El derecho a la pereza

OPINIÓN Por: Betzy Bravo

Marzo 2022

Las personas de la sociedad moderna viven, en general, alejadas del tiempo libre. Sucede entonces que el ser humano moderno pierde la relación íntima con las cosas: el acelerado ritmo de vida le impide recrear su espíritu a través del ocio y aparece, en cambio, el pensamiento  utilitario y pragmático, debido a la necesidad de subsistir o de sobresalir en la competencia.

Lo urgente en este tiempo es la producción y reproducción de utilidades con un ritmo monótono y sin detenimiento; Albert Camus lo describe en El mito de Sísifo: “Levantarse, coger el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la cena, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo.”

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la población mexicana tiene la mayor carga laboral —42 horas a la semana— en relación con las naciones que conforman dicho organismo —33 horas—. Además, el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), afirma que las mujeres tienen tres veces más trabajo no remunerado (principalmente tareas domésticas) en comparación con los hombres: mientras las mujeres dedican al menos 40 horas semanalmente a tareas hogareñas, los hombres dedican 13.

La necesidad de trabajar incesantemente es una característica sine qua non del sistema mercantil moderno, pues tienen que sostenerse las ganancias de los negocios e incluso multiplicarse; los dueños de la empresa están compelidos a reinvertir lo ganado para generar más ganancias, el metabolismo interno del capital obliga al capitalista a invertir más, siempre hace falta producir más, lo cual se logra con ayuda de la tecnología avanzada.

No obstante, desde un punto de vista humano, la tecnología debe ahorrar trabajo, en función del objetivo por el cual fue creada. Así, la maquinaria, la técnica y la tecnología debieran producir, ante todo, ocio o descanso. Pero ocurre todo lo contrario: la humanidad está esclavizada por el yugo del trabajo. La maquinaria bajo condiciones capitalistas no es un instrumento para permitir tiempo de recreación a la humanidad, sino un instrumento para acelerar la producción de plusvalor relativo y, por tanto, para trabajar más de prisa.

Bajo las condiciones de una dictadura económica, se genera trabajo excesivo que mutila la integridad del ser humano, pues no se considera a éste como alguien que tiene múltiples capacidades reflexivas sino como una mera herramienta de trabajo. El ocio para la vida republicana, como se pensaba en la Antigua Grecia, hoy es irrealizable. En general, no hay tiempo para la ciencia, el derecho o el arte, valores espirituales que resultan valiosos en sí mismos y que no son simples medios para alcanzar el fin de las ganancias económicas.

Por eso Paul Lafargue critica legítimamente el trabajo inhumano en su obra El derecho a la pereza: “Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciéndoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista.”


Betzy Bravo es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.