrete), entre otras profesiones igualmente fundamentales para la presentación de una película terminada.

La temática de los guiones durante este periodo presenta la tendencia a resaltar las raíces del pueblo mexicano, sus tradiciones, costumbres, historia, cultura, para contribuir a la formación de una unidad en la identidad de la nación y en alguna medida, como respuesta a la expansión del ideal cultural y estético del capitalismo gringo. Estas intenciones se lograron, representando a la cultura mexicana en los festivales y competiciones internacionales de cine más reputados, como Cannes, Venecia y los Oscar; además, mucha de la producción de esa época continúa siendo considerada como una manifestación artística que nos ayuda a comprender el contexto social y cultural del México de hoy en día.

Aunque esta sea la época emblemática del cine mexicano, no significa que sea el pináculo de lo que el cine nacional puede alcanzar, pues este arte continúa desarrollándose en nuestro país. Las condiciones para este desarrollo no han sido constantes, pues, aunque se han creado instituciones para su promoción y apoyo y se ha establecido un Día Nacional del Cine Mexicano (15 de agosto) que busca promover el consumo del cine nacional, estos tímidos esfuerzos se han visto minados por los recortes generalizados a la cultura por la austeridad republicana, ahora franciscana, de la Cuarta Transformación. Ejemplo de esto es la eliminación de los fideicomisos, de los cuales había dos dedicados al cine (Foprocine y Fidecine), o la falta de pago a Ibermedia (un programa internacional que estimula la producción cinematográfica iberoamericana a través del apoyo de distintos países) que se ha traducido en la ausencia de promoción y exhibición del cine mexicano en otras latitudes.

Esta situación, por supuesto, afecta muy mínimamente, si es que lo hace, a los productores y directores mexicanos que han ganado reconocimiento internacional como Guillermo del Toro, Alejandro G. Iñárritu y Alfonso Cuarón; tampoco es un problema insalvable para las producciones que están respaldadas por las casas televisivas nacionales, pero sí es una traba grande para las producciones independientes que no cuentan con recursos de grandes magnates dispuestos a invertir en guiones inseguros en términos de recuperación de la inversión.

Si el cine mexicano contara con el apoyo con que en otros tiempos contó, podría experimentarse una nueva época de producciones cinematográficas de alta calidad, inspiradas no en un regreso melancólico a la etapa de “El indio” Fernández, sino en un el desarrollo de una propuesta que le hable a los mexicanos desde una posición de la realidad actual, de un cine que pueda volver a poner en alto el nombre de México por la calidad y profundidad de sus imágenes.


Jenny Acosta es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.