Silvio Rodríguez en México

ENSAYO Por: Christian Jaramillo

Julio 2022

Recientemente Silvio Rodríguez se presentó en México con una serie de conciertos. En ellos, llamó la atención su apoyo al gobierno mexicano en curso mediante una introducción hecha a la canción El Necio, donde mencionó: “Una vez se la dediqué a Fidel, hoy se la dedico a Andrés Manuel”.

Aunque en abstracto todo mundo es libre de apoyar y dedicar una canción a gobierno cualquiera, parece un tanto extraño cuando estas palabras vienen de un hombre hecho en el seno de un gran proceso revolucionario y que, como músico, además, tiene conciencia de la capacidad del arte, sobre todo de la música (porque aunque sea la menos entendida en términos concretos entre las artes, es al mismo tiempo la que de manera más simple imbuye nuestros sentimientos) a la hora de convencer y movilizar a la gran población hacia una idea o proyecto determinado; y más cuando en ella hay palabras que hablan de un mejor porvenir. Pero incluso, más allá de su función como artista, resulta llamativo el apoyo, al tratarse de un hombre que también formó parte del gobierno de la Revolución Cubana y que entiende que un verdadero cambio social parte de las bases, de las estructuras materiales; camino bastante distinto al elegido por Andrés Manuel.

Si bien los cambios en la estructura económica pueden ocurrir como cambios reformistas o como superación del modo de producción dominante, es claro que ambos casos, aunque en diferentes contextos (condicionados por la correlación de fuerzas entre capitalistas y proletarios), pueden aportar mucho para mejorar las condiciones materiales de la población de países pobres como México. Por las condiciones actuales del proletariado mundial y mexicano, sobre todo en su aspecto subjetivo para la revolución (función de dirección, educación y movilización de las masas revolucionarias), es muy importante reconocer la relevancia que en este momento histórico tienen las luchas desde adentro de las demarcaciones capitalistas y lo mucho que se puede lograr a través de las políticas económicas; más aún si se comprenden las leyes de la acumulación de capital.

De acuerdo con el planteamiento de Marx, efectuado en las secciones IV, V, Y VI de El Capital, T. I, la acumulación capitalista puede desarrollarse, primero, sobre la base de una creciente incorporación de fuerza de trabajo asalariado, al tiempo que se eliminan los vestigios de producción precapitalista de autosubsistencia. A esta primera fase, denominada extensiva o de subsunción formal del trabajo al capital, el aumento de la composición orgánica de capital no representa un factor esencial, ya que el capitalismo opera bajo un régimen de producción manual, de modo que el motor de la acumulación de capital se encuentra en el aumento progresivo del trabajo asalariado. Posteriormente, en la llamada fase intensiva, la acumulación del capital se desarrolla sobre la base de un crecimiento permanente de la composición orgánica de capital, que implica, sobre todo,  aumentos en la productividad. A esta segunda etapa se le conoce también con el nombre de subsunción real del trabajado al capital, ya que no solo es el trabajo, en su forma de pago en salario (como elemento propio del capitalismo), el que se incorpora al proceso productivo, sino también la gran maquinaria industrial de producción a escala, propia de la fase maquinizada del capitalismo; y que se despliega a gran velocidad, además,  gracias al aumento progresivo del elemento dinámico, por excelencia, de esta fase de acumulación: la productividad.

Partiendo del consenso al que ha llegado la literatura que aborda el tema, se puede decir que México entró en la fase intensiva de acumulación, en su modalidad de crecimiento “hacia adentro” (denominada así porque la mayor parte de la producción nacional se dirige al mercado interno), a partir de la década de los sesenta del siglo pasado. Y aunque en su proceso haya tenido cambios en su modelo de desarrollo, específicamente en la década de los años noventa, se debe seguir considerando parte de la fase intensiva de acumulación, aunque en su forma de crecimiento denominada “hacia afuera” (donde el impulso de la economía se encuentra en las exportaciones). Esto significa que en caso haber tomado en cuenta las pautas que marca la acumulación de capital, los objetivos a los que tendría que haber estado atenida la política económica mexicana, desde la década de los años sesenta, es hacia al aumento de la productividad económica del país.

Durante el proceso de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) se logró dicho cometido, aunque solo en ciertos momentos y en sectores específicos de la economía; sin embargo, a partir de la apertura indiscriminada de México al mercado mundial en la década de los años noventa, el aumento de la productividad se ha vuelto aún más restringida y concentrada en favor de pocas ramas de la economía. Es decir, las políticas económicas (entendidas como acicates o frenos de la acumulación de capital) que se han implementado desde que el país se insertó en esta fase, no han sido las adecuadas para favorecer una acumulación de capital lo suficientemente generalizada o que promueva las ramas económicas de mayor valor agregado contenido, necesarias para sacar a México de la pobreza. No obstante, hay otros casos, como es el de China (por nombrar un país que inició su etapa intensiva en tiempos similares a los de México), donde como consecuencia de diseñar y aplicar políticas económicas no arbitrarias, sino en función de las necesidades históricas de la acumulación de capital, hoy se ha convertido en la segunda economía del mundo.

