Una gran estrategia en picada

OPINIÓN Por: Anaximandro Pérez

Mayo 2022

Escucha este texto

Cuando se habla de “gran estrategia”, indicó en 2009 el politólogo norteamericano Peter Feaver, se está haciendo referencia a “los planes y políticas que comprometen el esfuerzo deliberado del Estado para reunir herramientas políticas, militares, diplomáticas y económicas” que aseguren “los intereses nacionales de ese Estado”. Se trata del “arte de reconciliar fines y medios”, de una actividad que, desarrollada según los propósitos de los “líderes” estatales, se ve constreñida por límites “explícitamente” reconocibles, como el financiamiento, los poderes efectivos del Estado, etc., y por extremos que sólo se pueden “sentir implícitamente”, “pantallas culturales o cognitivas que perfilan las visiones del mundo” (Peter Feaver, “What is grand strategy and why do we need it?”, https://foreignpolicy.com, publicado el 8 de abril de 2009 y consultado el 27 de abril de 2022, traducción mía).

En ese sentido, en el script de su conferencia “What is Grand Strategy?” impartida en la universidad de Duke el 26 de febrero de 2009, John Lewis Gaddis, historiador estadounidense (notablemente pro-yankee), menciona algunas claves de análisis que permiten entender los movimientos actuales de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y ver, asimismo, sí en el conflicto de Ucrania las fuerzas en pugna cuentan o no con grandes estrategias. En palabras de ese académico, el origen del matiz expansionista que caracteriza hoy a la alianza atlántica se encuentra en el siglo pasado. En un primer momento, cuando nació en 1948, sus miembros fundadores (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos) coincidieron en que el objetivo estratégico de su unión en armas sería “defender a las democracias existentes de cualquier expansión de la influencia soviética” (Gaddis “What is Grand Strategy?”, pp. 4-6, consultada en indianstrategicknowledgeonline.com el 29 de abril de 2022, traducción mía). En ese sentido, como gran estrategia de la OTAN, sus líderes fijaron el objetivo de someter cualquier movimiento de la Unión Soviética (URSS) fuera de sus fronteras. Los límites explícitos de sus acciones se encuadraron bajo el enorme poder económico y militar de Estados Unidos (principal inversor de la organización desde su cuna), así como bajo las capacidades de los aliados europeos, vecinos del enemigo. Y los límites implícitos, es decir, las múltiples variables que condicionan las visiones del mundo, se procuraron franquear mediante una intensa lucha ideológico-propagandística, que convencía a los públicos de Occidente y a los del área de influencia comunista sobre las supuestas bondades del régimen capitalista, así como sobre la supuesta naturaleza opresiva de un régimen de tipo soviético.

Esta gran planificación estratégica funcionó positivamente durante casi toda la Guerra Fría, pero se distorsionó hacia el final del siglo, cuando la URSS se desintegraba. Gaddis apunta que esto empezó cuando George H. W. Bush (padre) “aseguró” a Mijaíl Gorbachov que “si la Unión Soviética aceptaba la membresía de una Alemania reunificada” en el seno de la OTAN, ésta “no iría más lejos”. Gorbachov cedió, la Unión se desintegró en 1991 y, si bien por entonces los asesores de Bush propusieron que se avanzara sobre los antiguos países satélites del enemigo difunto, la OTAN se mantuvo en los bordes alemanes hasta la llegada de Bill Clinton al poder. El 21 de abril de 1993, con este presidente concurrieron los líderes de Polonia y República Checa y, juntos, estuvieron de acuerdo en  que el Tratado del Atlántico Norte debía cubrir también las tierras checas, polacas y húngaras. Desde ese momento “la expansión de la OTAN se convirtió en una política de los Estados Unidos”, que continuó hasta la administración de George W. Bush (hijo). Así, hacia 2008 ya había siete nuevos miembros en la mesa de la organización militar y, por influjo estadounidense, ésta comenzaba a presionar sus fronteras, buscando una nueva “expansión para incluir a Ucrania y Georgia” (Gaddis, ibid). Como sabemos, ese ímpetu no se detuvo ahí; por el contrario, se ha mantenido vivo por más de 10 años: lo hemos visto durante las administraciones de Barack Obama (v.gr. con el Euromaidán) y hoy lo vemos bajo el gobierno de Joseph Biden.

Aquel cambio de política vino acompañado, evidentemente, de un cambio en la retórica de los líderes de Occidente. Desde 1990 se ha procurado edulcorar con discursos civilizatorios, paternalistas, etc., la belicosidad expansionista (o anexionista) de los líderes estadounidenses: ya no se trata de defender a las democracias contra los soviéticos –dice Gaddis–, sino de “esparcir la democracia mediante la expansión de la alianza tan lejos como sea posible entre los países que alguna vez estuvieron dentro de la esfera soviética de influencia”, así como entre “los que formaron parte de la Unión Soviética” (Gaddis, ibid). Se trata ni más ni menos que de la misma retórica imperial que ha sido aplicada en otros lados no europeos (v.gr. Corea, Vietnam, Afganistán, Irak, Libia, Siria, etc., etc.).

