Arte. Tradición e innovación

OPINIÓN Por: Aquiles Lázaro

Julio 2022

La discusión, aunque vieja, sigue vigente: ¿Qué es lo que vale en la creación artística, la tradición o la innovación? Naturalmente que ambos términos no deben entenderse como completamente opuestos, en el sentido de que nada, absolutamente nada, puede situarse por completo en alguno de los dos polos opuestos de que hablamos. En pocas palabras, ninguna obra puede ser ni tradición absoluta ni innovación absoluta, en tanto que cualquier creador, como ser individual a la vez que social, tiene un vínculo obligado con la cultura de su época, al mismo tiempo que su sensibilidad creativa es única, irrepetible.

Así que cuando hablamos de innovación y tradición en la creación artística, debemos entenderlo como la predominancia, deliberada o no, de un conjunto de características formales y de contenido, conjunto con el que el creador se sitúa, independientemente de su voluntad, en uno de los dos platos de nuestra balanza.

Otra consideración necesaria. Al mismo tiempo que, como dijo un filósofo, la unidad indisoluble de forma y contenido hace que una obra solo pueda ser vanguardia auténtica cuando sus formas revistan un contenido renovador (lo que implica que la innovación formal sea estéril si no hay un contenido revolucionario, algo muy común en el arte de nuestros días, por cierto), debemos entender que, como campo social con un grado relativo de autonomía, tampoco puede ser un arte revolucionario aquel que se olvida de las formas para solo volcarse en un discurso social vigoroso; estaríamos, como explicó Darío Fo, ante una estructura formal tan descuidada y torpe, que en ella “tampoco funciona el discurso político y todo se reduce a un panfleto tedioso e insoportable”.

También vale la pena detenernos a replantear la tesis, cada vez más frágil, de que sociedad en decadencia es igual a arte decadente, y recordar que siempre, inevitablemente, lo viejo lleva en sí, a veces más oculto y a veces más palpable, el germen de lo nuevo. De la aplicación rígida y unilateral de un principio general (el principio de que el movimiento económico-social determina, en última instancia, el movimiento de todos los demás campos de la actividad del hombre y su pensamiento) tendríamos que llegar a la terrible conclusión de que en una sociedad en decadencia todo será decadente; todo absolutamente, todas las ideas y todas sus manifestaciones. Y en esta ruta de pensamiento no habría más camino para el destino del hombre que una oscuridad siempre más profunda.

Entonces, ¿por qué pedir a los creadores de hoy repeticiones estériles de viejos estilos? Cuando el genio de Bach maduraba, lo hacía precisamente innovando sobre los viejos moldes de los maestros renacentistas. Lo mismo hacían Dante en las letras y Van Gogh en la plástica. Y lo mismo hacen los revolucionarios en el campo de las ideas sociales. Calcar y calcar, repetir y repetir, es simplemente imposible. Y si todo cambia, si no hay nada petrificado en el incesante devenir de la humanidad, también han de cambiar las creaciones artísticas. Y, con ellas, nuestras formas de apreciarlas.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.