Como promesa de gobierno, Andrés Manuel sostuvo que su mandato sería la cuarta transformación de México, como consecución a la Guerra de Independencia, La Guerra de Reforma y La Revolución Mexicana. No obstante, es necesario recordar que dichos eventos tuvieron como motivación principal generar cambios en favor de la clase burguesa capitalista, un contexto adecuado para que pudiera desarrollarse, así como los elementos necesarios para lograrlo: desarrollo de las fuerzas productivas, “eficiencia en la asignación de recursos en la economía”, modernización de los procesos productivos, cambios en las relaciones de producción en favor del capital, conquista del poder político, etc. A grandes rasgos, se facilitó el desarrollo del capitalismo. Sin embargo, lo que hoy hace el presidente en su gobierno es poco menos que un mal chiste en relación a los eventos históricos de los que se sirve. En lugar de promover el desarrollo de la economía mexicana, la productividad, el aumento de los encadenamientos productivos, la riqueza nacional, Andrés Manuel prefiere profesar por una economía de austeridad, caridad y asistencialismo. Nada más lejano de las necesidades que demanda la fase intensiva de acumulación de capital.

Lo hasta ahora mencionado tiene la intención de dar cuenta que no hay una fórmula exacta que marque la ruta que deben atravesar los países pobres para su desarrollo. Sin embargo, de modo claro también se observa que los países, como la mencionada China, que han tomado en cuenta en el diseño de sus políticas económicas los requisitos de la acumulación de capital, hoy en día han podio mejorar considerablemente la situación material y social de su población; así lo hace saber una declaración del presidente Xi Jinping del día 25 de febrero del 2021 “Hoy declaramos solemnemente (…) que el país ha concluido su ardua tarea de erradicar la pobreza extrema”  y afirmó también que desde que se lanzó el programa de Reforma y Apertura, a finales de la década de los años setenta, el país ha sacado de la pobreza a 770 millones de personas, con lo que ha contribuido con cerca del 70 por ciento de la reducción de la pobreza mundial. Además, con base en estadísticas del portal Datosmacro del periódico Expansión, este país ocupa el segundo puesto en el mundo en gasto de gobierno y educación.

De lo anterior se puede deducir que no porque un gobierno se autodenomine de izquierda tiene la razón o merece ser apoyado por su pueblo. En nuestros días la izquierda se ha diversificado tanto que poco queda de común entre las facciones, más allá de que todas dicen velar por los intereses de las clases populares. Sin embargo, es claro que no es suficiente con querer acabar con la pobreza y otros males que lleva consigo el capitalismo, se necesita de políticas que vayan más allá de los intereses particulares o en el mejor de los casos, más allá de las buenas intenciones de los mandatarios. Se necesita de políticas, como se advirtió más arriba, que se desarrollen a partir de una base objetiva, a partir de las necesidades históricas específicas; es decir, del Materialismo Histórico.

Pero más allá de las personas que gobiernan un país, es importante que cualquier persona que se diga de izquierda o que abogue por un cambio real en su vida y la de su pueblo (más si es un personaje público), asuma la tarea de ir más allá de las simples intenciones y palabrerío que demarcan su posición reactiva contra la pobreza. Se necesita tener claro cuál es el camino por recorrer, así como los elementos con los que se realizará. De modo contrario, lo único que se logra es convertirse en portador del pseudo discurso progresista tras el cual se encuentra la burguesía más reaccionaria, además de confundir aún más a la población al hacerla creer que un gobierno que da caridad a partir de los precarios recursos recaudados de una “la lucha anticorrupción”, pero que no vuelve la vista hacia con los deberes del desarrollo del país, es símbolo de esperanza y de progreso.

Ese fue el error en el que cayó Silvio, un gran artista con un gran número de seguidores también detrás de él; que, haciendo uso de música revolucionaria, hizo creer a una buena parte del pueblo mexicano que el gobierno que los lidera también es revolucionario. Nada más lejano de la realidad. Pero duele más que ese desatino venga de él, hombre consciente (así lo hace saber a través de sus ideas publicadas en su blog personal Segunda Cita) y víctima, así como su pueblo, de los males que devienen por dejar de lado el desarrollo de la riqueza material de un país (aunque en este caso se encuentre su causa en un inhumano bloqueo económico por parte de Estados Unidos). Pero inclusive en el supuesto de que Silvio no fuera consciente de esta realidad, es deber de los que luchan por un cambio para este mundo, como se dijo líneas atrás, buscar la verdad más allá de lo que el sentido común intuya, más allá de lo que los medios pseudo críticos indiquen, más allá de lo que las teorías convencionales convengan y más allá de lo que el presidente repita en sus mañaneras.


Christian Damián Jaramillo Reinoso es economista por la UNAM. Opinión invitada.

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