Sin embargo, en el seno de la OTAN la nueva orientación de su gran estrategia rompió totalmente con el rol de “alianza consultativa” que la alianza había jugado durante la Guerra Fría. Si en aquel entonces las propuestas de todos los miembros eran relativamente consideradas y mínimamente atendidas, desde la transformación al expansionismo postsoviético la dirección de la violencia occidental fue y es (en 2009, según veía Gaddis, y en 2022, según constatamos hoy) “principalmente una iniciativa americana” –o, en palabras menos partidistas, una iniciativa por el bien del imperio estadounidense. Por esto vacilan los socios europeos a cada paso que da su “alianza”: los estadounidenses imponen su voluntad, sin considerar que la nueva actitud expansionista podía “causar” y está causando “complicaciones con los rusos” (Gaddis, ibid).

Posiblemente hoy tampoco lo hace, pero en su conferencia de 2009 Gaddis no fue más allá en su análisis sobre la iniciativa expansionista de su país en Europa a través de la OTAN. Empero, deja abierta la interrogación de por qué Estados Unidos insiste en mantener esa nueva línea militar sin detenerse a examinar la suerte que pueden correr sus socios, y también intuye que desde el giro de 1990 no hay una gran estrategia de la OTAN definida (Gaddis, ibid). Nosotros consideramos que esta indefinición se debe precisamente a que la organización no fue ni es una democracia, sino una dictadura militar de Estados Unidos sobre los Estados de Europa que no considera la situación del viejo continente y embarca a los pueblos europeos en aventuras que les son desfavorables. Es decir, el Estado norteamericano hace tabula rasa, simplemente exige fidelidad y obliga a que se cumplan sus objetivos particulares desde su condición privilegiada al otro lado del océano (donde no tiene fronteras en peligro).

A diferencia de los occidentales, el autor encuentra que la Federación Rusa de Vladimir Putin dio lecciones de qué es realmente una gran estrategia durante el conflicto de Georgia en 2008. Interviniendo en este país, bajo un cálculo geopolítico adecuado (que consideró los límites efectivos de la Federación, así como los límites implícitos del modo occidental de ver el mundo), Putin logró detener temporalmente el expansionismo de los Estados Unidos: los rusos lanzaron una suerte de “tranquilizante psicológico” contra los occidentales, recordándoles “en invierno” quién controla el abastecimiento de energía de los viejos países miembros de la organización militar; en pocas palabras, triunfaron (Gaddis, ibid).

Un escenario parecido se ha repetido entre 2013 y 2022. A partir del Euromaidán, momento en que se evidenció nuevamente la ambición expansionista de la OTAN sobre Ucrania (que señaló Gaddis), Rusia ha recordado una y otra vez a Occidente quién tiene el gas de Europa. Las sanciones de Obama no lograron doblar a Putin en ningún grado; por lo contrario, afectaron los bolsillos de los pueblos europeos, quienes vieron alzas de precios inéditas. No obstante, a pesar de los daños colaterales de las tentativas de expansión sobre países exsoviéticos, a los estrategas norteamericanos no les quedó claro que sus socios sufrieron, sufrirían y sufren directamente los efectos de sancionar a Rusia.

Hoy vuelven a la carga con casi los mismos medios de ataque y contra el mismo enemigo, aunque han sumado un par de elementos a su arsenal: primero la cancelación de las opiniones alternas, de aquellas que ofrecen versiones distintas sobre lo que pasa en el frente, y un consecuente predominio de la opinión unificada en favor de la intervención de la OTAN, difundida por todos los medios de información occidentales; en segundo lugar, está el envío de armamento pesado a Ucrania, que no hace más que enfatizar la virulencia del conflicto y engrosar la inversión de los fiscos nacionales, que pagan los pueblos europeos, en una guerra ajena. Pero incluso con esas adecuaciones en el mecanismo de acoso de los expansionistas estadounidenses, sigue sin existir una gran estrategia clara y favorable, o mínimamente benéfica, para todos los países miembros de la organización.

El hecho de que impere sobre todos el interés de uno (el estadounidense) está comenzando a generar factura. La administración de Biden se desentiende de las alzas de precios en Europa (incluso de las que han ocurrido entre sus aliados más fuertes como Alemania, Francia e Inglaterra); no se está poniendo atención a que las alzas de precios pueden provocar protestas o rebeliones intestinas, de hecho, las oposiciones políticas del interior (por ejemplo en Francia) están hablando ya de parar la guerra de la OTAN. Asimismo, los rusos se están alejando de Europa aceleradamente. Sin alternativa económica en Occidente, Rusia gira cada vez más hacia el Oriente, en donde sí la quieren sus hermanos asiáticos, de manera que se antoja muy próxima una pérdida irreparable para Europa, la pérdida de los recursos del país más grande del mundo, y cada vez se ve más lejana la rendición de Putin a las ambiciones de Estados Unidos.


Anaximandro Pérez es Maestro en Historia por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.