Campana sin badajo

Junio 2022

Un marxismo sin dialéctica es como una campana sin badajo, como un reloj al que le falta un muelle. Pero se adopta muchas veces una actitud desdeñosa hacia la dialéctica, alegándose que en realidad “ni se sabe” qué diantres es ni mucho menos para qué cosa sirve… si es que acaso sirve de algo. No se le ve en el fondo utilidad alguna, aceptándola sólo a regañadientes como un fardo estorboso que tiene que cargarse por obligación o por puro compromiso con una tradición vetusta. Se alega también típicamente que la discusión sobre “cuestiones abstractas” no tiene ningún caso o que puede aplazarse en última instancia a las dichosas calendas griegas, teniendo que enfocarse la atención exclusivamente sobre “cuestiones concretas”.   

¿Pero es cierto que rechazar la dialéctica no tiene importancia política? ¿No tiene consecuencias prácticas de ninguna clase? ¿Es posible pensar (y actuar) en revolucionario si se rechaza la dialéctica o si se le concede nula importancia práctica? Por supuesto que NO. La dialéctica no es sin embargo un asunto que pueda rechazarse a voluntad y capricho del individuo, tal como puede rechazarse un cigarrillo cuando alguien o no fuma en lo absoluto o no tiene el menor deseo de hacerlo en ese momento, diciendo simplemente en cada caso “no, gracias, no fumo” o “no, muchas gracias, no me apetece”. Cualquiera puede muy quitado de la pena olvidarse de la dialéctica si gusta o prefiere, pero la dialéctica no se olvida de nadie, grande o pequeño, moro o cristiano. Lenin señaló en cierta ocasión que hasta en una locución tan sencilla como “Juan es un hombre” hay dialéctica. La locución “Juan es un hombre” indica en efecto que “lo particular” es “lo general”. Juan —lo particular— no existe más que en su relación con lo general —el género humano—, mientras que lo general existe únicamente en lo particular, en Juan. Los contrarios (lo particular y lo general) son ciertamente idénticos.

Cabe atenerse cualquier caso a la idea de que socializar verdades ya descubiertas, difundiéndolas y convirtiéndolas en base sólida de las acciones vitales de grandes masas humanas es un “hecho filosófico mucho más importante y original que el hallazgo, por parte de un genio filosófico, de una nueva verdad que sea patrimonio de pequeños grupos de intelectuales”. Cierto. “Lo que queda limitado en una sola cabeza es teoría; lo que une a muchas cabezas, hace masa y se abre paso en el mundo, es práctica”. No importa que verdades tan fuera de moda les queden demasiado chicas a eruditos de probeta o filosofastros con delirios de grandeza, pareciéndoles manualescas.

¿Qué es entonces la dialéctica? Puede decirse abreviando un tanto que se conocen únicamente dos sistemas lógicos fundamentales: la lógica formal que se remonta a Aristóteles y la lógica dialéctica de Hegel. ¿Cuál es la diferencia fundamental entre ambos sistemas? Las leyes fundamentales y que se tienen por inmutables de la lógica formal son tres: la ley de la identidad, la ley de la contradicción y la ley del tercero excluido. La primera establece que A es igual a A; la segunda es tan sólo la forma negativa de la primera y declara que A no es no-A; la ley del tercero excluido expresa finalmente que dos proposiciones contradictorias, mutuamente excluyentes, no pueden ser ambas verdad, o bien A es B, o bien A no es B: si una de tales dos proposiciones es verdadera, la otra es necesariamente falsa, y viceversa. La lógica habitual se aferra, pues, a la fórmula “Sí es sí, y no es no”: A es A; A no es no-A; A es B, o bien A no es B. Y sanseacabó.

La dialéctica se atiene en cambio a la fórmula opuesta: “Sí es no, y no es sí”, encontrándola mucho más satisfactoria que la rígida fórmula postulada por la lógica corriente. La lógica formal declara que A = A, “sí es sí, y no es no”; la lógica dialéctica replica: A no es igual a A, “sí es no, y no es sí”. La dialéctica no suprime por supuesto las prerrogativas de la lógica formal. Trotsky argüía que la dialéctica es a la lógica formal lo que una película a una fotografía: “la película no proscribe la fotografía, sino que las combina en series según las leyes del movimiento”. La dialéctica es en efecto la lógica del movimiento. Es la lógica de la contradicción. “Crítica y revolucionaria por esencia”, decía Marx, la dialéctica no se deja arredrar ni intimidar por poder humano o divino ninguno. No retrocede la dialéctica ante nada ni nadie poniendo siempre el dedo en la llaga de que “todo lo que existe merece perecer”. No por nada castrar al marxismo de la dialéctica lo convierte en un reloj al que le falta un muelle. Marxismo sin dialéctica, campana sin badajo.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.