De la renuncia a la superación del conflicto

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Por Alan Luna
Enero 2022

El nihilismo, como postura filosófica, es viejo. Desde la Antigua Grecia (¡qué no pensaron los griegos!) se ha rechazado la posibilidad del conocimiento de la realidad y hubo filósofos que se burlaron de otros que, al contrario, intentaron descubrir las formas en que se puede conocer la realidad a cabalidad.

Son características del pensamiento nihilista, sin distinguir sus variaciones, el pesimismo en todo lo que ha construido la sociedad, y ver en este desarrollo, más que una ayuda, una carga, que va oscureciendo la mente de los seres humanos y, como consecuencia de lo anterior, conduce a la pérdida de la esperanza en este mundo, las cosas mismas y las relaciones sociales pierden su valor.

Cuando Nietzsche declara la muerte de Dios no es por júbilo, porque inicie en la humanidad una época nueva en la que por fin el género humano comenzará a actuar libre de todo miedo hacia lo desconocido y contra un ser todopoderoso caprichoso que impusiera una forma de vida correcta que implica el no desarrollo cabal en todos los ámbitos en que las personas son capaces. No, el grito de Nietzsche era más bien de tristeza y temor, en donde el desapego de la idea de dios nos debería hacer reflexionar sobre la manera de invertir los valores modernos para crear otros que le den sentido a la vida.

A pesar de la aclaración de los defensores de Nietzsche de que este no era nihilista, podemos ver a través de las preocupaciones de Nietzsche lo que para muchos pensadores implicó el desarrollo de la sociedad. Toda la modernización, con la tecnificación que implica, muestra más la decadencia de la humanidad que su avance. Heidegger, en este aspecto continuador de Nietzsche, pensaba que el mundo se había hecho demasiado complejo, ya no valía la pena que se intentara explicar la realidad porque nadie era capaz de entenderla y si alguien pudiera, le sería igualmente imposible explicarle a los demás el funcionamiento y la manera de poder conocer el mundo, tan mal estamos que sostiene en una entrevista: “solamente un Dios puede salvarnos”.

Lo anterior es la justificación filosófica, resumida y reducida por supuesto, de la renuncia hacia el conocimiento del mundo y sus conflictos, con toda la complejidad que esta encierra. El pensamiento pesimista es utilizado para infundirle desconcierto a las multitudes, en formatos menos elaborados que el de las reflexiones filosóficas. Los políticos con alma de dictadores encuentran “sustento” en sus aspiraciones en esta clase de pensamiento, no hay que olvidar que toda filosofía, así como el arte, es en algún sentido el reflejo de su tiempo, de tal manera que el nihilismo muestra en esa medida el sentimiento de una época en donde parece que todo lo establecido se ha roto y las masas se cuestionan cómo llegar a un mejor futuro.

Ahora bien, la salida fácil es esperar que algún individuo supremo mande la salvación, puesto que es inútil que nosotros, simples mortales, podamos transformar el caos reinante. El uso ideológico de este pensamiento ayuda precisamente, a ocultar la verdadera salida: la que implica un compromiso y una acción de aquellos mismos que quieren una vida mejor. Ya decía Marx que solamente el pueblo puede salvar al pueblo, esto contradice a la famosa expresión de Heidegger; una muestra que solamente a través del trabajo del pueblo se puede crear un mundo mejor, y la otra difunde la idea de que nadie puede hacer nada a no ser que esté iluminado a la manera de un mesías. Dos posturas contradictorias que luchan por impregnarse en la conciencia de la masa para convertirse de simple idea sin importancia en fuerza viva.


Alan Luna es filósofo por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.