Sobre la quema de libros en Ucrania

OPINIÓN Por: Jenny Acosta

Junio 2022

La quema de libros es una práctica en la que se reúnen títulos y autores incómodos para algún régimen político, para alguna postura religiosa o para algún grupo ideológico; los títulos reunidos son quemados como una muestra de desprecio y censura absoluta a las ideas que en ellos se contiene, pero también como una forma de dejar claro que se castigará a quien sea sorprendido leyendo los títulos quemados.

El primer acto de este tipo del que se tiene registro aconteció en China desde el 213 a.C. al 206 a.C., y se justificó con el argumento de que la unificación del país bajo un solo Estado debía ser acompañada de una unificación ideológica. Se mandó entonces a asesinar a los intelectuales contrarios al régimen, al tiempo que sus escritos eran prohibidos y quemados. Después de esta primera quema de la que se tiene registro vinieron otras tantas, como la que se promovió por la Santa Inquisición para mantener al pueblo español (incluyendo a los habitantes de las colonias, que también eran súbditos de la corte de España) bajo el control ideológico y político de la Iglesia y la Corona. Este periodo también estuvo acompañado por torturas y asesinatos de las personas que cuestionaban la línea ideológica que se promovía.

Posiblemente la quema de libros más conocida es la que ocurrió el 10 de mayo de 1933 encabezada por las Juventudes Hitlerianas. En esa fecha se realizaron quemas simultáneas en diversas ciudades alemanas, todas ellas respaldadas y promovidas por el Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, quien asistió personalmente a la quema de la Plaza Bebel de Berlín. Esta quema de libros fue parte de una campaña llamada “Acción en contra del espíritu anti-alemán”; dentro de este “espíritu anti-alemán” se encontraban autores como Karl Marx, Lenin, Georg Lukács, Bertolt Brecht, Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Heinrich Heine, Heinrich Mann, Walter Benjamin, Ludwig Marcuse, Albert Einstein, Stefan Zweig, Franz Kafka, Ernst Hemingway, Jack London, Aldous Huxley, Oscar Wilde, entre otros. Como se ve por los nombres mencionados, la iniciativa iba en contra de los judíos, pero también de los comunistas y los socialdemócratas; el régimen nazi tenía muy claro que estos últimos eran una amenaza para su proyecto y para los intereses que el nazismo representaba al interior de Alemania, pero también de Europa.

Aunque después de la Segunda Guerra Mundial ha habido otras quemas de libros, ninguna había utilizado el origen nacional de los escritores como argumento público para su censura, como sí está ocurriendo en Ucrania, cuyo gobierno ordenó el 19 de mayo de este año la quema de libros rusos. Pero esta quema de libros moderna también se ha caracterizado por no considerar el momento histórico de los autores; en casi todas las quemas de libros se ha contextualizado a los autores y se iba únicamente contra los contemporáneos que afectaran directamente ciertos intereses, pero la versión ucraniana de esta acción no ha tenido ninguna consideración para con escritores muertos hace más de 100 años y los ha censurado sólo por su origen ruso. Pushkin, Tolstoi, Dostoievski, son algunos de los genios literarios cuyos libros se han quemado, como muestra de estrechez política y cultural que no concibe que el legado literario de la humanidad es independiente del origen étnico o nacional.

Lanzarse contra la literatura y toda la expresión artística que un país ha producido a lo largo de su historia —y que ha sido altamente valorada por el resto del mundo llegando a ser considerada como parte fundamental de la formación cultural— es una forma desesperada de responder a una guerra que el gobierno ucraniano y la OTAN provocaron y que no han sabido librar.


Jenny Acosta es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.